Para todos vosotros, este bellísimo texto de Fernando
Aramburu.
<http://www.elmundo.es/diario/opinion/1014906.html>
EL MUNDO, miércoles, 27 de junio de 2001
EL INJUSTO OLVIDO DE GABRIEL
CELAYA
FERNANDO ARAMBURU
Una vez que estuve en el monasterio de San Lorenzo
de El
Escorial me aparté de mis acompañantes y permanecí un rato
parado ante la puerta del pudridero. Por aquellos días había un
inquilino dentro esperando en la soledad inerte de los difuntos
la hora de su traslado al Panteón de los Reyes. Créanme, no
profeso aficiones macabras. Ocurre tan sólo que un repentino
calambre de la conciencia me obligó a detenerme obra de dos o
tres minutos en el angosto corredor. Aquella cámara vedada a la
curiosidad del público se me figuró una metáfora de la suerte
que les toca correr de costumbre a los poetas a partir, digamos,
de la fecha en que la noticia de su fallecimiento y la de los
homenajes subsiguientes de rigor desaparecen de las planas de
los periódicos.
Muere un poeta y parece como si la salud pública
exigiera que
junto con su cadáver han de recibir sepultura sus poemas. Al mes
siguiente ya nadie se quiere acordar de él, como si de golpe
diera asco el recuerdo de sus versos, como si hubiese que
esperar a que se consume un proceso natural de descomposición
antes de restituirlos a la memoria cultural de los ciudadanos.
Cumplida la condena, se rescata (tal es la palabra usual) al
poeta con motivo de cierto aniversario. Lo importante es crear
ocasión para la noticia. A veces una autoridad municipal manda
pintar su nombre en la chapa indicadora de una calle de barrio
periférico, a veces una caja de ahorros organiza en su honor un
ciclo de conferencias y a veces ni siquiera eso. A Luis de
Góngora lo tuvieron tres siglos en el pudridero.
Los grandes de ayer mismo tampoco se libran de
quedarse solos
nada más iniciar su descanso eterno, cuando los vivos les
vuelven la cara y retornan a sus ruidos cotidianos. A Vicente
Aleixandre, hoy por hoy, no lo protege de la indiferencia
general la obtención del Premio Nobel de Literatura. Se me hace
a mí que a su música verbal le costará cuajar en un país
infestado de recitadores y tonadilleras. No menos sangrante es
el caso de Luis Alvarez Piñer, en parte por culpa propia, todo
hay que decirlo, pues que cometió el despiste de no apuntarse a
una generación o grupo poético, de modo que no hay gacetillero
de suplemento cultural que sepa referirse a él con la debida
ligereza. También Gabriel Celaya se encuentra a estas horas
confinado en la desmemoria colectiva. Al olvido póstumo
reglamentario se une en su caso, desde antiguo, la circunstancia
agravante de la desidia intelectual. Tanto tesón como en hacer
poesía puso Celaya en reflexionar por escrito sobre ella. Celaya
tendía de suyo a explicar y definir. Sus postulados (muchos,
diversos, a veces contradictorios) son sin duda discutibles;
pero apenas se conoce un poeta contemporáneo con coraje de
afrontar las cuestiones que él dejó planteadas, como si bastara
para resolverlas el simple recurso de ignorarlas. ¡Ni que
estuviéramos sobrados de genios reflexivos!
Gabriel Celaya sufrió como pocos el azote de los tópicos.
Algunos particularmente eficaces en su alcance simplificador no
logró sacárselos de encima jamás. Así, el feo remoquete de poeta
social, pegado a su obra como una garrapata a la carne. Celaya,
que practicó el surrealismo, frecuentó la novela, el ensayo y el
teatro, y halló en el tramo final de su vida inspiración en una
singular mitología y en el apego a su tierra natal, no se
cansaba de desaprobar, con infructuoso empeño, aquel
encasillamiento pertinaz que reducía su obra a una especie de
arco iris de un solo color.
Otro tanto puede afirmarse de aquello del «arma
cargada de
futuro», para algunos tasadores de la literatura el único verso
conocido entre los suyos; el cual acaso más que un eslogan es
cifra de las ideas nobles y optimistas que aquel hombre con
propensión a las rachas de melancolía necesitaba a toda costa
imbuir a sus semejantes. Justo él, que era de lágrima fácil y
apenas sabía sostenerse sin su Amparo, tenía por fe suprema la
alegría. A mí me dijo una vez que creía que tenemos «el deber de
ser alegres».
Celaya fue escritor de una indulgencia estética sin
parangón,
lo cual no implica que tuviera el oído duro para captar los
primores musicales (tachunda, chunda) de la lengua española,
conforme hemos leído más de una vez en las notas de medio folio
de algunos críticos destajistas de la literatura. Fue, aparte
poeta, consumado versificador, cosa que ya supo apreciar
Federico García allá por el año mil novecientos treinta y
tantos. Lo mismo se embarcó en la evasión onírica con
vocabulario selecto de intención eufónica que descendió tan
campante a los sótanos más prosaicos del idioma, otorgando con
manga ancha categoría de poético a cualquier suma significativa
de palabras con tal que éstas sirviesen de soporte a una
determinada justificación moral.
No se puede vibrar con una parte esencial de su obra
si no se
tiene en cuenta ese principio. Celaya fue un denodado promotor
de la bondad y de la rectitud. Otros buscaron y buscan en la
poesía logros formales. A él los empeños estrictamente
literarios le sabían a poco. Le parecían, incluso, síntoma de
conformismo. Celaya quería otra cosa, persuadido como estaba de
que su creencia en las virtudes del hombre constituía por sí
sola un valor poético. Pretendía intervenir poéticamente en la
Historia a fin de mejorar al hombre y liberarlo. Al vocablo
liberarlo, en tiempos de la dictadura de Franco, le correspondía
un significado concreto que no creo preciso explicar. Con dicho
fin sostuvo, durante un periodo largo de su vida, que las cosas
no son artísticas porque estén bien hechas, ni siquiera porque
sean capaces de suscitar una impresión de belleza, sino porque,
además o en contra de todo eso, dicen algo. Y en ese algo está
la razón de los distintos rumbos que siguió su pluma a lo largo
de más de cinco décadas de dedicación intensa al oficio
literario.
Acabando los años 40, Gabriel Celaya optó por
afianzar su
pensamiento poético sobre la convicción de que el empleo público
del lenguaje implica un recurso de actuación en el mundo. La
idea, como bien se sabe, había nacido con los primeros fenómenos
de masas del siglo XX. Recordemos a este respecto las arengas
callejeras de Lenin con cara de pulguillas o incluso a Miguel de
Unamuno metido a tutelar conciencias madrileñas desde un palco
de la plaza de toros. ¿Quién no ha visto esas imágenes
espeluznantes en las que Adolf Hitler enloquecía a las
multitudes a puro de palabras grandilocuentes y manotazos contra
el aire? El lenguaje es sin disputa un instrumento persuasivo de
primer orden. Dominarlo equivale a dominar las mentes sobre las
que es capaz de ejercer su influjo. El lenguaje es poder. De ahí
la necesidad a ultranza de censura que tiene todo sistema
político autoritario; de ahí, también, el empeño de las
democracias por amansar mediante premios y prebendas a los
escritores.
Por vez primera en la historia de la cultura se
plantea la
posibilidad real de un arte de masas. Celaya es plenamente
consciente de ello cuando abraza, junto con otros compañeros de
letras, la causa de una poesía destinada al hombre común. Se
trata de un esfuerzo titánico y, por descontado, optimista,
concebido como respuesta a una demanda social, según la cual un
sector mayoritario de la población carece del don o de la
posibilidad de la palabra, y entonces el poeta se presta a
ejercer de portavoz de las inquietudes colectivas.
Esa poesía en buena parte coloquial obedece, por de
pronto, a
un estímulo combativo al asumir fines prácticos de intervención
social por la vía de contraponer un lenguaje propio
(comprometido que se decía en aquellos tiempos) al discurso
oficial de la dictadura. Dudo mucho que esa concepción del
lenguaje como instrumento de contestación al poder haya perdido
una mota de vigencia, por más que en nuestros días prepondere el
tipo de escritor inofensivo y narcisista, tan sensible al
agasajo económico como al medro con bendición institucional.
Pero a lo que íbamos. Los resultados (no siempre
dignos de
perdurar, la verdad sea dicha) fueron sin duda útiles, que es en
el fondo lo que se deseaba, aun por encima de cualesquiera
consideraciones puramente estéticas. Y quien haya padecido en su
carne opresión y encierro, que se atreva a lanzar la primera
piedra. Yo tengo para mí que la tarea difusora de aquellos
poetas de corte realista, secundados por una pléyade de
valientes cantautores, contribuyó a preparar las conciencias de
los ciudadanos para la mejoría social que hoy, con todos sus
excesos e imperfecciones, disfrutamos. Un escritor que, como
Celaya, conoció la prohibición y el acoso del poder merecería
cuando menos que se le respetara en su derecho a ser objeto de
interpretaciones que tuvieran presente el momento histórico en
que sus obras fueron concebidas.
En lo que jamás coincidí con él fue en sus
arremetidas contra
el individuo (o contra el yo, como él gustaba de llamarlo), al
que con dogmatismo soviético llegó a calificar en alguna ocasión
de propiedad burguesa. Bien es cierto que cuando nos conocimos,
allá por los albores de la democracia, Gabriel Celaya andaba de
vuelta de tantas afirmaciones que había dejado escritas en algún
que otro álgido momento de combate.
Me acuerdo a este respecto de una disputa cordial
que
entablamos una tarde de 1979, sentados frente a frente los dos,
gambas asadas y botella de vino por medio, a la mesa de un bar
de la Parte Vieja donostiarra. No me puedo imaginar un contraste
mayor. Él, en los linderos de la senectud, con su cabellera
nevada y su corpulencia jovial; yo, con los 20 años recién
cumplidos, flaco, inexperto, barbudo y con una melena negra
(¡ay!) hasta los hombros. El, hijo de la burguesía industrial
guipuzcoana, todavía con remordimientos de clase; yo, vástago de
una familia obrera y, en teoría al menos, miembro de la capa
social en nombre de la que se supone que se expresaban o se
expresaron los escritores de su estirpe. El, convencido de que
el poeta forma parte de una conciencia colectiva; yo, militante
a la sazón de un grupo de agitadores surrealistas, firme en mi
tesis de que el arte no puede más que poner en contacto la
sensibilidad y la inteligencia de seres humanos sueltos, por
muchos que a la postre resulten de sumar aquí y allá.
A Gabriel Celaya no se le puede negar el mérito de
haber
animado el cotarro literario español en unos tiempos tristes,
poco propicios para el ejercicio público de la imaginación. Legó
a la posteridad un pensamiento poético, lo que no es poco, así
como una obra abundante, de extraordinaria complejidad digan lo
que digan los que sólo la conocen parcialmente. La vida le
concedió en los años 80 un último tramo de inspiración que yo no
vacilo en considerar el más afortunado entre los suyos. Libre
entonces de lastre ideológico, soñó en verso un retorno a los
orígenes, a la madre-tierra, y escribió (en el prefacio a un
volumen titulado precisamente Orígenes) que no hay más
colectividad que la del lenguaje que se dice a sí mismo, y al
decirse nos reúne a todos en un solo ser. Tras su muerte en 1991
las cenizas de Celaya fueron esparcidas por la tierra con la que
el poeta había manifestado su deseo de fundirse. Unos jóvenes
adiestrados en la agresión al prójimo (jende gaiztoa que les
decimos por allá), sin más atenuante que la ignorancia,
profanaron su memoria poco tiempo después. Me da que con Celaya
desapareció de Euskadi el último hombre que reía a todo trapo.
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Fernando Aramburu es escritor y autor de Los ojos vacíos.