Este
ensayo sirve de prólogo a La llegada del Doctor, Aula de
Letras 1999-2000, Cien años de letras españolas, Universidad
de Málaga / Vicerrectorado de Cultura. Dirige: Antonio A. Gómez
Yebra.
El efímero reinado de Carmen
Por
María José Jiménez Tomé
Una extensa
epístola para Teófilo
Ignoro
si Teófilo sabía algo de Artefa. No sé siquiera si Teófilo tenía
conocimiento de la existencia de este pueblo tal vez imaginario, situado
en las Alpujarras granadinas. Pero lo que allí sucedió es digno de ser
contado por si acaso un día los hombres, en algún momento de la historia
de la humanidad, deciden aprender algo. Pero, soy pesimista.
En
esta saga de cinco generaciones que se pierden en el tiempo, recorremos los
acontecimientos más significativos de la historia de España. Ante nosotros
se muestra todo el agitado siglo XIX hasta 1917. Un itinerario convulso
cuyas consecuencias se dejan ver con mayor claridad en una zona geográfica
de menor proporción: Artefa.
Artefa
es (o... ¿era?) un señorío de tierras realengas desde los tiempos de la
Guerra Civil que enfrentó a los Reyes Católicos con Boabdil. Tras la
expulsión de los moriscos la miseria atravesó el pueblo. Sin embargo,
este
hecho que marcó un final de una etapa de probable feliz convivencia entre
moros, judíos y cristianos, no impidió que en este pueblo estas culturas
convivieran en relativa armonía.
La
sabiduría popular, las creencias religiosas distintas se amalgaman
proporcionando a sus habitantes la posibilidad de acudir a la ciencia, a
la videncia o a la religión católica impuesta con soberana intransigencia
por los catoliquísimos reyes. Cuando es necesario la gente del pueblo acude
al Santo Cristo de
las Cucarachas; no obstante, son incontables las ocasiones en las que se
solicitan los servicios de María de los Desamparados, gitana
con virtudes proféticas mucho más efectivas que el mencionado cristo.
Ya
se sabe que lo que se impone, indispone, y la mayor parte de los artefeños
no sentían ningún apego ni querencia hacia la fe católica ni hacia sus
representantes.
El
origen de sus desgracias es remoto: Leopoldo Villarreal había
ayudado a los Reyes Católicos a derrotar a sus paisanos y como premio a
sus servicios los catoliquísimos reyes lo nombraron Duque de Artefa. Éste
será el principio de la podredumbre y de la corrupción que en este pueblo
adquirirá proporciones desmesuradas por su substancial y excesiva
evidencia.
Pero
esta era la señal que los artefeños, en su inconsciente ignorancia, no
supieron advertir. Desgraciadamente nadie quería verlo, aunque olía mal.
Ni los más sabios se percataron de que Artefa se estaba convirtiendo en
un pueblo de cagones y de cagados. Algunos atisbaron tímidamente que el
pueblo apestaba. No obstante nadie quería meter las narices en estos
asuntos graves y notablemente hediondos.
Y
es que... nadie siguió la juiciosa reflexión de Isaac Toledano, abuelo de
Lucas Toledano quien, más tarde, sería el médico del pueblo y que tal
vez fuera quien escribió esta historia. La frase debería grabarse en la
memoria de todos: "Las
emociones son la base de la vida y las pasiones el camino de la
muerte". 1
Artefa
estaba dominada por las pasiones y por eso hoy no figura en los atlas geográficos.
Desapareció sin dejar rastro. Porque ¿no fue la apasionada soberbia de los
Reyes lo que motivó la entrega de Artefa a Leopoldo Villarreal? ¿No fue la
pasión acaso lo que arrastró a Cayetano Villarreal a liarse con Petra
Almodóvar, una sirvienta, por el simple hecho de tener unas tetas muy
grandes? Debido a esta desbordada pasión delantera frontal, ¿no nació
Ignacio Almodóvar rompiendo definitivamente con un -ya de por sí- dudoso
abolengo? ¿No fue quizás la desmesurada y apasionada gula lo que llevaba
al cura del pueblo, Celso Enríquez, a perdonar y justificar todas las
injusticias y abominables actitudes de Petra Almodóvar, convertida en
Duquesa, y de toda su ralea?
Con
este hecho, todas las tierras ocupadas tres siglos antes por los seguidores
de Mahoma caían en manos de una alpujarreña. La consecuencia no se hizo
esperar: se estaba produciendo una conmoción perturbadora del viejo sistema
en el que todos habían nacido. Una igual, una del pueblo, por
tetas, se
colocaba en la cima del poder.
Asistir
a la subversión del poder, y guardar un escrupuloso silencio,
conduce inexorablemente a la corrupción y a la descomposición general de
las gentes y de la sociedad. Pocos eran los que percibían este estado de
cosas. Y sin embargo, muchos eran los indicadores del desorden corporal y
espiritual. ¿No es un caso flagrante de depravación que el Santo Cristo de
Artefa, popularmente conocido como el Santo Cristo de las Cucarachas,
albergara en su costado derecho "una guarida inagotable de tales
sabandijas,
que entraban y salían formando un reguero que se movía desparramándose
hacia abajo, hasta el mismo pie del
altar"?
2
¿Es
cabal -en un estado con un mínimo de pureza- que las gentes le tuvieran
tanta devoción hasta el punto de ponerles miguitas de pan?
¿Es
mínimamente aceptable que Ezequiel Botines declare su apasionado amor a Verónica
Aguirre, susurrándole: "Niña, te quiero más que a un buen cagar",
3 o que el objeto de su amor ni se inmute?
¿Es
sensato que el divertimento de Gabriel Porra fuera competir en la calidad de
las ventosidades y que hiciera de vientre en el confesionario? Solamente
la visionaria María de los Desamparados Montoya sabía interpretar palabras
e imágenes. Cuando el cura Celso Enríquez pronunció, invocando al Altísimo,
las palabras: "Dies irae, dies illa, solvet saeclum in favilla teste
David cum Sibylla" , 4 María de los Desamparados supo
en ese instante que la cólera de Dios, de Yaveh, y de Mahoma juntos se
desatarían sobre los habitantes del pueblo. La plaga del cólera se inició
con la llegada del Inquisidor José Carvalho, primo del cura, que venía a
investigar los casos de brujería de los que le había informado Celso Enríquez.
Y todo por su malsana envidia: a María de los Desamparados se le había
aparecido un
día
la Virgen y a él - representante legal de Dios en la tierra- no le había
mandado ni siquiera un mensaje telegráfico. Este pueblo estaba dominado por
tres poderes visibles: la Duquesa, Petra Almodóvar, que ganaba peso,
volumen y perversión con el paso de los años, la ignorancia y la defecación
generales.
Fueron
muy pocos los que se atrevieron a pensar en un cambio
de lo cotidiano. La posibilidad de ruptura con malsanas y degeneradas
costumbres era imposible de encauzar por el espíritu poco combativo y la
lasitud de sus habitantes.
Algunos
hombres de Artefa ante el reto de la historia
Esta
actitud de ausencia de respeto hacia todo, por falta de conocimientos,
trascendía y afectaba a todos los hechos de sus vidas. La Guerra de la
Independencia
fue ciertamente beneficiosa porque suspendió temporalmente el poder
terrenal de Petra Almodóvar y de su súbdito el cura. Se creó una Junta
Popular en el pueblo. Este acontecimiento les hizo despertar y albergar
algunas esperanzas de progreso, tantas que hizo decir a Moisés Botines una
frase memorable que luego sería recuperada para nuestro bien por el que
cuenta esta historia y por Alfonso Guerra, Vice-Presidente de un gobierno
contemporáneo: "Cuando ganemos la guerra, a Artefa no lo va a
conocer ni la madre que lo parió". 5 Siempre he pensado
que no hay nada nuevo bajo el sol, pero indudablemente este es uno de tantísimos
hechos que me lo confirman. Don Alfonso debió decirnos la fuente de esta
gloriosa frase y no nos hubiéramos tenido que devanar los sesos.
Pero
está claro que todos copian, porque ¿hubiera influido de la misma manera
en nosotros la Pasionaria si hubiéramos sabido que la famosa locución
que reza: "¡Es mejor morir de pie que vivir de rodillas!" 6
fue apasionadamente dicha por el General Castaños para animar a las tropas
a luchar contra el invasor francés? Incluso la expresión falsamente
atribuida al incompetente Millán Astray de: "¡Abajo la
inteligencia! ¡Viva la muerte!", 7 fue enunciada en su
día por el reputado y preclaro General Castaños.
La
llegada de los franceses revolvió ciertamente el panorama del poder en el
pueblo, y Jenaro Porra armó una revuelta con el apoyo de Moisés Botines y
Domiciano Arteaga. El cura se convirtió en el intermediario entre Doña
Petra y el pueblo, asumiendo no pocas tareas como autoridad civil. Fueron
tiempos difíciles para la Duquesa, pero se inauguraba un período breve de
cambios con la apertura en 1810 de las Cortes de Cádiz, constituida por los
denominados liberales, que deseaban con fervor que los obispos y la nobleza
mantuvieran el estreñimiento crónico para siempre. Los campesinos
entretanto pensaban que había llegado su buena hora.
El
regreso del absolutista Fernando VII barrió el esfuerzo legislativo de las
Cortes de Cádiz, y el leve soplo de aliento y optimismo amainó en seco
para los de siempre: los más desfavorecidos, que -ilusos- pensaban que su
suerte iba a cambiar.
Celso
Enríquez, como invariablemente sucede con este mal denominado y poco
ejemplarizante poder espiritual, se posicionó junto al poder terrenal más
opresivo: el poder feudalizante de la Duquesa.
Las
visitas frecuentes de algunos de los artefeños a Granada tenían dos
objetivos fundamentales: llevar a cabo alguna actividad relacionada con sus
negocios y visitar las casas de putas, ejercicio que, por otra parte, no ha
decaído en nuestros días por parte de varones de alta alcurnia, de
progresistas, menos progresistas y pobres.
A
pesar de que las esposas y mujeres de Artefa eran harto complacientes, para
sus esposos artefeños el segundo objetivo de su visita a Granada era
normalmente puesto en práctica antes que el primero.
Un
ejemplo claro de esta desordenada y desatada pasión por las casas de
lenocinio es el de Anselmo Porra, quien había establecido una clasificación
de éstas, lo que demuestra a todas luces su larga experiencia en este
terreno. El entendía que en estas casas existían:
"[
...] putas
hermosas más que graciosas, apasionadas, estregadas, afeitadas,
esclarecidas, reputadas, reprobadas, nocturnas, diurnas, de cintura y de
marca mayor, devotas, convertidas, arrepentidas, subientes y descendientes,
con virgo, sin virgo, feriales, a la candela, avispadas y obispadas,
terceronas, aseadas, apuradas, gloriosas, buenas, putas malas y malas putas".
8
La
consecuencia inmediata de estas actitudes egoístas e insolidarias hacia las
mujeres, y, especialmente hacia las suyas propias, era que les contagiaban
enfermedades venéreas sin ningún remordimiento. Las pobres y desorientadas
esposas interpretaban estos episodios como actos de infidelidad, y no como
una ausencia total de equilibrio mental y espiritual. En fin, inconsciencia
y desconocimiento absolutos del sentimiento del amor.
El
desequilibrio latente y una forma más de manifestar su rechazo a la
religión católica, guiaba los pasos de Anselmo Porra a la iglesia para
confesarle a D. Ramón Martínez, el cura que remplazó a Celso Enríquez,
todas sus operaciones y aventuras sexuales al detalle, pensando que esto le
escandalizaría. Nada más erróneo que esta tribulación: Don Ramón
escuchaba atentamente y con fruición todo lo que él relataba, satisfaciéndose
después personalmente.
En
cuanto al Doctor Lucas Toledano, única persona en el pueblo con estudios
superiores y con gran cultura, se mantuvo fiel a sus orígenes judíos: sabía
leer y escribir castellano y hebreo, y conocía a la perfección la Torá,
el Séfer Yesirá, y el arte de la Kábala. Era un solitario al que le
interesaban sobre todo el arte, la ciencia y la locura, materia de la que
tenía notables ejemplos en el pueblo.
Hasta
que no conoció a Carmen Botines, se manifestó siempre indiferente ante los
problemas y las graves dificultades de los ciudadanos de Artefa. Estaba al
corriente de todas las vicisitudes del pueblo, y, sin embargo, no se
involucraba. Vivía en un mundo aparte, aislándose de todo con su gran
afición: la lectura. Era un librepensador y su condición le impedía
relacionarse de buena gana con los Almodóvar. Era su manera de exteriorizar
su desdeño hacia esta ociosa clase. Es decir, que sufría en silencio la
pesadumbre de sus prójimos.
De
entre los hombres del pueblo, muy pocos fueron conscientes de la difícil
situación por la que atravesaba el pueblo: la hambruna y la miseria los
devoraba. Si bien todas las complicaciones eran debidas a los desmanes
dictatoriales de la Duquesa y sus descendientes -éstos disfrutaban del sillón
y de la vara de mando del Alcalde como si se tratase de una Alcaldía
hereditaria, las elecciones eran amañadas entre la Duquesa y los que
mandaban en Granada- la mayoría de los artefeños vivían de espaldas a la
realidad circundante sin recibir los estímulos necesarios para hacer frente
a los excesos de la autoridad impuesta.
Se
recuerdan pocas intervenciones políticas entre los artefeños, lo cual
viene a significar la ausencia de conciencia de clase entre la población.
Jenaro Porra armó una revuelta en febrero de 1805 con el apoyo de Moisés
Botines y Domiciano Arteaga. Le confiscaron las cabras a Petra Almodóvar.
La consecuencia inmediata fue la llegada del ejército y el asesinato de
Jenaro Porra a manos de la guardia civil, disolviéndose la Junta Popular
cuyo breve representante fue Ángel Espinosa.
Anselmo
Porra fue de los pocos que llegó a preocuparse por la evolución del país.
Su descendiente Gabriel Porra sabía de las doctrinas revolucionarias de
Marx a través del viejo Rubén Toledano; así que el socialismo entró en
las Alpujarras de la mano de un trapichero sin vocación.
Por
ser reconocido como activista político tuvo que huir a Madrid donde empezó
a colaborar en el periódico El
Trabajador, escribiendo
encendidos artículos contra la burguesía bajo el sobrenombre de El
Buitre de Granada. Sus
preferencias temáticas como articulista era escribir contra la propiedad
privada, la autoridad, el estado, la Patria y el Cristo que los fundó. Uno
de sus últimos escritos apareció en El
Proletario Hambriento. Reproduzco
el fragmento por su innegable interés histórico:
"Hemos
sido engañados. Salimos a luchar por las tierras y seguimos sin ellas. Nos
alzamos contra los poderosos y éstos siguen mandando. Si es eso la República,
que se la metan por el siete. Nos ha pasado como al pobre que emigra a la
capital desde las
provincias buscando mejorar, y cuando llega le dicen: sube al piso de
encima, que hay tejidos y novedades, en vez de decirle la verdad: sube, para
que te jodas y no veas nada y encima te pisen".
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Tras
un breve regreso al pueblo, enfervorecido por el sentimiento republicano
abandonó a su mujer e hijo para marcharse de nuevo a Madrid, donde murió,
a una hora muy torera, en una manifestación. Ernesto Guevara fue el
portador de la noticia de su muerte y de tres misivas del finado destinadas
al Dr. Lucas Toledano, a su esposa Rómula y a José Botines. La deseada
llegada de la República era asociada habitualmente a dos ideales utópicos:
la Libertad y el reparto de tierras para el campesinado. A pesar de que esta
época fue una de las más frenéticas y revolucionarias de nuestra
historia, se diría que Artefa ignoraba por completo la historia contemporánea,
y como consecuencia de ello, la historia olvidaba a Artefa. Nada sabía de
la política del gobierno español.
El
ahijado de Lucas Toledano, Mateo Botines se formó en la Escuela Normal
Superior de Granada. Terminó su carrera con magníficas calificaciones, y
cinco meses después de la proclamación de la República en 1873, regresa
al pueblo para ejercer, con gran vocación, el magisterio. Mateo fue testigo
de la ruptura entre los afiliados de la primera Internacional. La brecha fue
insalvable. Se dividieron en dos facciones: los autoritarios,
seguidores
de Marx cuyo objetivo principal era la conquista del poder, y los ácratas,
seguidores de Bakunin, con ideales libertarios cuyo fin capital era destruir
el poder.
Bautista
Porra y Pedro el tuerto fundaron la primera organización anarcosindicalista
clandestina de las Alpujarras: la Sociedad
de Resistencia de Artefa. Este
hecho es importantísimo porque esta sociedad fue el modelo de las que
nacieron después. El anarquismo, gracias al sacrificio de estos ilustres
artefeños, se convirtió en la religión oficial de los jornaleros
andaluces. Poco diré de la degenerada generación de los Almodóvar
constituida por borrachos, gafes, suicidas y depravados.
Entretanto
el resto de los hombres del pueblo se encontraba inmerso en su gran
preocupación: sobrevivir cada día a la miseria y a la opresión.
Algunas
mujeres de Artefa transmisoras de vida y sabiduría
De
las muchas mujeres que poblaron en su día Artefa, destacaré a algunas por
sus conocidas virtudes y méritos para afrontar la vida.
Este
es el caso de Ataulfa Ocaña quien contrajo matrimonio con Anselmo Porra.
Viajaron a Granada para comprar mercancía, pues Anselmo iba dispuesto a
cambiar de actividad laboral. Harto de labrar los bancales de la Duquesa,
iba a dedicarse a la venta ambulante. En Alhendín le ocurrió un accidente
fatal: un perro se atravesó al carromato, Ataulfa cayó y perdió el brazo
derecho. Con gran resolución, dijo: "Aprenderé
a hacer las cosas con la mano izquierda".
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Tenía
un carácter fuerte y, en ella, prevaleció siempre al amor a pesar de las
infidelidades continuas que soportaba. Le sobraba paciencia para soportar
las promiscuidades de su marido. Era ahorradora y sentía una gran devoción
hacia su sobrina María Espinosa. Cuando murió su marido, se convirtió en
empresaria, asociándose con Pedro Tuerto, alias Pierre Le Borgne, en el
negocio de la compraventa.
Angustias
Palazón, conocida como la
Reina por
su majestuosidad y belleza, había nacido para santa. Abnegada y respetuosa
con los demás, jamás se quejó de nada.
Pero
el hecho más destacable es que podemos afirmar que grcias a la estirpe
gitana, Artefa sobrevivió en la memoria de unos pocos. El jefe de la tribu
era Juan de Espera en Dios Montoya.
María
de los Desamparados Montoya hizo mucho bien al pueblo. Sus virtudes proféticas
eran muy valoradas hasta el punto de que el cura Celso Enríquez le permitió
compartir con él las tareas espirituales.
Con
gran acierto encauzó a su marido Ángel Espinosa en el negocio de la
panadería, transmitiéndole una receta secreta de hogazas de pan que podían
aguantar una semana sin ponerse correosas. Fueron conocidas en las
Alpujarras como panricardos,
ya
que Ricardo, el hijo de ambos, las repartía por la comarca.
Ricardo
Espinosa se casó con Dolores Ocaña. Este matrimonio tuvo tres varones y
una hija: María Espinosa. Era una bella mujer y su felicidad se circunscribía
al deseo de contraer matrimonio y tener hijos. Sus deseos eran el fruto de
su educación:
"María
Espinosa se crió en este ambiente sereno sin oír en su casa ni un solo
comentario en contra de aquella autoridad que procedía de las alturas; su
madre le enseñó a respetar a los curas por encima de todo, puesto que eran
los representantes mortales del Señor; asistió desde siempre a los cultos
con la sumisión que se esperaba de toda mujer, y desde niña fue educada
para ser una buena esposa; llegó a aprender las tareas caseras con tal
perfección que cuando cumplió los diecisiete años se había convertido en
el mejor partido del pueblo". 11
María
se casó con José Botines. Había prometido que al casarse tendría todos
los niños que Dios quisiera. Dios quiso
que tuviera diecisiete varones y una hija. Como
mujer de fuertes convicciones y dotada de inteligencia natural, indagaba
continuamente en los dogmas
de fe que no tenía nada claros. Necesitaba y se procuró un espacio
personal, libre de las injerencias de la tribu que la rodeaba. Supo
transmitirle a su hija la importancia de la independencia y de la serenidad.
Con su marido José, que era un magnífico carpintero, conoció la plenitud
del amor. María y José entregaron al pueblo lo mejor de sí mismos: a su
hija, Carmen Botines.
Lo
que mal empieza, mal acaba
La
suerte o la desgracia de Carmen Botines estaba predestinada: una pedrada fue
el aviso de cómo se encontraría a temprana edad con la muerte.
Tenía
nueve años cuando Poncio Almodóvar, de pardos ojos de gato -mal presagio-
y tataranieto de la Duquesa, le dio por equivocación una pedrada.
Carmen
nació el día de Navidad y era el vivo retrato de su bisabuela Angustias.
Como si fueran los Reyes Magos, Rubén Toledano, Juan de Espera en Dios
Montoya y Domiciano Arteaga le hicieron estupendos regalos.
Carmen
Botines creció en un ambiente de sosiego y tenía un carácter de acero. Y
quien la vio, caso de Simeón Rodríguez, al contemplarla, pronunció la
exclamación:
"Ahora,
Señor, me puedo morir en paz, porque ya han visto mis ojos a la que nos
devolverá la dignidad". 12
En
efecto, Carmen Botines era especial. Se manifestó como una niña precoz
desde su más tierna infancia: a los cuatro años ya sabía leer. Cuidaba
con esmero su aspecto con el deseo de estar siempre perfecta. Estudiaba,
cosa inusual en el pueblo, gracias a su hermano Mateo y al Dr. Lucas
Toledano.
Pero
todo lo abandonó cuando conoció el amor: "[ ...] el
amor está por encima de la filosofía",
13
le
dijo un día a su hermano Mateo. Y... se enamoró perdidamente de Poncio,
quien no quiso ir a estudiar a Granada.
Ella
era romántica e idealista; él, en cambio, carecía de intereses
intelectuales y de ideales por los que luchar. En cambio, Poncio, por ser
miembro de una clase social por naturaleza ociosa,
no trabajaba y pasaba el día de caza, bebiendo con los amigos, jugando al
tute...
Carmen
fue la primera mujer de Artefa que rechazó a su marido porque venía
bebido. Esta recriminación provocó que Poncio le diera una bofetada.
Asimismo fue Carmen la primera mujer que abandonó a su marido por malos
tratos. Esta circunstancia causó verdadera estupefacción en el pueblo.
Así
que Carmen regresó a su casa. Era Carmen la Reina y estaba desde hacía
mucho por encima del desprestigiado ducado de los Almodóvar. Carmen continuó
con su tarea docente y se inició en las labores de enfermera. Pero andaba
ya su hermano Mateo metido en tareas anarquistas de gran calado, y fue
comisionado para poner un petardazo en el Ayuntamiento. Gracias a esto, los
civiles entraron a saco en el pueblo. Carmen fue nombrada la Jefa de
organización de la lucha, siendo la primera mujer guerrillera de Artefa.
Siendo de carácter sosegado, Carmen orientó su lucha hacia la cultura y
creó una escuela ambulante con su hermano Mateo.
Era
famosa en toda Andalucía, hasta el punto de que aparecía cada dos por tres
en la prensa, y hasta El Socialista le dedicó una artículo que salió
en primera página. Picasso la visitó y le hizo, nada menos, catorce
retratos que le firmó gustoso.
Carmen,
adelantada de su tiempo, creía en la libertad y en la igualdad. A su vez,
los campesinos creían en ella.
Su
vida sentimental era sosegada y espiritual: el Dr. Lucas Toledano llenaba
plenamente su corazón y su espíritu.
Pero, la
felicidad fue breve. Poncio Almodóvar, acomplejado entre la personalidad de
su mujer y la de su tatarabuela, no podía permitir que la hija de un
carpintero y de una ama de casa, humillara al descendiente de una casta
noble impura -por supuesto, esta conceptualización de su origen él la
desconocía.
De la
pedrada iniciática pasó a mayores. Le disparó un tiro certero a la Reina,
y otro al médico que quedó tuerto. Al parecer no fue detenido por la
Guardia Civil, tratándose de un caso flagrante de muy malos tratos y de
asesinato en el caso de Carmen, y de tentativa de asesinato en el del Dr.
Lucas Toledano. Fue su acto una manifestación de consumación del poder.
Moraleja
Aristóteles
ya lo advirtió en su Segundo
libro de la Poética:
"[
...] Como habíamos prometido, ahora trataremos de la comedia (así como de
la sátira y del mimo) y de cómo, suscitando el placer de lo ridículo, ésta
logra la purificación de esa pasión. Sobre cuán digna de consideración
sea esa pasión, ya hemos tratado en el libro sobre el alma, por cuanto el
hombre es, de todos los animales, el único capaz de reír".
14
Me
he divertido y reído con las historias de los habitantes de este pueblo,
quienes en su desenfrenada pasión y en su ignorancia manifiesta, propia de
declarados descerebrados (-no recuerdo quién fue el político que empleó
esta palabra-) han permitido que forme parte de sus vidas todo lo
inadmisible. Hicieron de lo impropio e inaceptable del comportamiento
humano, una norma de vida. Admitieron ser gobernados por una mujer ridícula,
soez y pervertida, que como castigo a su indolencia vivió ciento dieciocho
años. Ya la podían haber estrangulado mucho antes.
Asistían
a los sermones de Celso Enríquez sin la fe necesaria. Y en su hipocresía
no advertían
que
no respetaban nada, simplemente, porque tampoco se respetaban a sí mismos.
No tuvieron ningún interés por formarse mínimamente porque desconocían
que juntos, podían cambiar su destino.
Pocos
son los que se salvan: Ramón Martínez, harto de vivir en el engaño,
aprende, contradiciendo a su antecesor, que "leer,
no es un veneno para el espíritu", y se
marchó de Artefa. Se llevó la Crónica
de
Celestino de Guadix, las ropas de su sobrina, un guardapelo con sus rizos y
el magnífico relicario con el coño de la Bernarda.
¿Pero
qué clase de pueblo puede hacer de Bernarda una santa por el poder de su
sexo, aunque sea descendiente de AbenHumeya?
Si
cayó la gran Babilonia, ¿cómo no iba a ser éste el destino de Artefa?
Ruego
Soy
escéptica, muy laica, y atea. Pero si alguien hubiera en las alturas, le
pido con el máximo fervor que jamás resucite Artefa. No creo que Andalucía
esté preparada para otra catástrofe ecológica.
Notas
1.
Manuel Talens, La parábola de Carmen la Reina, Barcelona, Tusquets,
Colección Andanzas, 1999, pp. 39.
2.
Manuel Talens, op. cit., p. 48.
3.
Manuel Talens, op. cit., p. 82.
4.
Manuel Talens, op. cit., p. 129.
5.
Manuel Talens, op. cit., p. 157.
6.
Manuel Talens, op. cit., p. 158.
7.
Manuel Talens, op. cit., p. 158.
8.
Manuel Talens, op. cit., p. 179.
9.
Manuel Talens, op. cit., p. 315.
10.
Manuel Talens, op. cit., p. 88.
11.
Manuel Talens, op. cit., p. 200.
12.
Manuel Talens, op. cit., p. 242.
13.
Manuel Talens, op. cit., p. 333.
14.
Manuel Talens, op. cit., p. 357.
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