El placer de narrar
Ángel García Galiano
Manuel Talens
Hijas de Eva
Tusquets, Barcelona, 1997
Manuel
Talens es autor de una excelente primera novela, La
parábola de Carmen la Reina, que acaso no tuvo el reconocimiento
de público que merecía un empeño semejante. Parece que ahora la
editorial Tusquets la va a recuperar para su catálogo. Se trata de
una buena noticia. En su segunda novela (en medio hubo un libro de
relatos, Venganzas), Talens
vuelve, desde el título, a utilizar la plantilla bíblica, como ya
hiciera en la novela aludida y en algunos de los relatos, para pergeñar
su historia, o sus historias, por mejor decir, pues la novela
consiste, como los relatos picarescos y las novelas de aprendizaje en
general, de Fielding a Baroja (a quien se homenajea y «plagia» explícitamente),
en una sucesión de aventuras, anécdotas y relatos que, al cabo,
conforman un friso, una suerte de retablo o tapiz urdido, eso sí, a
partir de las dos protagonistas principales, Fausta y Rosilda, hilo
conductor, a la postre, de todos los episodios.
El
problema del mal, la libertad, la hipocresía religiosa, un sano e
irredento anarquismo y el humor cáustico, estilemas habituales de
Talens, conforman la urdimbre de esta novela de ambientación histórica
que narra las peripecias de dos primas hermanas que se desconocen
hasta que el destino las junta, en mayo de 1917, en un asilo de huérfanas
que es, al mismo tiempo, noviciado de un convento. El tiempo del
relato dura apenas unas semanas. El tiempo de la historia, en cambio,
se expande hacia atrás para contarnos los pormenores de la fundación
del asilo, las vidas de sus protagonistas y, sobre todo, los
siniestros y azarosos antecedentes de las dos muchachas, allá en los
albores del siglo, en los que ficción y realidad se ayuntan de nuevo
para alumbrar una historia folletinesca de amores, raptos y crímenes,
recogida, en parte, de las crónicas de los periódicos de la época,
convertidas poco después en cantares de ciego.
La
obra está dividida en tres partes. En la primera se nos cuenta el «pecado
original» con el que nacen estas dos muchachas, el suicidio del
abuelo y el malaje y desastre de los padres que, al cabo, dan con
ellas en el asilo. En la segunda, descubren que «el edén» no era
tal y que en el convento casi nada es lo que parece, por lo que
deciden huir a la busca del «incierto camino de la vida», como
Talens intitula el tercer capítulo, en el que descienden a los
infiernos de la mendicidad, el crimen y la prostitución para
terminar, cuando peor parecían tenerlo, en una suerte de «deus ex
machina» de folletón, bajo la ubérrima protección del moribundo
tenor.
La
novela es una sucesión torrencial e infatigable, bien compuesta, de
anécdotas e historias «intercaladas», en boca de distintos
narradores, que pretenden retratar el ambiente y la personalidad de
los distintos protagonistas y sus desventuradas y azacaneadas vidas.
El elenco de personajes, casi cincuenta, dan una idea de esta profusión.
La lista, que el mismo ofrece al inicio, tiene un divertido cariz de dramatis personae teatral y de adjetivación valleinclanesca: «Abderramán
Carvajalito, ciego coplero, cinéfilo y trotamundos». En ella se
entremezclan personajes históricos y de ficción, pues Talens ha
construido su relato sobre un vago trasfondo de sucesos históricos,
fundamentalmente tres, la fundación del asilo por el marqués de Briñas,
el crimen de Sot de Chera, en el que estuvieron involucrados los
padres de Rosilda, y, por último, la pasión y muerte del famoso
tenor granadino Gumersindo Postigo. Sobre esta base «real», Talens
inventa la odisea de estas dos primas solitarias en el camino de la
vida.
En
el haber de Talens queda su capacidad para la creación de caracteres,
tiene un cuidado especial para que trasciendan el mero nombre y sabe
dotarlos, en pocos trazos, de vida propia. Dos buenos ejemplos de
secundarios memorables son el médico de Poliñá, don Francisco
Verdaguer, y sor Gracia, la monja portera del asilo. Al igual que los
personajes, las secuencias que narran tienen vida propia y, algunas de
ellas, podrían ser relatos independientes que el autor ha decidido
incluir, sencillamente, para dar variedad al suyo. Son secuencias que
cabría calificar de naturalismo costumbrista.
Otro
recurso muy del gusto de Talens es el del homenaje literario. Su
escritura, aparentemente tan vital, tiene siempre, como dije, la
plantilla más o menos remota, de otro texto. En esta ocasión,
incluso, se ha permitido el cervantino recurso de la autoalusión, y
así, aparece, de pasada, Jesús Salvador, el nazarenito, personaje
que fue protagonista de un relato en Venganzas,
o traza la figura de un
anarquista alter ego de Ginés
de Pasamonte, al que hace «autor» de su primera novela, etc.
Se
trata, en definitiva, de una obra que confirma las excelentes dotes
para la pura narración que acreditara Talens en sus dos trabajos
anteriores. Desgraciadamente, no creo que sea un paso adelante con
respecto a La parábola de
Carmen la Reina, allí había una ambición «bíblica» muy
poderosa, sustituida aquí, dentro del buen hacer, por un tono más
comedido y una fácil soltura que juega en contra del novelista. Creo,
en concreto, que son prescindibles algunos de los episodios, no tanto
por gratuitos o porque no aporten nada al conjunto, que se resiente al
perder en intensidad, como porque no sirven para configurar la
peripecia interior de las protagonistas. Téngase en cuenta que la «salida»
de las dos huérfanas apenas dura unos días y que las historias, en
cambio, cubren más de veinte años. Estos episodios están colocados
de tal forma que «parecen» no afectar a quienes protagonizan el
relato. Es esa opacidad la que los vuelve irrelevantes.
Sé que, en el fondo, estoy elevando las mismas objeciones a esta
novela que las que sus lectores plantearon a la primera parte del Quijote. Y como son tantos
los elementos explícitamente quijotescos de Hijas de Eva, tanto estructural como temáticamente, estoy seguro de
que Talens así lo ha querido. Pero conviene recordar que esa «unidad
en la variedad» que alentaban los tratadistas italianos, los «romanzieri»,
y que obsesionaba a Cervantes cuando estaba inventando la novela
moderna, fue luego sustituida, cuando advirtió su error, por la
intensidad psicológica, diez años después. Ojalá que sea éste el
caso de Manuel Talens y, a no mucho tardar, nos sorprenda con el fruto
granado de sus muchos talentos. Que los tiene. Mientras tanto nos
ofrece esta trepidante y folletinesca historia, bien urdida y
barojianamente compuesta, para que nos vayamos entreteniendo.