La Jornada, México D.F. Viernes 5 de abril de 2002
La noticia
nos dejó estupefactas. Alaíde Foppa, de visita en Guatemala, había
desaparecido. Era el 19 de diciembre de 1981, hace casi 21 años.
Esa misma noche Marta Lamas, blanca y asustada, vino a la casa.
Escribimos el artículo y se publicó en Unomásuno. A
partir de ese momento Alaíde empezó a vivir dentro de nosotros,
intensa, dolorosamente. La envolvimos en palabras, en
meditaciones; la evocamos, la recreamos, le dimos vuelta una y
otra vez, como burros de noria, con la esperanza de que nuestra
insistencia la haría materializarse. ''Ahorita va a abrir la
puerta y va a entrar". ''Sonará el teléfono y oiré su
voz." Todas las mañanas recortamos en los periódicos, sobre
todo en el Unomásuno, lo que se publicaba sobre Alaíde,
fotos que no conocíamos, y nos enteramos de aspectos de su vida
antes ignorados. Marta y yo hicimos todas las antesalas posibles:
las de Gobernación y las de la Presidencia, las de Relaciones
Exteriores y las de la embajada de Guatemala en México; fuimos y
vinimos y en esos días de viacrucis recogimos no sólo las
referencias a su secuestro, sino la abultada información sobre
los asesinatos en Guatemala, la masacre en El Salvador, la
tragedia masiva de Centroamérica y la de Latinoamérica.
En la
madrugada, como un rezo, una jaculatoria, aparecía en el Unomásuno
(regalo de ese diario) un pequeño anuncio: ''Hoy hace 25 días,
Alaíde Foppa desapareció en Guatemala. Hacemos responsable a ese
gobierno por su vida". Lo firmaba el Comité Internacional
por la vida de Alaíde Foppa. Se fueron ensartando los días, un día
más sin Alaíde, un día más sobre un montón de días, un día
más como una paletada de tierra sobre una situación atroz,
intolerable. Pensé que el día en que el escueto desplegado
desapareciera nos habríamos acostumbrado a él como a cualquier
otro anuncio, el de los colchones América o el de Dormimundo,
porque tal parece que en América Latina resulta más fácil
convivir con la tragedia y la injusticia que con la libertad.
Familiarizarse con la desgracia e integrarla a nuestra vida
cotidiana es una costumbre que por sabida se calla.
La
desaparición, lo sabemos, es la mejor forma de tortura, y la
inauguramos en América Latina. Así lo sintetizó Ariel Dorfman
en un poema:
Quiero que
me respondan con franqueza, ¿qué época es ésta, en qué siglo
habitamos, cuál es el nombre de este país?
¿Cómo
puede ser, eso les pregunto, que la alegría de un padre, que la
felicidad de una madre, consista en saber que a su hijo lo están
que lo están torturando?
Y presumir
por lo tanto que se encontraba vivo cinco meses después, que
nuestra máxima esperanza sea averiguar el año entrante que
ocho meses más tarde seguían con las torturas.
¿y puede,
podría, pudiera, que esté todavía vivo?"
Si hay una
heroína romántica de América Latina en el siglo XX es Alaíde
Foppa, reconocida en México en 1981 por su desaparición en
Guatemala. Es tan injusta la historia de las mujeres en nuestro país,
es tan eficaz el ninguneo al que se les somete, que fue necesario
un gran escándalo político para que a Alaíde se le reconociera.
Si no desaparece, el nombre de Alaíde sólo estaría ligado a la
poeta, la feminista, la crítica de arte, la maestra, la
traductora. El escándalo de su desaparición, su tortura y su
muerte bajo el gobierno de Romeo Lucas García, que antes había
asesinado a sus dos hijos guerrilleros, Mario y Juan Pablo, la
convierten en la heroína a quien Gilda Salinas le dedica muchas
horas y 156 páginas de apretada escritura en la biografía
novelada Alaíde Foppa. El eco de tu nombre, libro que la
rescata y la entroniza.
En México
las mujeres que destacan son fácilmente sepultadas. Desaparecida
Alaíde, sin lugar sobre la tierra, sin tumba, sin cadáver, sin
huesos que el tiempo pueda blanquear, cobra su verdadera estatura
por la fuerza del crimen político cometido por el general Romeo
Lucas García.
A raíz de
su desaparición, la vida de Alaíde es un libro abierto al que
puede asomarse cualquiera.
Esposa,
madre de cinco hijos -Julio, hijo del ex presidente de Guatemala,
Juan José Arévalo; Mario, Silvia, Laura y Juan Pablo, hijos de
Alfonso Solórzano, militante comunista perseguido en su país,
Guatemala, que debió exiliarse en México para escapar a la
muerte-, Alaíde escribió: ''Cinco hijos tengo,/ cinco caminos
abiertos,/ cinco juventudes,/ cinco florecimientos, los cinco
dedos de mi mano".
Alaíde
Foppa. El eco de tu nombre que ahora publica Grijalbo en su
colección Raya en el agua, recrea a través de entrevistas la
vida de una mujer excepcional que amamos por la dádiva que hacía
de sí misma, por su esfuerzo cotidiano, por su capacidad de
trabajo que a todos asombraba. Se trata de un montaje de
testimonios a la manera de La noche de Tlatelolco, en el
que la voz de hijos, parientes, militantes y amigos se mezcla con
poemas y el relato de la vida de la propia Alaíde que Gilda
Salinas recabó viajando incluso hasta Guatemala para hablar con
Maty, la mejor amiga de Alaíde (entre otros informantes). Sara
Sefchovich lo recomienda por bien investigado y por bien escrito.
A lo largo
de mi propia vida, muchas veces he pensado en la actividad
desmesurada y sacrificada de Alaíde. Olvidada de sí misma hacía
demasiado. Sabía que el tiempo no vuelve, que arde y sólo deja
un montoncito de cenizas. Muchas veces nos dijo a Marta Lamas y a
mí:
''Quiero
esconderme en Tepoztlán y dedicarle unos días a mi poesía".
Alaíde derrochaba energía, acumulaba las citas de trabajo y
relegaba su propia obra. Tampoco creía mucho en ella. Así lo
escribió:
Quisiera
decirlo todo con unas pocas palabras cotidianas y que al decir
manzana vibraran en el aire frescos colores sabores acidulados
equilibrios formales memorias símbolos.
Pero, ¿hace
falta la palabra si existe la manzana?
O:
Una poesía
nació esta mañana en el aire claro.
Estaba
distraída, se me fue de la mano.
Alaíde se
preguntaba: ''¿Hace falta mi poesía?" Apresurada, la
ahorcaron las obligaciones. No sabía decir que no. Se preguntaba,
sí, cuáles son las cosas que de veras importan, pero de
inmediato la saturaban las citas y los compromisos. El tiempo que
nos devora a todos la hacía a ella como le daba la gana. El
tiempo la angustiaba, como consta en su poesía.
Llegué
siempre tarde y me sigo nutriendo de urgente futuro de tiempo
inexplorado de riesgos y esperas, como si fuera cierto que
renacieran los días.
¿Renacen
los días para las mujeres? Quizá sí. Alaíde se preparaba para
un renacimiento. Después del asesinato de su último hijo, Juan
Pablo, y de la muerte estúpida de un Alfonso Solórzano abstraído,
atropellado por un automóvil en la avenida Insurgentes, Alaíde
decidió poner el tiempo que le restaba al servicio de la
guerrilla guatemalteca. Abandonó la casa de Hortensia, en la
colonia Florida, y repartió sus muebles y sus cuadros. No divulgó
sus intenciones pero nació en ella la inmensa, la honda esperanza
de ser útil a los guerrilleros guatemaltecos que la visitaban en
su casa. Ella sería su contacto, trabajaría para ellos. ¿Quién
sospechaía de una señora de más de 60 años, dulce, fina y
encantadora?
En un
estremecedor Poema de Navidad para Alaíde, dice Isabel
Fraire que no se dio cuenta de que era tan hermosa, que en las
fotografías que repasa una y otra vez aparece su belleza, hecha
de profundidad y de tristeza. También a nosotros, como a Fraire,
se nos van los rostros en el espejo, también vivimos sin
detenernos, sin poner atención. Somos ciegos, sordos, mudos.
Cuando alguien se va nos damos cuenta de que lo conocimos a
medias, lo escuchamos a medias, lo quisimos a medias y que ahora sí,
¿quién va a responder a nuestras preguntas? Esta hambre comenzó
con la desaparición. ¿Por qué no le pregunté? ¿Por qué no la
vi con mayor frecuencia? ¿Por qué no permanecí más a su lado?
¿Por qué vivimos siempre a las carreras? Nos quedamos en la otra
orilla, llenos de imágenes a las que quisiéramos añadir color,
fuerza, completar, que no fueran tan frágiles y perecederas y de
golpe tenemos la certeza de que no sabemos nada. Cuando muramos,
también morirán estas imágenes interiores. Nosotras, las de la
revista Fem, Marta, Tununa, Sara, Carmen, Margarita, aún
retenemos la voz de Alaíde pero nuestros hijos y nietos la
olvidarán más pronto. Significativa, profunda y dulce, la voz de
Alaíde, recubierta de espíritu como una segunda piel, era
inteligente y un poco triste. La bebimos en su programa de radio Foro
de la mujer y al oírla supimos que jamás podremos aceptar
que un ser bueno e inocente fuera, junto a miles de guatemaltecos,
asesinado por el régimen fascista de Lucas García.
Alaíde es
el símbolo de la lucha de las mujeres latinoamericanas por la
libertad, contra la infamia de la desaparición, apenas un pequeño
colibrí que las mujeres quichés bordan en su huipil en señal de
duelo cuando sus hombres no vuelven de la guerra, de la cacería o
son asesinados en un campo de maíz, a traición, para luego
aparecer en una zanja calcinados como los 21 campesinos que se
atrevieron a tomar, en señal de protesta, la sede de la embajada
de España en Guatemala.