|

La fuerza de la costumbre
MANUEL
TALENS
Ante la pileta que está
en la antesala del quirófano el doctor Antonio Ortiz se frota
parsimoniosamente las manos con el cepillo. Lleva puestos el gorro y
la mascarilla de papel. Hace unos minutos el pitido del busca lo
arrancó del sopor. La voz que salía del aparato, junto a su oído, le
pareció extraña. Doctor Ortiz, tiene un caso de ruptura de aneurisma
de la aorta abdominal, es muy urgente. Ahora, el cirujano se está
preparando para la intervención. Un hombre de su misma edad lo aguarda
indefenso sobre la mesa de operaciones. El informe de la ecografía y
las notas clínicas redactadas por el médico de urgencia no dejan lugar
a dudas sobre la extrema gravedad de su estado. El doctor Ortiz
termina de lavarse las manos, se enjuaga y luego entra en el
quirófano, donde la enfermera le tiende un paño estéril, con el que
procede a secarse. Es la rutina cotidiana, el color verde, los guantes
de látex del siete y medio, el paisaje hospitalario de su vida.
Observa la escena, tan familiar: el anestesista, su amigo Juan, acaba
de inyectar una embolada en la vena del hombre al que van a operar.
El doctor Ortiz se relaja entonces, dulce sosiego. Juan intuba al
paciente. El cirujano carraspea, trata de toser, se ahoga un poco.
Termina de colocar los campos
operatorios, que sólo dejan ver un rectángulo pintado de amarillo.
Juan le da la señal. Empuña el bisturí y
traza sobre la piel una línea recta, que expone a la luz el tejido
graso subcutáneo. Cauteriza las pequeñas manchas de sangre que han
empezado a brotar, sigue cortando y entra a la cavidad peritoneal,
enrojecida por un mar pulsátil, en erupción. A lo lejos, desde la
distancia del abismo, escucha la voz angustiada de Juan, rápido, el
desfibrilador, por Dios, no te me mueras, Antonio.
|