Carta abierta
de ciudadanos estadounidenses a amigos de Europa
Daphne Abeel, Julie L. Abraham,
Michael Albert y otros
La principal falacia de los que apoyan la guerra es
la identificación entre los "valores
norteamericanos", tal como se entienden aquí, y
el ejercicio del poder económico y, sobre todo,
militar, de los Estados Unidos en el extranjero
Tras los ataques suicidas del 11 de septiembre de
2001, el presidente de los Estados Unidos, George W.
Bush declaró la "guerra al terrorismo". Por
lo visto, esta guerra no admite límites, ni geográficos,
ni temporales, ni en el nivel de destrucción que
puede llegar a causar.
Es imposible saber qué país puede resultar
sospechoso de esconder "terroristas" o ser
declarado parte del "eje del mal". La
erradicación del "mal" podría incluso
sobrevivir a un mundo incapaz de soportar la fuerza
destructiva empleada para llevarla adelante. El Pentágono
está lanzando bombas que han causado terremotos y está
considerando, de manera oficial, el uso de armas
nucleares, además de otros horrores incorporados a su
siempre renovado arsenal.
La destrucción material resultante es
inconmensurable. También el daño humano, no sólo en
términos de vidas humanas, sino en lo que concierne a
la desesperación moral y al odio que millones de
personas harán suyo al ver que sólo les queda
contemplar, impotentes, como su mundo es destruido por
un país, Estados Unidos, que pretende que su
autoridad moral es tan absoluta e inconmovible como su
poder militar.
Como ciudadanos de los Estados Unidos, nos cabe una
responsabilidad especial en la oposición a esta
enloquecida carrera bélica. Vosotros, como europeos,
también tenéis una responsabilidad especial. Muchos
de vuestros países son aliados militares de los
Estados Unidos en la OTAN. Los Estados Unidos aseguran
actuar en defensa propia, pero también para proteger
"los intereses de sus aliados y amigos".
Vuestros países resultarán implicados de manera
inevitable en las aventuras militares de los Estados
Unidos. También vuestro futuro, por tanto, está en
peligro.
Mucha gente informada, tanto dentro como fuera de
vuestros gobiernos, sabe de la peligrosa locura que
entraña el camino de guerra seguido por la
administración Bush. Pero pocos se atreven a decirlo
en voz alta y de manera honesta. Están intimidados
por las distintas formas de represalia que puedan
adoptarse contra los "amigos" y
"aliados" que no manifiesten un apoyo sin
fisuras. Tienen miedo de ser tachados de "anti-americanos",
la misma etiqueta absurda que se aplica a los
estadounidenses que hablan contra la política de
guerra y cuyas protestas son ahogadas sin
contemplaciones en el coro de chauvinismo que domina
los medios de comunicación en los Estados Unidos. Por
eso, una crítica europea sensata y franca contra la
política bélica de la administración Bush puede
ayudar a hacer audible las voces de los
estadounidenses que están contra la guerra.
Entre poetas y hombres de letras, la alabanza al
poder es tal vez la profesión más antigua del mundo.
Como poder supremo mundial, es natural que los Estados
Unidos atraigan aduladores que urjan a los líderes
políticos nacionales a ir todavía más lejos en el
uso de su fuerza militar para imponer la virtud a un
mundo reticente.
Se trata de una cuestión tan antigua como
repetida: la bondad del poderoso debe extenderse a los
más débiles mediante el uso de la fuerza.
La falacia fundamental de los que apoyan la guerra
es la identificación que establecen entre los
"valores norteamericanos", tal como se
entienden aquí, y el ejercicio del poder económico
y, sobre todo, militar, de los Estados Unidos en el
extranjero.
La auto complacencia es una notoria característica
de la cultura estadounidense, quizás porque se
percibe como un medio útil de asimilación en una
sociedad de inmigrantes. Desafortunadamente, el 11 de
septiembre ha llevado está tendencia hasta extremos
insospechados. Su efecto ha sido el de reforzar una
ilusión extendida entre la ciudadanía
estadounidense. La de que el mundo está obsesionado,
por admiración o envidia, con la imagen que los
Estados Unidos tienen de sí: un país próspero,
democrático, generoso, acogedor, abierto a todas las
razas y religiones, paradigma de los valores humanos
universales y última esperanza de la humanidad en su
conjunto.
La mayoría de ciudadanos estadounidenses no es
consciente de que el impacto del poder de los Estados
Unidos en el extranjero no tiene nada que ver con los
"valores" celebrados aquí. Por el
contrario, con frecuencia contribuye a impedir que la
gente de otros países tenga la oportunidad de
disfrutarlos incluso cuando lo intentan.
En América Latina, África y Asia, el poder de
Estados Unidos ha servido, ante todo, para apoyar
remanentes de los regímenes coloniales y dictadores
impopulares, para imponer condiciones comerciales y
financieras devastadoras, para apoyar a fuerzas
armadas represivas, para derrocar o ahogar mediante
sanciones a gobiernos relativamente independientes, y
finalmente, para enviar bombarderos y misiles crucero
que han sembrado la muerte y la destrucción
El derecho a la autodefensa
1) ¿Derecho de quién?
Desde el 11 de septiembre, los Estados Unidos se
sienten atacados. En consecuencia, el gobierno reclama
un "derecho de autodefensa" que le permita
emprender una guerra, bajo sus propias condiciones,
contra cualquier país que designe como enemigo, sin
ninguna prueba de culpabilidad o procedimiento legal.
Es obvio que este "derecho de
autodefensa" nunca ha existido para países como
Vietnam, Laos, Camboya, Libia, Sudán o Yugoslavia
cuando fueron bombardeados por Estados Unidos. Y
tampoco será reconocido para países que sean
bombardeados por los Estados Unidos en el futuro. Se
trata, sencillamente, del derecho del más fuerte, de
la ley de la selva. El ejercicio de este
"derecho", negado al resto, no puede
presentarse como un "valor universal". Por
el contrario, socava el concepto mismo de un orden
mundial basado en valores universales y con los mismos
recursos legales disponibles para todos en un plano de
igualdad.
Un "derecho" disfrutado sólo por uno -el
más poderoso- no es un derecho, sino un privilegio,
que únicamente puede ejercerse en detrimento de los
derechos de los demás.
2) ¿Cómo se "defienden" los Estados
Unidos?
Supuestamente en ejercicio de su autodefensa, los
Estados Unidos emprendieron una guerra contra Afganistán.
Pero no se trató de una acción especial diseñada
para responder a los acontecimientos del 11 de
septiembre. Por el contrario, era algo que los Estados
Unidos ya venían haciendo y que, como revelan
documentos del Pentágono, tenían planeado desde hace
tiempo: bombardear otros países, enviar fuerzas
militares a suelo extranjero y derribar sus gobiernos.
Los Estados Unidos, de hecho, tienen pensada, de
manera abierta, una guerra total que no excluye el uso
de armas nucleares- contra Iraq, un país que ha sido
bombardeado durante una década, con el objetivo
admitido de reemplazar su gobierno por líderes afines
a Washington.
3) ¿Qué es exactamente lo que se
"defiende"?
Lo que se defiende está relacionado con lo que ha
sido atacado.
Tradicionalmente, "defensa" significa
defensa del territorio nacional. El 11 de septiembre,
lo que tuvo lugar fue, en efecto, un ataque contra
territorio estadounidense. No fue un ataque
convencional, ejecutado por una potencia con el objeto
de conquistar un territorio. Más bien, fue un golpe
anónimo contra unas instituciones concretas. Ante la
ausencia de cualquier asunción de responsabilidad, la
naturaleza simbólica de los objetivos se consideró
como auto-explicatoria. El World Trade Center
simbolizaba con toda claridad el poder económico
global de los Estados Unidos, al tiempo que el Pentágono
representaba su poder militar. Así, parece bastante
improbable que los ataques del 11 de septiembre se
dirigieran simbólicamente contra los "valores
americanos" como se pretende en los Estados
Unidos. Más bien, el verdadero objetivo parece haber
sido el poder económico y militar americano tal y
como se proyecta en el exterior. De acuerdo con los
informes, 15 de los 19 secuestradores eran árabes
sauditas contrarios a la presencia de bases militares
estadounidenses en su territorio. Lo que el 11 de
septiembre sugiere es que la nación que proyecta su
poder en el extranjero es vulnerable en casa, pero la
cuestión de fondo es la intervención de los Estados
Unidos en el extranjero. No hay duda de que las
guerras de Bush están pensadas, precisamente, para
defender y fortalecer el poder de los Estados Unidos
en el exterior. Lo que se está defendiendo es la
proyección global del poder estadounidense y no sus
libertades internas o su modo de vida.
En realidad, es más probable que las guerras en el
extranjero sirvan antes para socavar valores domésticos
apreciados por los ciudadanos y no para defenderlos o
difundirlos. Pero los gobiernos embarcados en guerras
de agresión procuran siempre atraer el apoyo doméstico
tratando de convencer a la gente de a pie de que el
conflicto bélico es necesario para defender o
difundir ideales nobles. La principal diferencia entre
las guerras imperialistas del pasado y la campaña
global emprendida por los Estados Unidos reside en la
mayor cantidad de medios de destrucción disponibles.
La relación entre los medios materiales de destrucción
y el poder constructivo de la experiencia humana nunca
ha estado tan peligrosamente desequilibrada. Los
intelectuales tienen hoy la opción de sumarse al coro
de aquellos que celebran la fuerza bruta, ligándola
de manera retórica a ?valores espirituales?, o bien
de adoptar la tarea más difícil y fundamental de
denunciar la arrogante locura del poder y de trabajar
con el conjunto de la humanidad para crear medios de
diálogo razonables, relaciones económicas justas y
una justicia igualitaria
El derecho a la autodefensa debe ser un derecho
humano colectivo. La humanidad como conjunto tiene el
derecho de defender su propia supervivencia contra la
?autodefensa? de una superpotencia incontrolada.
Durante medio siglo, los Estados Unidos han demostrado
de manera reiterada su indiferencia hacia las muertes
colaterales y hacia la destrucción provocada por sus
autoproclamados esfuerzos por mejorar el mundo. Sólo
uniéndose en señal de solidaridad con las víctimas
del poder militar estadounidense podemos nosotros, en
los países ricos, defender aquellos valores
universales que decimos apreciar.
Lista de firmas (al 10 de abril de 2002)
Daphne Abeel, Journalist, Cambridge, MA. Julie
L. Abraham, Professor of English, New York City.
Michael Albert, ZNet, Boston. Janet Kestenberg Amighi.
Anthropologist, Hahneman University, Philadelphia.
Electa Arenal, Hispanic & Luso-Brazilian
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Monthly Review, New York City. Holly Thau,
Psychotherapist, Oregon. Reetika Vazirani, Writer, New
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Friends Committee on National Legislation, Washington,
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Associate Professor of Medicine, Harvard Medical
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California State University, Chico Howard Zinn, writer,
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