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CUENTOS SUELTOS

Rotura

Granada en cuento

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Álbum de fotografías

Manuel Talens

 

Durante mi primera infancia, justo al terminar la guerra, don Felipe me provocaba pesadillas. Era flaco, de pómulos hundidos, barba cerrada, ojos penetrantes y el pelo peinado con una raya a la izquierda. El negro de la sotana acrecentaba en mí un desasosiego difícil de explicar, pero lo que más me imponía era el enorme crucifijo que llevaba siempre colgado del cuello, como para proclamar al mundo que su oficio era ser cura.

En los pueblos, ya se sabe, hay poca diversión y quizá por eso don Felipe tomó la costumbre de ir de visita por las tardes a mi casa para jugar la partida de dominó. En torno a la mesa del comedor se sentaban don Felipe, don Jesús, don Cristóbal y mi padre, las fuerzas vivas de Artefa. Yo, que era pequeño, los espiaba escondido tras las cortinas, estudiando cada uno de sus movimientos.

    Antes de empezar, don Felipe rezaba dignamente tres o cuatro padrenuestros y luego echaba la bendición, tras lo cual revolvía las fichas sobre el tablero, mientras mi padre sacaba el paquete de Bisontes y distribuía cigarrillos. Las partidas se prolongaban hasta la hora de la cena, eran como una suerte de liturgia incensada con humo de tabaco. Me resultaba curiosa la disciplina verbal que el cura les imponía a sus tres amigos y el gesto severo con que los achantaba cuando alguno de ellos soltaba alguna blasfemia en el fragor de la jugada: blandía el crucifijo y daba grima ver a aquellos tres hombres hechos y derechos besando humildemente la figura del Cristo y pidiendo perdón. Hoy lo recuerdo como algo surrealista, un mundo que dejó de existir, digno de una película de Buñuel. Eran otros tiempos.

Han pasado muchos años y esta tarde, mientras revisaba el álbum familiar con mi nieta adolescente, le conté algunas historias jocosas de aquella época que su bisabuelo fijó para siempre en fotografía con la ayuda de la vieja Hasselblad que todavía conservo. Le referí que, en la escuela de Artefa, don Cristóbal nos obligaba a aprender poemas para declamarlos de carrerilla ante la clase y que el día de la primera comunión, que hice junto a mi prima Isabel, sustituí la piadosa jaculatoria que íbamos a recitar ambos por los primeros versos de La canción del pirata de Espronceda.

 

La primera comunión

 

¿Por qué tuve aquella ocurrencia? No lo sé, pero lo cierto es que don Felipe me dejó terminar con la sonrisa en los labios. ¿Qué tendría que ver este poema de tufo anarquista, en el que se habla de ahorcar a gente y se proclama que el único Dios es la libertad, con la severa doctrina que los curas estaban obligados a difundir? Sin embargo, ahí estoy en una página del álbum, mirando al objetivo de la cámara junto a Isabel, ante el altar a los pies del Cristo de las Cucarachas, y si fijo mis pupilas en los márgenes de la foto adivino fuera de campo a don Felipe, quizá pensando que valdría la pena prestarle algún libro a este niño tan despierto que ya muestra apego por las letras.

Me los prestó. Don Felipe le dio a mi vida un golpe de timón, pues gracias a él leí a San Juan de la Cruz, a Fray Luis, a Garcilaso y a Santa Teresa. Y le perdí el miedo a su crucifijo.

    Pasaron los años y don Felipe fue encaneciendo. El concilio Vaticano II, ya al final de su carrera sacerdotal, trajo un poco de aire fresco a la Iglesia. El cura de Artefa se puso al día sin problemas, abandonó sus latinajos e incluso sustituyó el alzacuello por una camisa con corbata. Sin embargo, probablemente estaba acostumbrado a los faldones, porque conservó una variante de la sotana -con pechera de chaleco-, logrando una extraña mezcla de vestimenta laica y religiosa que hoy resultaría ridícula, pero que entonces todo el mundo aceptó.

 

Don Felipe, el cura de Artefa

 

Me he sentido azorado al ver su retrato, borroso y deficiente, donde aparece con el enorme crucifijo que le asoma como un pistolón por la solapa del guardapolvo.

¿Por qué azorado? Porque en aquella época -poco antes del referéndum franquista de los veinticinco años de paz- me sucedió (o, mejor, le sucedió) un incidente penoso, del que él ni siquiera llegó a enterarse. Me daba fatiga contarlo aquí por pudor, pero mi nieta me ha apremiado a hacerlo. Estos jóvenes de ahora...

Yo ya vivía en Granada y estaba preparando la tesis con don Emilio Orozco. Sucedió durante las vacaciones de verano, que solía pasar en Artefa. Fue, a todas luces, un hecho insólito, del que aún siento vergüenza: después del almuerzo, hice mis necesidades en el cuarto de baño y, cuando tiré de la cadena, el enorme y sólido zurullo que acababa de soltar estaba incrustado, como un náufrago, en el fondo del váter. Dejé que se llenara la cisterna y repetí la operación cinco o seis veces, pero no hubo manera, se resistía. Desesperado, sin saber qué hacer ante una prueba tan incuestionable de mi paso por allí, me di cuenta de que en el bolsillo de la camisa llevaba la reglita de plástico que solía utilizar para subrayar los apuntes. Sin dudarlo, la utilicé como espada y deshice en pedazos aquel enemigo tan molesto. Tiré otra vez de la cadena y todo quedó en orden. Me lavé las manos y froté la reglita con jabón, la sequé con papel higiénico, me la volví a meter en el bolsillo y salí del cuarto de baño.

En el comedor, don Felipe y mi padre terminaban de tomarse el café. Me senté con ellos y charlamos un rato. De pronto, el cura agarró la cafetera y se sirvió los restos. Consuelo, mi vieja ama, que ya había retirado las cucharillas y el azucarero, hizo ademán de ir a buscarlos de nuevo a la cocina.

    «No te molestes, Consuelo», le dijo don Felipe. «Porque en el culo de la taza queda azúcar y lo muevo con esto».

    Sin darme tiempo a reaccionar, le echó mano a la reglita de mi bolsillo y la introdujo en su café. No dije nada, pero por dentro me sentí desfallecer y, profesión obliga, pensé en esa metáfora lexicalizada e inconsciente que se llama catacresis y en que el culo de la taza acababa de sufrir una auténtica contaminación de realidad.

    Después, le perdí la pista al cura. Supe que estaba jubilado y que vivía con una hermana suya en Barcelona. Allí lo vi por última vez, años más tarde, cuando asistí de ponente a un congreso de semiótica. En las Ramblas, junto a un quiosco de pajaritos, estaba don Felipe, avejentado pero todavía tieso como un sable. Dos putas enormes, asidas de sus brazos, le hacían arrumacos.

El sentimiento de culpa me ha perseguido desde entonces. ¿Por qué no lo abracé? Nuestros ojos se cruzaron un segundo, pero yo fui incapaz de sostener su mirada y seguí hacia abajo, camino del Liceo.

 

 

De Granada en cuento (2002)

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© Manuel Talens 2002