En busca de Lacan
MANUEL TALENS
(A Marta, que es argentina, psicóloga y traductora.)
Tuvo muy buen parecer, y fue tan celebrada, que en el tiempo que ella
vivió todos los copleros de España hacían cosas sobre ella.
Francisco de Quevedo, Historia de la vida del Buscón |
Siempre, desde que soy capaz de recordar, soñé con traducir. Es algo que llevo en la
sangre, pues ya de muy pequeña, con un par de años, le preguntaba a mi madre, «mamá,
¿cómo se dice esto o aquello en francés?».
Las dos vivíamos en el barrio del Guinardó. Mamá, que es argentina, recorrió conmigo
los consultorios de cuanto psiquiatra infantil huido de los militares había entonces en
Barcelona, pues no acababa de entender que una piba como yo, que hubiera debido centrarse
en aprender primero el castellano -aunque fuera entre gallegos catalanes- estuviese tan
preocupada por una lengua extranjera.
Pero los psiquiatras no daban con mi dolencia. El primero que visitamos dijo que yo
sufría de neurosis bilingüe con desorientación sexual incestuosa entre el ego y el id.
Para entonces, tras varios años en contacto con la catalanidad, mi madre ya había
perdido buena parte de su barniz porteño, de manera que el diagnóstico no le cuadró y
fue así como iniciamos nuestra peregrinación por clínicas que ella buscaba en las
páginas amarillas.
Ni que decir tiene que la Psiquiatría -tanto argentina como española- fracasó conmigo,
pues yo seguía preguntando que cómo se dice almeja o nabo en francés bien antes de
dominar por completo mi lengua materna. Mamá estaba abatida. Una mañana que fui con ella
al mercado de la Boquería, nos paramos en el puesto de la carne y oí que preguntaba:
-Señora Remedios, ¿a cuánto tiene hoy la lengua, pero que sea de la mejor?
Lo que sigue surgió de mis labios como un escopetazo:
-Mamá, ¿cómo se dice lengua en francés?
La señora Remedios, que es de Murcia y ve muchas telenovelas venezolanas, me miró con
ojos picarones y se adelantó en la respuesta:
-Niña, tú vas a ser traductora.
Nunca más volvimos al psiquiatra y, con lo que se ahorró en consultas, mi madre pagó en
la Berlitz los cursos de francés.
Lo de consagrarme a la traducción científica psicoanalítica estaba cantado, porque una
historia como la mía no se vive en vano. Hace tres años encontré un ciberempleo en una
editorial de Bruselas que decidió introducir por los países de habla española lo más
saliente en psicoterapia lacaniana y la verdad es que ha encontrado el hueco y no le va
nada mal. El trabajo abunda, porque con la manía del inglés ya queda poco personal que
domine como yo las sutilezas del francés.
Desde el primer momento me entregué con pasión a las cosas de Lacan, si bien he de
admitir que un poco a ciegas, sin que me entrase bien el significado. Desde fuera, al
parecer, se veía más claro, pues una amiga de mamá, que ya va por su tercer amante
fijo, insistía cada vez que hablaba conmigo en que lo que yo necesitaba era menos sueños
y más realidad. «Che, buscate un macho y dejate de sublimar», solía decir.
Fue entonces cuando conocí a Héctor, que es dentista y acababa de abrir consultorio en
el Paseo de Gracia. Héctor nació en el barrio de la Boca y siempre ha sido pragmático:
-Dejate de boludeces, Mónica, que una buena dentadura no hace daño ni tiene que ver con
el inconsciente, che, acá o en el Río de la Plata. A vos se te volaron los pájaros de
tanto darle al francés.
Mi poca disponibilidad le molestó desde el principio, pero yo me aferré a él de tal
manera que no quería soltarlo. Con todo, también me deleitaba el trabajo a distancia en
la editorial, donde ya había alcanzado un aura de profesional. No sé cómo logré
sobrevivir, ya que armonizar las solicitudes de un marido latino con el manejo absorbente
de Lacan no resulta fácil. A veces se me atragantaba durante horas una frase suelta y
Héctor, incapaz de entrar en razón, se consumía de impaciencia. Cuando nació Graciela
el tiempo empezó a faltarme para mis obligaciones a dos bandas. No daba palo ni abasto.
Sin duda Héctor se dio cuenta, porque el día de mi cumpleaños me regaló un programa
informático de traducción automatizada. Al parecer se lo inventaron los yanquis durante
la guerra fría para traducir al instante los mensajes que interceptaban del enemigo.
-Es bárbaro, ¿viste? -dijo-. Le metés las pelotudeces por un lado y, ¿viste?, las
traduce por el otro mientras vos me calentás la leche, ¿viste?, labura solo.
Hice mi primer intento con el encargo que tenía entre manos. Se trataba de un mamotreto
sobre identificación objetual en la adolescencia, redactado con oraciones gramaticales
del tipo de esta que sigue: Donc la recherche de ce relèvement comporte un certain nombre
de constantes, dominées par l'importance qu'on accorde à l'agir par la grandissante
concrétisation objectale des transformations de statut à travers l'utilisation du corps
de l'adolescent, dont l'épanouissement en découle plus tard.
El problema con ese programa automático es que todas las lenguas han de pasar primero
forzadamente por el inglés, parece el derecho de pernada que se le debía al señor en
tiempos feudales. Le introduje el primer capítulo y se abrió paso por él en plan
depredador. He aquí cómo quedó el párrafo: Therefore the search of this raising
embraces a certain number of constants, dominated by the importance which one grants to
act by the increasing object concretization of the transformations of statute through the
use of the body of the teenager, whence later pleasure drips in.
El castellano sufrió luego las consecuencias de tamaña violación del sentido: Por lo
tanto la búsqueda de esta erección abarca cierto número de constantes, dominadas por la
importancia que una conceda al acto y por la concretización del objeto creciente de las
transformaciones del estatuto mediante el uso del cuerpo del adolescente, de donde más
tarde chorrea en el placer.
Me entraron dudas, porque aquello sonaba un poco fuerte, pero Héctor me tranquilizó:
-De todas maneras nadie entiende esas cagadas.
Aquella noche, aprovechando que mi madre vino a cuidar a Graciela, Héctor y yo nos fuimos
al cine. Al regresar, el programa me había traducido el libro entero con la ayuda de
mamá, que adora sentirse útil todavía y hace sus pinitos con dos dedos ante la
pantalla.
Fueron meses felices ¡Todo nos iba tan bien, Dios mío! Héctor estaba atendido y a mí
me quedaba tiempo de respirar, pues complacía las peticiones de Bruselas con tal
celeridad que agotaba sus reservas. Hasta que un día, convencidos quizá de que yo hacía
boca a todo, decidieron darme además cosas de clientes ajenos a la psiquiatría. La
primera de ellas fue un artículo para una revista popular de amplia tirada. Tenía un
título como el de aquellas películas clásicas con que mamá se hizo mujer: Bill Gates
against James Bond. Lo puse en sus manos y me miró agradecida, pues está chapada a la
antigua y prefiere lo de siempre, no las exégesis indigestas de Lacan. Tranquila y
satisfecha, continué con un asunto particular que Héctor y yo estábamos terminando.
Como he dicho, fue el primer encargo no psiquiátrico, pero también el último, porque la
confianza mata. Al día siguiente recibí un correo electrónico de la editorial,
notificándome con malos modos que prescindían de mis servicios. No apreciaron el título
automático en castellano: Puertas de Cuenta versus Mermeladas Afianzan. Tampoco el texto,
que era un galimatías por el estilo, pero como esta vez no iba destinado a matasanos sino
a gente normal, se notaba.
Las desgracias nunca vienen solas y al poco me enteré de que Héctor me estaba engañando
con su secretaria. El divorcio ha sido penoso. Dejé la traducción y regresé al
Guinardó, donde vivo otra vez con mamá, que se ocupa de Graciela mientras yo asisto a
las clases de la universidad. Estoy decidida a ser psicoanalista para descifrar por fin a
Lacan.
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