Capítulo nosecuántos
LA VENGANZA DE
DON QUIJOTE
que trata del artificio para desfacer el grande entuerto del
malandrín y de otras maravillas que el lector leerá
Manuel Talens
Una turbia mañana
del mes de julio, la presencia de gente desconocida (no el ruido de
la puerta cuando la abrieron) lo despertó. Altos en la penumbra del
cuarto, curiosamente simplificados por la penumbra (siempre en los
sueños de temor habían sido más claros), vigilantes, inmóviles y
pacientes, bajos los ojos como si el peso de las armas los
encorvara, Alejandro Villari y un desconocido lo habían alcanzado,
por fin.
Jorge Luis
Borges, La espera

Sacha Talens:
Ofrenda a Dulcinea (tinta sobre celofán)
Le encantaban los espejos, la
literatura fantástica, la electrónica y las enrevesadas hazañas de la
Biblia. David Menahen descubrió la fantasía como todo el mundo, cuando
tuvo el suficiente raciocino para darse cuenta de que la imagen de su
cuerpo frente a la luna del armario se correspondía con la realidad,
pero era inexistente, intangible.
La veneración por la literatura
fantástica le vino después. Sin duda animado ante el embeleso por los
espejos que observaba en su nieto, el abuelo de David le regaló a los
ocho años una edición infantil de
Through the Looking-Glass and What
Alice Found There, de
Lewis Carroll. Ni que decir tiene que el niño leyó el libro con
pasión. A partir de entonces observó con ojos distintos la biblioteca
de su abuelo, una soleada pieza atestada de volúmenes que revestían
por completo las cuatro paredes. Empezó a leer por el anaquel inferior
de la derecha, según se entraba desde el rellano de las escaleras, y
fue avanzando en dirección al Sur, luego al Este, después al Norte y a
continuación al Oeste, para por fin cerrar el círculo cuadrado del
anaquel, de nuevo en dirección al Sur, tras haber convergido con sus
lecturas en el lado izquierdo de la puerta. Necesitó cuatro años para
completar el primer anaquel, durante los cuales engulló buena parte de
Lovecraft, todo Asimov, Dracula, de Bram Stoker,
Frankenstein, de Mary Shelley, las obras completas del francés
Jules Verne, The Adventures of Huckleberry Finn, de Mark Twain,
el falso orientalismo de Salgari y los falsos apaches de Karl May,
cientos de relatos de autores olvidados e incluso algunas obras de un
magnífico escritor argentino traducido al
inglés. Quizá fuese The
invention of Morel, con sus infinitas posibilidades de amoríos
intangibles, la novela que despertó la futura curiosidad de David por
la electrónica de implicaciones metafísicas.
Los Menahen residían en Burwell, un
diminuto pueblo de Nebraska cuyos escasos habitantes, habituados a las
soap operas de la televisión, encontraban incomprensible una
familia libresca como aquélla. Pero en realidad los Menahen no vivían
allí, sino en mundos de ensueño. Criaron fama de gente rara.
A los doce años, ya erudito en
ciencia ficción, David Menahen subió de grado y atacó el segundo
anaquel. Catorce meses después, cuando avanzaba de nuevo en dirección
al Sur, se topó con un libro de título curioso: The Adventures of
Don Quixote, by Cervantes (translated by J. M. Cohen and published
in England by The Chaucer Press, 1950). Le preguntó a su abuelo por el
hallazgo.
–Es la historia de un hombre que se
trastornó de tanto leer y luego quiso aplicar sus lecturas a la vida
de todos los días. Por supuesto, se dio de bruces contra la realidad.
David tardó siete semanas en terminar
la novela. Se detuvo con delectación en el episodio de los molinos de
viento y llegó a aprender de memoria el discurso de Don Quijote a los
cabreros sobre la ignorancia antigua entre las palabras tuyo y mío.
Tomó buena nota del cuerdo
delirio del caballero de la triste figura y nunca olvidó su
infortunado destino.
Su afición por la Biblia se forjó
años más tarde, en el quinto anaquel, cuando David estaba a punto de
iniciar sus estudios de electrónica audiovisual en el Massachussets
Institute of Technology, tras haber obtenido providencialmente una
beca de la Fundación Donahue gracias a sus excelentísimos resultados
escolares, situados por encima del noventa y nueve percentil de los
estudiantes del país. La familia Menahen, de origen lejanamente
sefardí, no practicaba religión alguna y el único culto doméstico era
la literatura, por lo cual la Biblia, incluido el Nuevo Testamento
cristiano, formaba parte de la biblioteca como una novela de novelas.
La edición que leyó el muchacho era un precioso facsímil de la vieja
traducción de Wiclif, editado en Boston en 1924.
Los
años universitarios de David Menahen en los alrededores de Cambridge (Massachussets)
fueron febriles en lo científico, pero de poco esparcimiento
extracurricular. No disponía de dinero extra para compartir vida
social con sus compañeros de curso, por lo que pasaba las noches de
claro en claro y los días de turbio en turbio en el pequeño taller de
electrónica que había instalado en el ropero de su minúsculo
apartamento. La embriagadora actividad de los microcircuitos,
combinada con la lectura espesa de tratados económicos subversivos y
con el tierno contrapunto de las parábolas evangélicas terminaron por
atrofiarle las neuronas de la codicia, lo cual dejó vía libre al
desbordamiento mesencefálico de la hormona del amor. Pronto corrió la
voz en el MIT de que era un tipo raro. Hay estigmas familiares que a
uno lo persiguen vaya donde vaya.
Fue por entonces, exactamente el 17
de mayo de 1988, cuando puso a prueba con éxito su primer experimento.
En apariencia la invención se trataba de un televisor Sony como los
demás, pero David había sustituido los microchips del circuito
primario, made in Japan, por otros de producción propia con soldaduras
covalentes de titanio paranormal y durante unos minutos, en la soledad
de su ropero, fue el único ser humano sobre la tierra que logró
contemplar en la pantalla, con diecisiete años de antelación, una
escena aterradora de un hombre con indumentaria color naranja en un
entorno tropical. Su cara le resultó familiar cuando la cámara lo
enfocaba en primer plano, pues reconoció en seguida el rojo hemangioma
de nacimiento, en forma de corazón, que se le destacaba en la mejilla.
Pero aquel invento revolucionario, y al mismo tiempo secreto, provocó
un fallo imprevisto: el tendido eléctrico del estado de Massachussets
se sobrecargó de tal manera con la avalancha de energía sobrenatural
que al cabo de
seis minutos de retransmisión premonitoria hubo un corte de luz
generalizado que aún recuerdan en
New England como
una pesadilla, pues se necesitaron tres días para repararlo. David,
por miedo a que las investigaciones policiales llegasen a descubrir
que él había sido el autor material de un desastre que ocasionó
pérdidas económicas multimillonarias, hizo desaparecer la prueba
tangible de su culpabilidad en el fondo del río Charles. Al fin y al
cabo, se dijo, lo importante es tener la fórmula en la cabeza.
Su camino de allí
en adelante, ahora ya lo sabía,
estaba trazado. Terminó los estudios
con el número uno de su promoción y sorprendió a todo el cuadro
profesoral del MIT al anunciar que renunciaba a una carrera académica.
Dio la excusa de que no podría soportar las presiones que ésta
ocasiona. Regresó a Nebraska, aceptó sin dudarlo un oscuro puesto de
programador informático en una compañía electrónica de Omaha, alquiló
un bungalow en el suburbio de Laplatte y se puso a la labor. El
trabajo en Northern Digital Unlimited Co. le proporcionaba suficiente
dinero para sobrevivir y continuar por las noches, en el sótano de su
casa, las investigaciones cuánticas sobre ondas hertzianas de
logaritmo inverso cargadas de iones telehipnóticos provocadores de
verdad.
Era un hombre solitario. Nadie le
conoció mujer, si bien las pesquisas posteriores que llevó a cabo la
brigada científica –por medio de un software ultrasofisticado de
recuperación de datos informáticos– descubrieron que el disco duro de
su portátil clónico personal había mantenido conexiones asiduas a
través del chat con una dirección electrónica de San Francisco,
dulcinea@hotmail.com, y que aquellos intercambios virtuales alternaban
análisis de crítica literaria, descripciones semióticas de iconos
telesensitivos, fórmulas euclidianas incomprensibles y apasionadas
cartas de amor.
La biblioteca que David fue reuniendo
llegó a superar a la de su abuelo. Se enfrascó tanto en la lectura de
libros científicos y en las ecuaciones del proyecto de su vida que
olvidaba con frecuencia hasta el aseo personal. Cualquiera hubiese
podido tomarlo por el espíritu del hambre. El rostro se le quedó
enjuto. Los ojos, sin embargo, le brillaban al mirar. Era alto y seco,
se ataviaba con ropa de saldo del Salvation Army y la grotesca figura
que componía al circular por las calles, subido en su vieja bicicleta
y con el paraguas en ristre, promovía la sonrisa de los vecinos. Los
perros ladraban a su paso. Parecía un caballero andante posmoderno.
Sólo en su taller se sentía feliz. El
sótano estaba atiborrado con montones de aparatos, microchips,
procesadores, circuitos impresos, antenas retroparabólicas, módulos de
visualización bidireccional, tiristores, cámaras digitales de alta
definición, módems, conmutadores inalámbricos, magnetos, radares,
escáneres, deuvedés, disquetes, cederrones, espectrógrafos, diodos,
resistencias, dispositivos de gestión de relés, cables de
multiconducción en vacío y un sinfín de artilugios más, todos ellos
multiplicados hasta lo eterno por espejos de trampantojo en las
paredes, que previamente hizo instalar con el objetivo de nutrir la
fantasía. Nadie escapa a los recuerdos de la niñez.
Su plan avanzaba con lentitud, pero
sin descanso alguno. En la Navidad de 2003, cuando ya peinaba algunas
canas en las sienes, se sintió preparado para actuar. Tenía casi un
mes por delante. Cronometró varias pruebas simuladas en circuito
cerrado de televisión y calculó todos los detalles con la exactitud
matemática que había definido su existencia.
Por fin, el 24 de enero de 2004,
justo cuando todas las cadenas televisivas nacionales conectaron con
el Congreso en Washington para retransmitir en directo el discurso
sobre el estado de la nación del presidente George W. Bush, David
Menahen apretó el interruptor de su flamante artefacto. La suerte
estaba echada. El hardware emitió un zumbido y se puso en marcha. El
primer mandatario sonreía con mansedumbre en las pantallas del país.
–Señor Presidente de la Cámara,
Vicepresidente Cheney, miembros del Congreso, distinguidos invitados y
conciudadanos –dijo con su inconfundible acento de Texas–, esta noche,
Estados Unidos es una nación llamada a hacerles frente a grandes
responsabilidades. Y estamos poniéndonos a su altura para cumplir con
ellas –respiró hondo y continuó–: Soy un embustero, mentí en la guerra
contra Afganistán y volví a hacerlo en la de Irak. Estaba al corriente
de que Sadam no tenía armas de destrucción masiva, pero necesitábamos
su petróleo para seguir alimentando el imperio y por eso provocamos el
conflicto. El gobierno de este gran país es hoy en día culpable de
genocidio y de grandes actos terroristas contra la humanidad…
Pero entonces, el artefacto de David
Menahen volvió a fallar de la misma forma que aquel otro construido en
1988. La electrónica nanomolecular no es una ciencia totalmente
exacta, al abrigo de cortacircuitos exteriores. Los ingenieros del
servicio de inteligencia determinaron en su informe que el vetusto
tendido eléctrico del Mid West no había podido soportar el disruptivo
kiloamperaje de las corrientes telepáticas emitidas desde Laplatte
contra las fuerzas hertzianas que llegaban vía satélite a Nebraska. El
estado entero se quedó en tinieblas.
Al amparo de la repentina oscuridad,
el porcentaje de atracos, saqueos y asesinatos aquella noche se
multiplicó por tres en Omaha. Por su parte, las cadenas de televisión
del país interrumpieron de manera abrupta el extraño discurso de
George W. Bush y los telespectadores no pudieron presenciar la escena
increíble que tuvo lugar en el Congreso, durante la cual varios
agentes de FBI se lo llevaron detenido como paso inicial del
impeachment de que fue objeto dos años más tarde, en marzo de
2006, convicto de atentado verbal, público e irreversible, contra el
honor y la democracia de Estados Unidos.
David pasó casi toda la noche en vela
en su bungalow del suburbio de Laplatte. Sólo pudo conciliar el sueño
después del amanecer. En su fuero interno estaba seguro de que esta
vez la suerte no iba a acompañarlo como en 1988, pues los adelantos
tecnológicos del siglo XXI permitían ya que la omnipresente red
antiterrorista del país localizase con exactitud la procedencia de
cualquier ataque espiritual contra los medios de comunicación.
Recostado en la cama, tomó en sus manos la Biblia que solía ojear por
las noches desde sus años adolescentes. Pero esta vez no la abrió al
azar, sino que fue directo al Evangelio de Juan, buscó el capítulo 18
y, con premonición, recitó en voz alta los versículos 1 al 13. Tenía
miedo, pero se sentía satisfecho de su hazaña. El malandrín había
mordido el polvo, la escena entera de la confesión estaba grabada en
su deuvedé y seguramente en los de millones de hogares de América del
Norte. Don Quijote acababa de vencer a los molinos de viento. Por una
vez, se dijo, aunque sólo fuese por una vez, la fantasía logró ser más
poderosa que la realidad.
Se quedó dormido entre sudores fríos.
Soñó que corría junto a Alicia y que los dos cruzaban del otro lado
del espejo. Al llegar a un monte con olivos la perdió de vista. Había
amanecido y la brisa de la mañana le pareció sombría. Era ya (lo supo
con la certeza de los sueños) el 25 de enero de 2004. La presencia de
dos desconocidos, no el ruido de la puerta cuando éstos la abrieron,
lo despertó. Altos en la penumbra del dormitorio, pero bajos los ojos
como si el peso de las pistolas que empuñaban los encorvara, los
agentes federales lo habían descubierto, por fin. David Menahen no
opuso resistencia y se dejó llevar, sin decir palabra, con las manos
esposadas a la espalda. Le vendaron los ojos y lo trasladaron por aire
a un lugar desconocido. Horas después, durante el interrogatorio,
tampoco abrió los labios, ni siquiera cuando le aplicaron electricidad
en los genitales. Estaba mentalmente preparado para resistir. Por
último, en un cuarto sin ventanas lo fotografiaron de frente y de
perfil mientras un anónimo funcionario en mangas de camisa recitaba
ante una grabadora, con voz monocorde, «varón caucásico, seis pies de
altura, ciento treinta y ocho libras de peso, signo distintivo en la
mejilla izquierda, una mancha roja en forma de corazón».
Luego, lo despojaron de todo, de sus
ropas, de sus documentos de identidad, de su pasado, y un agente
hispano de contrainsurgencia le entregó una bolsa con el definitivo
uniforme color naranja. Al despuntar el día, desde el aeropuerto
militar de Andrews, un avión despegó con rumbo a Guantánamo.
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CUENTO EN PANACE@, PULSE EN LA IMAGEN:

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Panace@,
Vol. V, n.º 21-22, septiembre-diciembre del 2005
IV
centenario del Quijote (1605-2005): Cervantes, traducción,
lenguaje y medicina
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Chapitre je ne sais combien
LA VENGEANCE DE
DON QUICHOTTE
traitant du stratagème pour desfacer le grand tort du malandrin et
d’autres merveilles que le lecteur lira
Manuel Talens
Traduit de
l'espagnol par Alain de Cullant
Un trouble matin
du mois de juillet, la présence d’inconnus (non le bruit de la porte
quand on l’ouvrit) l’éveilla. Grands dans la pénombre de la pièce,
curieusement simplifiés par la pénombre (ils avaient toujours été
plus clairs dans les rêves que la peur inspirait), vigilants,
immobiles et patients, les yeux baissés comme si le poids des armes
les eût courbés, Alejandro Villari et un inconnu l’avaient en fin
rejoint. *
Jorge Luis
Borges

Sacha Talens:
Offrande à Dulcinée (encre sur cellophane)
Les
miroirs, la littérature fantastique, l’électronique et les complexes
prouesses de la Bible l’enchantaient. David Menahen découvrit la
fantaisie comme tout le monde, quand il eut la raison suffisante pour
se rendre compte que l’image de son corps face au miroir de l’armoire
correspondait à la réalité, mais était inexistant, intangible.
La
vénération pour la littérature fantastique lui vint ensuite. Sans
doute animé devant la fascination pour les miroirs qu’il observait
chez son petit-fils, le grand-père de David lui offrit, à huit ans,
une édition infantile de Through the Looking-Glass and What Alice
Found There, de Lewis Carroll. Ni quoi dire que l’enfant lut le
livre avec passion. A partir de ce moment il observa la bibliothèque
de son grand-père avec des yeux différents, une pièce ensoleillée
remplie de volumes qui revêtaient complètement les quatre murs. Il
commença à lire depuis l’étagère inférieure droite, tel que l’on
entrait depuis le pallier de l’escalier et il avança en direction du
Sud, puis à l’Est, ensuite au Nord et après à l’Ouest, pour finalement
fermer la quadrature du cercle des rayons, de nouveau en direction du
Sud, après avoir convergé avec ses lectures du côté gauche de la
porte. Quatre années lui furent nécessaire pour compléter la première
étagère, pendant lesquelles il engloutit une bonne partie de
Lovecraft, tout Asimov, Dracula, de Bram Stoker,
Frankenstein, de Mary Shelley, les œuvres complètes du français
Jules Verne, The Adventures of Huckleberry Finn, de Mark Twain,
le faux orientalisme de Salgari et les faux apaches de Karl May, des
centaines d’histoires d’auteurs oubliés et y compris certaines œuvres
d’un magnifique auteur argentin traduit à l’anglais. Ce fut peut-être
The invention of Morel, avec ses possibilités infinies
d’amourettes intangibles, le roman qui réveilla la future curiosité de
David pour l’électronique d’implications métaphysiques.
Les Menahen
résidaient à Burwell, un petit bourg du Nebraska dont le peu
d’habitants, habitués aux soap operas de la télévision,
trouvaient incompréhensible une famille livresque comme celle-là. Mais
en réalité les Menahen ne vivaient pas là, ils vivaient dans des
mondes de rêve. Ils acquirent la renommée de gens bizarres.
A douze
ans, déjà érudit en science fiction, David Menahen monta de degré et
attaqua la seconde étagère. Quatorze mois après, quand il avançait de
nouveau en direction du Sud, il se heurta à un livre de titre
curieux : The Adventures of Don Quixote, by Cervantes (translated
by J M. Cohen and published in England by The Chaucer Press, 1950). Il
questionna son grand-père quant à cette découverte.
– C’est
l’histoire d’un homme qui se perturba de tant lire et ensuite il
voulut appliquer ses lectures à la vie de tous les jours. Évidemment,
il se trouva nez à nez devant la réalité.
David tarda
sept semaines pour terminer le roman. Il s’arrêta avec délectation sur
l’épisode des moulins à vent et arriva à apprendre de mémoire le
discours de Don Quichotte aux chevriers sur l’ancienne ignorance entre
les mots le tien et le mien. Il prit de bonne note du sage délire du
chevalier à la triste figure et n’oublia jamais son infortuné destin.
Son
penchant par la Bible se forgea quelques années plus tard, dans la
cinquième étagère, quand David était sur le point d’initier ses études
d’électronique audio-visuelle au Massachussets Institute of Technology,
après avoir providentiellement obtenu une bourse de la Fondation
Donahue grâce à ses excellents résultats scolaires, situés au-dessus
des quatre-vingt-dix-neuf pour cent des étudiants du pays. La famille
Menahen, d’une lointaine origine sefardi, ne pratiquait aucune
religion et l’unique culte domestique était la littérature, raison
pour laquelle la Bible, y compris le Nouveau Testament chrétien,
faisait partie de la bibliothèque comme un roman de romans. L’édition
que lut le garçon était un précieux fac-similé de la vieille
traduction de Wiclif, publié à Boston en 1924.
Les années
universitaires de David Menahen aux alentours de Cambridge
(Massachusetts) furent fébriles dans le scientifique, mais de peu de
loisirs extra-curriculaire. Il ne disposait pas d’argent extra pour
partager la vie sociale avec ses compagnons de cours, pour cette
raison
il passait
ses nuits en lisant du soir au matin, et ses jours, du matin au soir
dans le petit atelier d'électronique
qu’il avait
installé dans la penderie de son minuscule appartement. L’activité
enivrante des microcircuits, combinée avec la lourde lecture de
traités économiques subversifs et avec le tendre contrepoint des
paraboles évangéliques terminèrent par lui atrophier les neurones de
la convoitise, ce qui laissa la voie libre aux débordements
mésencéphaliques de l’hormone de l’amour. Bientôt le bruit courut dans
le MIT qu’il était un type quelque peu bizarre. Il y a des stigmates
familiaux qui poursuivent certain où qu’il aille.
Ce fut
alors, exactement le 17 mai 1988, qu’il mit à l’épreuve avec succès sa
première expérimentation. En apparence l’invention ressemblait à un
téléviseur Sony comme les autres, mais David avait substitué les
microchips du circuit primaire, made in Japan, par d’autres de sa
propre production avec des soudures covalentes de titane paranormal et
durant quelques minutes, dans la solitude de sa penderie, il fut
l’unique être humain sur la terre qui parvint à contempler sur
l’écran, avec dix-sept année d’anticipation, la terrifiante scène d’un
homme avec un vêtement orange dans un environnement tropical. Le
visage lui résulta familier quand la camera focalisa l’homme en
premier plan, il reconnut tout de suite l’angiome de naissance rouge,
en forme de cœur, qui se détachait sur sa joue.
Mais cette
invention révolutionnaire, et en même temps secrète, provoqua une
rupture inattendue : le flux électrique de l’état du Massachusetts se
surchargea de telle manière, à cause de l’avalanche d’énergie
surnaturelle, qu’au bout de six minutes de retransmission prémonitoire
il y eut une coupure d’électricité généralisée que certains, en New
England, se rappellent encore comme un cauchemar, car il fallut trois
jours pour le réparer. David, par peur que les recherches policières
parviennent à découvrir qu’il fut l’auteur matériel d’un désastre qui
provoqua des pertes économiques multimillionnaires, fit disparaître la
preuve tangible de sa culpabilité dans le fonds du fleuve Charles. En
fin de compte, se dit-il, l’important est d’avoir la formule dans la
tête.
Désormais
son chemin futur était tracé, maintenant il le savait. Il termina ses
études comme le numéro un de sa promotion et il surprit tout
l’ensemble professoral du MIT en annonçant qu’il renonçait à une
carrière académique. Il donna l’excuse qu’il ne pourrait pas supporter
les pressions que celle-ci provoque. Il retourna dans la Nebraska,
accepta sans l’ombre d’un doute un obscur poste de programmeur
informatique dans une compagnie électronique d’Omaha, il loua un
bungalow dans les faubourgs de Laplatte et il se mit au labeur. Le
travail dans Northern Numérique Unlimited Co. lui fournissait
suffisamment d’argent pour survivre et continuer les nuits, dans la
cave de sa maison, les recherches quantiques sur les ondes hertziennes
de logarithme inverse chargées d’ions télé-hypnotiques provocateurs de
vérité.
C’était un
homme solitaire. Personne ne lui connu de femme, bien que les enquêtes
postérieures que mena à bien la brigade scientifique – au moyen d’un
software ultra-sophistiqué de récupération de données informatiques –
aient découvert que le disque dur de son portable clonique personnel
avait maintenu des connexions assidues au travers du chat avec une
direction électronique de San Francisco, dulcinea@hotmail.com, et que
ces échanges virtuels s’alternaient d’analyse critique littéraire, de
descriptions sémiotiques d’icônes télé-sensitifs, de formules
euclidiennes incompréhensibles et de lettres d’amour passionnées.
La
bibliothèque réunie par David arriva à dépasser celle de son
grand-père. Il s’absorba tant dans la lecture de livres scientifiques
et dans les équations du projet de sa vie qu’il oubliait fréquemment
jusqu’à l’hygiène personnelle. Quelqu’un aurait pu le prendre pour
l’esprit de la famine. Le visage était maigre. Les yeux, toutefois,
brillaient en regardant. Il était haut et sec, il s’accoutrait avec
vêtement de liquidation de la Salvation Army et la vision grotesque
qu’il composait, circulant par les rues, monté sur sa vieille
bicyclette et avec le parapluie en arrêt, promouvait le sourire des
voisins. Les chiens aboyaient à son passage. Il ressemblait à un
chevalier errant postmoderne.
Il ne se
sentait heureux que dans son atelier. La cave était bondée d’un
monceau d’appareils, microchips, processeurs, circuits intégrés,
antennes rétro-paraboliques, modules de visualisation bidirectionnels,
thyristors, cameras numériques de haute définition, modems,
télécommandes infrarouges, générateurs, radars, scanners, DVD,
disquettes, Cd-rom, spectrographes, diodes, résistances, dispositifs
de gestion de relais, câbles de multi-conductions dans le vide et une
profusion de choses en plus, tout cela multiplié éternellement par les
miroirs trompe-l’œil placés sur les murs, qu’il avait fait installés
préalablement avec l’objectif de nourrir sa fantaisie. Personne
n’échappe aux souvenirs de l’enfance.
Son
plan avançait avec lenteur, mais sans aucun repos. Durant le Noël
2003, quand quelques cheveux blancs apparurent sur ses tempe, il se
senti prêt à agir. Il avait presque un mois devant lui. Il chronométra
plusieurs essais simulés en circuit fermé de télévision et calcula
tous les détails avec l’exactitude mathématique qui avait défini son
existence.
Finalement, le 24 janvier 2004, quand toutes les chaînes télévisuelles
nationales se connectèrent avec le Congrès, à Washington, pour
retransmettre en direct le discours sur l’état de la nation du
président George W. Bush, David Menahen enclencha l’interrupteur de
son artefact flambant neuf. Le sort en était jeté. Le hardware émit un
bourdonnement et se mit à fonctionner. Le premier mandataire souriait
avec mansuétude sur les écrans du pays.
–
Monsieur le Président de la Chambre, Vice-président Cheney, membres du
Congrès, distingués hôtes et concitoyens – dit-il avec son
caractéristique accent du Texas –, ce soir, Etats-Unis est une nation
appelée à faire face à de grandes responsabilités. Et nous nous
mettons à sa hauteur pour les remplir – il respira profondément et
continua – : Je suis un fourbe, j’ai menti quant à la guerre contre
l’Afghanistan et j’ai menti de nouveau quant à celle d’Iraq. J’étais
au courant que Sadam n’avait pas d’armes de destruction massive, mais
nous avions besoin de son pétrole pour continuer à sustenter l’empire
et c’est pourquoi nous avons provoqué ce conflit. Le gouvernement de
ce grand pays est de nos jours coupable de génocide et de grands actes
terroristes contre l’humanité...
Mais
alors, l’artefact de David Menahen faillit à nouveau, de la même
manière que cet autre construit en 1988. L’électronique nano
moléculaire n’est pas une science totalement exacte, à l’abri de
courts-circuits extérieurs. Les ingénieurs du service d’intelligence
ont déterminé dans leur rapport que le vétuste réseau électrique du
MidWest n’avait pas pu supporter le
disruptif
kilo-ampérage des courants télépathiques émis depuis Laplatte contre
les forces hertziennes arrivant via satellite du Nebraska. L’état
entier resta dans l’obscurité.
Avec
le soutient de la soudaine obscurité, le pourcentage d’agressions, de
pillages et de meurtres de cette nuit se multiplia par trois à Omaha.
Pour leur part, les chaînes de télévision du pays interrompirent de
manière abrupte l’étrange discours de George W. Bush et les
spectateurs ne purent assister à la scène incroyable qui eut lieu au
Congrès, durant laquelle plusieurs agents du FBI le détinrent comme
pas initial de l’impeachment dont il fit l’objet deux ans plus
tard, en mars 2006, coupable d’attentat verbal, publique et
irréversible, contre l’honneur et la démocratie des Etats-Unis.
David
passa presque toute la nuit à veiller dans son bungalow du faubourg de
Laplatte. Il put seulement concilier le sommeil après le lever du
jour. Dans son fort intérieur, il était sûr que cette fois la chance
ne l’accompagnerait pas comme en 1988, car les avances technologiques
du XXIème siècle permettaient déjà que l’omniprésent réseau
antiterroriste du pays localise avec exactitude l’origine de toute
attaque spirituelle contre les moyens de communication. Allongé sur
son lit, il prit la Bible entre les mains, celle qu’il parcourait
habituellement la nuit depuis ses années adolescentes. Mais cette fois
il ne l’ouvrit pas au hasard, il alla directement à l’Evangile selon
Jean, il chercha le chapitre 18 et, avec prémonition, récita à haute
voix les versets de 1 à 13. Il avait peur, mais il se sentait
satisfait de ses prouesses. Le malandrin avait mordu la poussière, la
scène complète de sa confession était enregistrée sur son DVD et
sûrement sur ceux de millions de maisons de l’Amérique du Nord. Don
Quichotte venait de vaincre les moulins à vent. Par une fois, se
dit-il, bien que ce soit seulement pour une fois, la fantaisie parvint
à être plus puissante que la réalité.
Il
s’endormit entre les sueurs froides. Il rêva qu’il courait au coté d’Alice
et qu’ensemble ils croisaient l’autre côté du miroir. En arrivant sur
un mont couvert d’oliviers il la perdit de vue. Le jour s’était levé
et la brise du matin lui a paru sombre. C’était déjà (il le sut avec
la certitude des rêves) le 25 janvier 2004.
La présence
des deux inconnus, non le bruit de la porte quand on l’ouvrit,
l’éveilla. Grands dans la pénombre de la pièce, mais les yeux baissés
comme si le poids des pistolets qu’ils braquaient les eût courbés, les
agents fédéraux l’avaient enfin découvert.
David Menahen n’opposa pas de résistance et il se laissa emmener, sans
dire un mot, avec les mains menottées dans le dos. Ils lui bandèrent
les yeux et ils le conduisirent, par air, en un lieu inconnu. Quelques
heures plus tard, durant l’interrogatoire, il ne desserra pas les
livres, même quand ils lui appliquèrent de l’électricité sur les
parties génitales. Il était mentalement préparé pour résister. Enfin,
dans une pièce sans fenêtre, ils le photographièrent de face et de
profil alors qu’un fonctionnaire anonyme en manche de chemise récitait
devant un enregistreur, avec une voix monocorde, « homme caucasien,
six pieds de haut, cent trente-huit livres de poids, signe distinctif,
une tache rouge en forme de cœur sur la joue gauche ».
Ensuite ils le dépouillèrent de tout, de ses vêtements, de ses
documents d’identité, de son passé, et un agent hispanique de la
contre-insurgence lui remit un sac avec le définitif uniforme de
couleur orange. A poindre le jour, depuis l’aéroport militaire
d’Andrews, un avion décolla en direction de Guantánamo.
* «L’attente», dans L’Aleph (traduction de René L.-F. Durand),
Gallimard, Paris 1967.
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Lettres de Cuba, nº 12, année II. Décembre de 2005 |
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