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Granada en cuento
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Villar Ribot, Fernando de Villena.
* * *
Álbum de fotografías

Manuel Talens
Durante mi primera infancia,
justo al terminar la guerra, don Felipe me provocaba pesadillas. Era
flaco, de pómulos hundidos, barba cerrada, ojos penetrantes y el pelo
peinado con una raya a la izquierda. El negro de la sotana acrecentaba
en mí un desasosiego difícil de explicar, pero lo que más me imponía
era el enorme crucifijo que llevaba siempre colgado del cuello, como
para proclamar al mundo que su oficio era ser cura.
En los pueblos, ya se sabe, hay
poca diversión y quizá por eso don Felipe tomó la costumbre de ir de
visita por las tardes a mi casa para jugar la partida de dominó. En
torno a la mesa del comedor se sentaban don Felipe, don Jesús, don
Cristóbal y mi padre, las fuerzas vivas de Artefa. Yo, que era
pequeño, los espiaba escondido tras las cortinas, estudiando cada uno
de sus movimientos.
Antes de empezar, don Felipe rezaba dignamente tres o
cuatro padrenuestros y luego echaba la bendición, tras lo cual
revolvía las fichas sobre el tablero, mientras mi padre sacaba el
paquete de Bisontes y distribuía cigarrillos. Las partidas se
prolongaban hasta la hora de la cena, eran como una suerte de liturgia
incensada con humo de tabaco. Me resultaba curiosa la disciplina
verbal que el cura les imponía a sus tres amigos y el gesto severo con
que los achantaba cuando alguno de ellos soltaba alguna blasfemia en
el fragor de la jugada: blandía el crucifijo y daba grima ver a
aquellos tres hombres hechos y derechos besando humildemente la figura
del Cristo y pidiendo perdón. Hoy lo recuerdo como algo surrealista,
un mundo que dejó de existir, digno de una película de Buñuel. Eran
otros tiempos.
Han pasado muchos años y esta
tarde, mientras revisaba el álbum familiar con mi nieta adolescente,
le conté algunas historias jocosas de aquella época que su bisabuelo
fijó para siempre en fotografía con la ayuda de la vieja Hasselblad
que todavía conservo. Le referí que, en la escuela de Artefa, don
Cristóbal nos obligaba a aprender poemas para declamarlos de
carrerilla ante la clase y que el día de la primera comunión, que hice
junto a mi prima Isabel, sustituí la piadosa jaculatoria que íbamos a
recitar ambos por los primeros versos de La canción del pirata
de Espronceda.

¿Por qué tuve aquella
ocurrencia? No lo sé, pero lo cierto es que don Felipe me dejó
terminar con la sonrisa en los labios. ¿Qué tendría que ver este poema
de tufo anarquista, en el que se habla de ahorcar a gente y se
proclama que el único Dios es la libertad, con la severa doctrina que
los curas estaban obligados a difundir? Sin embargo, ahí estoy en una
página del álbum, mirando al objetivo de la cámara junto a Isabel,
ante el altar a los pies del Cristo de las Cucarachas, y si fijo mis
pupilas en los márgenes de la foto adivino fuera de campo a don
Felipe, quizá pensando que valdría la pena prestarle algún libro a
este niño tan despierto que ya muestra apego por las letras.
Me los prestó. Don Felipe le dio
a mi vida un golpe de timón, pues gracias a él leí a San Juan de la
Cruz, a Fray Luis, a Garcilaso y a Santa Teresa. Y le perdí el miedo a
su crucifijo.
Pasaron los años y don Felipe fue encaneciendo. El
concilio Vaticano II, ya al final de su carrera sacerdotal, trajo un
poco de aire fresco a la Iglesia. El cura de Artefa se puso al día sin
problemas, abandonó sus latinajos e incluso sustituyó el alzacuello
por una camisa con corbata. Sin embargo, probablemente estaba
acostumbrado a los faldones, porque conservó una variante de la sotana
-con pechera de chaleco-, logrando una extraña mezcla de vestimenta
laica y religiosa que hoy resultaría ridícula, pero que entonces todo
el mundo aceptó.

Me he sentido azorado al ver su
retrato, borroso y deficiente, donde aparece con el enorme crucifijo
que le asoma como un pistolón por la solapa del guardapolvo.
¿Por qué azorado? Porque en
aquella época -poco antes del referéndum franquista de los veinticinco
años de paz- me sucedió (o, mejor, le sucedió) un incidente penoso,
del que él ni siquiera llegó a enterarse. Me daba fatiga contarlo aquí
por pudor, pero mi nieta me ha apremiado a hacerlo. Estos jóvenes de
ahora...
Yo ya vivía en Granada y estaba
preparando la tesis con don Emilio Orozco. Sucedió durante las
vacaciones de verano, que solía pasar en Artefa. Fue, a todas luces,
un hecho insólito, del que aún siento vergüenza: después del almuerzo,
hice mis necesidades en el cuarto de baño y, cuando tiré de la cadena,
el enorme y sólido zurullo que acababa de soltar estaba incrustado,
como un náufrago, en el fondo del váter. Dejé que se llenara la
cisterna y repetí la operación cinco o seis veces, pero no hubo
manera, se resistía. Desesperado, sin saber qué hacer ante una prueba
tan incuestionable de mi paso por allí, me di cuenta de que en el
bolsillo de la camisa llevaba la reglita de plástico que solía
utilizar para subrayar los apuntes. Sin dudarlo, la utilicé como
espada y deshice en pedazos aquel enemigo tan molesto. Tiré otra vez
de la cadena y todo quedó en orden. Me lavé las manos y froté la
reglita con jabón, la sequé con papel higiénico, me la volví a meter
en el bolsillo y salí del cuarto de baño.
En el comedor, don Felipe y mi
padre terminaban de tomarse el café. Me senté con ellos y charlamos un
rato. De pronto, el cura agarró la cafetera y se sirvió los restos.
Consuelo, mi vieja ama, que ya había retirado las cucharillas y el
azucarero, hizo ademán de ir a buscarlos de nuevo a la cocina.
«No te molestes, Consuelo», le dijo
don Felipe. «Porque en el culo de la taza queda azúcar y lo muevo con
esto».
Sin darme tiempo a reaccionar, le
echó mano a la reglita de mi bolsillo y la introdujo en su café. No
dije nada, pero por dentro me sentí desfallecer y, profesión obliga,
pensé en esa metáfora lexicalizada e inconsciente que se llama
catacresis y en que el culo de la taza acababa de sufrir una auténtica
contaminación de realidad.
Después, le perdí la pista al cura.
Supe que estaba jubilado y que vivía con una hermana suya en
Barcelona. Allí lo vi por última vez, años más tarde, cuando asistí de
ponente a un congreso de semiótica. En las Ramblas, junto a un quiosco
de pajaritos, estaba don Felipe, avejentado pero todavía tieso como un
sable. Dos putas enormes, asidas de sus brazos, le hacían arrumacos.
El sentimiento de culpa me
ha perseguido desde entonces. ¿Por qué no lo abracé? Nuestros ojos se
cruzaron un segundo, pero yo fui incapaz de sostener su mirada y seguí
hacia abajo, camino del Liceo.
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De Granada en cuento (2002) |
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