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El escritorio de Manuel Talens                                                                                          

  TEXTOS ENSAYÍSTICOS

Conferencia pronunciada en el Palacio de la Madraza, Universidad de Granada, el 8 de marzo de 2000

 

La narrativa de Manuel Talens

por JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS

 

Puesto que la Literatura de hoy vive inmersa, como no puede ser de otro modo, en los códigos semióticos de hoy, podemos aislar fácilmente un rasgo peculiar de la novela española actual que denominamos: “Predominio de la privacidad”. Tiene relación con algunos de los parámetros en que se debate el mundo que hemos convenido en llamar posmoderno. La literatura fin de siglo tiene al individuo urbano como protagonista, fuera de toda gesta, en su ambiente cercano y cotidiano J. C. Carlos Mainer ha hablado de una re-privatización  de la literatura, en lo que tiene de creación de mundos imaginarios personales, y en lo que tiene de planteamiento de disfrute personal de autores y lectores. A la proliferación de diarios íntimos, memorias personales, dietarios de poetas, novelistas, autobiografías verdaderas o recreadas o fingidas hay que añadir un cierto sesgo existencial-vitalista de la narrativa misma que viene sufriendo un proceso de lirismo en el planteamiento egocentrista del propio material narrativo, en la llamada por Linda Hutcheon “novela narcisista” y por Gonzalo Sobejano “novela ensimismada” (J. C. Mainer, cit, pag.68-69).

 Una literatura de lo privado, de lo íntimo. La lírica y la novela caminan aquí unidas porque los nuevos poetas también han resucitado un romanticismo ensoñador de la anécdota biográfica o de la experiencia vital, en la que el artificio parece querer disimularse y diluirse en un hedonismo placentero. Dice F. Rico: “Donde más a gusto se mueven los nuevos autores, en efecto, es en ese dominio en que el individuo, en entornos familiares, en especial de la ciudad, es sólo él mismo y está solo consigo mismo, por determinantes que sean las circunstancias externas...ese dominio en que los datos y los factores objetivos se hacen incertidumbres, problemas, sentimientos, obsesiones, fantasías estrictamente personales y el mundo consiste en la huella que las cosas dejan en el espíritu” (F.Rico,1991:90).

Por ello resultó tan refrescante y novedosa la aparición en 1992 de la primera novela de Manuel Talens, La parábola de Carmen la Reina, que la crítica saludó inmediatamente con alborozo. Ricardo Senabre, Santos Sanz Villanueva hablaron muy pronto del hallazgo de un estilo diferente al común de los narradores españoles actuales. Yo mismo la califiqué como una de las mejores novelas publicadas en España en muchos años, lo que estoy en condiciones de seguir proclamando públicamente. Pero destaco que al margen de sus valores intrínsecos, a los que en seguida aludiré, esa calificación tiene que ver con un cambio de rumbo en el sesgo mismo de lo que en España estaban haciendo nuestros novelistas. En La parábola el lector de repente se enfrenta a una gran novela “coral”, con decenas de personajes, en un ambiente histórico concreto (el siglo XIX, Granada y un pueblo de las Alpujarras, llamado Artefa, que un mapa inicial de época sitúa cerca de Trevélez). Nada de individuos ensimismados, sino un gran friso histórico, narrado con el aliento y la fuerza de nuestros mejores narradores tradicionales, recuperando la estirpe galdosiana en cuanto el de Artefa puede ser calificado “un nuevo episodio Nacional” y la estirpe cervantina, en cuanto la perspectivización narrativa, y el propio planteamiento del límite difuso de la historia y de la ficción. El lector se encuentra con tres ante-textos que lo sitúan en este nuevo escenario: una cita de Carlos Fuentes, tomada de su ensayo Cervantes o la crítica de la lectura nos recuerda que “El arte rescata la verdad de manos de las mentiras de la historia”, las dos dedicatorias del libro también son elocuentes, pues una agradece a Carmen los “cuentos maravillosos” que le contaba  y la otra recuerda en la persona de Manuel Hidalgo, Savoret, a los  “durrutis anónimos”, anarquistas perdedores  que han entregado su vida creyendo que la libertad era posible.

Todavía tenemos que valorar otro antetexto: el cuadro genealógico de los personajes que se sitúa al comienzo, abigarrado cuadro que se parece al de Cien años de soledad, y que ayuda al lector a no perderse en el enmarañado conjunto de nombres de los personajes, hecho un tejido familiar que recorrerá la historia de Artefa entre 1800 y 1910. Precisamente a los nombres de Cervantes y de  Galdós tenemos que sumar el de García Márquez, pues de manera consciente Artefa es como Macondo un territorio ficcional, que sirve como metáfora de la suerte corrida por una estirpe en su lucha por la libertad. Los cien años de Soledad de Macondo son ahora los cien años de lucha de los pobladores de Artefa contra el Poder. Porque la Parábola es un friso histórico, pero también es un exemplo, una Parábola, que toma del lenguaje bíblico la significación metafórica de ‘cuento con enseñanza’: en este caso de cómo los antecesores de Carmen la Reina han precipitado la Historia de un gran fracaso, pero también de un modelo, semejante al fracaso bíblico que cuentan los Evangelios. Y no crea mi auditorio que el trazado de una analogía de  La Parábola con la Biblia es una construcción artificial o es hija de la interpretación: al contrario, pertenece al texto mismo, pues uno de los ingredientes fundamentales de su mundo textual es la comunicación intertextual constante con la Biblia, como veremos más adelante.

A la altura del capitulillo número 169 de los 170 de que consta esta novela, ha narrado ya todo cuanto quería contar de la historia familiar y social de Artefa. Se encamina a su conclusión y entonces leemos, a modo de recapitulación:

 

“[Poncio Almodóvar] se encaró la escopeta y apuntó al ojo izquierdo del doctor Lucas Toledano y dejó resbalar su dedo índice sobre el gatillo; falló de nuevo: el disparo entró tres dedos más abajo, destrozando la mejilla y haciendo volar por los aires la fosa orbitaria repleta con el globo ocular; el reloj de péndulo empezó a dar las nueve de la mañana, y el techo de la casa se rasgó en dos partes de alto abajo, y la tierra tembló, y se rajaron las piedras, y desde la alfajía, en donde estaba pegado, el ojo del médico anarquista tuvo tiempo de ver que el firmamento se iluminaba, y a la derecha, allá, en el fondo de las Alpujarras, creyó percibir las miserias del género humano: las barbaries, las revoluciones truncadas, las infamias y el sufrimiento: allí estaba Jesucristo en la cruz, muriendo en balde para salvar a los hombres, y el emperador Constantino, comprando la complicidad de la Iglesia católica, apostólica y romana, y el moro Boabdil, !sangre de mis venas!, que suspiraba al renunciar a su reino nazarí, y nuestros tatarabuelos los judíos sefarditas, llorando amargamente hacia el destierro por los caminos de Andalucía y Cristóbal Colón, con todos los ladrones que se embarcaban a América, sedientos de oro y poder, y los comuneros castellanos, derrotados en el campo de Villalar...” (Págs 370-371 de la edición de editorial Tusquets, 1999, por donde citaré)

La enumeración continúa, acrecentando a cada paso, conforme el lector avanza el dramatismo de esta Fábula de perdedores y de ganadores en la vieja Historia de España repetida tantas veces, y con el anuncio de otras por venir. Pero nos basta el texto citado, porque contiene las claves de toda la novela. Esta muerte de Lucas Toledano, el médico anarquista, compañero de Carmen la Reina, que acaba de morir igualmente unas líneas más arriba, es un sacrificio, y es una visión metafórica de cuantos sacrificios han precedido a éste, en la eterna lucha del hombre por una libertad sojuzgada. Para el clímax narrativo y para lo que Frank Kermode llamó El sentido del final es fundamental que la novela acabe en este personaje y su visión, puesto que ha sido  la llegada de Lucas Toledano a Artefa la que le ha dado comienzo, trescientas setenta páginas atrás.

 En el capitulillo 1 el narrador comienza así la historia:

“ y paso a narrarte de mi puño y letra que dicen que han dicho que decían que habían oído decir que alguien dijo que le dijeron que Poncio Almodóvar se encaró la escopeta y apuntó al ojo izquierdo del doctor Lucas Toledano y que al apretar el gatillo quiso asegurarse de no fallar por segunda vez en su vida...” (pág. 16).

 

 Los discursos atributivos de narrador como los del cuento remiten a una oralidad legendaria, pero la novela se abre y se cierra con esa escena, a la que sigue en el comienzo el cortejo que Poncio Almodóvar hizo de Carmen la Reina, como al final a la escena de apretar el gatillo ha precedido la propia muerte de Carmen a sus manos. De ese modo La Parábola... cumple su ciclo de estructura narrativa especular, en que los sucesos se miran como un destino, y el final está dicho desde el comienzo, porque no de otro modo ocurre en la Historia de la Humanidad de la que La Parábola es eso, una parábola: la historia de la libertad segada con un hilo de sangre y muerte a manos del cacique. Poncio Almodóvar es el vástago último de la estirpe de los Almodóvar, dueños feudales de Artefa. Lucas Toledano es vástago último de los judíos sefarditas, primeros en sentir el azote del poder absoluto en los tiempos de los Reyes Católicos ( a quienes Dios tenga en las calderas de Pero Botero como dice Toledano en pagina 41  ) y en nombre de una Religión han expulsado a los antepasados, y por último Carmen la Reina es descendiente por línea materna de María de los Desamparados Montoya, vástago pues del pueblo gitano trashumante, víctima racial de paralelas condenas.

No  es casual, entonces, que en el texto que he leído como recapitulación última de la novela se hagan menciones a Boabdil, el nazarí expulsado por los Reyes Católicos, puesto que en página 41 se había dicho que Boabdil, antes de partir para Africa se instaló en Artefa, de modo que el enjambre de desheredados que lo pueblan bien pudieran ser descendientes, suyos, y si no lo son biológicos lo son en las esfera de su significación.

 De ese modo la novela de Manuel Talens proyecta una estructura simbólica en la que los episodios familiares y sus conflictos cotidianos de amores y desamores (primer nivel semántico y de estructura funcional) remiten directamente a los conflictos sociales de Artefa (segundo nivel), y éstos son una sinécdoque simbólica de los que han ocurrido en la Historia de España desde los Reyes Católicos (tercer nivel) y por último, como recuerda también el texto que he leído y se haya diseminado a lo largo de la novela, estos tres niveles de la estructura de acciones y pasiones remiten a un nivel simbólico más amplio que ejecuta el destino de las miserias del género humano, de las barbaries y maldades que el Poder ha ido generando. Hay pues cuatro ejes estratificados de la jerarquía simbólica en esta novela, siendo el último, el más general, el que permite concebirla como una fábula bíblica, es decir como la continuación misma de la Biblia. No en vano las primeras palabras de la novela son una carta a un destinatario llamado Teófilo, y las últimas una cita del Apocalipsis.

 La Parábola tiene en efecto a la Biblia como intertexto, en el que entra y del que sale con diferentes intenciones y registros estilísticos, que paso a analizar, porque lo más visible para un lector contemporáneo es precisamente el hecho de que el fenómeno religioso, en sus diferentes usos y contextos es el eje dominante de la novela, que gira singularmente alrededor de la Religión concebida como mensaje y concebida como prostitución del mensaje. La Biblia,  el mensaje de Jesús de Nazaret y la Religión o la administración de ese mensaje, se sitúan aquí en sus antípodas respectivas. Y ello se da ya en la estructura más epidérmica de la novela, es decir en las relaciones de los personajes y en las funciones que los sistemas de personajes desarrollan en el conjunto. En ese sistema el clero, la Iglesia ocupa un lugar central. Primeramente por el procedimiento de contar, al comienzo de la novela como la familia de judíos tienen que disimular sus creencias y disfrazar sus propios ritos. Hay un juego humorístico, desarrollado a lo largo de los capitulillos en que la familia Toledano ejecuta una especie de versiones “al revés” de los ritos cristianos, adaptándolos a sus propios ritos. Posteriormente es el cura el personaje primero con que Lucas Toledano tropieza en Artefa y es la alianza con el Poder del cura Celso Enríquez primero, que es un ideólogo y de su sucesor don Ramón Martínez después (que es un pobre hombre sanchopancesco) con esa nueva Mama Grande que es Petra Almodóvar la plebeya elevada al rango de Duquesa de Artefa, la que pervive como único núcleo duro del sistema de poder en el pueblo.

Un análisis somero del sistema de relaciones entre los personajes sitúa dos mundos: el de los Almodóvar y el resto de la gente, es decir un sistema de relaciones que reproduce el esquema feudal, la familia que detenta el feudo de Artefa (cuyo poder está concentrado en la bárbara y descomunal figura de Petra) y el resto de las familias, que están en su oposición, que son el pueblo que paga diezmos y tributos de ancestrales y difíciles de precisar orígenes medievales. Como ejemplo de un sistema de poderes feudal, no hay burguesía o mejor la burguesía ilustrada que suponen los Toledano (el médico primero y el maestro después) apenas intervienen o salen de su condición de testigos.  Esa es la explicación de que Lucas Toledano, que tanta importancia tendrá en el comienzo de la novela, desaparece de ella en su desarrollo y sólo reaparece al final, precisamente para marcarse de este modo el carácter feudal del universo de acciones y conflictos de los personajes que están distribuidos en dos núcleos: los Almodóvar / resto de personajes, es decir las diferentes familias de siervos. Entre los dos núcleos está solamente el clero, los dos curas que se suceden a o largo de la Historia de Artefa, y que funcionan como aliados e ideólogos, beneficiarios también del sistema de poder. Entendemos así que el texto que he leído al comienzo de esta conferencia, luego de empezar con Cristo como primera víctima se aluda a la alianza de Constantino con la Iglesia Católica, apostólica y romana.

 Cristo sacrificado. A medida que la novela avanza, pero sobre todo en su última parte, vemos que la asimilación analógica de sus estructura simbólica con la Historia Bíblica es algo más que un juego de detalles salpicados aquí y allá. Porque Carmen la Reina adopta la figuración final de un Cristo redivivo y los nombres de los personajes alcanzan entonces a tener una significación retroactiva en la mente del lector: se nos cuenta que Carmen la Reina es hija de María (Espinosa) y de José (Botines), que será por cierto carpintero, el que sirve de intermediario para anunciar sus amores se llama Gabriel (Porra), la secuencia 79 es toda ella una Anunciación, lo mismo que la secuencia 88 será la visita que la recién nacida harán los tres ancianos Rubén Toledano, Domiciano Arteaga y Juan de Espera en Dios Montoya que le traen presentes a la recién nacida, que habrá de morir a los treinta y tres años (p.226) a manos de alguien llamado Poncio (Almodóvar). Patriarcas con nombre de profetas, escenas concretas de la Biblia reproducidas de otro modo, para significar simbólicamente que la Historia se repite, que la anarquista Carmen la Reina habría de tener la misma suerte de Cristo, a manos de un poder político aliado con el religioso.

Pero fuera del esquema funcional de las acciones, hay una constante intertextualidad con la Biblia en el lenguaje, en las escenas mismas. Muchas de las veces en significado de homenaje, como ocurre en el encuentro amoroso de los abuelos de Carmen la Reina, Moisés Botines y Angustias Palazón, que se cuenta del siguiente modo:

 

“ La Reina buscó bajo el colchón la piedra que él le había regalado, se la enseñó sonriendo y la volvió a esconder, y más tarde lo oyó murmurar que sobre esta piedra edificaré mi amor y el poder de los ricos y poderosos no prevalecerá contra él, y Moisés Botines se prendió de su vid y sus pechos fueron como racimos de uvas y la fragancia de sus pezones como manzanos en flor, y le rozó los labios con dulzura y se perdieron en un laberinto de caricias, iniciando de nuevo las pasiones que la guerra había interrumpido; ella comulgó su carne y él se quemó los labios husmeando el sagrario, y sólo alteraron el rumbo cuando vino a ella y ella a él, y saciaron su hambre, y calmaron su sed, y alcanzaron la vida eterna del amor” (p. 169)

 

Manuel Talens trae el lenguaje bíblico que nutre buena parte de sus imágenes narrativas para subrayar el nuevo dominio o re-apropiación  de una “tradición robada”, puesto que sus valores, sus símbolos, sus referencias han sido desposeídas de los humildes y han pasado a tener una función ritual, muerta, en la esfera de la representación oficial que el clero católico ha hecho de esa tradición. Por eso mismo otro de los elementos estilísticamente más relevantes de esta novela es la Intertextualidad Paródica religiosa por mimetización irreverente de los símbolos sagrados, hasta llegar a ser la blasfemia un leit motiv de toda la obra. Unas veces la parodia viene por la inversión del sentido de escenas bíblicas: en pág. 284 asistimos a la triple negación que Simón Curiel hace a las preguntas de Doña Petra sobre su fidelidad, o en página 235 hay un parodia de la resurrección de un Lázaro Almodóvar a quien Jesús Cordero insta a levantarse y andar, postrado como se haya por una borrachera. En otro lugar la parodia adquiere tonos de astracanada como la versión a lo divino que se hace del mito del coño de la Bernarda, una santera famosa en las Alpujarras a quien un incrédulo Tomás el Bocazas hace la prueba que ustedes pueden imaginarse para afianzar su  identidad (p. 139-140). La violencia irreverente de algunas de estas imágenes o parodias es mucha, el cuesco que Ezequiel Botines se tira en el momento del Ofertorio (p. 50), las hostias que funcionan como matarratas (p. 36) o bien el chiste de haber muerto en olor de santidad a quien se ha vaciado en ventosidades (106), o la escena de la masturbación del cura que se vierte en el lenguaje del éxtasis místico (p. 46).

La función de estas parodias constantes de los ritos sagrados, la blasfemia o la irreverencia que acompañan el discurso narrativo, que no deja nada en pie, nada que provenga del ritual católico, creo que es la de desautomatizar este ritual por la vía de denunciar su falsedad intrínseca como mecanismos coadyuvantes del poder y del sometimiento de la población, toda vez que hay una coincidencia paralela de escenas que podríamos llamar positivas en que la imaginería bíblica ha servido, como vimos antes, para representar el amor verdadero, la solidaridad o el sacrificio por los demás.

El plano de la Biblia, que gravita como intrahistoria simbólica, discurre paralelo a otro plano que organiza también la estructura funcional de La Parábola, según anuncié antes: me refiero al plano de la Historia de España como discurso concreto, que se allega para ir marcando los sucesivos goznes o cambios de rumbo de la suerte de los personajes. El  primer punto de arranque conflictivo es la Guerra de la Independencia, que va a generar una especie de Homenaje implícito a Galdós, (pues se puede concebir  la historia de Moisés Botines como la de un Gabriel Araceli), pero también es el dispositivo que hace arrancar la primera de las rebeliones del pueblo contra la oligarquía, por el pasajero vacío de poder que se produce con las Juntas vecinales. La insurrección de la familia Porra (p.148) es pronto aplastada, muy cruelmente, y también ejemplarmente vengada en un episodio excelentemente conseguido como es el de la muerte del capitán Pedro de Alvarado a manos de Moisés Botines, que motiva asimismo una parodia del modelo militar por las condecoraciones a que el equívoco da lugar (p. 153). Desde aquí, en el filo inicial del siglo XIX hasta 1910 en el capitulillo antefinal, y anunciada la revolución de Octubre en el que cierra el libro, hay más de un siglo en que los vaivenes políticos de la España del XIX van ejerciendo su presión sobre Artefa, en un rosario ininterrumpido de traiciones a las esperanzas populares, que desemboca en la muerte conclusiva del anarquismo representado en Carmen la Reina y Lucas Toledano.

 La Parábola de Carmen la Reina nunca abandona esta especie de transunto de historia política española, con referencias a Prim, a Espartero, a Cánovas, a la Primera república o a la Restauración borbónica. En la estructura de acciones el discurso político no fluye paralelo sino que se imbrica totalmente con la suerte de los personajes, cuya historia de amores y desamores, de odios y de represiones, va teniendo lugar simultánea y en ecos sobrevenidos a los desastres políticos que jalonan la lucha del siglo por poner patas arriba el sistema feudal, según se dice en pág. 49, que iban a hacer las Cortes de Cádiz.

Comoquiera que el carácter simbólico de la novela promueve constantes cruces o analogías entre la historia bíblica y la historia de la Humanidad por un lado y la Historia familiar y social de Artefa con la Historia de España por otro, no quisiera dejar de señalar un fenómeno de Intertextualidad del que Manuel Talens se ha servido para mostrar indirectamente la pervivencia de idénticas luchas en la continuación de esa historia hasta llegar al presente del lector. Aparece el grito, en boca de un general, “Abajo la inteligencia, viva la Muerte” (p.158), aparecen loas de los oligarcas a los veinticinco años de paz (p.154), aparece un prelado eslavo del norte de Europa que viaja en carromato y es especialista en pecados contra el sexto mandamiento (p. 125), de una muerte “al principio se creyó que el culpable era Leopoldo Sotelo un constructor de ataúdes calvo y con cara de pésame (p.29), aparece Picasso como admirador de Carmen la Reina (p.363). Los muchos guiños al lector de estos anacronismos le traen a la idea de continuidad de los esquemas actanciales y funcionales hasta el presente de su lectura, y por tanto una complicidad con la tesis que el libro sostiene.

Sin salirnos de la intertextualidad quedaría mucho por comentar en esta novela, y lamentablemente no tengo tiempo de realizar por extenso el comentario de algo que la nutre por entero: los homenajes a la literatura, que actúa como discurso de contrapoder, como reverso catártico de la lucha que se libra en ella. No hay página de La Parábola que no contenga una comunicación de lector a lector: unas veces por el deslizamiento de frases concretas tomadas de grandes obras literarias, puesto que  un campanario está repleto de oscuras golondrinas que han vuelto otra vez (p. 17), si no escoges un enamorado rico “ vas a vivir sin vivir en ti” (p. 177),  la muerte viene “tan callando”, o con el beso del cura Teresa Bustamante “había  sentir sobre la piel el vientre viscoso y frío de un sapo” (p. 94). Varias veces aparece el motivo del segundo libro de la Poética de Aristóteles, que contenía veneno en sus páginas, y que el Inquisidor transporta a Artefa y no deja de aparecer en esta glosa un tal Umberto Risonanti especialista en santo Tomás de Aquino, autor de un tratado de signos (pp. 122 y ss). Junto a este entramado constante de complicidades de lector encontramos motivos clave de estirpe literaria, pues el desengaño final del cura don Ramón Martínez le lleva a una quema de libros piadosos (p.356), escena que ha encontrado su antípoda en el descubrimiento que Mateo Botines hace en pág. 216 de la gran literatura en la que va a formar su imaginario: Homero, Apuleyo, el Abencerraje,  Gargantúa y Pantagruel, el Libro de Buen Amor, el Quijote, el Tristram Shandy y todas las obras cumbre de la picaresca. No resulta difícil adivinar que la deuda literaria de Mateo Botines coincide con los modelos que han impregnado hasta el tuétano el estilo literario de Manuel Talens.

Porque La Parábola es ella misma un homenaje a la Literatura. Lo es en sus contenidos liberadores, pero lo es sobre todo en el propio estilo, en el que Talens ha imaginado la creación como una catarsis asimismo liberadora frente al poder. Sería difícil para un lector no retener los muchos pasajes de esta novela en que el abanico de pícaros, putas, buscavidas, buhoneros, echadores de cartas, alcahuetas, brujas, borrachos, cagaleros, descreídos, portadores de amuletos, no sea visto como un gran retablo de figuras, retablo que contiene toda la fuerza de su realidad imponente, concebido como un sobrepasamiento de todo molde, de toda cortapisa que el poder pueda o quiera imponer a una realidad vital y hedonista que lo sobrepasa. Aparecen también, claro está, los atavismos supersticiosos, los mil y un recursos de la hipocresía, aparece la descarnada realidad del sexo imparable, en que las vergas descomunales se celebran con alborozo y encuentran siempre un surco adecuado en el espacio de los miserables, pero no en el reprimido del cura, que vive los episodios de su pasión con la condena al estéril onanismo.

La Parábola no sería la novela que es sin esta desmesura de lo vital, sin esta proclamación liberadora de los instintos que se desatan para venir a ser sentimientos en quienes los aceptan y pecados en quienes superponen a su sexualidad la textualidad religiosa. Hay por tanto en la opción estilística de Talens, en su elección de la desmesura, una ética que propone el desbordamiento vital como autenticidad generosa de quienes saben que su única libertad sobre la tierra es el amor, o el deseo, o la compañía solidaria del desprendimiento de lo propio. Y ello sin complejos, con la irreverente alegría de quien ha concebido la literatura como espacio de liberación propia.

Comenzaré mi comentario de Hijas de Eva, la segunda novela de Manuel Talens, advirtiendo, contra lo que cabía esperar que dijera; que siendo mucho el goce que me proporcionó la lectura de la Parábola, que fue deslumbrante para mí, no lo ha sido hasta el punto de no hacerme ver que Hijas de Eva es una novela más madura, más serena, mejor diseñada y creo que con mayores posibilidades de perdurabilidad estética que la anterior. No es el territorio de las comparaciones un buen espacio para el arte de la valoración, ni para el acto crítico, pero es inevitable hacerlo cuando la primera novela ha sido excelente, y es condición obligada una vez se suele sojuzgar en el juicio común la segunda en beneficio de la primera. Por eso quiero contravenir tal costumbre. Hijas de Eva, publicada en 1997, se plantea como primera parte de una historia que tendrá una continuidad posterior, pues la historia valenciana, se ve proyectada hacia un futuro granadino. Aunque el hecho de que la historia de estas dos primas hermanas, Fausta y Rosilda, arranque en 1917 y camine hacia el presente, deteniéndose en los años previos a la Segunda República, pudiera hacernos pensar en una continuación del proyecto narrativo de La Parábola,  de inmediato percibimos que no es así: con Hijas de Eva ha nacido un proyecto narrativo autónomo, que se inscribe en otro subgénero. La novela coral de estructura simbólica que era La Parábola, que contenía en su diseño una dimensión de saga, cede el paso a una novela construida sobre   otros moldes de tradición literaria: singularmente el picaresco y la Bildunsgroman o novela de aprendizaje.

La primera evidencia es que Talens vuelve a situar la literatura previa, la de sus fuentes de inspiración, como un venero que no sólo no se oculta, sino que contiene implícito su homenaje. Hijas de Eva  no habría sido posible sin la picaresca y sin Cervantes, pero tampoco sin el Baroja de La lucha por la vida. Y de la picaresca mucho más el Guzmán de Alfarache que el Lazarillo, como se verá después.

 Al señalar estas procedencias, esta genealogía de su pluma, no estoy diciendo que sea una novela posmoderna, pues la intertextualidad literaria tiene en Talens una función diferente a una textualidad de “segundo grado”, nacida como parodia, como remedo o pastiche, actitudes muy comunes de la novela contemporánea. No. Al igual que ocurre con las novelas de Luis Landero, que también refiere su literatura a las fuentes de que se nutre, su intervención narrativa ha interiorizado tanto estos modelos que el estilo, en el caso de Talens tan cervatino y tan barojiano, se percibe nuevo, refrescante, como si el lector tuviera ante sí una literatura de su tiempo. La primera característica que califica Hijas de Eva como obra madura es que el tránsito de la literatura anterior a la propia, el deslizamiento desde los modelos a su nueva ejecución se realiza con facilidad, con naturalidad, precisamente por haberse interiorizado aquéllos. Talens escribe como el autor del Estebanillo González porque le sale escribir así, no porque esté ejecutando con ello un remedo o un aprendizaje.

Hijas de Eva cuenta la historia de dos muchachas, Fausta y Rosilda, dos primas hermanas que el azar de la vida había separado y vuelve a juntar casualmente en un convento, para vivir a partir de ahí una historia compartida de ilusiones, desgracias y desvelos. Es la historia de una familia, pero sobre todo es la historia de una educación, de un aprendizaje de la vida en dos mujeres. La estructura externa es la del tránsito desde la desdicha a la felicidad, desde el infortunio a la fortuna, a través de una bien trabada sarta de episodios, que por su estructura reproducen los de las novelas de aprendizaje y singularmente las que conocemos como picarescas. También coincide con ese modelo el trazado de una estructura que va desde la infancia y la pubertad a la juventud, y la pérdida de la inocencia en tal tránsito, hasta percibir ambas que todo lo que la vida les puede dar han de conseguirlo ellas, espabilando.

La novedad incorporada por Manuel Talens a esta estructura sintáctica, externa, matriz, de novela de aprendizaje tiene que ver con la superposición de una estructura interna que modifica su nivel semántico: a la tradición picaresca añade Talens la perspectiva feminista, pues tanto la temática, el sistema de referencias, su desasistimiento, como los valores que la impregnan, están proclamando la difícil vida de la mujer en la Historia. Si Fausta y Rosilda hubieran sido dos muchachos, la novela vería modificado todo su sentido, se habría pegado más a la tradición picaresca común, y carecería de la fuerza que le proporciona su opción por la mujer.

Porque la novela está planteada desde la difícil situación a la que están condenadas dos chicas de origen humilde en un pueblo del interior, Poliñá del Júcar, que se resisten, como declaran repetidas veces, a cumplir las tres únicas salidas que a una mujer pobre le cumplía tener en la sociedad de la época, principios de siglo XX: casarse, servir como criadas o ejercer la prostitución. Ya en el antetexto, una extensa cita del Génesis que reproduce el famoso texto referido a la condena que a la mujer se le hace (parirás tus hijos con dolor etc.), está planteado el núcleo temático central de esta novela: es por tanto la novela de la mujer, o de cómo dos mujeres luchan por modificar el destino de su estirpe, sellado ese destino por su primitiva condena a ser dependientes.

Pero, con ser esta estructura interna tan poderosa, no es Hijas de Eva una “novela de tesis”, en el sentido como hemos conocido en su funcionamiento del siglo XIX, porque Talens subordina la tesis a la narrativa: cuando en esta novela se dice lo dicen los personajes o se deduce de la historia, quedando el narrador en un plano puramente narrativo. En esta novela lo narrativo predomina sobre lo declarativo, pues la focalización ideológica parte de las consecuencias que los propios personajes extraen de lo que les acontece. Las reflexiones nacen en los diálogos entre las dos primas, o con la monja que les ayuda en el convento, o cuando refieren su historia a otros.

En la estructura semántica de esta novela es muy importante esta focalización interna de los personajes, porque es la que permite una diferencia entre Fausta y Rosilda: la primera está mucho más avezada en las lides, es fuerte, cauta y reflexiva,, mientras que Rosilda tiende al romanticismo y es se muestra débil por su ingenuidad y confianza. La doble naturaleza psicológica de las dos primas resulta, en la ordenación semántica de la novela, todo un acierto porque la dialéctica no se da sólo entre ellas dos con respecto al mundo exterior, sino que hay una dialogización interna de los conflictos: los diálogos habidos entre las primas enfrenta dos miradas, dos valoraciones de lo que les ocurre. De esa manera lo que una sabe lo enseña a la otra, en una muy cuidada estructura barroca del conflicto ser-parecer. Fausta, que nace antes al desengaño, muestra a Rosilda que las cosas son de un modo distinto a como aparecen a primera vista, las cosas, y sobre todo las personas y sus intenciones. De esta forma la urdimbre picaresca de Hijas de Eva combina perfectamente las dos estirpes de esta tradición, predominando finalmente la que entronca con la estructura de desengaño que representa el modelo de Guzmán de Alfarache.

 Si la ordenación semántica interna es dual, es decir nace de esta dialogización constante que favorece la estructura del conflicto ser-parecer  la ordenación estructural del plano de la historia, es decir el cañamazo argumental de la novela, adopta una estructura triádica. Se organiza en tres partes bien diferenciadas. La primera, bajo el título de “El pecado original”  narra la infancia de las dos primas, con las circunstancias que acompañan su nacimiento y trágicas vicisitudes familiares. Las historias infantiles de las dos primas fluyen paralelas y se van urdiendo con apariciones fugaces, pero llenas de gracia de decenas de personajes del pueblo, entre los que destaca  otra vez la figura de un médico, don Paco, descreído intelectual, anarquista, lector de Baroja, e imponente ateo, casi tan ateo, según le espeta en un sabroso diálogo como don Atanasio Mulet, el cura de la aldea. El diálogo de ambos, el directo que se reproduce en diferentes encuentros y el indirecto, en cuanto suponen dos perspectivas enfrentadas en la historia de España y en la visión del mundo, pero hermanadas finalmente en su visión de desengaño, es una de las zonas mejor conseguidas de esta primera parte de la novela. A estos personajes acompaña en la estructura de la primera parte, la trágica historia familiar de las dos primas, cada una a su modo carga con el destino aciago del desamor y de la miseria. Este destino está bien nutrido por medio de una ambientación rural, con escenas de estilo tremendista, muy fuertemente ligadas al primitivismo y que permanecen en la retina del lector durante mucho tiempo después de haber sido leídas. Quizá la más notable de estas escenas sea el episodio de la muerte de los dos guardias civiles, que es el nudo que da lugar a la tragedia familiar, y que desencadenará el flujo siguiente de desastres y orfandad, que nos sitúa en el umbral de la segunda parte.

Esta segunda parte, titulada “Destinos de mujer”, es una historia de convento; las dos primas, cuyas vidas habían discurrido paralelas, se conocen en el interior del convento valenciano en el que ambas están como novicias. Todo lo que en la primera parte había sido un sucederse rápido de acciones muy distintas, con un tempo acelerado, se concentra aquí. La segunda parte fluye con un tempo mucho más lento en el que las reflexiones acompañan a las anécdotas.  El encuentro de las dos primas da lugar de ese modo a una estructura de dialogización constante sobre lo que les ocurre: esa dialogización es la estructura misma del aprendizaje de la vida, y es aquí donde el conflicto ser- parecer se muestra diáfano. Las primas van conociendo la hipocresía de sor Patrocinio, del cura, del mundo social de la burguesía que es benefactora del convento, y esta diferencia entre apariencia y realidad la van conociendo y comentando las dos primas, hasta alcanzar a saber ambas que sólo pueden contar la una con la otra. El horizonte de las apariencias se da de buces con la cruel realidad, pero asistimos a este conflicto paulatinamente y vinculado a lo que Fausta va mostrando a Rosilda.

Toda esta parte, como es tradicional en las novelas de convento, tematiza igualmente, con escenas llenas de gracia y vivacidad, la fuerte tradición anticlerical por la denuncia de un microcosmos, como es el de la vida conventual, plagado de miserias. Cuenta esta parte con un personaje, la monja portera, sor Gracia, que merece el calificativo de cervantino y que puede pasar a la galería de mejores personajes literarios. Su caracterización tiene la fuerza de los cuadros picarescos de Murillo, o de  la pluma que hizo nacer a Rinconete y Cortadillo. Esta medio monja medio bruja, echadora de cartas, medio tonta y muy lista, que ha tenido que construir su caparazón de hipocresía lúcida para sobrevivir, no le va a la zaga a la Cañizares del Coloquio, y por sí sola valdría para sostener el interés de todo el episodio.

La tercera y última parte, “El incierto camino del árbol de la vida” ve desencadenarse una trepidante historia de huida y de azarosa búsqueda de salida para las dos primas y sor Gracia, fugadas del convento. Narra  historias varias y vicisitudes vividas por las fugadas hasta que consiguen encontrar al tenor Gumersindo Postigo y acogerse a su protección, que deja abierta la continuación de la estructura en una novela posterior que complete el cambio de fortuna que se aquí se anuncia. El destino de las tres fugadas se va ligando con el de otros muchos desarrapados en el camino de la vida, que es eso, un camino de busca, barojiano hasta la médula. Hasta llegar a  los aledaños de la ciudad de Valencia, igual que ocurría en las riberas del Manzanares en la trilogía madrileña del escritor vasco, se agolparán buscadores de fortuna y buhoneros de ella, que van a encontrarse con las dos primas, en una estructura de viaje, típicamente episódica, pero que tematiza de nuevo la lucha por la vida.

De entre los varios grandes caracteres literarios aquí dibujados, y por encima de las sobresalientes dotes de comicidad que muestran algunas de las anécdotas hilvanadas, creo que bastaría la historia y caracterización que se hace de Teodoro Antuña, el polifacético y hablador buhonero, para situar a Manuel Talens entre los tres o cuatro buenos creadores de personajes literarios de que goza la literatura española de hoy, tan pacata en esta dimensión, si exceptuamos a Luis Mateo Díez o Landero. La gracia con que es presentado este personaje, el ambiente que le rodea, los distintos episodios que vive, son antológicas. Bastará, para finalizar esta conferencia, con que lea el fragmento en que se narra la proyección cinematográfica habida en el pueblo (pp. 217-226 de la edición de Tusquets, Barcelona, 1997) y en donde podemos ver un ejemplo de felicidad de inspiración, esa que hace perdurable la literatura. Ocurre esa impresión raras veces en el panorama de la actual novela española. Unas pocas veces, por eso merece la pena conocerlas, se da esa juntura de pasión, gracia y habilidad narrativa, que hace destacar a Manuel Talens como el escritor contemporáneo español que ha recibido de nuestros grandes maestros la pasión de narrar y el arte de saberlo hacer.  

José María Pozuelo Yvancos

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