Gabriel García Márquez
Crónica
de una tragedia organizada
Nota del 16 del 9 de 1998.
A fines de 1969, tres generales del Pentágono
cenaron con cuatro militares chilenos en una casa de los suburbios, de
Washington. El anfitrión era el entonces coronel Gerardo López
Angulo, agregado aéreo de la misión militar de Chile en los Estados
Unidos, y los invitados chilenos eran sus colegas de las otras armas.
La cena era en honor del director de la Escuela de Aviación de Chile,
general Carlos Toro Mazote, quien había llegado el día anterior para
una visita de estudio. Los siete militares comieron ensalada de frutas
y asado de ternera con guisantes, bebieron los vinos de corazón tibio
de la remota patria del Sur donde había pájaros luminosos en las
playas mientras Washington naufragaba en la nieve. y hablaron en inglés
de lo único que parecía interesar a los chilenos en aquellos
tiempos: las elecciones presidenciales del próximo septiembre. A los
postres, uno de los generales del Pentágono preguntó qué haría el
ejército de Chile si el candidato de la izquierda. Salvador Allende,
ganaba las elecciones. El general Toro Mazote contestó: “Nos
tomaremos el Palacio de la Moneda en media hora, aunque tengamos que
incendiario”.
Uno de los invitados era el general Ernesto Baeza, actual director
de la Seguridad Nacional de Chile, que fue quién dirigió el asalto
al palacio presidencial en el golpe reciente, y quien dio la orden de
incendiarlo. Dos de sus subalternos de aquellos días se hicieron célebres
en la misma jornada: el general Augusto Pinochet, presidente de la
Junta Militar, y el general Javier Palacios, que participó en la
refriega final contra Salvador Allende.
También se encontraba en la mesa el general de brigada aérea
Sergio Figueroa Gutiérrez, actual ministro de Obras Públicas, y
amigo íntimo de otro miembro de la Junta Militar, el general del aire
Gustavo Leigh, que dio la orden de bombardear con cohetes el palacio
presidencial. El último invitado era el actual almirante Arturo
Troncoso, ahora gobernador naval de Valparaíso, que hizo la purga
sangrienta de la oficialidad progresista de la marina de guerra, e
inició el alzamiento militar en la madrugada del 11 de septiembre.
Aquella cena histórica fue el primer contacto de Pentágono con
oficiales de las cuatro armas chilenas. En otras reuniones sucesivas,
tanto en Washington como en Santiago, se llegó al acuerdo final de
que los militares chilenos más adictos al alma y a los intereses de
los Estados Unidos se tomarían el poder en caso de que la Unidad
Popular ganara las elecciones. Lo planearon enfrío, como una simple
operación de guerra, y sin tomar en cuenta las condiciones reales de
Chile.
El plan estaba elaborado desde antes, y no sólo como consecuencia
de las presiones de la Internacional Telegraph & Telephone (ITT),
sino por razones mucho más profundas de política mundial. Su nombre
era Contingency Plan. El organismo que la puso en marcha fue la
Defense Intelligence Agency del Pentágono, pero la encargada de su
ejecución fue la Naval Intelligence Agency, que centralizó y procesó
los datos de las otras agencias, inclusive la CIA, bajo la dirección
política superior del Consejo Nacional de Seguri-dad. Era normal que
el proyecto se encomendara a la marina, y no al ejército, porque el
golpe de Chile debía coincidir con la Operación Unitas, que son las
maniobras conjuntas de unidades norteamericanas y chilenas en el Pacífico.
Estas maniobras se llevaban a cabo en septiembre, el mismo mes de las
elecciones, y resultaba natural que hubiera en la tierra y en el cielo
chilenos toda clase de aparatos de guerra y de hombres adiestrados en
las artes y las ciencias de la muerte.
Por esa época, Henry Kissinger dijo en privado a un grupo de
chilenos: "No me interesa ni sé nada del Sur del Mundo, desde
los Pirineos hacia abajo". El Contingency Plan estaba entonces
terminado hasta su último detalle, y es imposible pensar que
Kissinger no estuviera al corriente de eso, y que no lo estuviera el
propio presidente Nixon.
Ningún chileno cree que mañana es martes
Chile es un país angosto, con 4.270 kilómetros de largo y 190 de
ancho, y con 10 millones de habitantes efusivos, dos de los cuales
viven en Santiago, la capital. La grandeza del país no se funda en la
cantidad de sus virtudes sino en el tamaño de sus excepciones. Lo único
que produce con absoluta seriedad es mineral de cobre, pero es el
mejor del mundo, y su volumen de producción es apenas inferior al de
Estados Unidos y la Unión Soviética.
También produce vinos tan buenos como los europeos, pero se
exportan poco porque casi todos se los beben los chilenos, Su ingreso
per cápita, 600 dólares, es de los más elevados de América latina,
pero casi la mitad del producto nacional bruto se lo reparten
solamente 300.000 personas. En 1932, Chile fue la primera república
socialista del continente, y se intentó la nacionalización del cobre
y el carbón con el apoyo entusiasta de los trabajadores, pero la
experiencia sólo duró 13 días. Tiene un promedio de un temblor de
tierra cada dos días y un terremoto devastador cada tres años.
Los geólogos menos apocalípticos consideran que Chile no es un país
de tierra firme sino una cornisa de los Andes en un océano de brumas,
y que todo el territorio nacional, con sus praderas de salitre y sus
mujeres tiernas, está condenado a desaparecer en un cataclismo.
Las chilenas, en cierto modo, se parecen mucho al país. Son la
gente más simpática de] continente, les gusta estar vivos y saben
estarlo lo mejor que es posible, y hasta un poco más, pero tienen una
peligrosa tendencia al escepticismo y a la especulación intelectual.
"Ningún chileno cree que mañana es martes", me dijo alguna
vez otro chileno, y tampoco él lo creía.
Sin embargo, aun con esa incredulidad de fondo, o tal vez gracias a
ella, los chilenos han conseguido un grado de civilización natural,
una madurez política y un nivel de cultura que son sus mejores
excepciones. De tres premios Nobel de Literatura que ha obtenido América
latina, dos fueron chilenos. Uno de ellos, Pablo Neruda, era el poeta
más grande de este siglo.
Todo esto debía saberlo Kissinger cuando contestó que no sabía
nada del sur del mundo, porque el gobierno de los Estados Unidos conocía
entonces hasta los pensamientos más recónditos de los chilenos. Los
había averiguado en 1965, sin permiso de Chile, en una inconcebible
operación de espionaje social y político: el Plan Camelot. Fue una
investigación subrepticia, me-diante cuestionarios muy precisos,
sometidos a todos los niveles sociales, a todas las profesiones y
oficios, hasta en los últimos rincones del país, para establecer de
un modo científico el grado de desarrollo político y las tendencias
sociales de los chilenos. En el cuestionario que, se destinó a los
cuarteles, figuraba la pregunta que cinco años después volvieron a oír
los militares chilenos en la cena de Washington: ¿Cuál será la
actitud en caso de que el comunismo llegue al poder? La pregunta era
capciosa. Después de la operación Camelot, los Estados Unidos sabían
a ciencia cierta que Salvador Allende sería elegido presidente de la
república.
Chile no fue escogida por casualidad para este escrutinio. La antigüedad
y la fuerza de su movimiento popular, la tenacidad y la inteligencia
de sus dirigentes, y las propias condiciones económicas y sociales
del país permitían vislumbrar su destino. El análisis de la operación
Camelot lo confirmó: Chile iba a ser la segunda república socialista
del continente.
después de Cuba. De modo que el propósito de los Estados Unidos
no era simplemente impedir el gobierno de Salvador Allende para
preservar las inversiones norteamericanas. El propósito grande era
repetir la experiencia más atroz y fructífera que ha hecho jamás el
imperialismo en América latina: Brasil.
Doña cacerolina se echa a la calle
E1 4 de septiembre de 1970, como estaba previsto, el médico
socialista y masón Salvador Allende fue elegido presidente de la república.
Sin embargo, el Contingency Plan no se puso en práctica. La explicación
más corriente es también la más divertida: alguien se equivoco en
el Pentágono, y solicitó 200 visas para un supuesto orfeón naval
que en realidad estaba compuesto por especialistas en derrocar
gobiernos, y entre ellos varios almirantes que ni siquiera sabían
cantar. El gobierno chileno descubrió la maniobra y negó las visas.
Este percance, se supone, determinó el aplazamiento de la aventura.
Pero la verdad es que el proyecto había sido evaluado a fondo: otras
agencias norteamericanas, en especial la CIA, y el propio embajador de
los Estados Unidos en Chile, Edward Korry, consideraron que el
Contingency Plan era sólo una operación militar que no tomaba en
cuenta las condiciones actuales de Chile.
En efecto, el triunfo de la Unidad Popular no ocasionó el pánico
social que esperaba el Pentágono. Al contrario, la independencia del
nuevo gobierno en política internacional, y su decisión en materia
económica, crearon de inmediato un ambiente de fiesta social. En el
curso del primer año se habían nacionalizado 47 empresas
industriales y más de la mitad del sistema de créditos. La reforma
agraria expropió e incorporó a la propiedad social 2.400.000 hectáreas
de tierras activas. El proceso inflacionario se moderó: se consiguió
el pleno empleo y los salarios tuvieron un aumento efectivo de un 40
por ciento.
El gobierno anterior, presidido por el demócrata-cristiano Eduardo
Frei, había iniciado un proceso de chilenización del cobre. Lo único
que hizo fue comprar el 51 por ciento de las minas, y sólo por la
mina de El Teniente pagó una suma superior al precio total de la
empresa. La Unidad Popular recuperó para la nación con un solo acto
legal todos los yacimientos de cobre explotados por las filiales de
compañías norteamericanas, la Anaconda y la Kennecott. Sin
indemnización: el gobierno calculaba que las dos compañías habían
hecho en 15 años una ganancia excesiva de 80.000 millones de dólares.
La pequeña burguesía y los estratos sociales intermedios, dos
grandes fuerzas que hubieran podido respaldar un golpe militar en
aquel momento, empezaban a disfrutar de ventajas imprevistas, y no a
expensas del proletariado, como había ocurrido siempre, sino a
expensas de la oligarquía financiera y el capital extranjero. Las
fuerzas armadas, como grupo social, tienen la misma edad, el mismo
origen y las mismas ambiciones de la clase media, y no tenían motivo,
ni siquiera una coartada, para respaldar a un grupo exiguo de
oficiales golpistas. Consciente de esa realidad, la Democracia
Cristiana no sólo no patrocinó entonces la conspiración de cuartel,
sino que se le opuso resueltamente porque la sabía impopular dentro
de su propia clientela.
Su objetivo era otro: perjudicar por cualquier medio la buena salud
del gobierno para ganarse las dos terceras partes del Congreso en las
elecciones de marzo de 1973. Con esa proporción podía decidir la
destitución constitucional del presidente de la república.
La Democracia Cristiana era una grande formación interclasista,
con una base popular auténtica en el proletariado de la industria
moderna, en la pequeña y media propiedad campesina, y en la burguesía
y la clase media de las ciudades. La Unidad Popular expresaba al
proletariado obrero menos favorecido, al proletariado agrícola, a la
baja clase media de las ciudades y los marginados de todo el país.
La Democracia Cristiana, aliada con el Partido Nacional de extrema
derecha, controlaba el Congreso. La Unidad Popular controlaba el poder
ejecutivo. La polarización de esas dos fuerzas iba a ser, de hecho,
la polarización del país. Curiosamente, el católico Eduardo Frei,
que no cree en el marxismo, fue quien aprovechó mejor la lucha de
clases, quien la estimuló y exacerbó, con el propósito de sacar de
quicio al gobierno y precipitar al país por la pendiente de la
desmoralización y el desastre económico.
El bloqueo económico de los Estados Unidos por las expropiaciones
sin indemnización y el sabotaje interno de la burguesía, hicieron el
resto. En Chile se produce todo, desde automóviles hasta pasta dentífrico,
pero la industria tiene una identidad falsa: en las 160 empresas más
importantes, el 60 por ciento era capital extranjero, y el 80 por
ciento de sus elementos básicos eran importados. Además, el país
necesitaba 300 millones de dólares anuales para importar artículos
de consumo, y otros 450 millones para pagar los servicios de la deuda
externa. Los créditos de los países socialistas no remediaban la
carencia fundamental de repuestos, pues toda la industria chilena, la
agricultura y el transporte, estaban sustentados en equipo
norte-americano. La Unión Soviética tuvo que comprar trigo de
Australia para mandarlo a Chile, porque ella misma no tenía, y a través
del Banco de la Europa del Norte, de París, le hizo varios empréstitos
sustanciosos en dólares efectivos. Cuba, en un gesto que fue más
ejemplar que decisivo, mandó un barco cargado de azúcar regalada.
Pero las urgencias de Chile eran descomunales. Las alegres señoras de
la burguesía. con el pretexto del racionamiento y de las pretensiones
excesivas de los pobres, salieron a la plaza pública haciendo sonar
sus cacerolas vacías. No era casual, sino al contrario, muy
significativo, que aquel espectáculo callejero de zorros plateados y
sombreros de flores ocurriera la misma tarde que Fidel Castro
terminaba una visita de treinta días que había sido un terremoto de
agitación social.
La última cueca feliz de Salvador Allende
E1 presidente Salvador Allende comprendió entonces, y dijo, que el
pueblo tenía el gobierno pero no tenía el poder. La frase era más
amarga de lo que parecía, y también más alarmante, porque Allende
llevaba dentro una almendra legalista que era el germen de su propia
destrucción: un hombre que peleó hasta la muerte en defensa de la
legalidad, hubiera sido capaz de salir por la puerta mayor de la
Moneda, con la frente en alto, si lo hubiera destituido el congreso
dentro del marco de la constitución.
La periodista y política italiana, Rossana Rossanda, que visitó a
Allende por aquella época, lo encontró envejecido, tenso y lleno de
premoniciones lúgubres, en el diván de cretona amarilla donde había
de reposar el cadáver acribillado y con la cara destrozada por un
culatazo de fusil. Hasta los sectores más comprensivos de la
Democracia Cristiana estaban entonces contra él. ¿Inclusive Tomic?,
le preguntó Rossana. Todos, contestó Allende.
En vísperas de las elecciones de marzo de 1973, en las cuales se
jugaba su destino, se hubiera conformado con que la Unidad Popular
obtuviera el 36 por ciento. Sin embargo, a pesar de la inflación
desbocada, del racionamiento feroz, del concierto de olla de las
cacerolinas alborotadas obtuvo el 44 por ciento. Era una victoria tan
espectacular y decisiva, que cuando Allende se quedó en el despacho
sin más testigos que su amigo y confidente, el periodista Augusto
Olivares, hizo cerrar la puerta y bailó solo una cueca.
Para la Democracia Cristiana, aquella, era la prueba de que el
proceso democrático promovido por la Unidad Popular no podía ser
contrariado con recursos legales, pero careció de visión para medir
las consecuencias de su aventura: es un caso imperdonable de
irresponsabilidad histórica. Para los Estados Unidos era una
advertencia mucho más importante que los intereses de las empresas
expropiadas; era un precedente inadmisible en el progreso pacífico de
los pueblos del mundo, pero en especial para los de Francia o Italia,
cuyas condiciones actuales hacen posible la tentativa de experiencias
semejantes a las de Chile. Todas las fuerzas de la reacción interna y
externa se concentraron en un bloque compacto.
En cambio los Partidos de la Unidad Popular, cuyas grietas internas
eran mucho más profun-das de lo que se admite, no logra-ron ponerse
de acuerdo con el análisis de la votación de marzo. El gobierno se
encontró sin recur-sos, reclamado desde un extremo por los
partidarios de aprovechar la evidente radicalización de las masas
para dar un salto decisivo en el cambio social, y los más moderados
que temían al espectro de la guerra civil y confiaban en llegar a un
acuerdo regresivo con la Democracia Cristiana. Ahora se ve con mucha
claridad que esos contactos, por parte de la oposición, no eran más
que un recurso de distracción para ganar tiempo.
La huelga de camioneros fue el detonante final. Por su geografía
fragorosa, la economía chilena está a merced de su transporte
rodado. Paralizarlo es paralizar el país. Para la oposición era muy
fácil hacerlo, porque el gremio del transporte era de los más
afectados por la escasez de repuestos, y se encontraba además
amenazado por la disposición del gobierno de nacionalizar el
transporte con equipos soviéticos. El paro se sostuvo hasta el final,
sin un solo instante de desaliento, porque estaba financiado desde el
exterior con dinero efectivo. La CIA inundó de dólares el país para
apoyar el Paro Patronal, y esa divisa bajó en bolsa negra, escribió
Pablo Neruda a un amigo en Europa. Una semana antes del golpe se había
acabado el aceite, la leche y el pan.
En los últimos días de la Unidad Popular, con la economía
desquiciada y el país al borde de la guerra civil, las maniobras del
gobierno y de la oposición se centraron en la esperanza de modificar,
cada quien a su favor, el equilibrio de fuerzas dentro del ejército.
La jugada final fue perfecta: cuarenta y ocho horas antes del golpe,
la oposición había logrado descali-ficar a los maridos superiores
que respaldaban a Salvador Allende, y habían ascendido en su lugar,
uno por uno, en una serie de enroques y gambitos magistrales. a todos
los oficiales que habían asistido a la cena de Washington.
Sin embargo, en aquel momento el ajedrez político había escapado
a la voluntad de sus protagonistas. Arrastrados por una dialéctica
irreversible, ellos mismos terminaron convertidos en fichas de un
ajedrez mayor, mucho más complejo y políticamente mucho más
importante que una confabulación consciente entre el imperialismo y
la reacción contra el gobierno del pueblo. Era una terrible
confrontación de clases que se le escapaba de las manos a los mismos
que la habían provocado, una encarnizada rebatiña de intereses
contrapuestos cuya culminación final tenía que ser un cataclismo
social sin precedentes en la historia de América.
El ejército más sanguinario del mundo
Un golpe militar, dentro de aquellas condiciones, no podía ser
incruento. Allende lo sabía. No se juega con fuego, le había dicho a
Rossana Rossanda. Si alguien cree que en Chile un golpe militar será
como en otros países de América, con un simple cambio de guardia en
la Moneda, se equivoca de plano. Aquí, si el ejército se sale de la
legalidad habrá un baño de sangre. Será Indonesia. Esa certidumbre
tenía un fundamento histórico.
Las fuerzas armadas de Chile, al contrario de lo que se nos ha
hecho creer, han intervenido en la política cada vez que se han visto
amenazados sus intereses de clases, y lo han hecho con una tremenda
ferocidad represiva. Las dos constituciones que ha tenido el país en
un siglo fueron impuestas por las armas, y el reciente golpe militar
era la sexta tentativa de los últimos cincuenta años.
El ímpetu sanguinario del ejército chileno le viene de
nacimiento, en la terrible escuela de la guerra cuerpo a cuerpo contra
los araucanos, que duró 300 años. Uno de sus precursores se
vanagloriaba, en 1620, de haber matado con su propia mano, en una sola
acción, a más de 2.000 personas. Joaquín Edwards Bello cuenta en
sus crónicas que durante una epidemia de tifo exantemático, el ejército
sacaba a los enfermos de sus casas y los mataba con un baño de veneno
para acabar con la peste. Durante una guerra civil de siete meses, en
1891, hubo 10.000 muertos en una sola batalla. Los peruanos aseguran
que durante la ocupación de Lima, en la guerra del Pacífico, los
militares chilenos saquearon la biblioteca de don Ricardo Palma, pero
no usaban los libros para leerlos sino para limpiarse el trasero.
Con mayor brutalidad han sido reprimidos los movimientos populares.
Después del terremoto de Valparaíso, en 1906, las fuerzas navales
liquidaron la organización de trabajadores portuarios con una masacre
de 8.000 obreros. En Iquique, a principios de siglo, una manifestación
de huelguistas se refugió en el teatro municipal, huyendo de la
tropa, y fueron ametrallados: hubo 2.000 muertos. El 2 de abril de
1957 el ejército reprimió una asonada civil en el centro comercial
de Santiago, y causó un número de víctimas que nunca se pudo
establecer, porque el gobierno escamoteó los cuerpos en entierros
clandestinos. Durante una huelga en la mina de El Salvador, bajo el
gobierno de Eduardo Frei, una patrulla militar dispersó a bala una
manifestación y mató a seis personas, entre ellas varios niños y
una mujer en cinta. El comandante de la plaza era un oscuro general de
52 años, padre de cinco niños, profesor de geografía y autor de
varios libros sobre asuntos militares: Augusto Pinochet.
El mito del legalismo y la mansedumbre de aquel ejército carnicero
había sido inventado en interés propio de la burguesía chilena. La
Unidad Popular lo mantuvo con la esperanza de cambiar a su favor la
composición de clase de los cuadros superiores Pero Salvador Allende
se sentía más seguro entre los Carabineros, un cuerpo armado de
origen popular y campesino que estaba bajo el mando directo del
presidente de la república. En efecto, sólo los ofi-ciales más
antiguos de los Carabineros secundaron el golpe. Los oficiales jóvenes
se atrincheraron en la escuela de suboficiales de Santiago y
resistieron durante cuatro días, hasta que fueron aniquilados desde
el aire con bombas de guerra.
No quedara en Chile ningún rastro de las condiciones políticas y
sociales que hicieron posible la Unidad Popular. Cuatro meses después
del golpe, el balance era atroz: casi 20 mil personas asesinadas, 30
mil prisioneros políticos sometidos a torturas salvajes, 25 mil
estudiantes expulsados y más de 200 mil obreros licenciados. La etapa
más dura, sin embargo, aún no había terminado.
La verdadera muerte de un presidente
A la hora de la batalla final, con el país a merced de las fuerzas
desencadenadas de la subversión, Salvador Allende continuó aferrado
a la legalidad. La contradicción más dramática de su vida fue ser
al mismo tiempo enemigo congénito de la violencia y revolucionario
apasionado, y el creía haberla resuelto con la hipótesis de que las
condiciones de Chile permitían una evolución pacífica hacia el
socialismo dentro de la legalidad burguesa. La experiencia le enseñó
demasiado tarde que no se puede cambiar un sistema desde el gobierno
sino desde el poder.
Esa comprobación tardía debió ser la fuerza que lo impulsó a
resistir hasta la muerte en los escombros en llamas de una casa que ni
siquiera era la suya, una mansión sombría que un arquitecto italiano
construyó para fábrica de dinero y terminó convertida en el refugio
de un presidente sin poder. Resistió durante seis horas, con una
ametralladora que le había regalado Fidel Castro y que fue la primera
arma de fuego que Salvador Allende disparó jamás. El periodista
Augusto Olivares, que resistió a su lado hasta el final, fue herido
varias veces, y murió desangrándose en la Asistencia Pública.
Hacia las cuatro de la tarde, el general de división Javier
Palacios logró llegar al segundo piso, con su ayudante, el capitán
Gallardo, y un grupo de oficiales. Allí, entre las falsas poltronas
Luis XV y los floreros de dragones chinos y los cuadros de Rugendas
del salón Rojo, Salvador Allende los estaba esperando. Llevaba en la
cabeza un casco de minero, y estaba en mangas de camisa, sin corbata,
y con la ropa sucia de sangre. Tenía la metralleta en la mano.
Allende conocía bien al general Palacios. Pocos días antes le había
dicho a Augusto Olivares que aquel era un hombre peligroso que mantenía
contactos estrechos con la embajada de los Estados Unidos. Tan pronto
como lo vio aparecer en la escalera, Allende le gritó: Traidor, y lo
hirió en una mano. Allende murió en un intercambio de disparos con
esta patrulla. Luego, todos los oficiales, en un rito de casta,
dispararon sobre el cuerpo. Por último un suboficial le destrozó, la
cara con la culata del fusil. La foto existe: la hizo el fotógrafo
Juan Enrique Lira, del periódico El Mercurio, el único a quien se
permitió retratar el cadáver. Estaba tan desfigurado, que a la señora
Hortensia Allende, su esposa, le mostraron el cuerpo en el ataúd,
pero no permitieron que le descubriera la cara.
Había cumplido 64 años en el julio anterior, y era un Leo
perfecto: tenaz, decidido e imprevisible. Lo que piensa Allende sólo
lo sabe Allende me había dicho uno de sus ministros. Amaba la vida,
amaba las flores y los perros, y era de una galantería un poco a la
antigua, con esquelas perfumadas y encuentros furtivos. Su virtud
mayor fue la consecuencia, pero el destino le deparó la rara y trágica
grandeza de morir defendiendo a bala el mamarracho anacrónico del
derecho burgués, defendiendo una Corte Suprema de Justicia que lo había
repudiado pero que había de legitimar a sus asesinos, defendiendo un
Congreso miserable que 16 había declarado ilegítimo, pero que había
de sucumbir complacido ante la voluntad de los usurpadores, defendien-do
la libertad de los partidos de oposición que habían vendido su alma
al fascismo, defendiendo toda la parafernalia apolillada de un sistema
de mierda que él se había propuesto aniquilar sin disparar un tiro.
El drama ocurrió en Chile, para mal de los chilenos, pero ha de
pasara la historia como algo que nos sucedió sin remedio a todos los
hombres de este tiempo, y que se quedó en nuestras vidas para
siempre.

SI DESEA LEER EL TEXTO EN EL PORTAL DE EL
LA MAGA,
PULSE SOBRE LA IMAGEN