Ácidos y bellos cuentos de una vida
española
Jordi Gracia
Venganzas
Manuel Talens
Tusquets, Barcelona, 1994
250 páginas
Yo no leí la primera novela de Manuel Talens, La parábola de Carmen la
Reina, pero puedo
asegurarles que la lectura de Venganzas es una invitación formal y personalizada a
hacerlo. Es este Venganzas un gran libro de relatos: no solo asegura esa redicha buena
salud que unánimemente se observa en el cuento, sino que además confirma el excelente
tono en que algunos autores mantienen los músculos de la memoria histórica y del oficio
de escribir.
Siempre 1936-1339
Venganzas podría haberse subtitulado escuetamente con un paréntesis así (1936-1939),
pero igual ese viejo fantasma retraía lectores. Todos los relatos son venganzas, en
efecto, pero de muchos tipos y muy bien concebidas sobre la base de poner en evidencia la
cara magra de la historia, escribiendo desde la convicción de haberla padecido muchos sin
merecerla y que cada uno de nosotros será resarcido por la tipografía fría y el diseño
de calidad de una selecta editorial literaria. De ahí cosas como la fantasía
escatológica que acaba devolviendo a la tierra lo que no debió haber salido de ella (y
Franco fallece de natural asfixia excrementicia y la República gana la guerra, en un
acceso tan pueril y vengativo como puede serlo la literatura sentimental). Por supuesto,
el referente histórico es la guerra civil y el régimen franquista y su España de coña
amarga.
Pero hay un segundo aspecto que importa subrayar: los artificios literarios están
aprendidos en grandes autores, a veces citados expresamente y otras sólo de modo velado.
Planea un aire borgiano en tierras de crímenes y reencuentros y una seguridad narrativa
muy firme hasta en la broma deliberada (como la contrafactura del Lazarillo de
Tormes,
pasada por el Pascual Duarte de Cela, que es el primer relato).
Talens (Granada, 1948) actúa persuadido de la calidad material de sus historias y trozos
de vida (que eso son muchas veces), pero también de su capacidad para resolver relatos de
distinta factura y con técnicas muy dispares: ahí está, pongo por caso, la imprevisible
anagnórisis o reconocimiento de la verdadera identidad del protagonista al final de El
martirio de San Sebastián (por otra parte, digna parodia del relato de asesino en
serie... y broma macabra con felicísima cuña anticlerical).
Cada relato logra imponer la definición aproximativa de un sector concreto de la
posguerra y adepta muy bien la voz narrativa al decoro de cada personaje, haciéndolos
verosímiles y creíbles, a pesar del deliberado uso de elementos fantásticos. En
realidad, prácticamente ninguno de los relatos explica cosas que puedan tener
hipotéticas raíces autobiográficas directas y, sin embargo, uno de sus hábitos
preferidos es hacer creer lo imposible a fuerza de verosimilitud, literatura y primera
persona. Pero pueden ser otros quienes lo cuenten, con idéntica eficacia, como en ese
relato que es la abreviatura épica del combatiente anarquista derrotado: su muerte final
y doblemente irónica lo conduce por vía directa a la diestra del Señor.
Hay dos párrafos al final que son un excelente epifonema o resumen para el libro como
tal: Siempre temo que me pillen (el miedo es una de las cosas que ya nunca podremos
quitarnos de encima) y arruinen mi vida y la de mi familia, pero la lectura de libros
clandestinos es la única actividad heroica a la que me atrevo. // No sé lo que nos
traerá el futuro, pero comprendí hace tiempo que de los militares que nos gobiernan no
debe esperarse demasiado. Este país, probablemente, ya no tiene remedio. No hay
mejor venganza que ésta: la tranquila impunidad del final feliz de la historia, pero no
amnésico.
La microhistoria
Estos relatos son la respuesta aplazada del resquemor o el resentimiento, de la ira sin
estallar y la conciencia de la injusticia padecida, pero lo son -desde la convicción
pacífica en la razón histórica y de su manipulación exclusivamente como literatura
(aunque sea también consoladora y compensatoria) No son casuales ni puros resortes
cómicos, por tanto, las flagrantes muestras de la parálisis neurológica del régimen
(como ese Resurrección de la carne). El fragmento que citaba antes figura escrito a
mediados de la década de los años 50 y puesto en boca de alguien gris y banal.
Los protagonistas de este libro son, así, la microhistoria que tanto nos gusta escuchar
-al menos a algunos- en boca de los mayores exentos de Tranxilium o aún a salvo del
Alzheimer: esas consabidas historias orales que aquí son contrahechas con humor, pero sin
olvidar lo que hubo de sangría de años y palos.
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El Periódico, Barcelona, ¿30-11-1994? |
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