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El
estudio preliminar de esta antología se reproduce aquí con el amable
permiso de su autor.
LOS
SECRETOS DEL CUENTO
por
Jesús Martínez Gómez [1]
Hacer un estudio sobre
un grupo amplio de autores siempre presenta la dificultad de tener que
aproximarse a sensibilidades y formas de entender el hecho literario,
en este caso el cuento, muy variadas cuando no dispares entre ellas.
Si a esto le sumamos que el único factor aglutinador es el haber
nacido en un ámbito geográfico común y que temporalmente se abarca
un periodo amplio, no será difícil entender que haya que acudir al
análisis personalizado, al estudio individual y diferenciado, para
obtener no sólo la estampa útil de un acercamiento sincero, sino
también las claves que nos puedan proporcionar una visión global y
representativa de la situación del género narrativo breve en Andalucía.
Así mismo, entenderá
el lector que el estudio que aquí se lleva a cabo atiende
fundamentalmente y de manera somera a cada una de las muestras de los
distintos autores incluidos en esta antología, puesto que un análisis
más profundo conllevaría la necesidad de rastrear la trayectoria
personal de cada uno de los veinticuatro narradores presentes en ella,
algo que no pretendemos en modo alguno desde estas páginas. Lo que sí
pretendemos como deseo sincero y humilde a la vez, es que puedan
servir de acicate, de excitante invitación a ahondar en las heterogéneas
propuestas que, desde estos textos, revelan una obra en muchos casos
amplia y, sobre todo, desconocida, dentro de un género que no es aquél
por el que son admirados y respetados de largo la mayoría de estos
autores. Al cabo, lo que es también innegable y se percibe en muchos
de los relatos, en particular en los realistas y costumbristas por
razones obvias, es el poso de unas vivencias compartidas, el peso de
una tradición y cultura comunes, y el paso de una sociedad políticamente
marcada por la rigidez derivada de la ausencia de libertades a otra
democrática y, por tanto, con un crisol temático mucho más amplio y
plural.
En esta ordenación
rigurosamente cronológica corresponde el primero de los textos a Juan Campos Reina. «El malvado Bombín» es un cuento
moralizador que narra la ascensión y caída de un hombre que, tras
llegar sin nada a un barrio pobre y convencional, «extorsiona» a sus
vecinos, consiguiendo prosperar y ocasionando molestias y
envidias en el vecindario, principalmente al «iluminado» casero que
hipócritamente se deja arrastrar por esa marea incontrolable que
supone su presencia y que actuará como aséptico salvador, provocando
la marcha, arruinado y rechazado, del malvado personaje, reencarnación
misma del Mal que a todos compromete. Pues ya sabemos que el pecado
suele ser apetecible y Bombín no es otra cosa que un perturbador, una
sugerente invitación al quebranto de la norma establecida, siendo
necesaria, por ello, su expulsión del paraíso. Así, esa sociedad
descansará aliviada por saberse
otra vez dueña de un destino para el que ha sido elegida,
tocada por la gracia de Dios y la de la santa costumbre.
Utiliza Campos Reina
un lenguaje llano, sencillo, descansando la acción en un ritmo
narrativo lento, pero sostenido y que caminará sin estridencias hacia
un final más o menos previsible. Sobresale la sencillez con que
articula la trama, la composición psicológica del protagonista y
narrador, o la facilidad para atrapar al lector en una red de estímulos
y respuestas tan reconocibles como inevitables. Sin duda, El malvado Bombín es una buena
muestra de las cualidades de un autor dotado y especialmente apto para
el ejercicio de esta técnica narrativa que se dignifica entre sus
manos y justifica su inclusión en la presente antología.
A continuación
encontramos «Los alacranes», de Eduardo Mendicutti, cuento de
carácter costumbrista que relata los primeros balbuceos del niño
protagonista en un mundo de adultos, el de su propia familia, que
todavía no entiende, pero en el que ya intuye interrogantes antiguas,
heridas sin cicatrizar o pequeños recelos no resueltos. Todo ello en
un marco de hipocresía consentida, de rutina y monotonía, tan
asfixiante como el tiempo y el espacio que sirven de marco narrativo :
una comida familiar que, por tradición, reúne a toda la familia el día
quince de agosto en una casa de la costa gaditana. Y es, justamente,
en esa atmósfera canicular que el Levante persistente potencia hasta
abotargar los sentidos, donde el protagonista, haciendo un cruel
experimento con unos alacranes, cree despertar a la razón dolorosa
que mantiene ingresado a su padre en un hospital psiquiátrico.
La mejor cualidad del
relato de Mendicutti es la sencillez con que va anudando el mundo
exterior del protagonista para descubrirnos junto a él la angustia y desazón que suele aparejar el dejar atrás la edad de la
inocencia, sin más seguridad que la de un futuro incierto y por
elaborar. Con un vocabulario sencillo y un ritmo adecuado, pausado al
inicio y ganando en dinamismo conforme avanza hasta desembocar en un
final abierto y enigmático, Mendicutti logra un espléndido retrato
social que trasciende a los protagonistas y nos hace recapacitar a
todos sobre el difícil entramado
que regula las relaciones internas de una típica familia de
clase media de corte tradicional, o lo que es lo mismo, llena de
convencionalismos, donde el único soplo de aire fresco lo proporciona
esa mirada ingenua, infantil, conmovedora. Todo ello aderezado con una
sensibilidad, con un dominio y un conocimiento de los procesos que
interfieren en el aprendizaje social de cualquier persona, y aún más
en el de un niño, de un modo magistral y pleno de ternura.
Y si de habilidad u
oficio hablábamos con anterioridad, estas cualidades no están
precisamente ausentes en «Sangría»,
un cuento breve e intenso
en el que Manuel Talens se nos presenta como un perfecto dominador de
la técnica narrativa del relato corto, mostrándonos una historia en
la que el lector participa de la misma reconociéndose en su
cotidianeidad. Un buen ejemplo del Talens dominador de la frase breve,
de adjetivación justa, al que interesa la acción
más que los procesos psicológicos que acontecen en sus
personajes y en ella nos introduce sin esfuerzo aparente, ofreciéndonos
un asiento entre las
mesas de ese restaurante playero al que ha llegado una pareja de jóvenes
y cuya tranquilidad se ve rota por la aparición de un grupo desigual
y variopinto que con su actitud va acaparando la atención de los
presentes.
Poco a poco se irá
generando una tensión que desembocará en un final trágico e
imprevisible donde la muerte surge felina y absurda. Justamente, una
de las características del relato es la perfecta gradación del ritmo
narrativo por parte de Talens, que consigue que el lector se vea
arrastrado por los acontecimientos al tiempo que estos atrapan a los
personajes, y éste es un mérito innegable de un autor comprometido
como pocos en la defensa de este género. Talens, en definitiva,
afirma la vida «conforme la muchacha se desploma hacia atrás, camino
de la muerte».
Diametralmente opuesto
en cuanto a temática y tono es «¡Goool!», de
Fanny Rubio, una inopinada sátira en la que se mofa de uno de los fenómenos
sociales de masas como es el fútbol o, siendo más justos, de toda
una sociedad que ha terminado sustituyendo referentes básicos y
primarios del individuo por una suerte de sustancia dopante sin igual.
Un afrodisíaco capaz de reproducir todos los estadios del placer
tradicionalmente asociados al sexo en un «juego» (el fútbol) que,
al igual que sucede en otro «juego»: el erótico, acoge en su regazo
las aspiraciones individuales y colectivas más diversas. Y para ello, nada mejor que servirse del humor como
recurso narrativo que permite establecer un distanciamiento necesario
y eficaz; captando y conduciendo la atención del lector, desplegando
ante él un espejo cóncavo que le permita no reconocerse y
arrancar de ese modo la sonrisa cómplice de quienes estamos
habituados a vecinos, familiares y amigos, siempre son «ellos»,
aquejados de tamaña enfermedad.
El lenguaje que se
utiliza está así sabiamente salpicado de usos coloquiales cargados
de doble sentido, usos que demuestran un «sospechoso» parentesco en
la terminología de ambas actividades. Lo mismo ocurre con el nombre
de los protagonistas o con las referencias cinematográficas y
musicales, denotativas de una adscripción social permeable a ese maléfico
influjo. Si a esto le añadimos la perfecta gradación paralelística
y la brillantez con la que está resuelta la trama, poco más cabe
decir sobre una escritora que maneja con indudable maestría la técnica
del relato corto.
Parejo en maestría,
diferente en concepción y desarrollo, se presenta «El reino de
Maud», un hermoso relato de Ana Rossetti, lleno de lirismo y
creatividad, que recrea el ensueño y la capacidad fabuladora que sólo
se posee en la infancia. Éste es el nódulo narrativo de una
historia, en la que unos niños fantasean y juegan a reconstruir un
mundo a caballo entre la realidad y el sueño, pero en
el que se repiten a pequeña escala coordenadas y jerarquías
calcadas de los adultos. Destaca la niña protagonista: la reina Maud,
que asume como propia la historia de la reina de quien ha tomado el
nombre, haciéndonos ver, con su mirada, un mundo rico e imaginativo,
oculto, que debe su existencia a la propia convicción de la
protagonista, capaz de defenderlo en su interior con la fuerza que
proporciona saberse escogida por un destino especial y maravilloso.
De construcción
sencilla, se reflejan perfectamente las emociones, el desparpajo y las
reacciones que tienen lugar en un grupo infantil, ahondando en el
interior de alguno de esos personajes con magia, con frescura, con
imaginación. Con una prosa en que rebrota no sólo sin merma alguna
para el relato sino robusteciéndolo, la condición esencialmente poética
de una Ana Rossetti que siempre ha hecho de la curiosidad y la
sorpresa un caleidoscopio, un mirador multicolor, desde el que abrazar
sin excesivo rubor el sabernos desvalidos, abandonados al sueño y la
incertidumbre.
No cabe duda de que al
calificar como magnífica a «La orgía infinita», de Gregorio
Morales, se hace justicia a esta narración en la que el autor utiliza
todos los personajes clásicos de la iconografía religiosa hindú
para construir una historia de amor en la que el erotismo, el deseo y
la sensualidad, constituyen no ya una aspiración sino un fin en sí
mismo capaz de posibilitar el conocimiento, la explicación y la
aprehensión de todo lo circundante, equiparando el éxtasis carnal al
placer que sólo puede lograrse con la comprensión de la totalidad
del Universo. Para ello, Morales se sirve de un lenguaje amplísimo y
variado, un vocabulario que se carga de referencias propias de esa
iconografía religiosa, conformando una realidad etérea, paradisíaca,
que necesita de un caudal poético ingente capaz de trasladar al
lector las múltiples aristas de esa realidad; los sentimientos, la
crispación, el infinito deseo, la espiritualidad que late
insistentemente en esos personajes que buscan la totalidad desde lo más
primario y que hacen de la relación carnal una vía de conocimiento
universal.
Morales gradúa e
intensifica paulatinamente el desarrollo de la historia de modo
perfecto, haciendo que el desenlace sea una consecuencia deseable a la
que se llega por una inercia narrativa sabiamente manejada, por una
belleza y un lirismo funcional que atrapa desde el principio hasta el
fin.
El siguiente de los
textos escogidos es «Sellos como piel de anaconda», de
Antonio Enrique, un relato fantástico en el que el protagonista, un
humilde y honrado funcionario de Correos, describe los efectos
devastadores que una epidemia de peste de origen desconocido causa en
una población de esplendorosa historia y pasado, y de rancio y raído
presente. Aprovechando esta trama, el autor se sumerge en la descripción
de otras épocas en que la ciudad gozó de alcurnia y parabienes hasta
devenir por la Historia misma y el despropósito de los hombres en un
lugar apto tan sólo para la supervivencia rutinaria.
Quizá ello explique el que, como si de
una plaga bíblica se tratase, haya sido escogido este lugar para tan
fatal destino y el que sea ese honesto funcionario, el único eslabón
que une de verdad esa población con el exterior a través de un
indudable elemento corrosivo como es la correspondencia epistolar, el
que descubra el enigma del origen del virus contagioso : un sencillo
sello procedente del Caribe sin remitente conocido que insistentemente
llega al municipio. Antonio Enrique hace gala de un dominio léxico
extraordinario, sobre todo en las descripciones pretéritas, capaz de
mostrarnos el espíritu que anidaba en la población y la vida que
animaba a sus moradores, al tiempo que cala con hondura en el interior
del protagonista trasladando sus emociones con maestría y saber hacer
narrativo.
En
esta misma línea podríamos encuadrar el bellísimo relato «Amar
aun después de morir», de Juan Luis Romero Peche, donde se narra
el hallazgo de un sarcófago fenicio por parte de un reputado arqueólogo
que, sabedor de la costumbre de enterrar juntos en esa cultura las
arcas de los amados, busca y busca sin cesar ese segundo sarcófago
sin lograrlo jamás y habiéndose convertido en una obsesión continua
para él. Cincuenta años más tarde se produce, mientras se hacen
unas excavaciones, el hallazgo casual de tan deseado objeto, hecho que levanta una
enorme expectación y cuyo estudio y datación se encomienda a un
gris investigador universitario que descubre con asombro cómo
el hallazgo ha tenido lugar bajo los escombros de la que fuera
vivienda del famoso arqueólogo, el cual murió sin saber que aquello
que buscó durante toda su vida lo tenía debajo mismo de sus pies, en
una suerte de guiño indescifrable del destino que a todos nos
convierte en sempiternos rehenes.
Desde
mi punto de vista, el relato de Romero Peche es magnífico en su
inicio y desarrollo, con un lenguaje abundante que ilustra a la
perfección el mundo que se recrea y las disquisiciones del narrador.
No obstante, conforme se va aproximando al final y en un intento de
reflejar con exactitud el acento gaditano utilizado por alguno de los
personajes, quizá se distraiga al lector del corazón mismo que anima
el relato y asistamos a un final excesivamente brusco y rápido que
aun así nos transmite la sensación de haber leído un cuento casi
perfecto.
El
texto que aparece a continuación es «Borrador para un informe
sobre la brigada de la realidad», de Antonio Muñoz Molina, un
espléndido relato de ciencia-ficción en el que partiendo de una
esfera que va más allá de la realidad lleva a cabo una parábola,
una crítica feroz de algunos de los comportamientos y actividades más
cotidianas en una sociedad, la nuestra, revestida de una doble moral
que hace que precisamente aquellos que debieran ser garantes y guías
de un compromiso ético al servicio de sus semejantes, no sean sino
manipuladores, mercaderes o falsos estetas, cuyas respuestas distan
enormemente según se enmarquen en la esfera de lo público o de lo
privado y que han hecho de la hipocresía un arte inigualable. Un arte
que, como una marea incontrolable, se extiende poco a poco ante una
sociedad sin pilares fuertes y sinceros.
La
brigada de la realidad a buen seguro que existe, si no en la
realidad externa y controlable sí en el interior de
cualquiera de nosotros, en la conciencia más recóndita
que sólo se descifra ante la adversidad. Por ello, es
necesario desenmascarar la falsedad que nos inunda, hacer frente a la
mentira y revelar al embaucador que una y otra vez se muestra
desafiante y despectivo ante nosotros.
A destacar el tono neutro que preside la narración a modo de
diario, y la ironía ácida y descreída que subyace bajo una aparente
frialdad conceptual. Añadamos una fingida sencillez estructural,
precisión en el vocabulario, un final inconcluso y abierto, y nos
explicaremos el porqué nos hallamos ante uno de los más importantes
cultivadores del género en la actualidad.
Incrementa
esta nómina de autores el gaditano Juan José Téllez, quien en «Un
día de playa» construye una historia descarnada que pone de
manifiesto los sentimientos que a su protagonista, Gabriel el Caraja,
le ocasiona el descubrimiento de un cadáver enterrado en la playa, a
la que ha ido a pasar el día con su familia. Utilizando ese
descubrimiento como telón de fondo, Téllez radiografía
a un personaje que se nos presenta como la encarnación misma
del desencanto, repasando una vida mediocre en la que la cobardía y
la inacción le han
llevado a construir un mundo y una familia tan falsos como su propia
existencia. Tan sólo la nostalgia de algunos episodios aislados en su
pasado parecen dar sentido a su vida, o quizá esos episodios ahondan
aún más su desesperación, sabedor de que su vida es sólo un foco
de continua insatisfacción, de aspiraciones maltrechas, de
mediocridad permanente.
Téllez
utiliza un lenguaje realista, desgarrado, que, en ocasiones, enriquece
con imágenes de indudable plasticidad, realzando más, si cabe, la
contraposición entre el mundo que ha vivido Gabriel y el deseo de
haber logrado otras metas que nunca estuvieron a su alcance o que si
lo estuvieron, su cobardía le impidió afrontarlas. En definitiva, un
conmovedor relato, intimista y desesperanzado, acompañado de
descripciones costumbristas y ambientales de la ciudad de Cádiz, que
pone de manifiesto las dotes narrativas de Téllez.
Muy
distinta a la anterior se presenta «La perrera», de Manuel J.
Ruiz Torres, sátira corrosiva que narra las peripecias que acontecen
en un patio de vecindad en el que todos los moradores están
enfrentados por un motivo u otro, teniendo como dedicación casi
exclusiva el hacer imposible la vida a los demás. Ni siquiera el
protagonista —y narrador— logra
escapar a esa vorágine ,viéndose arrastrado a la guerra de
guerrillas establecida en la comunidad. Una sola cosa tienen en común
todos los ocupantes del
edificio, menos el narrador: la tenencia de un perro que es
arma y defensa a la vez de sus enconos. Y será, precisamente,
la presencia de un perro recién adquirido por la mujer del
protagonista, lo que detenga la batalla y haga aflorar los ocultos
sentimientos de los propietarios , dispuestos a verter en el mundo
animal lo que son incapaces de compartir y valorar en el prójimo.
Destaca
el gracejo, la ironía, la comicidad con que Ruiz Torres es capaz de
adornar la miserabilidad de la que hacen gala esos «urbanitas»
obligados a compartir necesariamente un ínfimo espacio vital, lo cual
proporciona a este relato un carácter singular y especialmente
atractivo.
Igualmente atractivo, aunque por otras razones, resulta «El
fotógrafo desarmado», de Guillermo Busutil, relato que recoge
las vivencias de un fotógrafo profesional que ha ejercido en diversas
guerras y que en la actualidad es un reputado profesional al servicio
de conocidas agencias de publicidad.. Un pasado que se le hará
presente en un final inexplicable cuando se persona para el trabajo
que actualmente está llevando a cabo una muchacha extranjera y no
profesional que viene con la recomendación de un afamado y
antiguo compañero de conflictos, muerto recientemente. La muchacha , tras impresionar al protagonista por su trabajo,
desaparece tan misteriosamente como había llegado y deja un vacío en
él que le hace buscarla sin cesar, hasta que recibe un envío con
algunas pertenencias de su antiguo compañero. Entre ellas una le
sorprenderá especialmente, ya que es una fotografía donde yace
muerta la muchacha que le ha servido para realizar este último
trabajo.
En
forma casi de crónica periodística, Busutil homenajea en este cuento
a unos profesionales del periodismo: los fotógrafos de prensa, que
con su labor son capaces de conmocionar a toda una sociedad, trasladándoles
el horror de las guerras en las que ellos se involucran hasta la
propia muerte en algunos casos y que consiguen, en ocasiones, erigirse
en detonantes de
corrientes de opinión capaces de forzar a los gobernantes a
intervenir y poner fin a los mismos. Busutil utiliza una técnica
realista en la descripción, muy propia del lenguaje periodístico,
con un ritmo narrativo ágil y fresco, desnudando con rapidez
situaciones y sentimientos de los personajes, y conduciendo con
eficacia el desarrollo de la historia hacia un final sorprendente e
inesperado.
Justamente
el adjetivo «sorprendente» designaría con precisión al texto «Sucedáneo:
Pez volador (Relato en varios tiempos e higienes)», de Hipólito
G. Navarro, cuento surrealista en el que se experimenta con el tiempo
y espacio narrativos, siendo el argumento una mera excusa para jugar
con la estructura y haciendo acopio de un dominio en la arquitectura
del relato con variados recursos que hacen de éste un magnífico
ejemplo de ejercicio narrativo vanguardista.
Navarro
huye del relato convencional y apuesta por una construcción novedosa
que arrastre al lector a buscar las claves presentes en el texto,
extrayendo sus propias conclusiones. De este modo, el autor se afirma
rompiendo la norma en cada momento, haciendo un uso personalísimo
de la construcción de la frase, de la puntuación o del
vocabulario. En definitiva, asumiendo un riesgo que muy pocos están
dispuestos a afrontar y que valida aún más la figura de un
escritor al que le gusta hurgar en los pilares tradicionales
del género, en una tarea renovadora que aunque sea consustancial a la
práctica literaria misma casi siempre suele aparejar recelo y
controversia.
En
una concepción mucho más tradicional se inscribe el texto «Los
umbrales», de Rafael Ramírez Escoto, extenso relato de corte
fantástico en el que se sumerge al lector en una trama ambigua y
llena de referencias a las ciencias ocultas, construyendo un perfecto
entramado que pone de manifiesto su dominio absoluto del ritmo
narrativo.
El
uso de un lenguaje realista no es óbice para un continuo y sutil
lirismo que nos hace avanzar ensimismados en busca de un desenlace
que, tal y como prevemos, nos cede el protagonismo. Con ese objetivo,
Ramírez bascula sobre un tema clásico: la búsqueda de la verdad, de
lo absoluto, la respuesta definitiva a todas las preguntas; un
privilegio, en suma, reservado a aquellos que el destino, la
casualidad o el azar ha donado ese don, ese regalo envenenado que
a cambio exige el precio de la inmolación, pues parece
evidente que sólo mientras pervivan interrogantes tendrá razón de
ser nuestra existencia. Decir, por último, que la arquitectura del
cuento sigue la vieja estela del viaje, del itinerario, que es al cabo
la esencia misma del vivir y que tienen que recorrer los protagonistas
del mismo modo que todos nosotros, con la esperanza o la angustia
definitiva que sólo, quizá, hallemos tras la muerte.
También
en «La pelirroja», José Manuel Benítez Ariza tejerá una
historia en torno a un tema clásico : el destino, que hace que unos
personajes vuelvan, tras unos años, a enfrentarse a un pasado no muy
lejano, cuando casualmente alquilan
una casa en la costa que destrozaron en su anterior estancia. El
arrendador no los reconoce por los cambios físicos sufridos en ese
tiempo. Ahí radica la clave que sirve para reflexionar sobre los
cambios sufridos por todos ellos, añorando una existencia libre y
escasa de prejuicios que evidencia aún más, si cabe, la rutina
opresiva del presente.
Se
manifiesta Benítez Ariza como un consumado creador de caracteres,
perfilando a sus personajes a través de un lenguaje definidor que con habilidad y trabajada espontaneidad les acerca al
lector en un ejercicio de reconocimiento mutuo.
Originalidad,
esa es la palabra que mejor define la trama de «Maletas
vacías», de Antonio Álamo. En ella se cuenta la excentricidad
de un poeta, ganador de un premio consistente en dos billetes de ida y
vuelta a cualquier destino europeo y que, debido a la poca atracción
que le ofrece, propone a la compañía aérea patrocinadora del premio
el reembolso en metálico de ese viaje. Ante la negativa
de la compañía, les insta a un vuelo Madrid-Madrid-Madrid. La
compañía resuelve acceder a ese vuelo y se lleva a cabo ante la
absurda satisfacción del protagonista y la incomprensión de su
novia, que decide encontrar otros destinos más interesantes en el
terreno amoroso.
Señalar
que la anécdota argumental está bien desarrollada y resuelta con
acidez e ironía, dejando entrever en clave intenciones más profundas
que dan pie al lector a elucubrar sobre ciertos comportamientos
lindantes con el malditismo poético y extraliterario. A pesar de la
especial brevedad del relato, Álamo traza a través de unas simples
pinceladas : unos diálogos ajustados, una expresión adecuada y una
correcta dosificación de los recursos; un discurso narrativo que
llega franco y pleno de atracción a sus destinatarios.
De
mayor densidad y extensión que el precedente, «La noche del
Skylab», del gaditano Juan Bonilla, denuncia la marginación en
que están sumidas numerosas aldeas de nuestra geografía cuya lenta y
dolorosa muerte sólo es noticiable ante el infortunio o la catástrofe.
La
ironía y acidez presiden este texto de Bonilla en el que se nos
cuenta el interés de los vecinos de una diminuta aldea por ser
alcanzados por una nave que, debido a un fallo, va a caer en un lugar
indeterminado de la Tierra. Es tal su desesperación que incluso
procesionan constantemente para solicitar ayuda divina en la elección
y así poder cobrar las correspondientes indemnizaciones aquellos que
sobrevivan. Una periodista va hasta allí para cubrir la noticia, pero
lo único que observa es miseria y decrepitud. La auténtica noticia
surge el día después cuando en los teletipos aparece el suicidio
masivo de todos los aldeanos, que no habían sido agraciados por sus
oraciones. Es ahí, justamente, en ese final, donde arrancaría la
segunda denuncia de Bonilla: la de una sociedad de la comunicación
que sólo fagocita la sangre de sus semejantes, convirtiendo en espectáculo
mediático lo que debiera ser motivo de reflexión colectiva.
Continúa
la relación «Amor electro-doméstico», de Salvador Gutiérrez
Solís,en el que se retrata a la perfección la progresiva degradación
en la vida rutinaria de una pareja proletaria: ella, trabajadora de un
supermercado y él, parado. Aferrados a la seguridad abarcable de su
microcosmos y a la aceptación resignada de sus limitaciones, una única
nota rompe esa uniformidad existencial: la obsesión enfermiza de
Pedro por el culo de Concha; un culo, símbolo perecedero de la pasión,
que en la acción diaria del fregado levanta los más altos instintos
de Pedro. Sin embargo, esa monotonía, como sostiene el narrador y
suele acontecer siempre «conduce a la reflexión, que es la madre del
aburrimiento» , por lo que a Concha sólo le asiste planear la más
lacerante y perfecta de las venganzas: se comprará un lavavajillas.
Destaca
en el relato la facilidad desplegada por Gutiérrez Solís en el
control del ritmo narrativo: rápido y ágil en ocasiones, con frases
cortas y epigramáticas; pausado y sostenido en otras, con gradaciones
intensificadoras y repeticiones que lo ralentizan. A ello hay que añadir
un léxico abundante y rico en adjetivación mediante el cual logra
transmitir a la vez la inercia y sensualidad que alternan en la
pareja.
El
siguiente texto que encontramos es «María Calaveras».
En él Félix J. Palma rescata,
a modo de leyenda, la figura de un viejo forajido de la serranía
gaditana y su cita con la muerte. De ella sabe mucho la protagonista:
María Calaveras, dotada del doloroso privilegio de identificarla con
antelación, lo que ha determinado su existencia desde niña, convirtiéndose
por esta razón ella misma en parte fundamental de la leyenda, pues es
difícil determinar cuál es su verdadera dimensión. Félix
J. Palma sabe captar perfectamente la atmósfera oscura que
caracteriza a estas narraciones, utilizando un realismo espeso que
cimenta el soporte duradero de la historia retratada y sumergiendo al
lector en un universo literario tan trabajado y compacto, que difícilmente
puede sustraerse al encanto de saberse frente a un relato resistente
al olvido y a su tiempo. Ni frente a un autor que, a pesar de su
juventud, ya ha demostrado con largueza su especial aptitud para la práctica
de este género.
Con
un enfoque totalmente distinto, nos encontramos frente a otro tema clásico
en «Elsa reencontrada», de Felipe R. Navarro, una espléndida
metáfora sobre el amor perdido que el protagonista identifica con un
viejo amor que se reencarna una y otra vez en otros cuerpos,
alimentando el ideal que todos perseguimos siempre y que, como una
excusa constante, nos proporciona nuevas razones para la búsqueda.
Felipe
Navarro juega sabiamente con la confusión, en un alarde de técnica
narrativa al servicio de
la historia, conduciendo y dosificando la trama sin aspavientos,
lentamente, como sólo un magnífico conocedor del relato corto podría
conseguir.
Afirmación
ésta que podría aplicársele igualmente al sevillano Andrés Pérez
Domínguez ( Sevilla, 1969 ), quien en «Estado provisional»
nos enfrenta a una historia que se articula en torno a la opresión
que una bella y madura mujer sufre en una pequeña aldea donde vive
con su marido y en la que resaltan inevitables las miradas cargadas de
recelo e incomprensión con que esa minúscula sociedad le obsequia.
Por ello, decide marcharse sola, abandonando todo lo que asfixia y
oscurece su existencia, dispuesta a comenzar de nuevo en cualquier
lugar. Pero el destino hará que unos instantes antes de su marcha un
camión extranjero se empotre contra su vivienda e impida su salida de
la población. Tendrá que esperar dos días para lograr su propósito.
Pérez
Domínguez dibuja con oficio la irrespirabilidad que invade todo y
atormenta a la protagonista, y lo hace sin alardes, hurgando
paulatinamente en los sentimientos, despojando pacientemente a la
historia del polvo que cubre a sus personajes y ahondando en el grito
callado de libertad que pugna por escapar de la garganta de aquélla.
Posiblemente, ahí radique el mayor acierto del autor : su habilidad
para describir los procesos psicológicos que hacen de
cualquier persona un candidato a hombre libre, por encima de normas o
convenciones que acallen nuestro derecho a una nueva oportunidad.
Quizá
eso, una nueva oportunidad, es lo que desearían los protagonistas de «Huevos,
leche y pan», de Miguel Ángel Argüez, relato, en clave fantástica,
en el que Argüez juega a presentar la muerte como un ser voraz que
cuando hace acto de presencia, su hambruna sólo puede ser saciada con
aquello que ha venido a buscar. Así, por más que todos los hombres
intentemos distraerla ofreciéndole señuelos o finjamos ignorar sus
pretensiones, Ella siempre alcanzará su objetivo, pues no hay destino
más cierto ni verdad más incontestable para todos los que
obligadamente le damos
cobijo.
El
último de los relatos recogidos es «Tornasol», de Andrés
Newman. El autor recapacita
sobre la angustia propia y ajena a través de un personaje
desencantado que antes de suicidarse anuncia su propósito a la
psiquiatra que lo atiende, estableciéndose una interesantísima dialéctica
entre ambos que pone de manifiesto la imposibilidad de analizar con
objetividad y rigor la auténtica dimensión y alcance de nuestros
problemas, ya que en el fondo es una cuestión de perspectiva. Algo
parecido a una imagen que situada entre dos espejos se reproduce sin
control, por lo que sólo la experiencia compartida, la comunicación,
pueden facilitarnos una reacción proporcional que nos aleje del más
absoluto desequilibrio.
Probablemente
por esa razón considere Newman que un buen mecanismo de aproximación
a semejantes profundidades sea el establecer una distancia a través
de cierta ironía, que encuentra en el uso peculiar del diálogo un
recurso de capital importancia y confiere a este cuento una impronta
personalísima.
Y
para finalizar, me gustaría abundar en la consideración, reiterada
al comienzo, de que estos breves apuntes sólo son un reflejo
instintivo de quien no ha pretendido más rigor que el derivado de un
acercamiento atento y embelesado a unas lecturas que por su
multiplicidad temática, conceptual o técnica pueden satisfacer a los
más variados paladares narrativos. Así, si sirven estas líneas no
para promover un género que goza de salud poderosa y se sabe desde la
experiencia resistente al tiempo, sino como una reivindicación amable
ante el lector, que, a veces, y de modo involuntario, permanece al
margen de aquél y cuya importancia sólo puede valorarse si
entendemos que en él siempre han velado sus armas todos los que un día
fueron y siguen siéndolo, habremos acertado plenamente. Pues no
conviene olvidar que el cuento es una metáfora de la vida y que como
ella responde con intensidad, condensación, brevedad, malicia o
entereza, a todo el que busca
más y más preguntas para las que por supuesto no hay respuesta. O
quizá sí. En todo caso, sean los lectores quienes respondan y
disfruten, si lo consiguen, con sus hallazgos.
Lo que si puede certificarse es que si para contar una buena
historia sólo hacen falta dos personajes y un conflicto, aquí tienen
veinticuatro y una invitación.
[1]
Profesor y crítico literario. Ha ejercido su labor en “Papel
Literario”-Diario Costa del Sol y la Revista de Literatura,
Tinta Seca (México).
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Sangría
Se apartan de la carretera justo por detrás del
autocine. Tal como el joven de la moto les acaba de advertir, el
camino empieza a hacerse polvoriento, flanqueado por cañaverales y
por alguna que otra alquería abandonada. Las curvas y los baches
obligan a avanzar con lentitud. Al cabo de varios minutos ven aparecer
el restaurante. Es una casa pintada de negro en su totalidad, color
que contrasta con el azul intenso del cielo y el amarillo de la playa.
A la derecha hay un aparcamiento elemental, con suelo de grava y
chamizos de paja para que los coches eviten el sol abrasador del
verano mediterráneo. Pero no hay clientela. Él la mira interrogante
y, sin decir palabra, se dirige hacia el espacio más próximo al
edificio, endereza el automóvil con un par de maniobras, frena luego
con el pie derecho, pone las marchas en punto muerto, tira de la
palanca y quita la llave de contacto.
Echan pie a tierra. Son las siete de la tarde,
aunque parece más temprano debido al cambio horario estival.
Ella se quita las sandalias, las mete en el amplio
bolso de anea y avanza hacia el mar, dejando que las tenues olas le
mojen los pies. Sopla una brisa que hace ondear sus cabellos.
—¡Qué agradable!—musita.
Él asiente. La playa está desierta en las
inmediaciones. A lo lejos, un hombre se aproxima con andares
perezosos. Poco a poco, conforme su figura va adquiriendo matices,
pueden observar que tendrá unos setenta años y la piel curtida por
el sol. Al pasar de largo, les sonríe con ojos verdes como
aguamarinas. Parece extranjero.
—Debemos de estar en una playa nudista
—advierte él.
En efecto, la única indumentaria del paseante es
una gorra de béisbol con un minúsculo walkman
insertado en ella. En torno a su cabeza mariposean las notas del Concierto
en fa mayor para piano y orquesta de Gershwin. El hombre,
impasible, sigue su camino en dirección al sur.
—Vamos a sentarnos y pediremos unas cervezas
—dice él.
La parte del restaurante que da al mar tiene una
terraza habilitada con sillas rojas de plástico en las que se puede
leer el logotipo de una marca de bebidas refrescantes. Las mesas,
también de plástico, son blancas. Al fondo, sobre una puerta tras la
que se adivina un espacio vacío, está escrita con letras mayúsculas
la palabra comedor.
Se sientan. Al instante aparece un camarero, con suéter
de la Universidad de Wisconsin, pantalones cortos y zapatillas de
tenis sin calcetines.
—¿Qué van a tomar?
—Dos cañas y un plato de calamares.
Reina la paz de la naturaleza, subrayada por el
rumor insistente de las olas y el graznar de alguna gaviota. De
pronto, oyen ruido de conversaciones a lo lejos. El camarero ya les ha
traído las cervezas. Ella vuelve la cabeza y ve que a una distancia
no muy grande, desde el norte, vienen dos hombres y tres mujeres. Las
voces van aumentando de volumen conforme se acercan. Al llegar, sin
saludar, se instalan varias mesas más al fondo.
Ella los observa con el rabillo del ojo. Uno de los
individuos, de más de treinta años y porte gitanesco, lleva pantalón
vaquero lleno de remaches plateados, los brazos cubiertos de tatuajes
y gafas de diseño. Tiene calva, pero luce una larga y espesa melena
tras las orejas, que se le desparrama por la espalda con rizos
abrillantinados. Permanece mudo. En cambio, el otro gasta una voz de
trueno y se dirige a las tres muchachas haciendo grandes aspavientos
con aire fanfarrón, como de mandamás.
El camarero, que en este momento aparece con el
plato de calamares, lo deposita en la mesa de la pareja y luego se
dirige a los recién llegados.
—Vamos a tomarnos una sangría —vocifera el
gallito sin dejarle preguntar—. Tráenos una jarra, rápido.
Es corpulento, lleva corte de pelo militar y no
tarda en quitarse la camiseta, dejando a la vista un tórax musculoso
con una enorme cobra tatuada, que abarca ambos pectorales, erecta como
la serpiente de un flautista hindú.
—¡Vaya bicho! —exclama una de las muchachas.
Las otras ríen a coro. No tendrán más de veinte
años. Dos de ellas llevan zapatos de plataforma, pantalones
acampanados y camisetas ceñidas de algodón, bajo las que se adivinan
los pezones. La tercera va en bikini.
—Seguramente aquí cerca hay un cámping —dice
ella en un susurro, para que no la oigan.
Él aprueba con la cabeza. Hace una mueca que
indica hasta qué punto se siente molesto por la inesperada presencia
de los recién llegados. Ella se la devuelve. Tratan de olvidarlos y
empiezan a hablar del proyecto que van a iniciar en pocos días, una
tesis sobre las razones ideológicas y económicas de las ONG en el
tercer mundo, pero el barullo que les llega desde la otra mesa les
impide concentrarse. De vez en cuando, escuchan alguna obscenidad
intercalada de manera casual en medio de una risa estrepitosa.
—Pues yo no se la chupo a nadie, tío —dice la
del bikini.
El de las gafas sigue impasible, ensimismado,
sorbiendo con lentitud de su vaso de sangría. El otro parece jactarse
de alguna heroicidad.
—¡No se me resiste ni una, coño! —vocifera al
poco.
Ella mira a su compañero con aire impaciente,
desconsolado. No logran aislarse en la burbuja de la tesis con este
runrún continuo de necedades deshilachadas que los acompaña a su
pesar. Además, el aspecto fragmentario y entrecortado de las frases
les impide también abandonarse a la escucha y participar pasivamente
de lo que los otros discuten.
—Tanta carretera para esto —dice él.
—¡Qué le vamos a hacer! —murmura ella.
—Yo con un tío como tú no me iba ni borracha
—aciertan a oír, en un tono falsamente despreciativo. Es la del
bikini.
—Pues bien que te bebes la sangría —replica el
bravucón.
—Oye, macho, no te pases, que yo tengo novio.
El ambiente parece tenso. Ahora el de la calva,
acurrucado en su silla, habla imperceptiblemente por su teléfono móvil.
—¡Tráenos otra sangría, campeón —vocifera
el de la voz cantante—, que estas señoritas tienen sed!
—Quizá sería mejor que nos fuéramos —sugiere
ella.
Se la nota intranquila.
—Ahora, cuando terminemos de tomarnos esto
—responde él.
Pincha un calamar con el tenedor y se lo lleva a la
boca.
Es entonces cuando una de las muchachas con zapatos
de plataforma se echa bruscamente para atrás, al tiempo que exclama:
—¡No te atrevas a tocarme las tetas, cabrón!
Pero el de la cobra ya está de pie y alarga su
mano hacia éstas por encima de la mesa. La muchacha, entonces, le
arroja con fuerza a la cara el contenido de su vaso.
—¡Hijaputa! —acierta a decir—. ¡Me cago en
tu puta madre!
Todo sucede con extrema rapidez. Mientras el
grandullón se restriega los ojos, el de las gafas se pone en
movimiento. Con celeridad de felino, deja el teléfono móvil sobre el
tablero y se lleva la mano al bolsillo de atrás. Clic. La hoja se
desliza después como una anguila en dirección al cuello de la
agresora.
Durante una milésima de segundo, antes de que el chorro los ciegue
con su caliente chaparrón, ven de qué manera el filo de la navaja
abre la epidermis y la grasa bajo la mandíbula, secciona el músculo
cutáneo, el esternocleidomastoideo, el omohioideo y los escalenos, la
vena yugular interna y la arteria carótida primitiva, que lanza con
violencia el contenido de la sístole por encima de las mesas,
conforme la muchacha se desploma hacia atrás, camino de la muerte.
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