Valencia, 1917, aledaños rurales y señorío caciquil. Si además de eso se nace mujer,
analfabeta y pobre las opciones se reducen a la sucinta letanía proclamada por la hermana
Sor Gracia en su intento de aleccionar a las nuevas probandas: "...las mujeres no
pueden tener más que cuatro oficios, mujer de un hombre, sirvienta, monja o puta".
La tercera alternativa atrapa a la cándida Fausta
Camarasa, que accede a servir en el
asilo más en busca de refugio contra los imponderables de un entorno hostil que por el
resuelto misticismo. Allí encontrará y unirá su destino al de su prima
Rosilda,
descreída y pizpireta aprendiz de mundo que irá crucificando la ingenua percepción de
Fausta para mostrarle, exento de artificio y maquillaje, el rostro desnudo de la vocación
elegido por descarte, pórtico de una fachada tramoyista en la que nada ni nadie parece
ser lo que pretende.
En la primera parte de Hijas de Eva Manuel Talens arremete contra la Iglesia en un
anticlericalismo sin recovecos, condenatorio para con aquellos que albergan bajo los
pliegues del hábito o la sotana las credenciales para ventear los más bajos instintos.
Como en un baile de máscaras, se va destapando la duplicidad moral que guía los actos de
los personajes eclesiásticos: monjas que adivinan el futuro con ayuda de los naipes,
párrocos acusados de intento de expoliación en casas de fulanas, madres superioras que
ceden a todas las ofertas de la carne, curas familiarizados con sobornos de ida y vuelta,
etcétera.
Una vez fuera del monjío, las dos primas habrán de enfrentar un mundo no menos real que
el que dejaron atrás. Entreteje aquí el autor granadino una serie de tapices del bajo
fondo que en su amenidad y cromatismo hacen recordar en ocasiones los andamiajes
galdosianos y noventaiochistas.
Si bien el carácter de novela histórica viene determinado por la profusión de fechas y
aconteceres de calendario fehaciente, asistimos a una atinada simbiosis de géneros
literarios: dispersos a lo largo de esta "historia de historias" se esconden
elementos de la más genuina picaresca en torno al mundillo de la mendicidad; la llovizna
de componentes mágicos proporcionan las alas para despegar del realismo de fotografía y
emparentar con la narrativa de García Márquez; tampoco están ausentes la crónica
periodística, recogida en la descripción del crimen del barranco de la
Arcolla, ni las
coplas de ciego cumpliendo su función de noticiario popular.
Tras ubicar al lector brevemente en tiempo y circunstancia, Talens se repliega a narrador
intermitente, abandonando el fluir de su historia en manos de los protagonistas para que
sean éstos, mediante el lenguaje dinámico y colorista del terruño los que vayan tirando
de la narración con el bulto de sus múltiples malandanzas y trapisondas.