Venganzas. Parábolas de la
guerra y del amor
Ángel G. Galiano
Manuel Talens
Venganzas
Tusquets Editores
Barcelona, 250 páginas
Quienes leyeran,
con sorpresa y agrado, la primera novela de Manuel Talens, La
parábola de Carmen la Reina (Versal, 1992), saben que estamos
ante un escritor de fuste, en la estela de esos otros, ya consagrados,
que al acabar este siglo rondarán ellos el medio: Landero, Marías,
Fernández Cubas, Atxaga... Venganzas,
su segunda incursión narrativa, corrobora aquella apreciación y la
fundamenta, aún más, por tratarse de doce magníficos relatos, ese
difícil y poco apreciado arte que en nuestro país parece siempre el
hermano pequeño, retales, retazos de novela, pero que sólo en estos
últimos tiempos ha dado muestras de verdadera finura y grandeza en
plumas como las de Mateo Díez, Merino o Fernández Cubas.
El
libro de Talens se divide en dos apartados, el primero, «Tiempos
nubosos», cuyos muy breves relatos comparten el denominador común de
la guerra civil y el paisaje y paisanaje granadinos: escritos sobre la
base, a veces descaradamente explícita, de la parodia (del homenaje,
por mejor decir) se suceden los personajes sumidos en el torbellino
cruel e intolerable de la guerra: amantes frustrados por la lucha
fratricida, héroes anónimos de una República derrotada por la
barbarie implacable de camisas nuevas y sotanas raídas, o venganzas
cumplidas en la lejana posguerra, cuando la memoria hubiera deseado
sepultar en el olvido de la pesadilla la cruel y absurda ferocidad de
la guerra.
Escritos
con su brillante y creativo estilo tan característico, proclive a la
adjetivación suculenta y a la precisión barroca del léxico,
profuso, valorativo, paródico: se diría que estos relatos quieren
dar la sensación de haber sido pergeñados por un Quevedo cruzado de
Borges, o viceversa. Algunos de manera tan explícita y declarada como
«Venganzas en forma circular» o «Espejo deformado por el tiempo»,
cuyo narrador, un erudito invidente rodeado de libros «raros y
curiosos», al final de sus días, se casa con su secretaria como
supremo y, casi, póstumo mensaje de amor y fidelidad.
Debe
hacerse notar que todos los relatos están cifrados en varios niveles
y que, a pesar de la aparente facilidad y felicidad de la escritura,
cuya lectura «plana» es, sin duda, muy gratificante, los textos están
plagados de guiños literarios (intertextualidades, se dice ahora),
algunos sumamente explícitos, como las referencias al Lazarillo, en
«Fascis, fascis»; o a los Evangelios, en el «El Circo de este Mundo»,
en donde la función paródica adquiere tintes parabólicos muy explícitos:
sin renunciar al humor se narra de manera crítica y «blasfema» el
origen de la Iglesia (igual a Circo), en tonos y aires muy cercanos a
Valle. En otra ocasión, como en el excelente «El martirio de San
Sebastián», y no tanto por la sorpresa final, absolutamente
prescindible, el título y la anécdota del relato, creo, surgen del
japonés Mishima y sus autobiográficas Confesiones
de una máscara.
En la segunda parte
del libro, titulada «Tres historias de amor», las «venganzas»
atemperan su crueldad bélica pero no su trágica e inexorable
sentencia: salvo la última «Custodia», una bellísima historia de
amor «imposible», cuyo cumplimiento y platónico final feliz, tras
los desgarrones de la guerra, rematan un volumen de relatos excelente:
técnicamente perfecto, léxicamente osado y eruditamente simpático.
A propósito de esto último, más de un lector habrá advertido que
tanto en el título como en el juego de la i y de la o que enhebra el
relato, «Custodia» remite a un bello poema caligrámico de Octavio
Paz, de idéntico título y «mensaje» erótico.
Creo
que Venganzas demuestra una
vez más que la literatura se escribe con palabras, no con ideas.
Sucede, empero, que debajo de aquéllas se conforma siempre una visión
del mundo: no son las palabras ni ingenuas ni neutras; por eso la voz
que recorre estos relatos, proteica y multiforme pero, a fin de
cuentas, única, deja entrever la sensibilidad de una mirada amable,
desde cuya irónica impotencia pesimista se acrisola el trato cariñoso
que otorga a esta panoplia de héroes anónimos, seres desgarrados por
el desarraigo, la crueldad azarosa y el desconcierto vengativo de un
mundo duro y difícil pero, a la postre, nuestro.
Un
nombre con el que contar a partir de ahora y un libro de gratísima
lectura.
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