Nunca pasa nada
Manuel Talens
Ahí donde lo ves, tan seguro de sí mismo que parece el rey de bastos, hubo una época en
que a don Roberto le entraba descomposición intestinal cada vez que el teléfono sonaba
en la consulta. Ahora, con las ínfulas que tiene, ya no se acuerda de aquel verano en que
vino a Yegen, recién licenciado en Medicina, para sustituir al bueno de don Tomás, que
Dios tenga en su gloria. Don Tomás se tomó entonces las primeras vacaciones en treinta
años.
Hoy, desde que somos europeos, las cosas han cambiado mucho en la Seguridad Social y todo
funciona como la seda, con sustitutos y un horario limitado, pero en 1963 los médicos
trabajaban como burros, un día tras otro, sin ambulancias ni leches para quitarse de en
medio los embolados, un taxi como mucho. Don Tomás trajo al mundo a toda la gente mayor
que usted conoce en Yegen, arrancaba muelas, lavaba oídos con la pera de agua caliente,
recomponía huesos rotos, operaba golondrinos y se ocupó siempre de que a nadie le
faltara asistencia. Era un fenómeno, un buen médico, pero al final estaba hasta los
huevos y aquel verano aprovechó que el zángano de su hijo había terminado la carrera
después de más de diez años estudiando en Granada y lo dejó al cuidado del pueblo
entre julio y octubre.
Dicen que don Roberto no las tenía todas consigo y trató de eludir la obligación, pero
su padre, con el genio que gastaba, no lo dejó ni respirar: «Tú te quedas aquí este
verano, por mis muertos, que yo ya tengo los pasajes para irme con tu madre a las Islas
Canarias», cuentan que le dijo. «Además, aquí nunca pasa nada, cuatro recetas de
mierda y tres resfriados, de manera que ya lo sabes, a practicar, a ver si le saco por fin
provecho a los miles de duros que me he gastado contigo.»
Y vaya si se fue. Parece que lo estoy viendo despedirse de todo el mundo en la plaza antes
de subir con doña Patro al taxi de Demóstenes, que los llevó a Granada para que
empalmaran en tren hasta Cádiz. Don Roberto se quedó en la puerta de su casa con cara de
no tenerlas todas consigo. Estaba como huérfano, se ve que tenía el pálpito de lo que
iba a ocurrir. También fue mala suerte. No habían pasado ni tres horas cuando empezó a
oír voces en la calle y le aporrearon la puerta. A mí me avisó el hijo de Gabina.
Cuando llegué, tuve que abrirme paso entre el gentío. El pueblo entero se había
agolpado en torno a don Roberto, que estaba arrodillado junto a mi primo Javier.
La rueda del tractor le había pasado por encima del pecho, machacándole los brazos y las
costillas, pero todavía estaba vivo, porque respiraba dando hipidos. Don Roberto tenía
las gomas de escuchar en las orejas, el aparato de tensión en una mano y con la otra le
agarraba a mi primo el tobillo derecho por encima del calcetín. Estaba lívido, como si
el accidentado fuera él. No hay cosa peor que ver a alguien sin saber qué hacer cuando
es el único que debería de saber hacerlo. El silencio era absoluto, se oían hasta las
moscas, porque todo el pueblo estaba con los ojos puestos en don Roberto, esperando que se
produjera el milagro. Se ve que creyó necesario decir algo para justificar su autoridad.
Nunca olvidaré sus palabras:
-Tiene un pulso bigeminado, filiforme y asincrónico.
No me pude contener. En aquel momento me olvidé de que era un señor médico y lo traté
con la confianza que da haber conocido a alguien desde que andaba a gatas:
-Nene, no te quedes con el personal, cojones, que ésa es la pierna ortopédica, o es que
ya no te acuerdas de que a mi a primo se la amputaron en la guerra.
No hubo nada que hacer, el accidente era mortal de necesidad, por eso no se lo tuve en
cuenta. El resto del verano transcurrió sin incidentes, a lo sumo el caso de mi hijo
Samuel, que se comió una caja de mantecados de Estepa con tres coca-colas y estuvo a
punto de reventar, pero eso fue poca cosa, porque es verdad que en Yegen, con lo pequeño
que es, nunca pasa nada. Luego, don Tomás mandó a su hijo a especializarse a Madrid y
hoy tiene un puestazo en Puerta de Hierro. Según cuentan, será el próximo ministro de
Sanidad. A saber lo que habrá aprendido desde entonces.

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| Panace@,
Vol. 2, nº 6, diciembre 2001 |
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