El escritorio de Manuel Talens

 

Venganzas. Tusquets Editores.Venganzas
José María Pozuelo Yvancos

Venganzas
Manuel Talens
Tusquets, Barcelona, 1994
250 páginas



POCAS veces esta columna se hace eco de obras literarias pese a la especialización profesional de su autor, porque ha sido conscientemente planteada para mirar, como espectador desde una quinta esquina imaginaria, los aspectos más sobresalientes de la realidad cotidiana, frecuentemente de carácter murciano. Rompo esta norma implícita esta vez para comentar la publicación de Venganzas, de Manuel Talens (editorial Tusquets). lo hago porque el libro sobresale con mucho sobre la media de las publicaciones literarias en la España actual.

Hace dos años sorprendió ya el genio e ingenio de Talens con su novela La parábola de Carmen la Reina, sin duda la mejor novela publicada en España en los últimos quince años y a la altura en ese juicio de los Juegos de la edad tardía, de Luis Landero. La que era una ópera prima revelaba a un autor con extraordinarias dotes narrativas y una portentosa imaginación. Porque creo que Talens, si continúa en la línea de estos dos primeros libros, será el gran narrador indiscutible en la literatura española de fines de este siglo, me asomo como crítico a estas páginas para dar fe de su gran interés.

Sobre otros detalles de estilo o de brillante elocución, lo que sobresale en Venganzas es la capacidad narrativa para imaginar historias, y cada una con multitud de personajes. Un friso de personajes de la posguerra española que acaban siendo, con sus fracasos al hombro, el espejo roto de los perdedores, en que Talens se mira, quizá para rescatarlos de esa pérdida y reinsertarlos en la historia, cuando la Historia la habían escrito, como ocurre siempre, los vencedores. Contra el triunfo para la Historia de la oficial versión o de la grandilocuente política, la posguerra se convierte aquí en el germen de historias de seres mínimos que han visto rota su existencia por una guerra, causada por una figura antiépica, bien situada en Ucronía, el segundo cuento del libro, ante su propia culpa y en la imagen descarnada de una metáfora escatológica para significar su alma de dictador cruel y sanguinario. La figura del dictador Francisco Franco es el fondo desde el que destacan otras muchas prolongaciones anónimas, como el brutal fascista don Ricardo, figuras sobre las que el narrador tiende la mano de petición de deuda no saldada.

Temáticamente la literatura española, que tenla muchos libros sobre el tema de la guerra, había olvidado el retrato de los personajes anónimos que la sufrieron, y que desfilan en este libro, llenos de gracia picaresca algunos, como Pedro Maldonado o Raimundo Mateo, sin duda un personaje que parece salido, por sus trazas, pero también por su calidad literaria de la pluma del Quevedo picaresco. Otros están llenos de melancólica añoranza, como imágenes de una vida troncada que sólo el amor, contrapunto del odio y su única salvación, puede redimir. Tal es la lección última de la novelita que cierra el volumen Señorita Custodia, en la que encuentra cima la capacidad estilística de su autor para trazar situaciones en que el lirismo de un amor renovado en los vencidos puede contraponerse a tanto odio de los vencedores. Pocas veces la literatura española de los últimos años ha subido a tan alta cima como ocurre en esta novelita, broche de lujo para un libro plagado de hallazgos y que acaba convirtiéndose, por su propia vocación intertextual, en el homenaje que la literatura rinde a las criaturas que han poblado la España republicana, que han vivido en los sótanos de una dictadura y aplastados por ella, criaturas que no habían encontrado todavía el escritor capaz de insertarlas en la viva historia de la imaginación, la única que permanece.

 

La Opinión, Murcia 7 de noviembre de 1994

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© Manuel Talens 2002