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El escritorio de Manuel Talens

                                                                                                                                        

Hijas de Eva. Tusquets Editores.Hijas de Eva
Joaquín Marco

Manuel Talens
Hijas de Eva
Tusquets, Barcelona, 1997

 


La novela «Hijas de Eva», de Manuel Talens (Granada, 1948), debe entenderse, sin duda, como una obra de plena madurez, pese a que la producción publicada de su autor resulte escasa: la novela «La parábola de Carmen la Reina» (1992) y el libro de relatos «Venganzas» (1994). El realismo de su última obra, no exento de ciertos toques de «naturalismo mágico», sus características marcadamente folletinescas, el tono lúdico del relato, la ironía y, en ocasiones, hasta la sal gruesa valenciana, no hacen otra cosa que acrecentar ante el lector el papel de narrador de historias que asume cada uno de sus convincentes personajes.

Derivada de una estructura técnicamente elemental, la complejidad de la novela procede mediante la acumulación de personajes y anécdotas engarzadas con frecuencia por el azar, cuyo precursor remoto sería Pío Baroja y cuyo representante más próximo, el barcelonés Eduardo Mendoza. Manuel Talens nos lanza, incluso, algunos reconocibles guiños barojianos: la reconstrucción en la que ocasionalmente figuran los más altos personajes históricos en situaciones grotescas, su radical anticlericalismo o el uso del romance de ciego, por no mencionar la figura de un anarquista que conjuga a la perfección idealismo intelectual, acción y una ética o filosofía peculiar (en la que coincidirán de forma no expresa otros personajes) que habrá de contrastar con la decadencia moral y la brutalidad de los ambientes. Manuel Talens ha elaborado una novela histórica, cuya acción se sitúa en el año 1917, aunque buena parte de sus héroes rememorarán a menudo los años de la Restauración.

El espacio elegido es la ciudad de Valencia y especialmente los pueblos de sus comarcas interiores. Precisamente, uno de los méritos principales de la novela consiste en captar ambientes y mentalidades rurales; en trazar un cuadro verosímil de aquella España caciquil y violenta, miserable y analfabeta; en destacar sus individualidades y ofrecer los signos de una naciente burguesía frente a una decadente aristocracia. También, como el narrador de «Cien años de soledad», la escritura se entenderá como el lógico desencadenante de la historia: «Intuyó por primera vez en su vida que la escritura sirve para algo, aunque no sea más que como garante del ayer, y que sin duda una buena parte de los puntos oscuros de aquella historia estaba caligrafiada en alguno de los papelorios que los diferentes curas de Poliñá se habían ido transmitiendo de unos a otros, como tesoreros de las crónicas del pueblo». Sin embargo, Manuel Talens eludirá cualquier artificio estructural. No se parte de un manuscrito encontrado, sino que cada personaje -al margen de las protagonistas- cuenta sus antecedentes y nos sitúa en su tiempo. El autor recurrirá al pastiche y al colage y reproducirá, incluso, páginas de periódicos, fotografías de época -que corresponden a algún personaje- o portadas de los libros mencionados en el texto.

Las múltiples y diversas historias de «Hijas de Eva» proceden, pues, de un único hilo conductor constituido por las descabelladas aventuras de las dos protagonistas, Fausta y Rosilda, primas hermanas que coincidirán en un asilo de huérfanas de Valencia. Los personajes del relato están trazados con rasgos tan singulares que constituyen un fresco difícil de olvidar, desde el médico don Paco, que tras una vida de aventuras en el mar decide asentarse en este recóndito pueblo valenciano y vestir siempre en pijama, hasta la monja portera del convento, Sor Gracia, echadora de cartas, descreída y conocedora de los turbios asuntos internos del convento.

«Hijas de Eva» puede dividirse en tres unidades perfectamente delimitadas. De una parte, la vida familiar de Fausta, quien en sus decisivos sueños premonitorios desea ingresar en el Convento-Asilo y, a la vez, encontrar allí a Rosilda para seguir su vida juntas. En la segunda parte, próxima al mundo de la picaresca, ambas pasan diversas aventuras en los caminos con mendigos buñuelescos; un generoso tratante convertido en hombre de negocios e introductor del nuevo arte del cinematógrafo en los pueblos de la región, su descubrimiento del circo (advertimos aquí las páginas más surrealistas y desaforadas, con ciertos ribetes de García Márquez: la giganta, la historia de los monos, la mujer con rabo) y una tercera parte en la que se narraría el regreso a Valencia y el encuentro con el cantante de ópera Gumersindo Postigo en trance de muerte.

Manuel Talens ha logrado poblar cada una de las tres zonas del relato de seres que viven a través de sus recuerdos en una actividad frenética. Su novela no tiene un resquicio de tiempo muerto. De otro lado, capta con sensibilidad el paisaje y traza un retablo verosímil, con rasgos irónicamente tremendistas, a la vez que reproduce el mundo rural valenciano en un lenguaje directo, no exento de poesía. No existe otra aparente pretensión que la de narrar. No es Manuel Talens un narrador que haya de pasar inadvertido. Y ésta es, sin duda, una novela tan divertida como brillante.

 

ABC Cultural, Madrid, número 287, 2 de mayo de 1997

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