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  TEXTOS ENSAYÍSTICOS

Este ensayo sirve de prólogo a La llegada del Doctor, Aula de Letras 1999-2000, Cien años de letras españolas, Universidad de Málaga / Vicerrectorado de Cultura. Dirige: Antonio A. Gómez Yebra.

 

El efímero reinado de Carmen

Por María José Jiménez Tomé

 

Una extensa epístola para Teófilo

Ignoro si Teófilo sabía algo de Artefa. No sé siquiera si Teófilo tenía conocimiento de la existencia de este pueblo tal vez imaginario, situado en las Alpujarras granadinas. Pero lo que allí sucedió es digno de ser contado por si acaso un día los hombres, en algún momento de la historia de la humanidad, deciden aprender algo. Pero, soy pesimista.

En esta saga de cinco generaciones que se pierden en el tiempo, recorremos los acontecimientos más significativos de la historia de España. Ante nosotros se muestra todo el agitado siglo XIX hasta 1917. Un itinerario convulso cuyas consecuencias se dejan ver con mayor claridad en una zona geográfica de menor proporción: Artefa.

Artefa es (o... ¿era?) un señorío de tierras realengas desde los tiempos de la Guerra Civil que enfrentó a los Reyes Católicos con Boabdil. Tras la expulsión de los moriscos la miseria atravesó el pueblo. Sin embargo, este hecho que marcó un final de una etapa de probable feliz convivencia entre moros, judíos y cristianos, no impidió que en este pueblo estas culturas convivieran en relativa armonía.

La sabiduría popular, las creencias religiosas distintas se amalgaman proporcionando a sus habitantes la posibilidad de acudir a la ciencia, a la videncia o a la religión católica impuesta con soberana intransigencia por los catoliquísimos reyes. Cuando es necesario la gente del pueblo acude al Santo Cristo de las Cucarachas; no obstante, son incontables las ocasiones en las que se solicitan los servicios de María de los Desamparados, gitana con virtudes proféticas mucho más efectivas que el mencionado cristo.

Ya se sabe que lo que se impone, indispone, y la mayor parte de los artefeños no sentían ningún apego ni querencia hacia la fe católica ni hacia sus representantes.

El origen de sus desgracias es remoto: Leopoldo Villarreal había ayudado a los Reyes Cató­licos a derrotar a sus paisanos y como premio a sus servicios los catoliquísimos reyes lo nombraron Duque de Artefa. Éste será el principio de la podredumbre y de la corrupción que en este pueblo adquirirá proporciones desmesuradas por su substancial y excesiva evidencia.

Pero esta era la señal que los artefeños, en su inconsciente ignorancia, no supieron advertir. Desgraciadamente nadie quería verlo, aunque olía mal. Ni los más sabios se percataron de que Artefa se estaba convirtiendo en un pueblo de cagones y de cagados. Algunos atisbaron tímidamente que el pueblo apestaba. No obstante nadie quería meter las narices en estos asuntos graves y notable­mente hediondos.

Y es que... nadie siguió la juiciosa reflexión de Isaac Toledano, abuelo de Lucas Toledano quien, más tarde, sería el médi­co del pueblo y que tal vez fuera quien escribió esta historia. La frase debería grabarse en la memoria de todos: "Las emociones son la base de la vida y las pasiones el camino de la muerte". 1 Artefa estaba dominada por las pasiones y por eso hoy no figura en los atlas geográficos. Desapareció sin dejar rastro. Porque ¿no fue la apasionada soberbia de los Reyes lo que motivó la entrega de Artefa a Leopoldo Villarreal? ¿No fue la pasión acaso lo que arrastró a Cayetano Villarreal a liarse con Petra Almodóvar, una sirvienta, por el simple hecho de tener unas tetas muy grandes? Debido a esta desbordada pasión delantera frontal, ¿no nació Ignacio Almodóvar rompiendo definitivamente con un -ya de por sí- dudoso abolengo? ¿No fue quizás la desmesurada y apasionada gula lo que llevaba al cura del pueblo, Celso Enríquez, a perdonar y justificar todas las injusticias y abominables actitudes de Petra Almodóvar, convertida en Duquesa, y de toda su ralea?

Con este hecho, todas las tierras ocupadas tres siglos antes por los seguidores de Mahoma caían en manos de una alpujarreña. La consecuencia no se hizo esperar: se estaba produciendo una conmoción perturbadora del viejo sistema en el que todos habían nacido. Una igual, una del pueblo, por tetas, se colocaba en la cima del poder.

Asistir a la subversión del poder, y guardar un escrupuloso silencio, conduce inexorablemente a la corrupción y a la descomposición general de las gentes y de la sociedad. Pocos eran los que percibían este estado de cosas. Y sin embargo, muchos eran los indicadores del desorden corporal y espiritual. ¿No es un caso flagrante de depravación que el Santo Cristo de Artefa, popularmente cono­cido como el Santo Cristo de las Cucarachas, albergara en su costado derecho "una guarida inagotable de tales sabandijas, que entraban y salían formando un reguero que se movía desparramándose hacia abajo, hasta el mismo pie del altar"? 2

¿Es cabal -en un estado con un mínimo de pureza- que las gentes le tuvieran tanta devoción hasta el punto de ponerles miguitas de pan?

¿Es mínimamente aceptable que Ezequiel Botines declare su apasionado amor a Verónica Aguirre, susurrándole: "Niña, te quiero más que a un buen cagar", 3 o que el objeto de su amor ni se inmute?

¿Es sensato que el divertimento de Gabriel Porra fuera competir en la calidad de las ventosi­dades y que hiciera de vientre en el confesionario? Solamente la visionaria María de los Desamparados Montoya sabía interpretar palabras e imágenes. Cuando el cura Celso Enríquez pronunció, invocando al Altísimo, las palabras: "Dies irae, dies illa, solvet saeclum in favilla teste David cum Sibylla" , 4 María de los Desamparados supo en ese instante que la cólera de Dios, de Yaveh, y de Mahoma juntos se desatarían sobre los habitantes del pueblo. La plaga del cólera se inició con la llegada del Inquisidor José Carvalho, primo del cura, que venía a investigar los casos de brujería de los que le había informado Celso Enríquez. Y todo por su malsana envidia: a María de los Desamparados se le había aparecido un día la Virgen y a él - representante legal de Dios en la tierra- no le había mandado ni siquiera un mensaje telegráfico. Este pueblo estaba dominado por tres poderes visibles: la Duquesa, Petra Almodóvar, que ganaba peso, volumen y perversión con el paso de los años, la ignorancia y la defecación generales.

Fueron muy pocos los que se atrevieron a pensar en un cambio de lo cotidiano. La posibilidad de ruptura con malsanas y degeneradas costumbres era imposible de encauzar por el espíritu poco combativo y la lasitud de sus habitantes.

 

Algunos hombres de Artefa ante el reto de la historia

Esta actitud de ausencia de respeto hacia todo, por falta de conocimientos, trascendía y afectaba a todos los hechos de sus vidas. La Guerra de la Independencia fue ciertamente be­neficiosa porque suspendió temporalmente el poder terrenal de Petra Almodóvar y de su súbdito el cura. Se creó una Junta Popular en el pueblo. Este acontecimiento les hizo despertar y albergar algunas esperanzas de progreso, tantas que hizo decir a Moisés Botines una frase memorable que luego sería recuperada para nuestro bien por el que cuenta esta historia y por Alfonso Guerra, Vice-Presidente de un gobierno contemporáneo: "Cuando ganemos la guerra, a Artefa no lo va a conocer ni la madre que lo parió". 5 Siempre he pensado que no hay nada nuevo bajo el sol, pero indudablemente este es uno de tantísimos hechos que me lo confirman. Don Alfonso debió decirnos la fuente de esta gloriosa frase y no nos hubiéramos tenido que devanar los sesos.

Pero está claro que todos copian, porque ¿hubiera influido de la misma manera en nosotros la Pasionaria si hubiéramos sabido que la famosa locución que reza: "¡Es mejor morir de pie que vivir de rodillas!" 6 fue apasionadamente dicha por el General Castaños para animar a las tropas a luchar contra el invasor francés? Incluso la expresión falsamente atribuida al incompetente Millán Astray de: "¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!", 7 fue enunciada en su día por el reputado y preclaro General Castaños.

La llegada de los franceses revolvió ciertamente el panorama del poder en el pueblo, y Jenaro Porra armó una revuelta con el apoyo de Moisés Botines y Domiciano Arteaga. El cura se convirtió en el intermediario entre Doña Petra y el pueblo, asumiendo no pocas tareas como autoridad civil. Fueron tiempos difíciles para la Duquesa, pero se inauguraba un período breve de cambios con la apertura en 1810 de las Cortes de Cádiz, constituida por los denominados liberales, que deseaban con fervor que los obispos y la nobleza mantuvieran el estreñimiento crónico para siempre. Los campesinos entretanto pensaban que había llegado su buena hora.

El regreso del absolutista Fernando VII barrió el esfuerzo legislativo de las Cortes de Cádiz, y el leve soplo de aliento y opti­mismo amainó en seco para los de siempre: los más desfavorecidos, que -ilusos- pensaban que su suerte iba a cambiar.

Celso Enríquez, como invariablemente sucede con este mal denominado y poco ejemplarizante poder espiritual, se posicionó junto al poder terrenal más opresivo: el poder feudalizante de la Duquesa.

Las visitas frecuentes de algunos de los artefeños a Granada tenían dos objetivos fundamentales: llevar a cabo alguna actividad relacionada con sus negocios y visitar las casas de putas, ejercicio que, por otra parte, no ha decaído en nuestros días por parte de varones de alta alcurnia, de progresistas, menos progresistas y pobres.

A pesar de que las esposas y mujeres de Artefa eran harto complacientes, para sus esposos artefeños el segundo objetivo de su visita a Granada era normalmente puesto en práctica antes que el primero.

Un ejemplo claro de esta desordenada y desatada pasión por las casas de lenocinio es el de Anselmo Porra, quien había establecido una clasificación de éstas, lo que demuestra a todas luces su larga experiencia en este terreno. El entendía que en estas casas existían:

"[ ...] putas hermosas más que graciosas, apasionadas, estregadas, afeitadas, esclarecidas, reputadas, reprobadas, nocturnas, diurnas, de cintura y de marca mayor, devotas, convertidas, arrepentidas, subientes y descendientes, con virgo, sin virgo, feriales, a la candela, avispadas y obispadas, terceronas, aseadas, apuradas, gloriosas, buenas, putas malas y malas putas". 8

La consecuencia inmediata de estas actitudes egoístas e insolidarias hacia las mujeres, y, especialmente hacia las suyas propias, era que les contagiaban enfermedades venéreas sin ningún remordimiento. Las pobres y desorientadas espo­sas interpretaban estos episodios como actos de infidelidad, y no como una ausencia total de equilibrio mental y espiritual. En fin, inconsciencia y desconocimiento absolutos del senti­miento del amor.

El desequilibrio latente y una forma más de manifestar su re­chazo a la religión católica, guia­ba los pasos de Anselmo Porra a la iglesia para confesarle a D. Ramón Martínez, el cura que remplazó a Celso Enríquez, todas sus operaciones y aventuras sexuales al detalle, pensando que esto le escandalizaría. Nada más erróneo que esta tribulación: Don Ramón escuchaba atentamente y con fruición todo lo que él relataba, satisfaciéndose después personalmente.

En cuanto al Doctor Lucas Toledano, única persona en el pueblo con estudios superiores y con gran cultura, se mantuvo fiel a sus orígenes judíos: sabía leer y escribir castellano y hebreo, y conocía a la perfección la Torá, el Séfer Yesirá, y el arte de la Kábala. Era un solitario al que le interesaban sobre todo el arte, la ciencia y la locura, materia de la que tenía notables ejemplos en el pueblo.

Hasta que no conoció a Carmen Botines, se manifestó siempre indiferente ante los problemas y las graves dificultades de los ciudadanos de Artefa. Estaba al corriente de todas las vicisitudes del pueblo, y, sin embargo, no se involucraba. Vivía en un mundo aparte, aislándose de todo con su gran afición: la lectura. Era un librepensador y su condición le impedía relacionarse de buena gana con los Almodóvar. Era su manera de exteriorizar su desdeño hacia esta ociosa clase. Es decir, que sufría en silencio la pesadumbre de sus prójimos.

De entre los hombres del pueblo, muy pocos fueron conscientes de la difícil situación por la que atravesaba el pueblo: la hambruna y la miseria los devoraba. Si bien todas las complicaciones eran debidas a los desmanes dictatoriales de la Duquesa y sus descendientes -éstos disfrutaban del sillón y de la vara de mando del Alcalde como si se tratase de una Alcaldía hereditaria, las elecciones eran amañadas entre la Duquesa y los que mandaban en Granada- la mayoría de los artefeños vivían de espaldas a la realidad circundante sin recibir los estímulos necesarios para hacer frente a los excesos de la autoridad impuesta.

Se recuerdan pocas intervenciones políticas entre los artefeños, lo cual viene a significar la ausencia de conciencia de clase entre la población. Jenaro Porra armó una revuelta en febrero de 1805 con el apoyo de Moisés Botines y Domiciano Arteaga. Le confiscaron las cabras a Petra Almodóvar. La consecuencia inmediata fue la llegada del ejército y el asesinato de Jenaro Porra a manos de la guardia civil, disolviéndose la Junta Popular cuyo breve representante fue Ángel Espinosa.

Anselmo Porra fue de los pocos que llegó a preocuparse por la evolución del país. Su descendiente Gabriel Porra sabía de las doctrinas revolucionarias de Marx a través del viejo Rubén Toledano; así que el socialismo entró en las Alpujarras de la mano de un trapichero sin vocación.

Por ser reconocido como activista político tuvo que huir a Madrid donde empezó a colaborar en el periódico El Trabajador, escribiendo encendidos ar­tículos contra la burguesía bajo el sobrenombre de El Buitre de Granada. Sus preferencias temáticas como articulista era escribir contra la propiedad privada, la autoridad, el estado, la Patria y el Cristo que los fundó. Uno de sus últimos escritos apareció en El Proletario Hambriento. Reproduzco el fragmento por su innegable interés histórico:

"Hemos sido engañados. Salimos a luchar por las tierras y seguimos sin ellas. Nos alzamos contra los poderosos y éstos siguen mandando. Si es eso la República, que se la metan por el siete. Nos ha pasado como al pobre que emigra a la capital desde las provincias buscando mejorar, y cuando llega le dicen: sube al piso de encima, que hay tejidos y novedades, en vez de decirle la verdad: sube, para que te jodas y no veas nada y encima te pisen". 9

Tras un breve regreso al pueblo, enfervorecido por el sentimiento republicano abandonó a su mujer e hijo para marcharse de nuevo a Madrid, donde murió, a una hora muy torera, en una manifestación. Ernesto Guevara fue el portador de la noticia de su muerte y de tres misivas del finado destinadas al Dr. Lucas Toledano, a su esposa Rómula y a José Botines. La deseada llegada de la República era asociada habitualmente a dos ideales utópicos: la Libertad y el reparto de tierras para el campesinado. A pesar de que esta época fue una de las más frenéticas y revolucionarias de nuestra historia, se diría que Artefa ignoraba por completo la historia contemporánea, y como consecuencia de ello, la historia olvidaba a Artefa. Nada sabía de la política del gobierno español.

El ahijado de Lucas Toledano, Mateo Botines se formó en la Escuela Normal Superior de Granada. Terminó su carrera con magníficas calificaciones, y cinco meses después de la proclamación de la República en 1873, regresa al pueblo para ejercer, con gran vocación, el magisterio. Mateo fue testigo de la ruptura entre los afiliados de la primera Internacional. La brecha fue insalvable. Se dividieron en dos facciones: los autoritarios, seguidores de Marx cuyo objetivo principal era la conquista del poder, y los ácratas, seguidores de Bakunin, con ideales libertarios cuyo fin capital era destruir el poder.

Bautista Porra y Pedro el tuerto fundaron la primera organización anarcosindicalista clandestina de las Alpujarras: la Sociedad de Resistencia de Artefa. Este hecho es importantísimo porque esta sociedad fue el modelo de las que nacieron después. El anarquismo, gracias al sacrificio de estos ilustres artefeños, se convirtió en la religión oficial de los jornaleros andaluces. Poco diré de la degenerada generación de los Almodóvar constituida por borrachos, gafes, suicidas y depravados.

Entretanto el resto de los hombres del pueblo se encontraba inmerso en su gran preocupación: sobrevivir cada día a la miseria y a la opresión.

 

Algunas mujeres de Artefa transmisoras de vida y sabiduría

De las muchas mujeres que poblaron en su día Artefa, destacaré a algunas por sus conocidas virtudes y méritos para afrontar la vida.

Este es el caso de Ataulfa Ocaña quien contrajo matrimonio con Anselmo Porra. Viajaron a Granada para comprar mercancía, pues Anselmo iba dispuesto a cambiar de actividad laboral. Harto de labrar los bancales de la Duquesa, iba a dedicarse a la venta ambulante. En Alhendín le ocurrió un accidente fatal: un perro se atravesó al carromato, Ataulfa cayó y perdió el brazo derecho. Con gran resolución, dijo: "Aprenderé a hacer las cosas con la mano izquierda". 10 Tenía un carácter fuerte y, en ella, prevaleció siempre al amor a pesar de las infidelidades continuas que soportaba. Le sobraba paciencia para soportar las promiscuidades de su marido. Era ahorradora y sentía una gran devoción hacia su sobrina María Espinosa. Cuando murió su marido, se convirtió en empresaria, asociándose con Pedro Tuerto, alias Pierre Le Borgne, en el negocio de la compraventa.

Angustias Palazón, conocida como la Reina por su majestuosidad y belleza, había nacido para santa. Abnegada y respetuosa con los demás, jamás se quejó de nada.

Pero el hecho más destacable es que podemos afirmar que grcias a la estirpe gitana, Artefa sobrevivió en la memoria de unos pocos. El jefe de la tribu era Juan de Espera en Dios Montoya.

María de los Desamparados Montoya hizo mucho bien al pueblo. Sus virtudes proféticas eran muy valoradas hasta el punto de que el cura Celso Enríquez le permitió compartir con él las tareas espirituales.

Con gran acierto encauzó a su marido Ángel Espinosa en el negocio de la panadería, trans­mitiéndole una receta secreta de hogazas de pan que podían aguantar una semana sin po­nerse correosas. Fueron conocidas en las Alpujarras como panricardos, ya que Ricardo, el hijo de ambos, las repartía por la comarca.

Ricardo Espinosa se casó con Dolores Ocaña. Este matrimonio tuvo tres varones y una hija: María Espinosa. Era una bella mujer y su felicidad se circunscribía al deseo de contraer matrimonio y tener hijos. Sus deseos eran el fruto de su educación:

"María Espinosa se crió en este ambiente sereno sin oír en su casa ni un solo comentario en contra de aquella autoridad que procedía de las alturas; su madre le enseñó a respetar a los curas por encima de todo, puesto que eran los representantes mortales del Señor; asistió desde siempre a los cultos con la sumisión que se esperaba de toda mujer, y desde niña fue educada para ser una buena esposa; llegó a aprender las tareas caseras con tal perfección que cuando cumplió los diecisiete años se había convertido en el mejor partido del pueblo". 11

María se casó con José Botines. Había prometido que al casarse tendría todos los niños que Dios quisiera. Dios quiso que tuviera diecisiete varones y una hija. Como mujer de fuertes convicciones y dotada de inteligencia natural, indagaba continuamente en los dogmas de fe que no tenía nada claros. Necesitaba y se procuró un espacio personal, libre de las injerencias de la tribu que la rodeaba. Supo transmitirle a su hija la importancia de la independencia y de la serenidad. Con su marido José, que era un magnífico carpintero, conoció la plenitud del amor. María y José entregaron al pueblo lo mejor de sí mismos: a su hija, Carmen Botines.

 

Lo que mal empieza, mal acaba

La suerte o la desgracia de Carmen Botines estaba predestinada: una pedrada fue el aviso de cómo se encontraría a temprana edad con la muerte.

Tenía nueve años cuando Poncio Almodóvar, de pardos ojos de gato -mal presagio- y tataranieto de la Duquesa, le dio por equivocación una pedrada.

Carmen nació el día de Navidad y era el vivo retrato de su bisabuela Angustias. Como si fueran los Reyes Magos, Rubén Toledano, Juan de Espera en Dios Montoya y Domiciano Arteaga le hicieron estupendos regalos.

Carmen Botines creció en un ambiente de sosiego y tenía un carácter de acero. Y quien la vio, caso de Simeón Rodríguez, al contemplarla, pronunció la exclamación:

"Ahora, Señor, me puedo morir en paz, porque ya han visto mis ojos a la que nos devolverá la dignidad". 12

En efecto, Carmen Botines era especial. Se manifestó como una niña precoz desde su más tierna infancia: a los cuatro años ya sabía leer. Cuidaba con esmero su aspecto con el deseo de estar siempre perfecta. Estudiaba, cosa inusual en el pueblo, gracias a su hermano Mateo y al Dr. Lucas Toledano.

Pero todo lo abandonó cuando conoció el amor: "[ ...] el amor está por encima de la filosofía", 13 le dijo un día a su hermano Mateo. Y... se enamoró perdidamente de Poncio, quien no quiso ir a estudiar a Granada.

Ella era romántica e idealista; él, en cambio, carecía de intereses intelectuales y de ideales por los que luchar. En cambio, Poncio, por ser miembro de una clase social por naturaleza ociosa, no trabajaba y pasaba el día de caza, bebiendo con los amigos, jugando al tute...

Carmen fue la primera mujer de Artefa que rechazó a su marido porque venía bebido. Esta recriminación provocó que Poncio le diera una bofetada. Asimismo fue Carmen la primera mujer que abandonó a su marido por malos tratos. Esta circunstancia causó verdadera estupefacción en el pueblo.

Así que Carmen regresó a su casa. Era Carmen la Reina y estaba desde hacía mucho por encima del desprestigiado ducado de los Almodóvar. Carmen continuó con su tarea docente y se inició en las labores de enfermera. Pero andaba ya su hermano Mateo metido en tareas anarquistas de gran calado, y fue comisionado para poner un petardazo en el Ayuntamiento. Gracias a esto, los civiles entraron a saco en el pueblo. Carmen fue nombrada la Jefa de organización de la lucha, siendo la primera mujer guerrillera de Artefa. Siendo de carácter sosegado, Carmen orientó su lucha hacia la cultura y creó una escuela ambulante con su hermano Mateo.

Era famosa en toda Andalucía, hasta el punto de que aparecía cada dos por tres en la prensa, y hasta El Socialista le dedicó una artículo que salió en primera página. Picasso la visitó y le hizo, nada menos, catorce retratos que le firmó gustoso.

Carmen, adelantada de su tiempo, creía en la libertad y en la igualdad. A su vez, los campesinos creían en ella.

Su vida sentimental era sosegada y espiritual: el Dr. Lucas Toledano llenaba plenamente su corazón y su espíritu.

Pero, la felicidad fue breve. Poncio Almodóvar, acomplejado entre la personalidad de su mujer y la de su tatarabuela, no podía permitir que la hija de un carpintero y de una ama de casa, humillara al descendiente de una casta noble impura -por supuesto, esta conceptualización de su origen él la desconocía.

De la pedrada iniciática pasó a mayores. Le disparó un tiro certero a la Reina, y otro al médico que quedó tuerto. Al parecer no fue detenido por la Guardia Civil, tratándose de un caso flagrante de muy malos tratos y de asesinato en el caso de Carmen, y de tentativa de asesinato en el del Dr. Lucas Toledano. Fue su acto una manifestación de consumación del poder.

 

Moraleja

Aristóteles ya lo advirtió en su Segundo libro de la Poética:

"[ ...] Como habíamos prometido, ahora trataremos de la comedia (así como de la sátira y del mimo) y de cómo, suscitando el placer de lo ridículo, ésta logra la purificación de esa pasión. Sobre cuán digna de consideración sea esa pasión, ya hemos tratado en el libro sobre el alma, por cuanto el hombre es, de todos los animales, el único capaz de reír". 14

Me he divertido y reído con las historias de los habitantes de este pueblo, quienes en su desenfrenada pasión y en su ignorancia manifiesta, propia de declarados descerebrados (-no recuerdo quién fue el político que empleó esta palabra-) han permitido que forme parte de sus vidas todo lo inadmisible. Hicieron de lo impropio e inaceptable del comportamiento humano, una norma de vida. Admitieron ser gobernados por una mujer ridícula, soez y pervertida, que como castigo a su indolencia vivió ciento dieciocho años. Ya la podían haber estrangulado mucho antes.

Asistían a los sermones de Celso Enríquez sin la fe necesaria. Y en su hipocresía no advertían que no respetaban nada, simplemente, porque tampoco se respetaban a sí mismos. No tuvieron ningún interés por formarse mínimamente porque desconocían que juntos, podían cambiar su destino.

Pocos son los que se salvan: Ramón Martínez, harto de vivir en el engaño, aprende, contradiciendo a su antecesor, que "leer, no es un veneno para el espíritu", y se marchó de Artefa. Se llevó la Crónica de Celestino de Guadix, las ropas de su sobrina, un guardapelo con sus rizos y el magnífico relicario con el coño de la Bernarda.

¿Pero qué clase de pueblo puede hacer de Bernarda una santa por el poder de su sexo, aunque sea descendiente de Aben­Humeya?

Si cayó la gran Babilonia, ¿cómo no iba a ser éste el destino de Artefa?

 

Ruego

Soy escéptica, muy laica, y atea. Pero si alguien hubiera en las alturas, le pido con el máximo fervor que jamás resucite Artefa. No creo que Andalucía esté preparada para otra catástrofe ecológica.

 

Notas

1. Manuel Talens, La parábola de Carmen la Reina, Barcelona, Tusquets, Colección Andanzas, 1999, pp. 39.

2. Manuel Talens, op. cit., p. 48.

3. Manuel Talens, op. cit., p. 82.

4. Manuel Talens, op. cit., p. 129.

5. Manuel Talens, op. cit., p. 157.

6. Manuel Talens, op. cit., p. 158.

7. Manuel Talens, op. cit., p. 158.

8. Manuel Talens, op. cit., p. 179.

9. Manuel Talens, op. cit., p. 315.

10. Manuel Talens, op. cit., p. 88.

11. Manuel Talens, op. cit., p. 200.

12. Manuel Talens, op. cit., p. 242.

13. Manuel Talens, op. cit., p. 333.

14. Manuel Talens, op. cit., p. 357.

María José Jiménez Tomé

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