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El escritorio de Manuel Talens

                                                                                                                                        

Hijas de Eva. Tusquets Editores.La Pasión por la Palabra
María José Obiol

Manuel Talens
Hijas de Eva
Tusquets, Barcelona, 1997

 


Un escritor desconocido en 1992 mostró su letra en el abarrotado abanico de la oferta editorial de aquel año. Manuel Talens publicó un libro cuyo título sugería la voz bíblica: La parábola de Carmen la Reina, se llamaba. El volumen, de letra apretada, contenía el tesoro de un incesante ir y venir, sabiamente organizado, de personajes que se multiplicaban y se desperdigaban por entre las páginas del libro. Protagonistas que aparecían y desaparecían vertiendo historias para enlazar un gesto, un apellido, un amor, un lugar, un oficio o una propiedad. Toda aquella algarabía era una fiesta y una fuente inagotable de lectura, mejor aún, un deseo de que ésta no finalizara. El libro pasó de puntillas y sólo, alguna crítica y un boca a boca persistente, permitió que algunos lectores gozaran de aquella ficción real que recreaba el paisaje de un pueblo imaginario de las Alpujarras llamado Artefa. Dos años más tarde, Talens enseñó sus relatos en Venganzas, y volvió a dejar esa impronta de buen oficio y mejor talento en unos cuentos en el que lo cierto y lo pensado volvían a resolverse en un buen aliño. Ahora, una segunda novela, titulada Hijas de Eva, toma de nuevo el ánimo del lector para pasearlo por lugares reales y personajes imaginados, a los que el autor les ha tejido una memoria de enseñanzas veraces. Y si la inexistente Artefa tuvo en La Parábola... un lugar en el mapa alpujarreño, en su nueva novela el paisaje es conocido y real: las tierras de Valencia y sus límites, a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Talens deja para el atlas de lo imaginario testimonio gráfico y fotográfico de libros que nunca fueron y de rostros que recuperan existencia al vivir una ficción que les otorga larga vida en la mente del lector.

Hijas de Eva es un hablar sin parar. Es un rosario de historias que acompañan y alimentan a la narración principal: aquella en que dos muchachas, nacidas con el siglo, se reconocen como primas en el año de 1917, y en el asilo de Santa Isabel. Pero si las protagonistas, Fausta Camarasa y Rosilda Ballester, son el núcleo del contar, un sinfín de voces las envuelve, pues una historia lleva a otra y ésta a una tercera y a una cuarta. En este texto, como en los otros, pervive la certeza de la pasión del autor por las palabras y su justo significado y, también, la devoción y el saber de Talens por los clásicos. Entre sus páginas conviven el romance y el drama, las hijas desterradas y los pícaros, los amores desgraciados y los conventos prostibularios, los milagros falsos y las justicias engañosas. La España de la que habla Talens es, principalmente, la del año de 1917, el mismo en que finaliza La parábola..., aquel tiempo en que el doctor Lucas Toledano vio "la luz de un rayo al caer sobre la cruz del campanario". Pero es en Hijas de Eva, la época de las primeras luces del cinematógrafo y por eso quizá, en otro guiño del autor, la última letra en la novela se hace imagen y al leer se puede ver un Ford de asiento forrado de cabritilla, que va directo hacia Granada. A Granada, naturalmente, pues allí está Artefa. Y en el coche la mejor comparsa: el tenor Gumersindo Postigo, su agente Carmelo Balcells, las primas Fausta Camarasa y Rosilda Ballester, el músico Miguel Asensi Faubel y sor Gracia, la monja que se fingió boba y que jamás contempló el mar. Todo un gran teatro del mundo efervescente de emociones y pasiones, de cantos y rezos, de buenaventuras y romanzas. Un texto urdido y manejado con dominio por Talens, que controla el cambio de registro de la voz que cuenta en la estupenda y divertida Hijas de Eva.

 

EL PAÍS-Babelia, 19 de abril de 1997

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