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  TEXTOS ENSAYÍSTICOS

Letras de Deusto, vol. 25, nº 66, enero-marzo 1995

 

La novela española, hacia el año 2000

por RICARDO SENABRE

 

 

LA PREDICCIÓN ES TAREA EXCLUSIVA DE PROFETAS, de arúspices o de simples zahoríes. Para quienes no poseen dotes adivinatorias, el vaticinio es algo imposible. Puede practicarse como juego o utilizarse pata entablar apuestas regidas por el azar, pero nada más. No podemos, en efecto, saber con certeza cómo será nuestra sociedad dentro de unos años, ni qué rumbos tomará la creación artística, ni cuáles serán los hábitos culturales de mayor arraigo entre nosotros. Las líneas que ahora parecen apuntarse no garantizan una prolongación en el mismo sentido, porque la evolución de las instituciones humanas no es necesariamente rectilínea; hay movimientos de vaivén, desvíos, retrocesos, modas efímeras que van formando un recorrido zigzagueante e imprevisible. Sólo es posible, en rigor, escrutar con el mayor cuidado los síntomas actuales para deducir que, si todo camina en una determinada dirección ‑hipótesis que tal vez no se realice‑, el futuro inmediato ofrecerá ciertas características esenciales. Es aconsejable parapetarse tras un muro de cautelas a fin de no caer en la trampa de imaginar el mañana como simple continuación mecánica del presente, y también para no confundir esa situación aún irreal con nuestros deseos, nuestras aprensiones o nuestros temores actuales.

Esta suma de prevenciones, recomendable siempre que sentimos la urgencia de imaginar hacia qué horizonte nos encaminarnos, es igualmente válida cuando se trata de diagnosticar los derroteros futuros de la novela española. Algunos panoramas que pretendían resumir lo más valioso de la literatura actual han fijado como punto de partida de la nueva etapa la fecha de 1975. Pero es evidente que la transición de un régimen político a otro no tiene forzosamente repercusiones literarias inmediatas. Si acaso, la desaparición de la censura permite hablar más directamente de algunas cuestiones, o adoptar un enfoque crítico con respecto a sucesos de la historia encuadrados en la etapa recién clausurada. Esto explica la aparición de ciertas obras narrativas con grandes dosis de crónica histórica o personal, como Antonio B. el Rojo (1977), de Ramiro Pinilla, Pro patria niori (1981)), de Antonio Martínez Mencllén, Las cárceles de Soledad Real (1982), de Consuelo García, o, en años más cercanos a nosotros, María (1992), de Javier Delgado. Por otra parte, la nueva situación de libertad permitía esperar un considerable número de intentos encaminados a recrear artísticamente un material tan rico y variado como el que ofrecían los últimos cuarenta años de la vida española. Sin embargo, los ejemplos han sido más bien escasos. Es cierto que pueden señalarse notables muestras de esta reconstrucción narrativa, como las novelas Historia de una maestra (1990) y Mujeres de negro (1994), de Josefina R. Aldecoa, o bien la serie de Javier Maqua compuesta de momento por Invierno sin pretexto (1992) y Uso de razón (1993). La posguerra es también el ámbito histórico en el que se inscriben, con acercamientos dispares, Retratos de ambigú (1988), de Juan Pedro Aparicio, y Demasiadas preguntas (1994), de Félix de Azua; y se podrían añadir otros títulos de menor fuste, como Una historia madrileña (1983), de P. García Montalvo, y El lento adiós de los tranvías (1992), de Manuel Rico, en la que llama la atención la escasa familiaridad del autor con la sociedad bosquejada, sin duda porque las informaciones ajenas ‑y a veces tópicas‑ han prevalecido sobre las vivencias directas. Pero sorprende que, al lado de la escasa atención prestada al mundo circundante o cercano, se haya desatado en pocos años una extraordinaria afición al cultivo de la novela histórica situada en épocas distantes, desde la Edad Media‑Urraca (1982), de Lourdes Ortiz, y Fátima (1979), de Leopoldo Azancot‑ hasta el primer tercio del siglo actual, marco de La verdad sobre el caso Savolta (1975), de Eduardo Mendoza, y de Octubre, octubre (1981), de José Luis Sampedro. Algunos escritores han construido su obra casi exclusivamente sobre asuntos o episodios bien conocidos de la historia: Eduardo Alonso lo hizo en Los jardines de Aranjuez (1986) o en Laflor de jacarandá (1991), para acercarse luego a la actualidad en su obra mejor, Villahermosa (1993). Antonio Cascales ha ofrecido tres novelas que son otras tantas aportaciones a tres etapas conflictivas del pasado: Los tornadizos (1985), ambientada en el siglo xv; Rodafortuna (1988), sobre el primer proceso inquisitorial contra Olavide, y Crónica londinense del rvdo. Blanco White (1994), que recrea la figura del singular canónigo sevillano hacia 1810. Los ilustrados de la Sevilla dieciochesca son también los personajes de Bajo la absolución de los árboles (1992), de Pedro Torres Curiel, y los años de la presencia napoleónica en España han dado origen a la obra Eminencia, o La memoria fingida (1993), de Javier Alfaya, mientras que Javier Gúrpide se ha remontado a los tiempos de Cristo en Las agujas del templo (19943, por citar únicamente algunos títulos destacables de los últimos años. En conjunto, el número de narraciones situadas en otros siglos sobrepasa el de las novelas de ambiente actual. Sorprende, además, que tengamos obras acerca de la descolonización del Sahara ‑El imperio desierto (1992), de Ramón Mayrata‑, o sobre los primeros años de independencia de la antigua Guinea española, como La casa de la palabra (1994), de José A. López Hidalgo, e incluso que contemos con la perla exótica de una novela en torno a la guerrilla urbana argentina ‑Juan Griego (1992), de Adolfo Domínguez‑, sin que, en cambio, los últimos años de la época de Franco y los problemas de la transición politice española hayan despertado demasiada atención. Entre las pocas excepciones a esta situación de general desinterés figuran obras aisladas como La quincena soviética (1988), de Vicente Molina Foix, Los dioses de sf mismos (1989), de J. J. Armas Marcelo, Tiempos mejores (1989), de Eduardo Mendicutti, Los filos de la noche (1990), de Manuel Rico, amén de dos novelas de fuerte carácter testimonial debidas a Isaac Montero: Pájaro en una tormenta (1984), acerca de los últimos coletazos de la ultraderecha en la transición, y Señales de humo (1988), crónica de un desengaño colectivo. Sobre todos estos títulos destaca la última obra del malogrado José Antonio Gabriel y Galán, Muchos años después (1991), donde la disolución de una utopía largamente soñada se entrevera con el sentimiento del tiempo destructor, capaz de acabar con todas las cosas: la juventud, las ilusiones, los proyectos altruistas, los impulsos renovadores. Novela fustigadora, hondamente arraigada en la línea tradicional de la literatura más comprometida y de denuncia ‑algo insólito en nuestros días‑, Muchos años después constituye, con mayor rotundidad y amplitud que Señales de humo, el testimonio artístico de una generación en la que muchos lectores de hoy podrán reconocerse, consumida entre la esperanza juvenil, entusiasta y capaz de todos los sacrificios, y la decepción amarga de la madurez. Una perspectiva cercana, aunque de menor consistencia artística, ofrecían obras como Luz de la memoria (1976), de Lourdes Ortiz, y El río de la luna (1981), de José Maria Guelbenzu. La última aportación a esta reconstrucción narrativa de la historia reciente es la novela El sillón malva (1995), de Ramón Mayrata, de mejores intenciones que resultados. Por su parte, el combativo escritor extremeño Víctor Chamorro ha publicado Reunión patriótica (1994), sarcástica visión, con ribetes de esperpento, de una ciudad provinciana en los últimos años del régimen de Franco. Por el camino de la visión deformante y satirice ‑veta poco explotada en la novela reciente‑ se orientan algunas obras de Antonio Hernández, entre las que puede recordarse La leyenda de Géminis (1994), desenfadada caricatura que pone en solfa la ascensión de un político socialista. Con un temple similar, Lluis Fernández ha enfocado una lente burlona hacia los sectores sociales más adinerados en Espejo de amar y lujo (1992).

 

El poco atractivo que los acontecimientos españoles recientes parecen tener para los narradores coetáneos se manifiesta en la casi nula repercusión novelesca de un hecho tan insólito como el intento de golpe de Estado de 1981, origen de un relato de Juan J. Ruiz‑Rico ‑Nocturno de febrero junto al Bósforo (1985~ en el que la historia de un diputado que al producirse en Madrid la intentona huye a Turquia, donde acaba por descubrir en los judíos sefardíes las huellas de una intolerancia secular que, como una maldición, planea sobre nuestra historia, representa muy bien esa especie de fuga, de escape ante una realidad y de renuncia a enfrentarse directamente con ella que viene a ser una actitud común a buena parte de una novelística nacida, sin embargo, después de la abolición completa de la censura oficial. Y también resulta sorprendente, a poco que se reflexione acerca de ello, que un asunto de tan novelesca vitola como los grupos de activistas refugiados en las montañas tras la guerra civil ‑los maquis‑ sólo haya merecido la atención de Julio Llamazares ‑en Luna de lobos (1985} y, más recientemente, de Justo Vila, con su excelente primera novela La agonía del búho chico (1994), centrada en la actuación de una partida de maquis en las sierras orientales de Badajoz. Si se compara esta situación con la que podría ser equivalente en otros países, la diferencia es abrumadora. La literatura francesa acerca de la "résistence" contra los nazis durante la ocupación alemana, o las abundantes obras sobre el mismo tema que ofrecen la literatura polaca o la checa son pruebas incontrovertibles de esta desigualdad, lo mismo que sucede si se repasa la novelística italiana posterior al fascismo. Pero lo cierto es que, en estos países, los escritores pudieron rememorar hechos cercanos porque sus condiciones politices e históricas eran de otro signo. En España, parece indudable que los escritores jóvenes de 1975, a los que se les permitió al fin escribir sin trabas no se sintieron atraídos por algo que les resultaba ya muy distante y que hablan conocido tan sólo de oídas. Con muy pocas excepciones, la guerra civil y los primeros años de la posguerra no forman parte de las preocupaciones que ostentan los escritores nacidos entre 1940 y 1950 ‑y menos aún si pensamos en quienes vieron la luz a lo largo del decenio siguiente‑, cuyas vivencias novelables son posteriores a esa etapa o aparecen filtradas por los recuerdos de la edad infantil y privadas de historicidad. Que en los últimos años brote algún intento aislado de recuperar la guerra como tema por parte de estos autores ‑recordemos La forma de la noche (1994), de Juan Pedro Aparicio‑ en nada altera las líneas generales de la situación.

 

Cabria pensar, en vista de tales circunstancias, que la novelística de todos estos escritores ha experimentado la atracción del presente, y que contamos en estos últimos diez años con una literatura narrativa firmemente asentada en la sociedad actual y volcada en la plasmación novelesca de los problemas de hoy. Por extraño que parezca, tampoco es así. A medida que p,asa el tiempo es más evidente que la actualidad se ha refugiado en los dominios del reportaje informativo y de la crónica periodística. De este modo, la Prensa se ha hecho cargo de lo que antes constituía terreno propio de la novela, y los reportajes ‑que a menudo alcanzan forma de libro han despojado a la literatura narrativa de buena parte de sus funciones tradicionales. Fortunata y Jacinta o El árbol de la ciencia eran ‑son todavía hoy excelentes novelas, pero también, y tal vez sin que ni Galdós ni Batoja se lo propusieran, impecables radiografías de una sociedad en distintos momentos históricos. Ese doble fondo, ese carácter de poderoso reactivo que estos relatos poseen y que ayuda a descubrir una realidad oculta y más amplia que la mostrada por unos cuantos personajes, es lo que proporciona a esas obras profundidad y garantiza su perduración, por encima de modas de escritura siempre cutáneas y pasajeras. La incorporación de la actualidad al texto narrativo no se logra mediante la introducción de alusiones o referencias explicitas a personas y sucesos del momento, sino haciendo que sobre los personajes y las acciones gravite inexorablemente el espíritu de la época. Y esto nada tiene que ver con la presión o la inexistencia de cualquier tipo de‑censura. Aduciré un ejemplo bien conocido, aunque no siempre adecuadamente calibrado: la novela Nada, de Carmen Laforet. Se publicó en 1944, en años de rígida censura institucional, y varios criticas e historiadores de la novela española contemporánea han atribuido a esta circunstancia la ausencia en el libro de referencias inequívocas a la contienda civil. Sin embargo, tal hecho no permite por sí solo postular la existencia de un divorcio absoluto entre la peripecia novelesca y el entorno histórico en que se desarrolla, como alguna vez se ha argumentado con cierta ligereza. Por el contrario, Nada es un modelo ejemplar de novela de la posguerra, y en pocas ocasiones puede invocarse un caso tan claro como éste. El fantasma de un enfrentamiento civil y sus inmediatas consecuencias flota, en efecto, sobre esos personajes desequilibrados, movidos por oscuros rencores, empobrecidos como resultado de unas circunstancias adversas que no se mencionan directamente, pero se dan a entender‑la habitación de Andrea, que conserva un piano, cornucopias y un escritorio chino, "parecía la guardilla de un palacio abandonado"‑ y hundidos en la más patética miseria moral, en hiriente contraste con los tipos enriquecidos que poseen automóvil ‑en España, y hacia 1942‑ y dan fiestas de sociedad en los amplios salones de sus casas. Por ingenuos que puedan antojársenos hoy algunos aspectos de la novela, lo cierto es que la censura alerta de 1944 no pudo impedir que Nada transparentara una situación rigurosamente contemporánea y una visión nada halagüeña de la sociedad, y todo ello mientras la novela española se mantenla a duras penas entre et panfleto ocasional y una evasión de la realidad que se materializaba con frecuencia en la producción de narraciones ambientadas en fugares y tiempos lejanos.

Es precisamente este sello de historicidad lo que se echa de menos en gran parte de las obras narrativas aparecidas en los últimos años, y existen razones para sospechar que la irrupción del periodismo libre en la información cotidiana es en buena medida la causa de este desplazamiento. Es sintomático, por ejemplo, el número creciente de periodistas entre los autores de novelas que han visto la luz desde 1975 hasta hoy. Siempre se ha dado este fenómeno ‑y la literatura de nuestro siglo está llena de ejemplos que lo corroboran‑, aunque tal vez podría afirmarse que con otro signo. Hace setenta u ochenta años, muchos escritores publicaban colaboraciones en los periódicos ‑e incluso la primera versión de sus obras‑ o desempeñaban ocasionalmente actividades periodísticas. En nuestros días parece producirse la situación inversa: numerosos periodistas cultivan' con mayor o menor asiduidad, la literatura de ficción. Este hecho se relaciona con otro de naturaleza sociológica pero no ajeno a la literatura: el incremento de la información escrita referida a las novedades editoriales. Las noticias bibliográficas y las reseñas tratan de orientar al lector en medio de una producción inabarcable que obliga inevitablemente a seleccionar. La pugna de muchos autores, agentes literarios y editores por conseguir que sus obras merezcan la atención de los suplementos literarios pertenecientes a periódicos de gran tirada, evidencia que estas recensiones tienen también a menudo un efecto comercial; no sólo avalan o minimizan la calidad del escritor, sino que influyen en la venta de ejemplares. El hecho de que muchos escritores y no pocos críticos sean profesionales del periodismo dificulta en muchos casos la objetividad de la información y conduce a estimaciones que no se corresponden con el valor artístico real de las obras y provoca la desorientación en muchos aficionados y lectores que se ven obligados a establecer jerarquías estéticas entre autores y obras sin conocer directamente más que una pequeña parte del conjunto. La mediación informativa aumenta incesantemente, á medida que los devotos de la lectura pausada y recogida tienen ‑o se procuran‑ menos tiempo para leer, acuciados por tareas y estímulos diferentes. La reseña ‑la "revista" de nuestros abuelos­ se convierte en imprescindible y decisivo elemento mediador. Se ha extendido, así, el tipo de lector cuyos caracteres esbozaba caricaturescamente Unamuno en un clarividente artículo de 1905: "He conocido a un hombre que en su afán por estar al tanto de la producción literaria, en su empeño por vivir literariamente al día, dejó de leer libros para leer revistas de ellos, luego leyó revistas de revistas, y acabó por no leer más que catálogos".

 

El auge del periodismo y su progresivo influjo en la literatura ha repercutido, sobre todo, en la visión cronística de un presente que busca‑como lo haría un reportero‑ narrar "casos" 0 describir ambientes insólitos 0 marginales, tal vez ocultos bajo la apacible capa de las apariencias con que se nos ofrece la vida cotidiana. De todo ello es buena muestra la novela del periodista Ignacio Cerrión galardonada con el premio Nadal de 1995 ‑Cruzar el Danubio‑, articulación levísima y superficial de sucesos de la propia experiencia evocados por un veterano corresponsal mientras aguarda en la habitación de un hotel la llegada de su amante. La Influencia de ciertos modelos narrativos, tales como el cine negro americano o las novelas de Dashiell Hammett y de Raymond Chandler, lleva a la contemplación de un mundo suburbial, que los lectores habituales de novelas suelen desconocer ‑lo que facilita la consideración del texto como reportaje‑, como sucede en Homenaje a Kid Valencia (1989), de Javier Memba, o en las novelas de Francisco Casavella: El triunfo (1990) y Andante mortal (1993~. Una modalidad especial es el relato de intriga, con ejemplos entre los que pueden citarse Destruyan a Anderson (1983), de F. Martínez Báinez, Simbiosis (1994), de Carlos Aguilar, y gran parte de la extensa obra narrativa de Manuel Vázquez Montalbán, con su inverosímil detective Pepe Carvalho. Más cerca de la crónica negra y sin llegar a caer en la trivialidad de la literatura de quiosco se hallan los relatos de Juan Madrid, coronados hasta el momento por Días contados (1993). El inframundo de la droga aparece, aunque un tanto superficialmente, en algunas novelas de Pedro Casals, mientras que Raúl del Pozo ha descendido a los abismos de la ludopatía ‑que ya fueron objeto de páginas excelentes en Muchos años después, de José Antonio Gabriel y Galán‑ en Noche de tahúres (1994). La moda de los relatos de intriga y la buena acogida que el público suele dispensar a este tipo de relatos explica que algunos autores habitualmente muy alejados de esta orientación se hayan aproximado ocasionalmente a esta modalidad. Lo hizo incluso Juan Benet en El aire de un crimen (1980), y lo ha hecho también Antonio Muñoz Molina en El invierno en Lisboa (1987) y en Beltenebros (1989). Dada la enorme importancia que en el mercado editorial tienen las cifras de venta ‑por incongruentes que resulten a menudo las listas de libros "más vendidos"~, es de suponer que el filón del relato de intriga, donde se encuentran más casos de mimetismo exacerbado que en otras modalidades narrativas, continuará siendo explotado durante los próximos años, cada vez más cercano al modelo tosco y superficial de los telefilmes de acción y al cine de serie B que poco a poco se instalan entre las principales actividades que llenan el ocio de millones de personas y van forjando los gustos del futuro consumidor. Claro está que no es esta la única solución posible, y que los ingredientes truculentos y misteriosos pueden compaginarse con la invención de historias originales e imaginativas, como sucede con dos novelas de Arturo Pérez Reverte cuyo éxito de público corrobora que el relato de intriga no se halla forzosamente reñido con la dignidad literaria: La tabla de Flandes ( 1990) y El club Dumas ( 1993). ‑

El recuerdo del cine no es ocioso en esta ocasión. A lo largo del siglo ha ido ocupando el espacio antaño reservado a la narración de historias y desplazando, en consecuencia, a la novela hacia territorios poco explorados antes, o bien difícilmente transferibles a imágenes: el relato psicológico, la novela experimental, la metanarración, las diversas técnicas de contar en que las acciones se trivializan, se adelgazan o desaparecen en beneficio de la contextura lingüística de la obra, que adquiere de este modo una importancia esencial. La llamada "novela lírica", con su carácter marcadamente estático, su renuncia casi total a la acción y su forma a menudo fragmentaria, es también un refugio descubierto en nuestro siglo, y no por casualidad‑ apartado de la "narratividad pura" que el cine parece representar. Una proporción elevada ‑y de calidad no desdeñable‑ de los experimentos novelísticos más innovadores de nuestro siglo, que incluye obras tan diversas como los relatos de Azorín, el Ulysses de Joyce, ciertas novelas de Cortázar o Larva, de Julián Ríos, nacen de la necesidad de encontrar para la novela un espacio propio donde no exista posibilidad de colisión con otro modo de narrar. Pero, inevitablemente, tal apartamiento hace de estos relatos productos minoritarios, aptos sólo para unos pocos lectores, porque 103 gustos de la mayoría van siendo conformados por el cine ‑arte de masas por excelencia de nuestro tiempo, cualquiera que sea su formato‑ y orientados hacia un tipo de narración de ritmo veloz, casi periodístico, y al rechazo de la introspección y del análisis psicológico. Si en los primeros tiempos del cine los modelos literarios gravitaron a veces demasiado sobre las nuevas técnicas expresivas de la imagen en movimiento, hoy parece suceder lo contrario, y no son los dechados literarios los que se proyectan sobre las realizaciones fílmicas y determinan algunos de sus aspectos, sino que muchas novelas tratan de adecuarse al esquema constructivo y al modo de relatar propios del cine.

 

De igual modo que la mirada en torno se resuelve muchas veces en relato de intriga y en crónica negra, la visión retrospectiva de los escritores jóvenes suele dar lugar‑as~ está sucediendo reiteradamente a lo largo de este último decenio a novelas rememorativas de naturaleza personal, referidas casi siempre al mundo de la infancia y de la adolescencia y lindantes a menudo con los modelos de la novela de aprendizaje y del relato lírico. El infierno son los otros ( 1991), de Tomás García Yebra, y Un tiempo del diablo (1994), de Robert Saladrigas, proporcionan perfil español a personajes cuyos modelos lejanos se hallan en Mark Twain, pero con abundantes toques de Musil y de J. D. Salinger. Por su parte, Rafael Chirbes ‑en La buena letra ( 1992)‑ ha intentado apartarse de la estructura habitual de estas narraciones, en las que con frecuencia el punto de vista aJulto suplanta al del sujeto infantil y le añade informaciones y perspectivas inadecuadas.

 Para ello ha construido un relato en segunda persona, donde la voz narrativa no es el niño convertido ya en adulto, sino la madre que le cuenta aquellos años de la primera infancia que él no hubiera podido conservar en la memoria con la misma nitidez. Sin abandonar el esquema narrativo de la evocación homodiegética de una infancia a la que instintivamente se le asigna el valor de un paraiso personal distante y añorado, las novelas escritas por mujeres acentúan el carácter ensimismado de la introspección y la tonalidad lírica del discurso. En este apartado hay ejemplos numerosos, como La otra Sonia (1987), de Sonia García Soubriet, El somier (1990), de Luisa Castro, La gata con alas (1992), de Enriqueta Antolín, El palacio i       varado (1993), de Clara Sánchez ‑donde una madre que contempla a su hija se recuerda a si misma como hija y rehace en fugaces destellos diferentes momentos de la infancia‑, El último verano (1994), de Montserrat Fernández, y El borde de la luz (1994), de Ana Santos. Lo cierto es que la mayoría de estas obras destacan más por su escritura, por la sutileza en la percepción de impresiones y en la sugerencia de estados de ánimo, que por la potencia o la originalidad de sus historias o por la recreación de ambientes determinados. Aportan a la novelistica de estos años una sensibilidad aguda, capaz de resaltar detalles minúsculos o sensaciones imperceptibles y de construir con todo ello bosquejos psicológicos de gran finura. Aunque tardíamente, la novela lírica parece rebrotar con pujanza renovada.

 

Son muy escasas las líneas homogéneas que pueden advertirse en el último decenio. Las agrupaciones que algunos han intentado establecer entre autores diversos, basándose en afinidades fortuitas, desde el común origen geográfico hasta la adscripción a una misma editorial, carecen de toda justificación. Ni siquiera nos lleva lejos la posibilidad de señalar ciertas coincidencias de naturaleza específicamente artística. Tomemos como base, por ejemplo, el hecho de que varios escritores han convertido la literatura‑el proceso de la escritura, la relación entre lo que se cuenta y el discurso mismo que lo contiene‑ en tema central de la obra. Sucede en la Novela de Andrés Choz, de José María Merino (2.a edición revisada, 1986), as~ como en otra suya posterior, El centro del aire (1991); en La Fiammetta (1990), de Javier Figuero; en El tesoro de Fermín Minar (1992), de Dimas Mas; en La escala de los mapas (1993), de Belén Gopegui, entre varios relatos más. Pero ni siquiera esta comunidad temática permite equiparar las obras citadas, ni siquiera agruparlas como si se tratara de productos homogéneos, porque la perspectiva de enfoque y la concepción misma del asunto, así como su integración final en la historia narrada, difieren radicalmente en todos los casos. En conjunto, el panorama está lleno de tentativas dispersas y con frecuencia también dispares, de vacilaciones, de meandros, de tanteos que son a veces retrocesos en pos de una vía ya abandonada. El vagabundeo desorientado e indeciso de los personajes que pueblan las novelas recientes de José Maria Riera de Leyva ‑Lejos de Marrakech (19X9), Aves de paso (1993), Una cerveza en Kenya (1994 ‑podría representar muy bien esa búsqueda errática de una meta brumosa y sin contornos definidos que parece presidir los pasos de muchos autores fugaces, alumbrados por un premio o un éxito protector y momentáneo y perdidos inmediatamente en la trivialidad o en la imitación. Pocos novelistas exhiben una trayectoria clara y coherente que, además, se halle apoyada por un grado aceptable de calidad. En algunos casos, tal vez por insuficiencias en su visión del mundo y por la pobreza de sus recursos narrativos; en otros, por plegarse dócilmente a los vaivenes de modas efímeras, o por acomodarse a las demandas del mercado. El salto de muchos poetas a la narración ‑a menudo con resultados poco brillantes‑ se ha debido en algunos casos a la necesidad de encontrar un horizonte editorial más amplio y un público más variado y numeroso que el muy exiguo de la poesía, servido por unas pocas colecciones con tiradas raquíticas de ejemplares.

 

A falta de grupos con la suficiente cohesión, lo que cuenta son las individualidades poderosas, capaces de señalar o abrir caminos y de crear modelos o de estimular en otros la exploración personal y a fondo de aquellas vías descubiertas. Entre nosotros, el más claro impulsor de esta naturaleza en los años recientes ha sido probablemente el desaparecido Juan Benet, en cuya estela se hallan todavia no pocos narradores surgidos o consolidados en el último decenio. Pero no se advierte en la actualidad la existencia de una figura semejante, y la gula más segura para adivinar los rumbos de la literatura narrativa española en el umbral del próximo milenio es el examen de los escritores que, por su edad y por la calidad y coherencia de la obra publicada hasta el momento, pueden convertirse en abanderados de las corrientes inmediatas.

 

Desde que William Faulkner situó muchos de sus relatos en el imaginario condado de Yoknapatawpha, la creación de un espacio mítico, generalmente rural, que acaba por convertirse en microcosmos representativo de todo un país, ha tentado a diversos escritores. El Macondo de García Márquez, de enorme irradiación posterior, se halla incluido en esta fecunda línea imaginativa. El correlato más evidente de Yoknapatawpha en la novelística española es la zona que Juan Benet bautizó como Región, ámbito inseparable de las parsonalísimas historias urdidas por el desaparecido escritor. Esta posibilidad de crear un escenario inexistente en la realidad que cada lector puede referir, si lo desea, a cualquier lugar reconocible, es tentadora para aquellos escritores que aspiren a configurar un mundo autónomo en el que multiplicar voces, personajes y acciones, e incluso traspasar libremente las barreras del tiempo y eliminar la rígida frontera entre lo verosímil y lo fantástico. cien años de soledad ofrecía un modelo en este sentido, y poseemos excelentes aprovechamientos parciales ‑nada miméticos, además‑ de las posibilidades narrativas que el planteamiento de García Márquez desplegaba; es lo que sucede, por ejemplo, con la trilogía ‑escasamente difundida, por desgracia‑ de Agustín Salgado Calvo titulada Las tierras (1976). En los años recientes, sin embargo, ha surgido una vigorosa y prometedora novela que puede abrir nuevos caminos: La parábola de Carmen la Reina (1992), de Manuel Talens. El autor ha creado el imaginario lugar de Artefa, enclavado en el corazón de las Alpujarras, donde sitúa más de medio centenar de personajes y multitud de peripecias que se desarrollan a lo largo de más de un siglo de vida española. La convivencia armoniosa de historia y fábula, el entrelazamiento de numerosas y variadas historias, el intento de recuperar los módulos tradicionales del relato oral, se compaginan con la integración de textos ajenos, de citas literarias enmascaradas, de homenajes y parodias lingüísticas. Hay en estas páginas una capacidad para retratar tipos y narrar acciones, y también un amor al lenguaje ‑en todos sus registros‑ y una plasticidad expresiva que constituyen algunas de las condiciones óptimas inherentes al novelista de raza. Un libro de relatos posterior, Venganzas (1994) ha confirmado las impresiones despertadas por la novela. Cabe esperar que, con diversas modificaciones, este tipo de narrativa "total" logre un desarrollo mayor. Por el momento contamos con algún indicio de esta posible expansión. En 1993, Fulgencio Argüelles situó en el imaginario y brumoso lugar de Peñafonte su obra Letanías de lluvia, adopción particular del esquema ya descrito, aunque malograda en parte por la escasa funcionalidad del lenguaje, más utilizado ‑se diría‑ con el designio de organizar exhibiciones de pirotecnia verbal que para servir con propiedad y eficacia a la historia narrada. De otra naturaleza es la Mágina creada por Antonio Muñoz Molina, lugar que la critica ha identificado sin vacilación alguna como trasposición de la Ubeda natal del autor. La multiplicación de voces distintas y la mezcla de relatos que parecen desprenderse, como consecuencia natural, de una situación generalizada de oralidad, sostiene también la novela En salvaje compañía (1994), de Manuel Rivas ‑escrita originariamente en gallego y traducida al castellano por el mismo autor‑, aunque aquí se hace menor hincapié en la creación del espacio físico donde transcurren las acciones. LI camino sigue abierto y apenas ha sido hollado, probablemente porque exige condiciones distintas de las que parecen habituales en la novela española de los últimos decenios, donde lo que predominan son las narraciones breves, muchas veces esquemáticas, con pocos personajes ‑y aun estos desvaídos‑ y de ambiente urbano.

 

Hay ciertas vías que se nos antojan también fecundas, aunque tal vez más que por ellas mismas por el talento de quienes las han abierto o las transitan. No es arriesgado esperar todavia mucho de ciertos escritores que han demostrado una especial capacidad narrativa, una intuición no muy frecuente para contar y enhebrar historias que no sean, además, meros pasatiempos, como José Maria Merino, que ha sabido conjugar el que acaso puede considerarse motivo dominante de su obra‑la recuperación de la infancia perdida ­con la abundancia de historias que se mezclan y se surperponen y en las que lo fantástico o lo soñado tiene la misma jerarquia que lo real. El camino desde Novela de Andrés Choz (1976 y 1986) hasta La orilla oscura (1985) y El centro del aire (1991) es, en este sentido, de extremada coherencia. Y aunque la última novela parece sugerir el final de esa búsqueda de un ámbito personal ya remoto, hay otros motivos en la obra narrativa de Merino que podrán en todo caso continuar desarrollándose: los problemas de la creación literaria, la ósmosis entre realidad y ficción, la concepción del relato como un organismo que acaba por absorber e incorporar todo tipo de realidades, incluso el propio acto de escribir, Son algunos de los ingredientes temáticos que ya figuran en las creaciones del autor sin que por ahora se advierta síntoma alguno de agotamiento.

 

También Luis Mateo Diez es un narrador nato, muy afín a la tradición del "filandón" leonés, capaz de ampliar una leve anécdota, de desmembrarla y multiplicarla por proliferación. La vida inane y provinciana de mediados de siglo, contemplada a través de un prisma ligeramente deformante que, sin embargo, se ve atemperado por un humor comprensivo que sin demasiada impropiedad podría calificarse de cervantino, constituye el soporte básico de Las estaciones provinciales (1982) y de La fuente de la edad (1986). En ambos casos ‑y sobre todo en la segunda novela‑ la historia narrada va enriqueciéndose continuamente con la adición de otras que van sumándose a una acción con ciertos flecos esperpénticos donde lo que predomina es precisamente el placer de contar. En Expediente del náufrago (1992), la búsqueda por parte del narrador de testigos que le proporcionen información sobre el desconocido Saelices convierte igualmente la novela en punto de intersección de relatos, perspectivas e historias diversas, que es una de las características esenciales de Luis Mateo Diez. Su extraordinaria facilidad para narrar necesitará, sobre todo, encontrar historias y personajes de mayor calado, con menos facetas pintorescas y con más hondura como seres humanos.

 

Un caso distinto, pero igualmente notable, es el de Antonio Muñoz Molina. Sus dos obras más conocidas ‑El invierno en Lisboa (1987) y Beltenebros (1989)‑ no son acaso las más representativas del mundo personal del autor, patente sobre todo en Beatus ille (1986) y recuperado en El jinete polaco (1991): la reconstrucción de un pasado vivido o aprendido, la restauración de una historia familiar que puede ser paradigma de la historia española. El tiempo de Beatus ille ‑desde la guerra civil hasta 1969‑ se dilata en El jinete polaco, vasto friso de un pasado que incluye las ultimas décadas del siglo XIX. De modo más restringido, el motivo del pasado que explica la actualidad aparece también en El invierno en Lisboa y, sobre todo, en Beltenebros, donde Darman, el ejecutor, ve cómo va repitiéndose una historia que ya vivió muchos años atrás, en el turbio mundo de los activistas politices ilegales. El mayor atractivo de Muñoz Molina ‑y tal vez su instrumento más poderoso‑ es su habilidad para la evocación y la creación de ambientes. Pero el mundo de la crónica familiar parece suficientemente explotado, y las historias cercanas a la novela negra resultan en su pluma demasiado miméticas. Sin embargo, la indudable calidad de su escritura garantiza la continuidad de una obra de la que cabe todavía esperar muchos logros.

 

Un caso sin parangón posible en la novela española de hoy es el de Javier Tomeo: catorce novelas publicadas entre 1967 y 1994 ‑varias de ellas con una segunda versión posterior que las convierte en obras distintas‑ dicen mucho del ritmo de escritura de este autor, mucho más rápido que el de cualquier otro escritor coetáneo. Por otra parte, Tomeo cultiva un tipo de narración que fluctúa entre lo absurdo y lo simbólico, con historias cuyos componentes aislados, como en un cuadro hiperrealista, pueden resultar verosímiles y hasta comunes, pero no así la relación establecida entre ellos. Es básico el motivo recurrente de la soledad, resuelto a menudo en narraciones que son puros soliloquios; incluso los diálogos se filtran muchas veces a través de un personaje, como sucede en El castillo de la carta cifrada (1979) o en Amado monstruo (1985). Pero también hay otros elementos característicos que hacen de las novelas de Tomeo productos inconfundibles: lo inseguro de las informaciones, que lanzan con frecuencia un velo onírico sobre los textos e invitan a interpretarlos en clave alegórica; la presencia ambigua de motivos como el de la madre posesiva, o de recursos como el de los símiles zoológicos; enigmáticos envíos intertextuales entre obras distintas y una serie de constantes únicas configuran una obra personalísima e imaginativa cuya aparente sencillez ha engañado a muchos lectores. El de Tomeo es un camino tan ajeno a todos los demás que sólo puede cultivarlo él. Cualquier otro escritor que intentara fabulaciones semejantes dejarla inmediatamente al descubierto su modelo.

 

En este restringido elenco de nombres esperanzadores debe figurar por derecho propio una de las revelaciones más incontrovertibles de los últimos años: Luis Landero. La aparición en 1989 de Juegos de la edad tardía constituyó una sorpresa inesperada: acogida con elogios por la critica, la obra no tardó en convertirse en un éxito editorial. La historia de Gregorio Ollas, que para satisfacer la curiosidad de un lejano empleado de su misma empresa con quien habla por teléfono va forjándose una biografía fantástica que acaba por determinar su comportamiento y sus acciones, hunde sus raíces más sólidas en la creación cervantina y bosqueja al mismo tiempo un retablo de vidas grises, vulgares y anodinas, que únicamente pueden evadirse de su mediocre existencia cotidiana mediante el recurso a la imaginación y a la aventura soñada. La extraordinaria novedad del planteamiento, la riqueza de su desarrollo y el inesperado final proporcionan a Juegos de la edad tardía los caracteres propios de una obra llamada a ser el punto de referencia inexcusable de toda una década. La novela siguiente de Landero ‑Caballeros de fortuna‑, publicada en 1994, presenta acaso menos relieves originales, pero es igualmente sólida, e incluso carece de algunos escollos discursivos que en la primera obra detenían artificialmente la acción. De nuevo los personajes ‑el hidalgo Belmiro Ventura, Julio Martin, el homicida Esteban Tejedor, entre otros‑ acusan la estrechez de sus vidas, el desajuste entre su naturaleza y el mundo circundante, y prolongan los ingredientes cervantinos ‑sólo que en un marco histórico actual y ahorá ya perfectamente reconocible‑ que circulaban por el interior de Juegos de la edad tardía.

 

El balance que ofrece la novela española de los últimos años, de la que inevitablemente proyecta sus contornos hacia el cercano siglo xx', tiene luces y sombras. Es alentador que haya tantos estimulos para escribir novelas ‑premios, ayudas, editoriales en busca de nombres nuevos‑, porque no cabe duda de que cuanto más se escriba más probabilidades existirán de encontrar obras valiosas. Pero estas mismas circunstancias tienen su nance oscuro: la objetividad e imparcialidad de muchos premios se halla en entredicho, ciertas empresas editoriales operan presididas exclusivamente por criterios mercantiles y muchas ayudas y facilidades otorgadas por instituciones van creando una literatura subvencionada, dócil, nacida con frecuencia de una obligación contractual y no de una auténtica necesidad intima. Y si estos condicionamientos no existen, queda en pie el factor del éxito de ventas, consecuencia que es legítimo tener en cuenta‑porque el libro constituye también un producto comercial‑, pero que no siempre se corresponde con el valor artístico de la obra, sobre todo en una sociedad como la española, donde los indicas de lectura son bajísimos y tienden no sólo a decrecer sino también a reducir su nivel de exigencia, limitado muchas veces al consumo de productos ligeros, superficiales, fungibles, a menudo "prácticos" e inmediatamente desechables. Y ni la enseñanza ni los estímulos ofrecidos para hacer placentero el ocio de los jóvenes conducen a despertar la afición a la lectura. En esta situación, y dado que resulta difícil ‑por no decir imposible‑ calcular con mediana aproximación cuántos son los lectores reales de una obra, la estimación del éxito se basa en el número de compradores. La sustitución de una categoría por otra nos introduce de lleno en el ámbito del mercado, porque ambas cifras no tienen por qué coincidir casi nunca. Muchos libros se compran obedeciendo a consignas o estrategias publicitarias ‑aunque luego no se lean‑, o bien como objetos de regalo en fiestas, cumpleaños, aniversarios, especialmente si han sido lanzados con un bombardeo propagandístico. Nada garantiza que la persona que recibe el libro acabe leyéndolo, pero es seguro su cómputo como ejemplar vendido. Por eso la publicidad es un arma decisiva. Si el libro ha sido premiado, si los editores han conseguido que se hable de él en los medios de difusión, si el autor aparece en algún programa televisivo ‑aunque no tenga nada que ver con la literatura‑, el éxito de ventas puede darse por seguro. En una sociedad cada día más dependiente de los mecanismos publicitarios, la literatura, como la moda, los detergentes o los automóviles, no podría mantenerse al margen. La distorsión que este hecho provoca en la valoración de las obras es incalculable, y hoy pasan por autores importantes algunos cuya desmaña gramatical es equiparable a la de un mediano bachiller, mientras que otros con mayor destreza o interés encuentran dificultades para que los editores les acepten nuevos originales, o se aferran a la solución de los premios, no sólo por la dotación económica que comportan, sino porque casi todos llevan aparejado el compromiso de publicar la obra galardonada. Un ejemplo revelador, entre muchos posibles, es el de la escritora murciana Dolores Soler‑Espiauha, excelente narradora de historias, capaz de llevar a sus páginas motivos que van desde el desarraigo lingüístico del emigrante hasta la abultada e ineficaz burocracia de la Unión Europea, que ha publicado media docena de novelas, todas ellas al amparo de otros tantos premios.

 

La búsqueda a cualquier precio del lector conduce ‑con las naturales aunque raras excepciones‑ a rehuir historias o técnicas narrativas que se presumen de difícil aceptación. Esto explica el rápido declive de las corrientes experimentales, que nunca fueron caudalosas, ciertamente, pero que produjeron interesantes muestras narrativas. Los más tenaces cultivadores de estas tendencias han evolucionado hacia modelos narrativos de corte tradicional, que sirven de vehículos, por lo común, a historias de un marcado intimismo. Compárese, por ejemplo, el camino de Juan Cruz Ruiz desde Crónica de la nada hecha peduzas (1972) hasta En la azotea (1989). O el caso, más significativo aún, de Mariano Antolin Rato, cuya carrera literaria comienza en 1973 con la audaz novela Cuando 900 mil mach. aprox. ‑premio de la Nueva Crítica por aquel entonces‑ y se cierra de momento con Botas de cuero español (1995), narración en primera persona en la que Rafael Lobo, sumido en una situación de desconcierto, evoca reflexivamente su vida pasada. Otras tentativas de corte experimental y vanguardista, como Más la ciudad sin ti... (1986), de Javier Mina, parecen de muy problemática continuación.

 

Casi es necesario excusarse por caer en la perogrullada de afirmar que la novela española de los próximos años depende de la calidad de los autores que vayan surgiendo o se consoliden. Ahora bien: la aseveración no es suficiente por si misma, porque, con las actuales formas de vida, las mediaciones entre obra y autor ‑publicidad, noticias, reseñas, etc.‑ son tan decisivas que podrían eclipsar el talento o impedirle manifestarse adecuadamente. Pero, además, los criterios de la mercadotecnia seguirán favoreciendo la difusión de obras ajustadas al gusto mayoritario, y éste se inclina hacia modelos cada vez más elementales. Sólo podría contrarrestarse esta indomeñable tendencia con una formación de lectores que comenzase, como debe ser, en la infancia y en la adolescencia. Pero esta tarea es ya indisociable de la concepción global de la enseñanza, y no es dudoso que los últimos experimentos en este terreno facilitan muy poco la afición a la lectura. Es preciso ir acostumbrándose a que el número de lectores reales de literatura disminuya poco a poco hasta llegar a cierto nivel de estabilidad que convertirá definitivamente la lectura desinteresada en una actividad minoritaria, en una diversión del mismo rango aunque con menos aficionados‑ que el cine, el baile o las excursiones en bicicleta. Salvo que se produzca un giro radical en las directrices de la educación y desaparezca el temor a crear seres humanos cultos, racionales y sensibles, aun a sabiendas de que, a la postre, resultan más difíciles de contentar con engaños que las masas robotizadas e inermes en cuyo horizonte mental la letra escrita ocupa el lugar de un adorno extravagante.  

Ricardo Senabre

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