LA PARADA
"COSTANERA HEINRICH LÜBKE"
por Ricardo Bada
En la línea del tranvía 16, que lleva desde el nordeste de Colonia
hasta Bad Godesberg, antaño residencia de los diplomáticos, al
sudoeste de Bonn, había hasta hace muy poquito tiempo una parada
llamada Marienburg, el nombre de un noble barrio sureño coloniense.
Una parada que también lo era del autobús 130, el cual circula
desde la Universidad hasta la orilla izquierda del Padre Rhin en
el quiero-y-no-puedo-elegante suburbio de Rodenkirchen. Pues bien:
ahora, allí, desde mediados de junio, esa doble parada
ostenta el nombre Heinrich-Lübke-Ufer, es decir:
Costanera Heinrich Lübke. Y es lo que yo me digo: ¡Estos alemanes no
van a aprender nunca!
¿Quién fue Heinrich Lübke? Si repasan la historia de la República
Federal de Alemania se enterarán de que lo eligieron presidente de la
misma, un cargo puramente decorativo y poco menos que
protocolario, en 1959, siendo reelegido por otros cinco años en
1964. Lo que esa historia no les dirá es que Lübke accedió a
la más alta y más inoperante magistratura del país por la sencilla
razón de que el partido cristianodemócrata, con el canciller
Adenauer a la cabeza, tenía la sartén por el mango ("y el mango
también") en la Alemania occidental de la posguerra. Y como al
viejo Adenauer jamás le importó un puesto decorativo y protocolar,
sino mandar, y cómo, y como ya había chocado varias veces con el
liberal Theodor Heuss, el primer presidente federal, no tuvo el menor
empacho en que le sucediera cualquier donnadie de su partido: el
elegido fue Lübke, y el que partía el bacalao, como gráficamente
dicen los españoles, siguió siendo él, Adenauer, desde la jefatura
del gobierno.
Para su propia desgracia, y la del puesto que ocupaba, la salud mental
de Heinrich Lübke se resintió bastante durante su segundo mandato y
daba cada traspiés oratorio que temblaba el misterio. Famoso en los
anales de la vida pública alemana es el discurso que pronunció en
una de las viejas colonias africanas de su lejano predecesor, el káiser,
y que comenzó con estas
palabras devenidas históricas: "Damas y caballeros, queridos
negros".
Por si fuera poco, precisamente en esos momentos críticos de su
segunda presidencia se descubrió que durante la guerra fue
responsable entre 1943 y
1945 del trabajo de los obreros esclavizados en el centro de
investigación balística de Peenemünde, el laboratorio experimental
de las V1 y V2 del verdugo de Londres, Wernher von Braun, quien jamás
tuvo que comparecer ante un tribunal por crímenes de guerra: los
Estados Unidos lo eximieron de ello para que les construyera sus
cohetes espaciales. Al turbio asunto Lübke le cayó tierra encima, supongo que porque su salud mental aconsejaba
correr un piadoso velo sobre el tema. Y no se volvió a hablar de él. Hace
poco, sin
embargo, a fines de mayo, resurgió, aireado por la revista Der
Spiegel, y con pruebas documentales.
Dicho sea en honor suyo, los alemanes son campeones mundiales en la reconstrucción del pasado. Hay aquí una opinión pública muy
perseverante y atenta a la que no se le da gato por liebre tan fácilmente. No en
vano tendrá que pechar durante varias generaciones con el baldón del
Holocausto. (Si se fijan bien, los españoles todavía arrastran, desde los años
de la
leyenda negra, la mancha cainita de la Inquisición..., santo oficio
-o Santo Oficio- que otros practicaron con igual o mayor entusiasmo, y hasta más
allá de lo que nunca pudo soñar Torquemada. Pueden extraer los paralelos
que se les antojen: son más de lo que parece a simple vista).
Y es eso lo que provoca mi desconcierto, una vez más. Que a renglón
seguido de que haya sido rescatado el escándalo en torno a la participación
activa de Lübke en la maquinaria esclavista y destructiva del Tercer
Reich,
tan justo ahorita, en unos tiempos donde se ha recrudecido la vesania
neonazi, la compañía de transportes públicos de Colonia decida rebautizar
una de las paradas más emblemáticas de sus trayectos con el nombre de aquél
desdichado presidente.
Es algo que me recuerda mucho el chiste (como tal políticamente
incorrecto, pero también, como tal, bastante sintomático) donde Hitler le pide
permiso a
Satanás para volver nada más que cinco minutos a Alemania y «liquidar»
aquí el problema de la inmigración turca. Si bien a regañadientes, el
demonio le concedió el permiso, pero se desesperó al ver que Hitler no había
regresado al cabo de los cinco minutos. Pasaron ocho horas hasta que el
ex-pintor de brocha gorda compareciera de nuevo a la puerta del Infierno, masajeándose
con gesto de dolor la mano derecha. "¿No me dijiste que nada más
que cinco minutos?" bramó Satanás. "Sí, lo de los turcos lo arreglé
en cinco minutos", respondió Hitler, "pero es que luego en Berlín me han retenido
casi ocho horas dándole un apretón de manos a todos los que venían a
felicitarme".
Honni soit qui mal y pense!