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CUENTOS SUELTOS

Rotura

Los ojos

Manuel Talens

 

Antonio Sánchez Devesa regresó de Francia en 1978, poco después de la democracia. No es que estuviera allí por razones políticas, ya que su familia nunca sufrió exilios ni persecuciones durante la época de Franco. En realidad el puesto de profesor de historia en la Université Lyon III le había caído del cielo unos años antes gracias al enchufe que le proporcionó Jean-Christophe Devesa (un pariente de su abuela Remedios, la de Puebla de Don Fadrique), antiguo pied noir activista de la OAS durante la guerra de Argelia, que no se sabe muy bien cómo llegó a tener mano en dicha universidad.

El franchute Jean-Christophe no había visto a Antonio en su vida, pero le bastó con recibir por correo su magnífico expediente académico (la tesis Valor integrador de las monedas asirias le había valido un sobresaliente cum laude en la Facultad de Letras de Granada) para decirle que en la Lyon III tenía las puertas abiertas.

Los Devesa se comportan como una tribu. Están un poco desparramados, pues algunos de ellos emigraron por esos mundos a principios de siglo y hoy en día los hay franceses, españoles, argentinos y mexicanos, pero a la hora de la verdad, cuando necesitan ayuda, forman una piña y se ayudan entre sí, al parecer igual que los judíos.

Antonio se hizo un nicho como profesor en la Lyon III, enseñando a los estudiantes de clase bien del país vecino la historia de las culturas mesopotámicas, que era su especialidad. Pero aquel sueño hecho realidad se le vino abajo cuando volvió a Granada después de que su hermana Milagros lo llamara urgentemente en 1978, al quedarse viuda. Era preciso, le explicó Milagros sin posibilidad de apelación, que la ayudase a criar a su hijo Alberto, que entonces tenía siete años, y como Antonio nunca supo negarle nada a nadie, y mucho menos a su hermana, se convirtió para el resto de sus días en el padre putativo de Albertito.

Los Sánchez Devesa son gente muy extraña para estas tierras tan machistas, porque en la familia siempre han mandado las mujeres y los hombres sólo dicen amén. Es algo evidente: los Sánchez transmiten la sumisión, mientras que el brío y los pantalones se heredan a través del apellido materno, Devesa. Tanto es así que el abuelo Ismael Sánchez y la abuela Berta Devesa se vinieron de Puebla de Don Fadrique a Granada después de la guerra, cuando a ella se le metió en la cabeza que ya estaba harta de vivir entre catetos y quería irse a la capital. Era a todas luces una locura para un hombre habituado a la tranquilidad del campo, pero Ismael dijo que sí, vendió las tierras y se pudrió en la casa del barrio Fígares leyendo el Patria por las mañanas y escuchando el parte de la radio por las noches hasta el día de su muerte, en 1946. Antes de irse al otro mundo, sin embargo, tuvo tiempo de hacerle cinco hijos más a su mujer.

En Puebla de Don Fadrique ya les habían nacido Pepe y Emilio. En Granada nacieron Milagros, Andrés, Antonio, Carlos (que murió de un mes) y Federico (que murió de un día). En total seis hijos y una hija, lo cual parece una venganza del cielo si se considera que a Berta Devesa los niños la ponían nerviosa y sólo hubiera deseado niñas en su matrimonio. De cualquier modo, después de Federico se le agotó el grifo, porque Antonio era todavía pequeño cuando Ismael Sánchez se quitó de en medio con la ayuda de una infusión de matarratas.

El que más sufrió de la manía de Berta por el sexo débil fue Pepe, su hijo mayor, que se pasó el primer año en Granada aguantando bromas de los otros niños de la calle a causa de los largos rizos de su pelo y de los lazos de seda con que su madre lo acicalaba. Quedó tan frito de que le dijeran sarasa que se ha pasado el resto de la vida demostrando su hombría vestido de uniforme. Cuando nació su hermana Milagros, Pepe pasó a segundo plano dentro de la familia. Pero el daño estaba ya hecho. De nada sirvió para su incipiente orgullo herido que le cortaran el pelo y que los lazos de seda cayeran en desuso, pues harto de aguantar las impertinencias de su madre, a los dieciséis años rompió definitivamente con la familia, hizo voluntario el servicio militar en la legión, ingresó después en la Guardia Civil y no ha vuelto a verlos ni a hablarse con ellos. Para él es como si estuvieran muertos. Pepe es mi padre.

En un ambiente como aquél, decantado hacia lo femenino, Milagros no tenía más remedio que ser la jefa algún día. Tiene un carácter igual de duro que la abuela Berta, pues incluso en los rasgos de la cara parece su fotocopia y hasta el destino la castigó de manera similar: se casó en 1970 y, en vez de la hija que esperaba, le nació Alberto.

Vistos desde fuera -puesto que yo no me considero de la familia-, los demás hermanos de Milagros tuvieron bastante con sobrevivir. Ya he referido lo de Antonio, condenado a regresar a la casa del barrio Fígares y a olvidarse de su carrera de profesor de historia en Lyon. Pepe, mi padre, tuvo que escapar de la influencia de Milagros para labrarse un porvenir. Los otros no tuvieron dicha oportunidad: Emilio, el tercero, fue un hombre sin suerte. Se dio a la bebida después de casarse con una mujer que le dio un hijo, Paquitín, y que desapareció del mapa a continuación, dejándolo con el bebé en los brazos y sin comprender el porqué. Pero no lo mató el alcohol ni la pena, sino un cáncer de pulmón. Tuvo una horrible agonía, según me contó Milagros. El pequeño Paquitín, sin madre en el panorama y huérfano de padre, pasó a ser como el hermano menor de Alberto.

Andrés, el tercer varón, ejerció toda clase de empleos pasajeros, pero no duró en ninguno de ellos. De joven era un guaperas, un niñato que bailaba como los ángeles y que se casó de penalti con una muchacha que parecía Brigitte Bardot, pero en versión andaluza, rubia de bote y provocativa, una verdadera zorra, según contaba Milagros con desprecio. La Brigitte Bardot dio a luz a Pichurri en 1975, pero no tardó en largarse a Barcelona recién salida del hospital Ruiz de Alda. Le oí decir a Milagros que la Brigitte Bardot terminó sus días de puta en el barrio chino. Andrés, escuchándola afirmar que los hombres de su familia no sabían escoger mujeres, asentía con tristeza.

Paquitín y Pichurri, los dos sin madre, crecieron en aquel entorno. De su paso por este mundo sólo guardo una foto ovalada, en la que se los ve con traje de marinero. Paquitín, de unos siete años, está a la derecha y esboza una leve y dulce sonrisa. Junto a él, un Pichurri de aspecto melancólico luce el flequillo rubio cortado a media frente.

 

 

Yo nací en Madrid. Como mi padre se ha pasado los años de servicio en la Guardia Civil destinado por Castilla, hasta hace muy poco sólo conocí detalles sueltos de su familia por las pocas cosas que se le escapaban en la conversación. Siempre ha sido muy parco en lo tocante al pasado, quizá por lo mucho que debió de sufrir. El caso es que el silencio o las medias verdades suelen despertar la curiosidad y, para mí, los Sánchez Devesa eran un terreno sin explorar, de manera que cuando en el verano de 1999 la distribuidora de libros donde trabajo me ofreció un ascenso para que dirigiese la zona oriental de Andalucía, no lo dudé ni un minuto. El hecho de vivir en Granada durante un tiempo tenía su encanto y, además, era la ocasión de conocer a la familia de mi padre.

Por supuesto, a él no le dije nada, porque les tiene verdadera alergia. Soy mayor de edad y puedo hacer con mi vida lo que quiera, pero mi padre está delicado de salud -se licenció antes de tiempo a causa de una cirrosis- y no me apetecía darle un disgusto. Simplemente conseguí el número de teléfono de Milagros y la llamé.

De entrada me gustaron poco sus zalamerías. Era hipócrita, pensé, que mostrase tanto interés por conocer a un extraño como yo, por muy sobrino carnal que fuese. El caso es que le dije que llegaría a Granada el martes siguiente a las seis y diez de la tarde, en el vuelo de Madrid.

En el aeropuerto me estaba esperando Andrés. Lo vi plantado en la salida de viajeros y supe de él porque llevaba en la mano un letrero escrito con mi nombre, como suelen hacer los empleados de las agencias que vienen a recoger guiris para acompañarlos al hotel.

-Soy tu tío Andrés -dijo escuetamente.

Me dio una mano enfundada en un guante de cabritilla, y eso a pesar de que estábamos en el mes de septiembre y hacía un calor de espanto. Era un tipo raro, delgado, con gafas oscuras de mafioso, bigote fino y dientes más largos de lo habitual a causa de unas encías abiertamente en retirada. El pulso le temblaba.

Condujo el viejo Seat 1500 como un diablo a lo largo de los pocos kilómetros que separan el aeropuerto de la ciudad, contestando con monosílabos a mis tímidas preguntas sobre la familia. El barrio Fígares, del que yo me había hecho una vaga idea según los escasos comentarios de mi padre, prácticamente ya no existe como tal. Al parecer fue hace años una zona residencial aneja al centro de Granada, de cuya Puerta Real la separaba la calle San Antón, pero hoy las antiguas viviendas individuales han sido sustituidas por esos horribles edificios de diez o doce plantas que pululan en cualquier capital. Sin embargo, la casa de los Sánchez Devesa aún persiste como una isla del ayer, entre dos inmuebles de cemento armado.

Andrés abrió la cancela, aparcó el coche detrás de la verja y luego me condujo al interior. La abuela Berta, que debe de andar cercana a los noventa, estaba sentada en la sala de estar. Tenía los ojos perdidos, porque sufre de Alzheimer y vegeta como una legumbre, ni siente ni padece. Junto a ella, Milagros era tal como la imaginaba, espigada, enérgica, todo nervio, de labios finos y mirada fulminante. Del otro lado de la mesa, Antonio, un hombre calvo, macilento y con orejas de soplillo. Alberto me pareció un retrasado mental de sonrisa ñoña y perdida. Sus dos primos, Paquitín y Pichurri, tenían un aire de siameses, repetían los mismos gestos y las mismas palabras. Recuerdo que sus diminutivos me sonaron ridículos, más dignos de un par de gatos que de personas. Algo andaba definitivamente mal en aquella casa, barrunté, ya que los dos gatos verdaderos, castrados y gordos, respondían a los nombres de Sócrates y Platón.

El decorado interior de la vivienda estaba en consonancia con los inquilinos. Oscuro, con viejos muebles y mucho terciopelo brillante por el uso. El aire olía a rancio, a cosa antigua.

No hubo manera de convencer a Milagros de que me dejase dormir en el hotel que tenía reservado. Con razón mi padre detesta a las personas posesivas, pensé. Además, Milagros me convenció para que no buscase alojamiento, ya que la familia es siempre la familia y, el pasado, pelillos a la mar. En fin, que me quedé a vivir con ellos.

Los Sánchez Devesa eran la gente más rara que uno pueda imaginar, un clan que parecía sacado de una telenovela venezolana. Yo los observaba con una curiosidad parecida a la del entomólogo que se apasiona ante un insecto inconcebible. Las tareas de la casa estaban distribuidas como en una cadena de montaje. Milagros reinaba en ama y señora de un mundo impenetrable, donde Antonio tenía como única función leer el Ideal de punta a rabo todas las mañanas para hacerles luego a los demás un resumen metódico durante la hora del almuerzo. En su cuarto había montones de periódicos de hojas tan amarillentas como él, testigos mudos de un tiempo que discurría con coordenadas diferentes entre aquellas paredes.

Andrés andaba siempre deprimido. Tomaba pastillas a manta. Su función doméstica consistía en ocuparse de los distintos aparatos de la casa. Sólo él sabía poner en marcha la lavadora y el horno microondas, sólo él encendía la cocina de butano, sólo él controlaba el termostato de la calefacción y sólo él manejaba el mando a distancia del televisor. Además, su cuarto parecía el paraíso de la electrónica y del bricolador casero, con toda clase de herramientas y dispositivos analógicos y digitales, que él manejaba diestramente con sus dedos enguantados y temblorosos. Allí grababa sin cesar películas violentas, telediarios de TVE1 y Antena 3 con alabanzas al Partido Popular y programas del National Geographic sobre animales, tras lo cual editaba en formato CD aquel material abigarrado, como un profesional, mediante un montaje surrealista de imágenes que luego eran visionadas en sesión continua por toda la familia en la sala de estar.

Las funciones asignadas a los tres retoños eran más modestas: Alberto, el pobre, ponía y quitaba la mesa; Paquitín hacía las compras de acuerdo con la lista que Milagros le daba todas las mañanas y Pichurri se ocupaba de guisar.

Nadie parecía desempeñar un trabajo productivo en el exterior, de manera que al principio supuse que vivían del aire. Fue más tarde, una vez instalado con ellos, cuando até cabos sueltos y me enteré de que Milagros se las había arreglado para conseguir pensiones de incapacidad, que todos cobraban religiosamente a fin de mes.

La influencia de Milagros tenía caracteres hipnóticos sobre los demás. Recuerdo que la primera tarde, cuando nos sentamos a la mesa camilla para el café, me di cuenta de que Alberto no puso azucarero. Pedí tímidamente un azucarillo y supe entonces que Milagros sufría principios de diabetes, de manera que desde hacía varios años, como la cosa más natural, la familia entera se tomaba el café amargo. Gobernaba prácticamente sin palabras, cuidaba a su madre con una abnegación rayana en el culto religioso y era capaz de helar la sangre en las venas de cualquiera con un solo golpe de vista. Esto pude comprobarlo un domingo que los acompañé a misa por pura curiosidad. Iban siempre todos juntos a la de las once en la Iglesia de San Antón y se sentaban en el mismo banco, como si lo tuviesen reservado. Aquel día, cuando llegamos, un matrimonio ocupaba «nuestro» lugar, pero Milagros, sin abrir la boca, les echó tal mirada que los dos vejetes se fueron a otra parte.

Paquitín y Pichurri vivían sincronizados. Se sentaban juntos a la mesa y en la iglesia, miraban extasiados la televisión y escuchaban con la boca abierta las peregrinas explicaciones de Antonio sobre los asuntos de la política mundial, una especie de letanía automatizada de la doctrina de la ley y el orden, en la que drogatas, etarras, marroquíes, serbios, bosnios, negros, gitanos e islamistas del Albaicín formaban un batiburrillo indiferenciado de malos, culpable por definición de todas las tragedias del mundo. Pero lo más agobiante de la casa -y a la vez lo más fascinador para alguien como yo, que estudiaba aquel insólito microclima desde una posición privilegiada- era el runrún inacabable que emanaba en permanencia de la pantalla de la sala de estar y que alternaba sin pausa los asesinatos virtuales de las películas de Bruce Willis o Quentin Tarantino con los muy reales de las guerras del Golfo y de Kosovo, que contraponía escenas bucólicas de leonas amamantando a sus cachorros con las de un satisfecho Aznar repitiendo una y otra vez la coletilla del España va bien. Las imágenes, sin método alguno, podían saltar desde una matanza de civiles en Chechenia hasta otra de elefantes en las selvas africanas.

Paquitín y Pichurri compartían dormitorio, una habitación del piso de arriba que daba al patio posterior. Las camas eran de matrimonio y, cuando me instalé en la casa, Milagros decidió que yo ocupara una y que ellos dos durmieran juntos en la otra. Ya desde la primera noche noté que algo sucedía, pues en el silencio de la madrugada me despertó un tenue jadeo procedente de mis primos y un chirriar amortiguado del somier. No dije nada, a mis años estoy curado de espanto.

 

 

Pasé en Madrid las vacaciones de Navidad de 1999. Al regresar, me encontré con la sorpresa de que Paquitín y Pichurri ya no estaban allí. Milagros me dijo que los había echado de la casa para siempre por pecadores. Yo, que imaginaba la razón, no pregunté nada más. Únicamente se me ocurrió comentarle que ninguno de los dos sería capaz de sobrevivir, pero ella me cortó en seco con un «ya se apañarán, son más listos de lo que te crees». Ni Antonio ni Andrés ni Alberto parecían afectados por el cambio, una prueba más de que aquella familia estaba loca de atar, y la rutina de la casa continuaba su curso, salvo por el hecho de que Milagros se había echado el cargo añadido de hacer las compras y cocinar.

Mi trabajo en la distribuidora me obligaba a hacer continuos viajes por las capitales andaluzas, lo cual era como una válvula de escape que me permitía huir de aquel ambiente malsano. A finales de febrero, poco antes de las elecciones generales, caí enfermo con gripe. Era domingo, lo recuerdo bien. Milagros, Andrés, Antonio y Alberto se fueron a misa por la mañana. En la casa sólo quedamos la abuela Berta y yo, ella en su sillón de la sala de estar mirando estúpidamente las imágenes del televisor y yo en la cama, adormecido por la fiebre.

Quizá fuera la agitación de las calenturas o quizá el hecho de encontrarme por primera vez ante la posibilidad de explorar los recovecos de aquel castillo encantado, pero lo cierto fue que me levanté como un sonámbulo e inicié mi peregrinación por los distintos dormitorios. Registré gavetas, exploré armarios, toqué botones en los aparatos electrónicos del cuarto de Andrés, palpé paredes a la búsqueda de algún resorte que me descifrase secretos escondidos. La fiebre contribuía a mi despreocupación ante la evidencia de ir dejando huellas por todas partes. Llegué por fin al sanctasanctórum de la casa, la guarida de Milagros, siempre atrancada con llave. Sin pensarlo dos veces, regresé al cuarto de Andrés, agarré un enorme destornillador y, con él en ristre, lo introduje en el agujero de la cerradura y la forcé. Dentro del cuarto olía a naftalina. Sobre la cómoda había una imagen de Nuestra Señora de los Dolores. Colgada de la pared, en la cabecera de la cama, vi una corona de espinas. En la mesilla de noche, desde una foto enmarcada, los ojos de Paquitín y Pichurri me miraban con la inocencia de la niñez. Recorrí el cuarto. Al fondo, junto al ventanal y disimulado bajo una manta detrás de un canapé de estilo rococó, descubrí un enorme congelador horizontal. Lo insólito de aquel emplazamiento hubiera debido extrañarme, pero no estaba para tales elucubraciones. Traté de abrirlo, presa de un delirio sin límite, pero me di cuenta de que tenía también la llave echada. Apalanqué el destornillador en la tapa, apretando con todas mis fuerzas hasta que se abrió con un crujido. En el interior, completamente desnudos, vi a Paquitín y a Pichurri. Esta vez sus cuatro ojos sin vida me miraban con la inocencia de la muerte.

Me invadió el terror. Agarré la foto de la mesilla de noche, corrí de nuevo a mi dormitorio, me quité el pijama y me vestí con lo primero que encontré a mano. Desde la sala de estar llegaba como en sordina la voz del televisor. José María Aznar decía en un mitin electoral que «vamos a más» y los aplausos de sus seguidores contrastaban con el silencio de la abuela conforme pasé a su lado camino de la calle. Abrí la puerta y salí de estampida. El sol lucía con intensidad en lo alto del cielo.

 

Edición no venal, trescientos ejemplares numerados y firmados por el autor.

(ISBN: 84-95682-05-2)

 

Ficciones, Revista de Letras, Granada 19 de febrero de 2002

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