El arte de narrar
José María Pozuelo Yvancos
Manuel Talens
Hijas de Eva
Tusquets, Barcelona, 1997
Está
muy extendido el tópico crítico-literario de que en la literatura
española hay poca tradición de narradores. Por voces muy distintas
se ha venido defendiendo que la mejor tradición es la de los
prosistas en la línea que va de Quevedo a Cela, con Valle Inclán y Gómez
de la Serna como puentes. Se contrapone el prosista, cincelador de una
frase literaria, al narrador puro, el de estirpe cervantina, que Galdós
y Baroja continuarían. La sola lectura de esta novela de Manuel
Talens serviría para desmontar tal tópico, porque este granadino
afincado en Valencia se revela como un narrador de casta, un gran
fabulador, tanto por la inventiva que derrocha al pergeñar las
historias como por la sabiduría de sus caracterizaciones. Talens es
hijo de Cervantes y de la picaresca, evidencia tan clara para el
lector de esta novela como lo fue su estirpe galdosiana veteada por su
amor a García Márquez en su novela-anterior, Parábola
de Carmen la Reina.
Al
señalar estas procedencias, esta genealogía de su pluma, no estoy
diciendo que Hijas de Eva sea
una novela postmoderna. Comúnmente, la postmodernidad se identifica
con el guiño a modo de homenaje, con lo metaliterario capaz de
sustituir a la vida por la vertiente de referencialidad en “segundo
grado” según se tradujo, mal, el sintagma de Gérard Genette. El
segundo grado, o segunda potencia, puede hacer de un texto espejo de
otro texto, simple trasunto, remedo o imitación epigonal. Cuando no
se ha interiorizado la influencia, ésta deviene pesado fardo sobre
cualquier estilo, y ocurre con mucha frecuencia en autores noveles,
que pretenden suplantar con
el gesto de homenaje la inspiración que no tienen. Manuel Talens, en
cambio, ha interiorizado tan perfectamente las referencias de sus
maestros, Cervantes y el Estebanillo
González, Mateo Alemán, Galdós, Baroja, que su estilo es
poderosamente refrescante, nuevo, propio, y fluye natural. La estampa,
el tono, la frase de Talens nos recuerdan en el estilo grandes páginas
de la literatura anterior, pero el lector las vive desde esta novela
como si fuesen nuevas. Siempre la gran literatura ha sido esa
capacidad de reflejar en otra dimensión, la propia, la afluencia de
la vena de inspiración que lo nutre. Y esta novela, lo adelanto ya al
lector, es literatura de la buena, de la que nos devuelve el placer
tan vivamente disfrutado con nuestros clásicos arriba convocados.
Hijas de Eva cuenta
la historia de dos muchachas, Fausta y Rosilda, dos primas que el azar
de la vida había separado y se vuelven a juntar para vivir una
historia compartida de desgracias y desvelos. Es la historia de una
familia, pero sobre todo es la historia de una educación, de un
aprendizaje. La estructura externa se sostiene desde la apasionante
transición de la desdicha a la felicidad a través de una sarta de
episodios, muy bien encadenados, que por su estructura episódica
reproducen el esquema tanto de la picaresca como del Bildungsroman,
o novela de aprendizaje. Desde el punto de vista de su estructura
interna, tiene más de la segunda, de la novela de autoformación, que
de la primera, porque la novedad incorporada por Talens a la tradición
de la que se nutre es la poderosa veta feminista inserta en la
estructura interior, en la temática, en la tonalidad, en el sentido
mismo de su escritura. Si Fausta y Rosilda hubiesen sido dos
muchachos, la novela habría visto modificado todo su sentido, porque
el arranque y su fuerza interna están planteados desde la difícil
situación de dos chicas de familia humilde, naturales de un pequeño
pueblo del interior, Poliñá del Júcar, que se resisten, como
declaran repetidas veces, a seguir las tres únicas salidas que a una
mujer pobre le cumplía seguir en la sociedad de la época, los años
finales del siglo pasado: casarse, servir como criadas o ejercer la
prostitución. Ya en el antetexto, una extensa cita del Génesis,
está planteado el núcleo temático central de la novela: esta es
la novela de la mujer, o de cómo dos mujeres pueden modificar el
destino de su estirpe, sellado por la primitiva condena a ser
dependientes.
Pero,
con ser esta estructura interna tan poderosa, no es Hijas
de Eva una “novela de tesis”, en el sentido como las
conocemos, porque cuanto en ella se defiende se hace nacer no del
planteamiento sino de la propia historia. En esta novela lo narrativo,
el sucederse de las acciones predomina sobre lo declarativo, reducido
al mínimo, y cuando las tesis aparecen son focalizadas no desde el
hablar del narrador, sino desde los personajes, que dialogan con
frecuencia sobre sus propias circunstancias.
En
el sentido estructural es muy importante la diferencia entre Fausta y
Rosilda; la primera mucho más avezada en las lides, más fuerte,
cauta y reflexiva, mientras que Rosilda tiende al romanticismo y es de
naturaleza ingenua y débil. Esta doble naturaleza psicológica de las
dos primas resulta un acierto porque la dialéctica no sólo se da de
ambas para con el mundo exterior, sino que las dos protagonistas dialogizan, se enfrentan de diferente manera al mundo, y lo que la
una sabe lo enseña a la otra, en una muy cuidada estructura barroca
del conflicto ser-parecer. Fausta muestra a Rosilda que las cosas son
de un modo distinto a como aparecen a primera vista; las cosas y,
sobre todo, las personas y sus intenciones. De ese modo, la urdimbre
picaresca combina perfectamente las dos estirpes de esta tradición,
predominando finalmente la que entronca con la estructura del desengaño
que representa el Guzmán de Alfarache.
La
estructura de la novela es triádica. Dividida en tres partes bien
diferenciadas: la infancia con las circunstancias de nacimiento y trágicas
vicisitudes familiares de ambas, que recibe el título de “El pecado
original”. Las historias de las dos primas
fluyen paralelas y se van urdiendo con apariciones fugaces pero
llenas de gracia de decenas de personajes del pueblo, entre las que
destaco el médico don Paco, descreído, intelectual anárquico,
lector de Baroja e imponente ateo, casi tan ateo, según le espeta,
como don Atanasio Mulet, el cura de la aldea. E1 diálogo de ambos, el
directo y el indirecto, marca una de las zonas mejor conseguidas en
las caracterizaciones de esta primera parte de la novela. A estos
personajes acompaña la tragedia familiar de las dos primas, cada una
a su modo con un destino aciago de desamor sobre sí mismas. Este
destino está bien nutrido de una ambientación rural, con escenas de
fuerza estilística de enorme tremendismo que permanecen en la retina
del lector durante mucho tiempo, como el episodio de la muerte de los
guardias civiles, que es el nudo que da lugar a la tragedia y que
desencadenará el fluir siguiente de la historia de orfandad y
desesperación de estas hijas de Eva.
La
segunda parte, “Destinos de mujer”, es una historia de convento;
las dos primas, cuyas vidas habían sido paralelas, se conocen en el
interior de un convento, ambas como novicias. Todo lo que en la
primera parte era el sucederse de acciones muy distintas, con
personajes y escenarios más dilatados, se concentra aquí. En el
interior del convento se da el aprendizaje de la vida, el conflicto
ser-parecer, tanto por lo que las dos primas van conociendo sobre la
hipocresía de sor Patrocinio, el cura y el mundo social que sustenta
un hospicio de novicias, como por el interesante dialogismo que
sostienen lis dos mujeres, sabedoras que finalmente sólo se tienen la
una a la otra, pero en cuyo desarrollo hay toda la perspicacia del
narrador: esa deducción es consecuencia de la trama, la vida se les
va cerrando, porque el horizonte de la apariencia da de bruces con la
más áspera realidad. Esta parte, llena de vivacidad y gracia, con
escenas de una gran fuerza anticlerical y en la mejor estirpe de la
denuncia conventual, cuenta con el personaje de la vieja monja
portera, sor Gracia, que merece el calificativo de cervantino y que
puede pasar a la galería de los grandes personajes literarios. Tal es
su caracterización que parece salida o de un cuadro de Murillo de los
pícaros o de una novela de las ejemplares. Esta medio monja, echadora
de cartas, medio bruja, medio tonta y muy lista, no le va a la zaga a
la Cañizares del Coloquio, y por
sí sola valdría todo el episodio.
La tercera y última parte, “El incierto camino del árbol de la
vida”, ve desencadenarse una trepidante historia de huida y de
azarosa búsqueda. Fugadas del convento, su destino se va ligando al
de otros muchos desarrapados en el camino de la vida, que es eso, la
busca, también barojiana, en los aledaños de la ciudad, a través de
pueblos diferentes, de un sustento y un futuro. E1 ritmo narrativo se
acelera y el mosaico de personajes aumenta: De entre los muchos
grandes caracteres literarios aquí trazados, y por encima aun de las
sobresalientes dotes de comicidad que los diferentes episodios trazan,
quien esto escribe considera que bastaría la historia y caracterización
de Teodoro Antuña, el polifacético y hablador buhonero, para situar
a Manuel Talens entre los grandes creadores de tipos literarios de
nuestra literatura, tanta es la gracia con que es presentado este
personaje y el ambiente que le rodea, así como los episodios que
vive; por poner un ejemplo, léase la proyección del cinematógrafo
en el pueblo (pp. 217-226) y disfrutará el lector de la felicidad de
la inspiración, cuando la literatura nace como una apuesta viva por
esa gran pasión, tan vieja, que Manuel Talens recupera para fortuna
de los lectores: la pasión por narrar historias y el arte de saberlo
hacer.