Los hilos de la vida
Santos Sanz Villanueva
Manuel Talens
Hijas de Eva
Tusquets, Barcelona, 1997
Publicado poco antes del verano, se ha eclipsado en
medio del aluvión de novedades editoriales el tercer libro de Manuel
Talens, Hijas de Eva. No
colma las muchas promesas que anunciaban sus dos ficciones anteriores
-una sorprendente primera novela, La
parábola de Carmen la Reina, y un buen conjunto de relatos, Venganzas-,
pero este nuevo título está todavía por encima de buena parte de lo
que nuestros narradores suelen presentar y merece atención por su
capacidad fabuladora y por la eficacia narrativa de su prosa.
Talens vuelve a acogerse al molde histórico
y recrea una anécdota situada en su mayor parte en tierras
valencianas durante una veintena de años de comienzos de nuestro
siglo. Buscando la verosimilitud temporal y espacial, utiliza
materiales no muy comunes -supuestas fotos de los personajes o
recortes de prensa- y otros más frecuentes como referencias bibliográficas.
Posee su gracia y su encanto este designio de
veracidad cuando en la novela sólo muy indirectamente interesa lo
testimonial. Hay documento en la recuperación de unas formas de vida
rurales primitivas (caciquismo, violencia, miseria) y de usos
reprobables (la hipocresía de religiosos y pudientes, la represión
de los marginados). Pero todo ello, y aunque alcance grados de
denuncia muy altos y eficaces, más bien es un plus ambiental y casi
costumbrista de un relato que, de verdad, corre por otros caminos
bastante alejados, los de la literatura de segundo grado que toma
modelos acuñados y los rehace con una suma de admiración y de
postmoderna ironía. E1 autor muestra mucha pericia y talento al
mezclar esquemas novelescos diversos (episódico al modo picaresco,
naturalista, psicologista, de aventuras) y procedimientos del folletín
o los pliegos de cordel.
Estas fuentes sugieren lo que de hecho hay en la
novela; un agregado de melodrama, reportaje social y sainete. Empieza
en la clave grave y revulsiva del drama rural con homicidios,
arrebatos, instintos primitivos, sexo compulsivo. De ello sale la
historia de dos primas a las que el hambre y el medio llevan como
probandas a un asilo de huérfanas regido por monjas. Sigue un buen
trecho bajo el estímulo de la novela de maduración: las chicas
descubren las miserias de la vida conventual y la necesidad de huir
para lograr un poco de felicidad e independencia. Destapado el engaño
del mundo, ambas comprobarán con dolor y moretones cuán
imprevisibles son los hilos de la vida, lo muy dura que es la lucha
por la existencia -por algo se cita La
busca, de Baroja- y, ahora en tono desenfadado, culminarán su
trayectoria con un inesperado final feliz. Se trata de una última y
consecuente broma con la que Talens redondea una historia amarga y
cruel en muchos momentos, pero adornada con los registros de la
parodia, el humor y el sarcasmo.
Con estos trazos, sería mucho pedir que el desenlace
tenga un valor generalizador de la experiencia humana y la fortuna que
alcanzan las huérfanas ha de verse desde otra clave, la de un
episodio más de una peripecia llena de ellos, de ocurrencias, sucesos
insólitos, aventuras peregrinas, personajes extraños y de cosas que
pasan o pueden pasar. Ahí está el estímulo primero de toda la
obra:; un regusto por contar historias, clave última del arte de
narrar. Ese principio determina una forma bastante simple que se
atiene a una técnica ensartadora. El relato, de progresión lineal,
se demora para encajar en él sucesos que guardan relación con los
protagonistas, pero que a veces son pegadizas interpolaciones.
Talens practica algo que alaba en la novela, el placer que
todo contador de historias experimenta al saberse escuchado. De ahí
viene su acierto mayor, una gran capacidad de fabular, apta para
convertir la vida toda -lo que incluye alguna noticia en clave- en
sustancia novelesca. Y también el riesgo evidente: una incontinencia
que lleva a acumular «casos» y excentricidades. Talens ha pecado por
demasía, pero corrobora que en él hay un excelente narrador.