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El escritorio de Manuel Talens                                                                                          

  TEXTOS ENSAYÍSTICOS

PRESENTACIÓN DE HIJAS DE EVA

 Librería Crisol (Valencia),  25 de mayo de 1997

Presentar un libro como el que esta mañana aquí nos reúne supondría in­vocar en mí discurso una palabra, al menos, tan plena como la que se en­cierra en sus páginas. Como ello sería vana presunción por mí parte, voy a limitarme a enumerar algunas de las razones por las que la lectura de Hijas de Eva me parece no sólo deleitable sino también necesaria en es­tos tiempos que nos ha tocado vivir. Como saben, Manuel Talens compagina la escritura de creación con puntuales intervenciones en la edición va­lenciana de un conocido periódico. Y sí algo llama la atención en estas intervenciones es el carácter sistemático y razonado de sus ataques a nuestra impresentable derecha local y su reivindicación de un pensamiento y una sensibilidad de izquierdas sin pelos en la lengua y capaz de llamar a las cosas por su nombre. Walter Benjamín proclamaba, en uno de sus escritos mayores, la imperiosa necesidad de que su palabra no fuera asimilada por el fascismo. En su radicalidad de resistente, Manuel Talens se niega, con la mejor de las galanuras estilísticas, a doblegarse a ese nuevo avatar del talante fascista que es la banalidad disfrazada de pensamiento débil cuando no -¡cielos!- de posmodernidad. Hace unos días, el autor de Hijas de Eva nos recordaba, a propósito del bastardeo mass-me­diático al que últimamente viene siendo sometida la palabra patria, que este vocablo sólo puede recobrar un sentido sí lo hermanamos con el de solidaridad: una solidaridad que nada tiene que ver, evidentemente, con la imperialista noción esgrimida por el Ministro de Defensa y que supo­ne una identificación con todas las víctimas actuales de nuestro anti­guo colonialismo, en ese Sur cuya existencia pretende ignorarse desde irresponsables altiveces supuestamente europeístas.

Es necesario decir estas cosas; y es necesario decirlas como las dice Manuel Talens. Y es necesario subrayarlas, gritarlas sí es preciso en un aquí y ahora donde hasta las voces que se dicen "informativas" de los telediarios estatales -cada vez más asimilables a la marca de un anta­ñón sello discográfico- casi hacen suyo el estúpido dicharacho de aquel engominado, pistoleril señorito fundador de Falange Española cuando de­cía que ser español es una de las cosas más serias que se pueden ser en este mundo. Hablar desde la radicalidad es, etimológicamente, ir a las raíces de los problemas. Y esa escritura de la radicalidad es, también, la del Manuel Talens hacedor de ficciones. Si sus artículos periodísticos nos recuerdan la necesidad de una memoria histórica, sus relatos nos ha­blan de una memoria literaria que se sumerge en el humus fecundo de Cervantes, Quevedo y la novela picaresca para mejor transmitirnos el itine­rario de unos personajes que, desde su condición de marginados y parias del cuerpo social, desean ser libres aunque esta libertad sea tan sólo un instante entre dos fuegos de una ardua batalla. Esto era así en La parábola de Carmen la Reina, donde los personajes, en su condición de ju­díos y anarquistas, estaban doblemente estigmatizados por el Poder. Y es así, también, en Hijas de Eva, donde estas dos jóvenes en la Valencia de 1917 deciden negarse en redondo a aceptar un destino de subordinación por el hecho de ser mujeres. Entre otras cosas, Hijas de Eva nos habla de cómo y de qué manera sus protagonistas, Fausta y Rosilda, no quieren interpretar ninguno de los cuatro roles que la sociedad de su época(¿sólo de su época?)adjudicaba a las mujeres pobres: esposa, criada, monja o puta. Y lo hace a través de la fuerza de unos relatos que nos son narrados desde el mítico vigor de la tradiciones orales con las que se transmi­ten las narraciones primigenias, fundadoras. Nuestra actitud como lecto­res en Hijas de Eva es en todo asimilable a la del oyente incitado a la escucha atenta por el interés creciente de aquello que se le cuenta. Por eso la lectura de esta novela es, también, una experiencia porque todo re lato fundador es cifra y clave de la adquisición de un conocimiento de la realidad. Yo me atrevería a decir que, tras la lectura de una novela como ésta, no sólo sabemos más de los personajes que la han poblado sino que también sabemos más de nosotros mismos y de nuestra manera de ubicarnos ante esa realidad de la ficción que, por estar escrita con pala­bras plenas, nos lleva directamente al corazón de la verdad: la que se oculta tras los muros de un convento de monjas y la que, escondida en los falaces versos de un romance de ciego, tanto soliviantaba a Don Es­trafalario y Don Manolito.

Las palabras que cierran Hijas de Eva son una auténtica incitación a se­guir contando, a que el relato prosiga y se prolongue unas páginas más: "Dime, hijo, ¿qué quieres que te cuente, hijo. . . ? Como lectores desearíamos que esto se llevase a término ya mismo; quisiéramos que Manuel Talens se fuera disparado a casa, tras esta presentación, para continuar narrando las aventuras de Fausta y Rosilda camino de Granada. Al igual que el auditorio de la Venta del Canario ante el verbo florido del anarquista Pantaleón Torrevieja leyendo un capítulo de sus Memorias nos olvida­remos, sin duda, de llevar bocado a la boca ante el milagro sublime de la narración. Hubo un novelista cretense, también de palabra plena, que dejó escrita en el epitafio de su tumba la profesión vital de toda su exis­tencia: "Nada temo y "nada espero: soy libre". Eso mismo puede decir Ma­nuel Talens, con la ventaja de estar tan vivo y dispuesto a narrar como Sor Gracia tras haber conocido, por primera y última vez, la infinitud de las olas del mar: Eimí Eleutherós.

Juan Miguel Company Ramón

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