Apología del exceso
Carlos Losilla
Venganzas
Manuel Talens
Tusquets, Barcelona, 1994
250 páginas
Hay un personaje de Venganzas -el segundo trabajo literario de Manuel Talens después de
su novela La parábola de Carmen la Reina (1992)- que aparece en tres de los cuentos,
tres, de los doce que componen este libro. En el primero de esos relatos,
Fascis, fascis,
don Antonio Vico es un falangista orgulloso y achulado, instructor de "flechas"
en la postguerra española, cuya hija se convierte en el oscurísimo objeto del deseo de
uno de sus alumnos, precisamente el compungido narrador de la historia. En El circo de
este mundo, una fábula desquiciada que tiene por protagonista al "andaluz con la
polla más grande del mundo" (pág. 53), el tal Vico vuelve a aparecer en escena para
fusilar en Viznar a uno de los personajes "entre un catedrático de griego y un
famoso poeta local" (pág. 58), durante las refriegas de 1936. Y finalmente, en el
último cuento, titulado Señorita Custodia, el fantasma de don Antonio realiza su
definitivo comeback literario para recrear precisamente el mismo acontecimiento: el
catedrático era, qué casualidad, el padre de la maestra del titulo, y el poeta no era
otro -¿lo habían adivinado?- que Federico García Lorca.
Todo esto, que podría parecer una simple anécdota, se erige, no obstante, en la perfecta
metáfora de todo el libro, el mapa prácticamente completo del territorio sobre el que se
moverá Talens a lo largo y ancho de su docena de relatos: por un lado, la obsesión por
la guerra civil, la visión de una España casi idílica rota por la sublevación
fascista, emparedada entre innumerables metáforas religiosas -no hay más que ver el
titulo de algunos cuentos: El Circo de este Mundo, El martirio de san Sebastián,
Resurrección de la carne- y una especie de realismo mágico a medio camino entre el
tremendismo y el esperpento; por otro, la contemplación de todo ello desde un punto de
vista constantemente al borde de la saturación, dotado de una esforzada vocación de
totalidad, tan excesivo en el modelado del discurso -el Franco literalmente cubierto de
mierda de Ucronía, el anarquista-mártir de Jesús Galarraza- como en su traducción en
imágenes literarias, siempre subrayadas, machacadas, señaladas con el dedo por un
narrador insistente e insidioso. En las ocasiones en que esta apología del exceso se
transmuta en lirismo desatado o comicidad puramente costumbrista, como ocurre en algunos
pasajes de El Circo de este Mundo o Iracema, por poner dos ejemplos, los cuentos logran
alcanzar intermitentemente ese tono arrebatado, desmesurado y a la vez elegíaco, que sin
duda constituye su objetivo primordial.
Pero cuando la desmesura se une a ciertos tópicos a lo Borges, con títulos tan
explícitos como Venganzas en forma circular o Espejo deformado por el tiempo, o, en el
otro extremo, a determinadas intenciones testimoniales, como es el caso de Hasta que la
muerte nos separe o incluso la imaginería antifascista que pretende enmarcar todos los
demás relatos, entonces el artificio queda al descubierto, el discurso se hace demasiado
evidente y los cuentos se instalan definitivamente en una infructuosa tierra de nadie.
El imposible equilibrio, así, entre estas dos opciones, entre la poesía espontánea y la
trascendencia forzada, deja traslucir finalmente la fragilidad, la debilidad de ese mundo
de ficción que se pretendía autónomo, y acaba por otorgarle su paradoja última: un
universo presuntamente autosuficiente sin el impulso necesario para dar verosimilitud
literaria a sus propias propuestas, una constante búsqueda de la coherencia que -incluso
a pesar de don Antonio- sólo alcanza la exactitud cuando menos parece proponérselo.
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Lateral, Diciembre 94 |
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