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CUENTOS SUELTOS

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Hombre sentado en el parque

MANUEL TALENS

 

A Verónica y Luis

Los viernes por la tarde, cuando salgo de la oficina, voy a visitar a mi madre a la residencia. Fue ella quien decidió trasladarse allí tras el fallecimiento de mi padre el año pasado.

–Tú eres joven y soltero y yo no quiero interferir en tu vida –dijo–, los viejos somos una carga.

Se ha adaptado bien, ahora tiene muchos amigos de su edad, lee revistas de princesas y por las noches se entera en la televisión de los cotilleos del país. En eso su vida ha cambiado poco.

Ayer, al igual que todos los viernes, fui a visitarla. Como hacía buen tiempo, me pidió que le diera un paseo por el parque de magnolias que hay frente al edificio. Nos sentamos en un banco junto al arroyo artificial con puente japonés, que atraviesa la arboleda. Hablé con ella un rato de esto y de aquello, tonterías, me preguntó por mis novias y por el trabajo. Sabe que me llevo mal con el jefe. Parecía inquieta, porque miró dos o tres veces el reloj.

–Es que a las siete y media ponen un reportaje sobre la vida de Lady Di. La pobre, qué mala suerte tuvo.

A las siete y cuarto se despidió.

–No me acompañes, que puedo ir sola.

Es su manera un poco brusca de ser independiente. La vi alejarse con lentitud, a pasitos cortos, en dirección al edificio. Me quedé sentado en el banco, a la espera de que su silueta desapareciese en el recodo. De pronto, un anciano se sentó a mi lado. No lo oí llegar.

–A la buena de Dios –dijo.

Uno ya no escucha expresiones como ésta, y dentro de pocos años, cuando desaparezca toda la generación que nació y creció antes de la radio, se perderán por completo del lenguaje común.

–Buenas tardes –respondí.

El hombre sonreía. Parecía exultante.

–Me ha dicho Joaquín que aprobó las oposiciones a notario, es un fenómeno, estoy orgulloso de él.

Supuse que me había tomado por otra persona.

–No sé de qué me habla, no conozco a ese Joaquín.

–¡Joder –exclamó–, tu hermano Joaquín! –su expresión había pasado súbitamente de la felicidad a la rabia mal contenida.

Me sentí incómodo e intenté levantarme. ¿Qué se me había perdido a mí con un loco así? Pero se dio cuenta y me agarró con fuerza del brazo.

–¡Tu no te vas, cabrón, ya me has jodido bastante la vida!

–Oiga, yo...

–¿Quién es usted?

La saliva me golpeó la cara, al mismo tiempo que las palabras. Iba a darle un empujón cuando, de repente, rompió a llorar como un niño, de manera inconsolable. Su mano abandonó la presa y yo todavía no logro explicarme qué fue lo que me retuvo junto a él, porque en general suelo escapar de las situaciones que no controlo y la compasión no es mi fuerte, ya lo dicen mis novias. A aquellas alturas, una vez que le había escuchado al abuelo tres o cuatro memeces seguidas, estaba claro que le regía mal la neurona.

–¿Qué le pasa?

Me miró sin mirarme. Su figura era menuda. Tenía los ojos súbitamente enrojecidos, la piel diáfana y el pelo escaso. Los labios y las manos le temblaban.

–Es que estoy enamorado... –su voz se ahogó en un sollozo.

Ante una afirmación tan ridícula en alguien con un pie en la tumba no pude reprimir una leve sonrisa. Pero me picó el interés. Soy un morboso, ya lo sé.

–¿Y por eso llora? Enamorarse es una cosa buena, abuelo, yo me enamoro a diario. Debería reír. ¿Cuántos años tiene?

Las lágrimas arreciaron. No me respondió. Parecía ensimismado en su tristeza.

–¿Cuántos años tiene? –insistí.

–Cuarenta y dos.

Por un momento pensé en contradecirlo, pero preferí seguirle la corriente. No le hubiera echado menos de ochenta años, más o menos la edad de mi madre.

–¿Y cómo se llama su enamorada, si se puede saber?

–Esmeralda.

Sus ojos ahora miraban al vacío, extasiados. Se diría que la estaba visualizando frente a él. Las lágrimas se le confundieron en una sonrisa beatífica mientras con la mano derecha acariciaba un rostro inexistente a la altura de su mirada. Era la viva imagen de esos jóvenes idiotas que todavía creen en el amor.

–Qué bonito nombre, Esmeralda, estoy seguro de que es una joya para usted. ¿Y ella? ¿También está enamorada?

–Se llama Esmeralda y tiene dieciocho años –parecía no haberse enterado de mi última pregunta.

–Pero, dígame, ¿Esmeralda también está enamorada de usted?

Tardó en contestar, su voz era un hilo.

–Esmeralda es mi novia.

Después de tanta insensatez, me reía por dentro al pensar que aquella historia sin pies ni cabeza iba a ser sin duda una buena fuente de conversación en la oficina. Intenté seguir otro camino para sonsacarle un poco más de un pasado que a todas luces se le amontonaba en desorden:

–¿La ve a menudo? ¿A Esmeralda?

El abuelo seguía llorando. Le repetí la pregunta:

–¿La ve a menudo?

–No sé dónde está, no viene a verme –sus ojos me miraron de nuevo sin mirarme, ahora llenos de paz: parecían haber llegado al final de la desolación, cuando todo da igual y el mundo se puede hundir sin que a uno le afecte–. No sé dónde estoy, no sé dónde estoy, no sé dónde estoy, no sé dónde estoy...

Lo repitió muchas veces, hasta que las palabras llegaron a ser un susurro inaudible. Luego, dejó de llorar y se adentró en un mutismo del que ya no pude sacarlo. Los labios y las manos le seguían temblando. Los ojos, en cambio, estaban fijos. Los minutos pasaban y yo no sabía si llamar a alguien para que se ocupase de él o si sería mejor levantarme con sigilo y abandonarlo a su suerte.

–¿Conoce a doña Isabel? –le dije al fin, y en seguida me sentí ridículo, porque sé que a mi madre no le gustan los viejos que han perdido el contacto con la realidad.

El abuelo me ignoraba. Entonces, cuando ya estaba a punto de irme, vi que por la vereda llegaba una enfermera de uniforme. Se acercó a nosotros.

–Don Eduardo, otra vez se me ha escapado usted –le dijo con una mezcla de reproche y afabilidad–. Vamos, venga conmigo, hombre, que ya es hora de cenar. –Luego, me miró–: La de tonterías que le habrá contado, disculpe usted, pero el Alzheimer no perdona.

Los contemplé mientras se alejaban con morosidad. Don Eduardo iba agarrado del brazo de la enfermera y sus pasos eran cortos, como los de mi madre. Sí, el Alzheimer no perdona, pensé. Al doblar el recodo, los perdí de vista.

Di media vuelta y eché a andar hacia la salida. Qué cosas le pasan a uno. El encuentro me había dejado algo triste. Traté de recordar la letra de una canción de Valderrama que me gusta mucho y empecé a tararearla, para no pensar. Atravesé el parque, salí por la cancela y me dirigí a mi coche, que estaba aparcado junto a la rotonda. Abrí la portezuela y me senté al volante. Introduje por la ranura el CD de Valderrama y, cuando la música empezó a sonar, arranqué con un chirriar de ruedas. Pero el tráfico de regreso fue lento y penoso, como siempre, y me puso de mal humor. Menos mal que por la noche pasaron en la tele una película de Schwarzenegger. Me encantan la mujeres y el cine de acción.

 

 

Panace@, Vol. IV, nº 13-14. Diciembre de 2003

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