La críptica dedicatoria de la obra, el párrafo del Génesis que sirve de lema, el
Censo, de personajes con que se abren las páginas y la
bibliografía que las cierra son, entre otros elementos, un claro indica del
riguroso proceso de elaboración que ha seguido el novelista. Si la primera novela de
Manuel Talens lleva como subtítulo Epístola a Teófilo, Hijas de Eva
mantiene su condición culta. El friso decimonónico localizado en la alpujarreña Artefa
se convierte ahora en una novela itinerante, situada en el primer cuarto de nuestro siglo.
En ella tienen cabida las referencias históricas, la información bibliográfica, las
leyendas y, por supuesto, la inventiva personal del novelista. De todos estos elementos
surge la trama de la obra convertida esencialmente en friso de personajes. Conviene
advertirlo de entrada: hay múltiples y divertidas aventuras en Hijas de Eva pero estas
páginas son esencialmente la crónica de una serie de tipos. Como casi siempre, la
contraportada anticipa de forma muy elemental el contenido de las páginas. Éstas narran,
en efecto, la trayectoria vital de las dos primas Fausta y Rosilda, pero sus avatares
personales desbordan toda previsión argumental. Nacidas con el siglo, Fausta y Rosilda se
encuentran en 1917 inmersas en el misterioso mundo conventual, concretamente en el asilo
de Santa Isabel. El recinto religioso es el es espacio en que se hace posible el
conocimiento de ambas jovencitas y sobre todo, el afianzamiento progresivo de su
intimidad. Los muros del recinto son el escenario en el que toman cuerpo todo tipo de
barbaridades humanas y religiosas. Como en Extramuros, de Jesús Fernández Santos, aunque
salvando las distancias cronológicas, el convento es para Fausta y Rosilda un espacio de
sufrimiento y aprendizaje. Se aviva su amistad, escuchan las historias de sor Gracia y
sufren las ofensas del clérigo don Abelardo Carrasco, con tantos ecos del Dómine Cabra
quevedesco.
La segunda parte de la novela (si bien tercera, en la distribución de la misma) es la
crónica de los avatares itinerantes y picarescos que las dos primas Fausta y Rosilda
vivirán por los caminos valencianos. El abandono del asfixiante mundo conventual da paso
al espacio abierto de los caminos, de la vida, en la que pululan personajes pintorescos y
marginales, como es el caso de los pobres de condición picaresca (como son Gaudencio y
Trinitario, con quienes la convivencia hace pensar al lector en el
Nazarín, de Pérez Galdós) o el del romántico representante del anarquismo idealizado, simbolizado en
Pantaleón Torrevieja, «de mal nombre Cagaleras».
Pero no sólo la zafiedad es la compañera de las protagonistas. La milagrosa aparición
de Teodoro Antuña, originario de Requena y «representante de variedades», será el
elemento salvador. Él les permitirá llegar a Valencia y, superadas ciertas
tribulaciones, enlazar con el mundo de la ópera y de la felicidad en la persona del tenor
Gumersindo Postigo. La enfermedad del célebre músico será la salvación de las
protagonistas, si bien es justo reconocer que este desenlace resulta fruto demasiado
dependiente de un deus ex machina no fácilmente asimilable por parte del lector.
En su compañía se dirigirán a Granada. Camino de la ciudad del Darro las deja el autor,
mientras la monja Sor Gracia (que por fin ha conocido el mar) consuela al moribundo
músico explicándole las recetas con las que va a alimentar su cuerpo delicado y
maltrecho al tiempo que le recita una plegaria popular. Es un sedentario y misterioso
desenlace para una novela cuyas páginas son todo un elenco de dinamismo. Hijas de Eva es
la recuperación de la novela clásica en los tiempos modernos. Un aprovechamiento curioso
de diversos géneros convierte a estas páginas en un atractivo pastiche. Todo le sirve a
Manuel Talens para elaborar una divertida crónica picaresca: el género mismo, la novela
itinerante, el documento histórico, los libros de viajes, la recuperación de tipos de
comienzos de siglo... De ahí la originalidad de estas paginas, transformadas en un
pintoresco centón de diversos géneros literarios.