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CUENTOS SUELTOS

Rotura

El azar

 

El azar

MANUEL TALENS

 

A mi tío Eugenio no le gusta hablar de aquel episodio, porque dice que un caballero debe guardar siempre la compostura, y él perdió los estribos en el último segundo. A mí me lo contó después de mucho rogarle y, lo confieso avergonzado, con la ayuda de media botella de whisky que le fui sirviendo poco a poco, para rebajar sus defensas. Él sabe que los escritores somos como esponjas, no perdemos palabra. «Contigo hay que andar con pies de plomo, sobrino», me recriminó una vez. «Se te menciona cualquier detalle en una conversación y luego nos lo encontramos en tu siguiente novela. No hay derecho.»

Mi tío Eugenio es un señor. Estudió la carrera de Farmacia en Santiago de Compostela para seguir la tradición familiar, pero luego decidió que pasar el resto de sus días en un pueblo de León, donde la gente concibe que la cultura es jugar a la brisca en el bar de Horacio, era un precio demasiado alto para alguien que había aprendido lenguas y se sabía capaz de recitar de corrida capítulos enteros del Quijote. Con más de treinta años, soltero y sin compromiso, aceptó un puesto de responsabilidad en un laboratorio suizo de productos farmacéuticos y, al poco tiempo, no tardaron en destinarlo a la sede central de Ginebra. Tiene un fuerte acento cuando habla francés, pero su sintaxis es correcta. Allí, junto al lago Léman, fueron pasando los años y mi tío Eugenio, ya definitivamente soltero, se convirtió en el faro guía de todos nosotros.

Las vacaciones en el pueblo junto a su madre —mi abuela—, sus hermanas y todos los sobrinos que fuimos engordando la familia eran sagradas para él cada mes de julio. Incluso ahora que ya se jubiló sigue regresando como en los buenos tiempos. Fue educado en la tradición de mandar, si bien lo hizo siempre con modales exquisitos. Nunca me olvidaré de una escena que presencié en mi infancia, con él de protagonista. Era, por supuesto, el mes de julio y estábamos en el pueblo. Íbamos a ir a Santiago para ver la catedral y luego de allí pasar una semana de playa en Villagarcía de Arosa, todo a su cargo. Mi madre, mis tías, incluso mi abuela, andaban sudorosas cargando bultos en el maletero de su descomunal Mercedes, y mis primos Fernando, Miguel, Rita, Maripaz, Cristina y yo esperábamos en la calle con ansiedad. Mi tío Eugenio, en cambio, estaba en el asiento del conductor, bien trajeado, con corbata y con los guantes de cabritilla sin dedos que suelen llevar los pilotos de Fórmula 1, dando órdenes a todo el mundo, como un general.

En 1975, siendo ya un hombre maduro, sufrió un ataque de ciática que lo obligó a guardar reposo durante varias semanas. Después, una vez que el cuadro agudo empezó a remitir y para acelerar la recuperación, su médico ginebrino le recetó una cura de baños termales en la cercana ciudad francesa de Aix-les-Bains, pagada por el laboratorio para el que trabajaba. Y allí se fue.

Se instaló en un hotelito, por encima de los Thermes Nationaux, y a éstos acudía cada mañana para permanecer durante unas horas en remojo al cuidado de aquellas aguas milagrosas, tras lo cual una enfermera le daba masajes en las nalgas, que lo dejaban como nuevo. Estaba encantado, y no sólo por el tratamiento, que resultó espectacular, sino por la ciudad, una vieja gloria de la arquitectura francesa más decadente, que en el pasado había tenido el honor de recibir con periodicidad a la reina Victoria de Inglaterra y a gran parte de la nobleza europea. En suma, una ciudad con clase, llena de turistas adinerados, boutiques con ropa de lo más rancio, un casino, un lago que le recordaba vagamente a Ginebra e incluso conciertos de cámara al aire libre en el quiosco de música de una plaza con jardines.

Como estaba inspirado por aquel ambiente excepcional y sabía que Lamartine había vivido en la zona, mi tío Eugenio se compró una antología de sus poemas para leerlos al atardecer junto a la orilla del lago Bourget, e incluso se aprendió el más famoso de todos, Le lac, que el poeta dedicó a sus aguas inmortales.

Un día, mientras se tomaba una cerveza y disfrutaba del sol, se le ocurrió compartir su felicidad con el camarero del bar, un hombre de aspecto fúnebre a quien creyó amante de los versos y, al pagarle la nota, empezó a recitar con aspavientos de vate decimonónico:

—Ô temps, suspends ton vol...

Pero el individuo lo miró con tal cara de asombro que a mi tío Eugenio se le cortó el aliento y desistió de aquel proselitismo declamatorio. Totalmente abochornado por no haber sabido escoger un público receptivo, se levantó de la mesa, dispuesto a desaparecer rumbo al hotel. Conforme se iba alejando lanzaba miradas furtivas hacia atrás, y se escamó al ver que el camarero lo observaba con recelo, como si fuese un loco. Para colmo, al llegar al lugar donde tenía aparcado su coche, tropezó en el encintado de la acera y se dio un rodillazo en el suelo que le hizo mucho daño. El día se le estaba complicando de manera absurda.

Lo peor, sin embargo, estaba por venir. Al subir por una cuesta se le caló el Mercedes. La rodilla izquierda le fallaba. Ya un poco nervioso, arrancó de nuevo, apretando a fondo el acelerador, pero no llegó muy lejos, porque inmediatamente le salieron al paso dos gendarmes que se hallaban en la esquina de una calle adyacente.

—Sus papeles, por favor —le dijo uno.

—¿Qué pasa? —preguntó mi tío.

Estaba desconcertado. Es un hombre de orden y los policías le parecen bien, pero a distancia.

—Al arrancar ha sobrepasado usted con mucho el nivel de decibelios permitido en la ciudad. Será una multa de noventa francos.

—¿Una multa, cómo una multa? —perdió el control de la voz y gritó—: ¡A mí no me han puesto una multa en mi vida, yo soy un ciudadano respetuoso de las leyes!

—No se ponga nervioso, Monsieur, y no me hable en ese tono, porque puedo ponerle otra por desacato a la autoridad.

—¡Pero…!

 —Usted lo ha querido, le pondré otra de ciento veinticinco francos por desacato a la autoridad. Nuestro aparato no miente, Monsieur —el gendarme recalcó la última palabra, como si la estuviera escupiendo—, ha sobrepasado usted el nivel permitido de decibelios. —Lo estudió con displicencia durante varios segundos a través de la ventanilla de la portezuela—: ¿De qué país viene usted, Monsieur?

Aquello era más de lo que mi tío Eugenio se sentía capaz de tolerar. Siempre le ha molestado que al abrir la boca para hablar en francés le pregunten por su origen, quizá porque se educó durante una época en que ser español no era precisamente una garantía de calidad. El comportamiento del gendarme —un hombre rubio, de tez blanca y ojos azules, en contraste con él, de aspecto marroquí— le parecía ofensivo, una humillación. Además, le dolía la rodilla y la cabeza empezaba a zumbarle por la cólera retenida.

—¿Este coche es suyo, Monsieur?

Decididamente, se trataba de un provocador.

—Pues claro, no se lo he robado a nadie —esta vez habló bajito, para no empeorar la situación.

Salió del coche y le entregó los documentos al gendarme, que empezó a redactar las multas apoyado en el capó. Sintiéndose indefenso y, al mismo tiempo, deseando conservar la dignidad, mi tío encendió un cigarrillo y se mantuvo a una cierta distancia, pero pudo oír con nitidez que el otro agente le susurraba a su compañero:

—¿No te estás pasando un poco, Jean-Marie?

Jean-Marie, sin embargo, terminó de rellenar los papeles sin abrir el pico y luego se los entregó a mi tío.

—Tiene usted hasta mañana para abonarlas en la comisaría —le advirtió—. La dirección está indicada en la parte de abajo.

Pero mi tío Eugenio no es un hombre al que le gusten las deudas y prefiere pagarlas de inmediato. El pulso le latía con fuerza en las sienes y su antigua úlcera acababa de despertarse como por casualidad en el duodeno. Una vez que partieron los gendarmes, se dirigió directamente a la comisaría y llegó en menos de cinco minutos. Allí, preguntó por el comisario y lo hicieron pasar al despacho de éste. Pensaba cursar una queja por abuso de autoridad.

—Apague ese cigarrillo, Monsieur, en esta comisaría tengo prohibido fumar —le ordenó el comisario con sequedad—. Es por mi enfisema, ¿sabe? —tenía voz de mando—: ¿Quién es usted y qué quiere?

Eran dos jefes frente a frente, pero a aquellas alturas del día, mi tío Eugenio estaba harto de tanta pregunta. Apagó la colilla en un cenicero dispuesto sólo para eso y decidió darle una lección de retórica a su oponente:

—Me llamo Eugenio Bécares Alonso, nací el 6 de abril de 1924 en Destriana de la Valduerna, diócesis de Astorga, partido judicial de La Bañeza, provincia de León —puso las multas sobre la mesa—, soy español, y se acaba de cometer una injusticia conmigo.

Al comisario se le mudó el semblante. La mueca de profesionalidad impostada con que había recibido a aquel extranjero pasó a convertirse en una sonrisa.

—Yo me llamo Astorga de apellido, Monsieur Alonso...

—No, Alonso no, Bécares.

—Monsieur Becarès…

— Becarès no: Bécares.

—... Mis bisabuelos emigraron de León a Francia a principios de siglo y siempre he soñado con que alguien de aquella zona me aclare una duda...

Lo había pillado a contrapié.

—Usted dirá —acertó a murmurar.

El comisario Astorga rasgó en cuatro pedazos ambas multas y las lanzó a la papelera.

—Venga a nuestra sala de reuniones, allí estaremos más cómodos, Monsieur Becarès.

—Bécares.

Lo condujo al interior de la comisaría y, una vez instalados en dos confortables sillones, le dijo:

—Sabe usted, tengo entendido que en la provincia de León existe el marquesado de Astorga y me gustaría saber si soy de origen noble. Es por mi mujer, que le encanta eso de la aristocracia.

Llegados a tal momento, mi tío Eugenio creía estar asistiendo a una sesión en regla de teatro del absurdo. Pero se repuso. De todas formas, las multas ya no existían, estaban en la papelera.

—Deme usted sus datos personales y le prometo que el próximo verano, cuando vaya a España en julio, haré las investigaciones pertinentes, Monsieur Astorga.

Pocos minutos después, el comisario lo despidió efusivamente en la puerta.

—Monsieur Becarès —le dijo, mirándolo fijamente a los ojos—, la suerte es como la nobleza de un apellido: o se tiene o no se tiene, todo es cuestión del azar —le palmeó la espalda—. No olvide que de no estar yo aquí, hubiera tenido usted que pagarle doscientos quince francos al Estado francés.

Mi tío Eugenio evitó responder. Estrechó la mano que se le tendía y regresó al hotel. Aquella noche cenó frugalmente y, antes de acostarse, se dio una larga ducha. Tuvo un sueño inquieto, febril, salpicado de sobresaltos en los que se le venían a la memoria fragmentos de la aventura del día anterior. Por la mañana, nada más levantarse, hizo la maleta, desayunó y pidió la cuenta en conserjería. Los baños termales se habían acabado para él. Una vez en el coche, enfiló la carretera que bordea el lago en dirección a Ginebra. Estaba orgulloso de haber guardado hasta aquel momento los modales que son el galardón de la familia. La crianza es la crianza, eso se mama.

Pero justo cuando empezaron a desaparecer las últimas casas, no pudo resistir un impulso que le provenía de las entrañas, quizá mezclado con el ácido clorhídrico de la úlcera duodenal. Se hizo a un lado y aparcó el Mercedes. El cielo era azul y lucía un sol maravilloso. Abrió la portezuela y echó pie a tierra. Ya junto a la orilla del lago, se sacó del bolsillo de la chaqueta el papel con las señas del comisario Astorga, hizo una pelota con él y la lanzó al agua. Luego, liberado de aquella carga, se despidió para siempre de Aix-les-Bains y de todos sus habitantes con el único exabrupto que ha pronunciado en su vida:

—Que os den por el culo.

 

Edición no venal, trescientos ejemplares numerados y firmados por el autor.

(Depósito legal: S 1352-1999)

 

Casa Editorial Gabriel Rivas (Salamanca), Diciembre 1999

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