Yo
lo conocí fugazmente un sábado a finales de octubre, cuando llamó a
la puerta de la masía. Eran las tres de la tarde y el golpeteo con
los nudillos me despertó de la siesta que estaba echando sobre el sofá.
Fui a abrir un poco sorprendido y molesto, ya que las lomas de Marjana
son tan solitarias que raramente viene alguien por aquí, salvo los
ocasionales domingueros que se internan en la Serranía.
Me
encontré con un hombre alto y enjuto como únicamente los
anglosajones suelen serlo sin perder la elegancia, de rasgos afilados,
pelo blanquísimo, ojos grises y cejas en tirabuzón. Tenía el aire
del príncipe de Gales. Pero menos que su rostro, me desconcertó su
aspecto de tranquila autenticidad. Iba vestido con sobria ropa otoñal
y calzaba unos cómodos mocasines. Se sostenía ayudado por un bastón
y jadeaba un poco a causa de la caminata.
—Buenas
tardes —dijo—, me llamo John McBain, soy canadiense y estuve en
esta casa hace cincuenta años, después de la guerra. ¿Puedo entrar,
por favor?
Hablaba
castellano con un ligero acento inglés, pero su dicción era
correcta, sin titubeo alguno. Me inspiró confianza, así que me hice
a un lado y pasó al interior.
Lo
invité a que se sentara y, mientras él recuperaba el aliento, yo
preparé un café. Sentía curiosidad por las razones nostálgicas que
pudiera tener aquel anciano para volver al cabo de tanto tiempo a un
lugar perdido como éste. A la vez, me interesaba conocer algún
detalle antiguo de la masía que compré en 1987 para alejarme en días
libres del ruido de Valencia.
Soy
un hombre ocupado. El mundo de la publicidad requiere constante atención
y produce mucho estrés, de manera que los viernes por la tarde enfilo
la carretera hacia Los Yesares y me desentiendo de ajetreos. Ni
siquiera tengo aquí televisor, únicamente los libros, la música, el
aire puro, el fuego del hogar y unas botas de montaña, adecuadas para
andar por los cerros.
—Qué
bien habla usted —dije, tratando de ser amable, mientras vertía el
café en dos tazas y me acomodaba en un sillón frente a él—,
apenas se le nota un deje.
—He
sido profesor de español. Ya hace tiempo que me jubilé.
—De
manera que estuvo aquí en los años cuarenta…
—Bueno,
la casa no era así —respondió, atisbando a su alrededor—, sino
mucho más humilde, pero con la misma distribución. Se nota que la ha
modernizado usted con gusto, conservando el aspecto original. ¿Cómo
se llama? —me preguntó.
Le
dije mi nombre y luego me contó que era de Ottawa y que en la guerra
civil se vino a España con la brigada Mackenzie-Papineau para
alistarse en el ejército republicano. Había sido uno de tantos jóvenes
que respondieron en medio mundo a la llamada de aquella causa común
y, cuando todo acabó, se quedó enganchado por la Serranía con los
combatientes del maquis «Ojos Azules», en el cerro de los Curas.
—A
mí me apreciaban mucho y me conocían por Juan «El Canadiense.»
Fueron buenos compañeros —comentó—. Lo poco que teníamos era de
todos.
—Nunca
pensé que llegaría a conocer a un verdadero maquis —dije.
Sonrió.
—Bajábamos
de cuando en cuando a los pueblos para buscar alguna comida y allí
las mujeres nos servían de enlace, pero la Guardia Civil iba
estrechando el cerco y la supervivencia se puso cada vez peor, porque
los fascistas se inventaron la trampa de las contrapartidas, en que se
hacían pasar por guerrilleros y se infiltraban entre nosotros. Nos
hicieron mucho daño. Usted, que es joven, no será capaz de entender
una situación como aquélla.
—¿Y
cómo fue que se incorporó al maquis?
—Después
de perder la guerra intenté como muchos escapar en barco por
Alicante, pero fue imposible, sencillamente no había barcos, así que
pasé a la clandestinidad y luego me eché al monte. Me trajo un compañero
de Segovia, un tal Florián, muy valiente, no sé qué habrá sido de
él.
—Era
una vida dura, ¿no?
—Mucho.
En 1942, al cabo de tantos meses de vagar sin techo como una alimaña,
de campamento en campamento, durmiendo de día y andando de noche, me
quedaban pocas esperanzas en el porvenir. Fíjese que nunca atravesábamos
los ríos por los puentes, sino por el agua, con tal de evitar a los
civiles, y en invierno aquí hace un frío que pela, qué le voy a
decir. Nos poníamos luego linimento Sloan para entrar en calor. Era
terrible, terrible.
Sus
erres semivocales dulcificaban la dureza del adjetivo. Asentí en
silencio.
—¿Y
dice que estuvo en esta casa?
—Sí,
fue en la primavera del 43. Ojos Azules, nuestro jefe, me envió con
otro a explorar la zona. Buscábamos un nuevo punto de apoyo y
llegamos aquí cuando el sol estaba despuntando. Mi compañero se
llamaba Aquiles. Los perros no ladraron y eso nos pareció una buena
señal, porque en algunas masías los enseñaban a distinguir nuestro
olor y a no alborotar. Apestábamos de no lavarnos. La pareja que nos
recibió tenía miedo de las represalias, pero el marido dijo que podíamos
comer un plato caliente —John McBain fijó su mirada en el
escritorio a mi derecha y lo señaló con el dedo—: Yo me senté en
ese rincón. Acababa de cumplir veinticuatro años, estaba sucio y con
barba de varias semanas. Entonces, mientras Aquiles y yo tomábamos un
caldo, se abrió la puerta de aquel cuarto —señaló ahora hacia mi
despacho; el dedo le temblaba— y asomó la hija del matrimonio.
La
historia empezaba a interesarme.
—¿Y
cómo era?
Dio
un suspiro y tardó en contestar.
—Supongo
que usted ha imaginado alguna vez a la Virgen cuando la visitó el arcángel
Gabriel. Era así, todavía adolescente, la mujer más hermosa que he
visto jamás. Oí su nombre, María. Su madre le gritó con malos
modos que se encerrara en la habitación. Temía sin duda que le hiciéramos
algo, porque los maquis que andan sin hembra por el monte son
peligrosos.
Traté
de reconstruir mentalmente el terror de aquellos padres y la sorpresa
de la joven.
—¿Y
ella obedeció?
—Claro
—meneó afirmativamente la cabeza—, qué iba a hacer si no. Sólo
la vi unos segundos, pero fueron suficientes para comprender que aquel
día, aunque le parezca increíble, era el primero de mi vida.
Observé
que el viejo brigadista, tras tamaña confesión, se acababa de perder
en sus evocaciones, pues de pronto calló, mirando al vacío.
—¿Y
qué pasó luego? —le pregunté intrigado, temiendo que me dejase a
media miel.
Bajó
de la nube:
—Poco
después salí a buscar algo de leña, para que el matrimonio viese
que éramos gente de bien. Me alejé con el naranjero al hombro,
camino de la cueva de los Diablos, y desde allí escuché ladridos y
enseguida un tiroteo. Los guardias civiles habían atacado por
sorpresa, Aquiles respondió y en la refriega lo mataron. A los dos días,
cuando regresé con mucho cuidado, descubrí su cadáver. De la
familia que vivía en esta casa no encontré ni rastro.
—Se
salvó por los pelos…
—Tan
por los pelos que me sentí muy culpable. Me lo llevé a cuestas y lo
enterramos en el Alto Gaspar. Unos meses más tarde pude huir del país
y pasé a Portugal por Tras-os-Montes. Desde allí fui repatriado a
Canadá.
—¿Y
eso fue todo? —pregunté.
Sonrió
con desgana.
—Sí,
a partir de ahí no me ha ocurrido nada que valga la pena.
Transcurrieron
varios minutos en silencio. Yo lo dejaba cavilar. Los párpados se le
iban enrojeciendo. Por fin, con ese vigor que mantiene perennes las
quimeras de algunos seres insensatos, fijó su mirada en mí y descargó
lo que llevaba dentro:
—Créame
si le digo que no ha pasado una sola noche desde entonces sin que sueñe
con aquella mujer.
Ya
no habló más. Se le notaba la fatiga.
—¿Quiere
echarse a descansar?
Lo
conduje al cuarto de las visitas y torné a ocuparme de mis asuntos.
Al cabo de un buen rato apareció de nuevo en la sala de estar. Dijo
que iba a proseguir explorando la zona para repetir sus pasos y hacer
memoria, me dio mil gracias por la hospitalidad y se despidió. Desde
la puerta lo vi alejarse monte arriba.
Cuando
se ejerce una profesión como la que yo escogí, inmersa a diario en
representaciones artificiales del deseo, uno suele desatender los
matices más sencillos, esos que nacen sin doblez cuando ya no hay
nada que ganar y el futuro dejó de existir. He pensado mucho en aquel
adiós y quizá lo esté deformando, no lo sé, pero el recuerdo es
del mismo metal que los hechos reales y ahora estoy completamente
seguro de que su cálida mano, al apretar la mía, quiso transmitirme
la serenidad del cansado viajero que avista el puerto tras una larga
odisea circular, en la que el sueño ilusorio que lo guiaba permaneció
siempre remoto y equidistante de su nave.
Pasaron
varias horas. Yo estaba sirviéndome la enésima taza de café cuando
el murmullo limpio de los pájaros se interrumpió de pronto por el
eco del disparo, que bajó reverberando desde el Alto Gaspar. No le
di importancia,
la caza
abunda en
el otoño. Antes de seguir con la novela que me tenía absorto,
fui a echar una ojeada a través del mirador: el sol ensangrentado
empezaba a ocultarse en la
raya del cielo, todo era paz crepuscular en Marjana. Las
pavesas melancolizaban el hogar con sus crepitaciones y, a mi espalda,
el equipo de sonido reproducía susurrante la voz irrepetible de Fritz
Wunderlich cantando el aria de Lensky.
Sobre la cómoda del dormitorio de las visitas
encontré aquella noche una vieja fotografía con el maquis canadiense
en primer plano, diez mil dólares en cheques firmados de American
Express, para los gastos legales, y una nota escrita a pluma donde
John McBain pedía perdón por las molestias que me iba a ocasionar.




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