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PROSOPOPEYA, revista de crítica contemporánea, Otoño/invierno 2000, nº 2,
Instituto de Estudios de Retórica, Departament de Teoria dels Llenguatges,
Universitat de València
LA NOVELA, ENTRE DOS SIGLOS
Por
Ricardo Senabre
Universidad de
Salamanca
La
literatura -como, en general, cualquier tipo de comunicación- nace
estimulada por unas circunstancias, obedece a unas demandas -permanentes o
pasajeras- y se orienta a unos destinatarios que, por encontrarse en una
misma sociedad, comparten ciertas ideas, creencias y modos de vida. Por eso
las transformaciones operadas en una sociedad afectan inevitablemente a la
literatura y al arte que se producen en ella. Al fin y al cabo, el
destinatario previsible y natural de esas obras es la sociedad, o una parte
de los individuos que la componen. El éxito de un artista -el éxito en su
época, no la gloria póstuma, que depende siempre de otros factores- revela
una coincidencia entre sus gustos, sus preocupaciones o los temas de sus
obras y los gustos y las preocupaciones de sus coetáneos; algo que en
ocasiones, desde una época distinta y con criterios exclusivamente estéticos,
nos resulta difícil comprender. Si miramos al siglo XIX, hoy se nos antoja
increíble la estima general de que gozó durante varios decenios la poesía
de Campoamor, antepuesta a la de Bécquer en la valoración de muchos
hombres cultos de la época. Hubo un amplísimo sector de la sociedad que
se sintió identificado con los motivos y la simplicidad formal de Campoamor.
Si aspiramos a entender por qué, necesitaremos estudiar a fondo cómo
estaba conformada aquella caja de resonancia que fue la sociedad de la
Restauración, y tal vez así comprendamos -aun sin compartirlo- el eco
duradero de las Doloras del poeta asturiano.
Ninguna
sociedad es algo estático. Su esencia misma está en el cambio, con ritmo
diverso según las épocas. A veces, su dinamismo arrastra a la literatura.
Otras -acaso las menos-, son los logros artísticos los que espolean una
aceleración social. Recordemos algunos casos para no mantenernos en el cómodo
refugio de las consideraciones generales. Podemos escoger un hilo cualquiera
y tirar de él para observar por dónde nos conduce. Sea, por ejemplo, la
imprenta. Sus técnicas y sus posibilidades se mantuvieron sin apenas
cambios desde Gutenberg hasta el siglo XVIII. Es en el XIX cuando se produce
un desarrollo técnico espectacular.
Las
aplicaciones de la litografía, la aparición de la prensa de doble
cilindro, del rodillo entintador y, finalmente, de la rotativa -por citar sólo
algunas de las innovaciones de la época- facilitaron la producción rápida
de impresos y abarataron su precio. Las tiradas de los libros aumentaron
significativamente, y también se amplió el posible público receptor. En
primer lugar, merced a un notable crecimiento demográfico. Puede
estimarse en diez millones y medio de habitantes el total de la población
española en los últimos años del siglo XVIII; cincuenta años después
eran ya cinco millones más, gracias a la llamativa disminución de males
endémicos, como la peste, y a la extensión de ciertos cultivos. Los
sistemas de comunicación y transporte mejoran sensiblemente. El largo
proceso de desamortización da entrada a una clase burguesa urbana y
acaudalada que aspira a que sus hijos posean una educación sólida. El
comercio del libro aumenta, así, considerablemente. Y también la lectura,
pero en proporciones que resulta difícil calibrar, debido a la aparición
de un factor nuevo. Hasta el siglo XVIII se suele calcular el número de
lectores de una obra partiendo del número de ejemplares de la tirada y
multiplicándolo por tres. Se admite que, grosso modo, cada volumen vendido
es utilizado por tres lectores diferentes. En el siglo XIX, sin embargo, se
introducen en España las llamadas "bibliotecas circulatorias",
nacidas y extendidas por toda Europa durante la centuria anterior. En 1813
comienza a funcionar la biblioteca de Cabrerizo en Valencia, y muy pronto se
multiplican estos "gabinetes de lectura" en los que, mediante un
abono, se accede al préstamo de libros. En la biblioteca circulatoria de
Cabrerizo, el precio del abono mensual en 1815 ascendía a catorce reales de
vellón, 1 y aunque conociéramos el número de abonados que la
biblioteca tuvo en cada momento, sería imposible conjeturar con alguna base
cuántos de ellos leyeron una obra determinada. De este modo, el cálculo de
tres lectores por volumen ya no es válido. He aquí cómo el incremento
demográfico, la extensión de una clase social, los avances técnicos y al
aumento de las publicaciones son hechos que acaban siendo convergentes.
Pero
hay más consecuencias significativas de esta situación. Por ejemplo, el
aumento, no ya de lectores, sino de lectoras. El acceso de la mujer a la
cultura me refiero a la cultura del libro y la lectura- es un hecho
trascendental del siglo XIX, ignorado con escandalosa frecuencia y, sin
embargo, de una evidencia aplastante. La presencia femenina se manifiesta en
la abrumadora cantidad existente de revistas para mujeres -en su mayoría,
además, dirigidas y escritas por mujeres-, 2 muchas de las
cuales, por otra parte, incluyen en sus páginas relatos breves, o novelas
distribuidas en diferentes entregas, por lo común de naturaleza
sentimental. Hay también colecciones narrativas dirigidas a un público
femenino, como la Biblioteca
de señoras, Las galas del amor o
la celebérrima Biblioteca
rosa. Como
en cualquier relación de mercado, el crecimiento de la demanda provoca un
incremento de la oferta. Y la nómina de narradoras del siglo XIX -dejando
aparte os grandes nombres ya conocidos, desde Fernán
Caballero a
la Pardo Bazán- es riquísima, aunque para muchos lectores de hoy sus
nombres no resulten ya familiares. 3
Pero,
además, esta mujer que irrumpe como consumidora de literatura -y muy
especialmente de narraciones- pertenece por lo común a una clase social
acomodada; apenas tiene que ocuparse de tareas caseras ni, claro está,
desempeña actividades laborales- porque dispone de abundante servicio doméstico
y, por consiguiente, de horas libres, mientras el marido atiende sus
negocios, acude al café o participa en tertulias. Las formas de vida
favorecen un distanciamiento entre los cónyuges y, dado que la mujer dedica
horas de ocio a la lectura, este asunto -que podríamos enunciar como la
soledad de la mujer casada- aparece a menudo en la novela decimonónica, que
es, y no por casualidad, una novela centrada esencialmente en los tipos
femeninos, desde La
Gaviota, de
Fernán Caballero, hasta las mujeres de Galdós -Doña Perfecta, Gloria,
Fortunata... , o de la Pardo Bazán, o la Ana Ozores de Clarín.
La
soledad y la insatisfacción ofrecen a menudo, como desembocadura dramática,
el adulterio, y no es la literatura española la única en hacerse eco de
esta situación frecuente. 4
Los
cambios sociales que van produciéndose a lo largo del siglo XIX, a veces
impulsados por hechos en apariencia minúsculos, configuran poco a poco un público
distinto que provoca una demanda literaria nueva. Y existen peculiaridades
que nada tienen que ver con la demografía ni con la transformación de las
clases sociales. Me refiero a un cambio en el modo de mirar que también
arrastra consecuencias literarias. En el siglo XIX hay un incremento de
representaciones visuales, dibujos, cuadros, pinturas- que pueden ser
contempladas por muchas personas. La creación de museos, por una parte, y
el perfeccionamiento de las técnicas del grabado, por otra, son factores
que estimulan la posibilidad de familiarizarse con escenas diversas, que
llegan hasta las publicaciones más accesibles, como periódicos y revistas.
No es que antes no existieran las ilustraciones, pero eran menos frecuentes
y variadas, y tenían un carácter más ornamental y emblemático que
descriptivo. Ahora, los grabados proporcionan al lector ayudas para ver
el texto: figuras, escenas y paisajes invaden las revistas e ilustran
muchos libros. Bastarían algunos simples cotejos para percatarse del enorme
cambio. Confróntese, por ejemplo, el Diario
de los literatos de España, que comenzó a publicarse en 1737 y que es
sólo letra, con el Semanario
pintoresco español (1836-1857), que circuló exactamente un siglo después
y en el que son parte esencial las múltiples ilustraciones de todo tipo que
cubren sus páginas. Y puede hacerse algo similar en el ámbito de la
literatura emparejando el Fray
Gerundio de Campazas (1758), del padre Isla, y El
señor de Bembibre (1844), de su conterráneo Enrique Gil y Carrasco.
Las acciones del primero se desarrollan en lugares nombrados, no descritos.
No vemos el paisaje, el marco en que se desarrolla la historia. En
cambio, El señor de Bembibre es
producto de una actitud enteramente contrapuesta. Ya advirtió Azorín
con sagacidad: "El señor de
Bembibre no es más que eso: una colección de paisajes".5
Pero el examen de ésta y otras obras decimonónicas le llevó a afirmar que
"el sentimiento amoroso hacia la naturaleza es cosa del siglo
XIX", cuando, gracias a los avances de la ciencia, "el hombre ha
ido descubriéndose a sí mismo". Existe aquí el error de identificar
un sentimiento con su versión literaria en forma de discurso descriptivo.
Lo que no hallamos con facilidad antes del siglo XIX es la descripción
"del natural", los trazos minuciosos y detallados, la súbita
necesidad de experimentar con el lenguaje para asignarle también funciones
descriptivas no sometidas a modelos ni cánones previos, sino guiadas por el
objeto o el lugar concretos cuya apariencia se desea transmitir con
palabras. Y esta actitud nueva me parece consecuencia de la multiplicación
de representaciones visuales en textos impresos y del hábito que esta rápida
extensión de material gráfico crea en los nuevos lectores, pronto
convertidos también en "contempladores" que buscan en las novelas
narración de sucesos, pero también descripciones sugestivas, y rechazan
las páginas eriales de otros tiempos. Así como el siglo XX es el siglo de
la fotografía, el XIX está dominado por el grabado y la estampa. Un
novelista como Baroja, formado en la lectura de los grandes autores del
realismo europeo, acudió a numerosas fuentes informativas para componer los
veintidós volúmenes de las Memorias
de un hombre de acción.
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Pero
a la hora de bosquejar los rasgos físicos de muchos personajes jefes
militares y guerrilleros, sobre todo, echó mano de la gran colección de
estampas decimonónicas con retratos de hombres célebres que el novelista
fue reuniendo durante años y de las que todavía se conservan bastantes en
la biblioteca de Itzea.
Situémonos
ahora, no ya en las postrimerías del siglo XIX, sino en nuestros días,
cuando nos acercamos a un cambio de centuria. Han ocurrido muchas cosas que
afectan directamente a la literatura. Porque lo que consideramos literatura
ha servido para fines muy distintos, desde los puramente noticieros -los
romances viejos- hasta los propagandísticos, en productos tan diferentes
como la Vida
de San Millán, de
Berceo, o Fuenteovejuna
y El Isidro, de
Lope de Vega. Hoy, en cambio, la publicidad ha alcanzado técnicas tan
depuradas que los poemas o los dramas no parecen aptos para desempeñar esa
función. También a veces, y en especiales circunstancias, se ha utilizado
la literatura como instrumento de unificación lingüística y política. En
Italia, Manzoni fue retocando y reescribiendo I promessi
sposi
a lo largo de más de veinte años, y en la última fase de elaboración su
esfuerzo se concentró en eliminar los numerosísimos dialectalismos
lombardos que la versión primitiva contenía y en sustituirlos por formas
lingüísticas toscanas. 7 La versión definitiva de la obra,
aparecida entre 1840 y 1842, contribuyó decisivamente al creciente
predominio del modelo lingüístico toscano en el largo proceso de unificación
de Italia concluido definitivamente en 1870. Otras obras posteriores y de
gran difusión, como el conocidísimo Pinocchio
de
Collodi, fueron factores importantísimos en la consolidación de la
modalidad toscana como base de la lengua común, 8 tal como
existe hoy, por encima de las demás variantes dialectales.
Entre
nosotros y en nuestros días, la unificación o la diversificación lingüísticas
no ofrecen los mismos problemas que en la todavía inexistente Italia de
mediados del siglo XIX, y, en cualquier caso, es tarea encomendada a la enseñanza
y no a la literatura.
Hay,
pues, diversas funciones que la literatura ha desempeñado en distintas épocas
y que no parecen ya posibles ni esperables en nuestro tiempo ni en un futuro
cercano. Pero al margen de ese cometido utilitario, existe otra función importantísima,
quizá única para muchos lectores que no se acercan a la literatura por
razones profesionales. Me refiero a la función de divertir, entretener,
acompañar, sorprender, presentar mundos nuevos, personajes insospechados,
acciones apasionantes, sentimientos en los que tal vez podemos hallar un
reflejo de los nuestros. Esta función esencial, que parece irrenunciable,
tampoco ha tenido siempre la misma importancia. Durante siglos, la lectura ha
sido una de la poquísimas diversiones posibles. Hoy compite con multitud de
espectáculos culturales o deportivos y con la televisión, convertida en un
electrodoméstico más de funcionamiento constante. La literatura no
representa ya en nuestras vidas lo que representó hace un siglo. Ante esta
realidad de poco sirven las estadísticas acerca del incremento o el descenso
de la lectura (que, además, se confunden a menudo con el aumento o la
disminución de las ventas, cuando es bien sabido que un libro que se compra
no es necesariamente un libro que se lee). Lo importante no es saber si se lee
más o menos, sino saber cómo se lee. Y el acto de leer está sufriendo
grandes transformaciones. No se lee con sosiego, y ni siquiera con
independencia, sino que entre la obra y el lector se interpone una multitud de
mediaciones críticas, recomendaciones, lanzamientos publicitarios, moda-, de
tal manera que el acercamiento a la obra es pocas veces desinteresado y, por
así decir, virginal. Ni siquiera las casas se construyen para contener muchos
libros, y en su lugar aparecen artefactos como radios y equipos de música,
porque, en efecto, la música ha invadido también el espacio de la lectura y
muchas veces acompaña como fondo el acto de leer, falseándolo, por tanto,
porque, como recordaba Steiner,
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toda lectura es un diálogo con la obra, y la intromisión de otro estímulo
diferente quita concentración y desvirtúa ese diálogo. Hasta la forma
material de los libros tiende a dirigir la atención más sobre aspectos
triviales, gráficos o cromáticos, que sobre el texto, impreso, además, en
ediciones frágiles y perecederas. Parece que, al igual que muchos productos
industriales, el libro se haga para un consumo rápido y efímero; para no
durar, en suma. Ahora bien: esto es exactamente lo contrario de aquello a que
siempre ha aspirado la literatura: la perduración, la prolongación de la
obra más allá del autor y del lector inmediato. En estas condiciones, ¿qué
destino aguarda a la literatura?
Tomemos
como ejemplo la novela, que es sin duda el género más popular. Se desgajó de
la Historia, que en las primeras etapas de su desarrollo mezcló indistintamente
sucesos verídicos con otros fabulosos, 10 para ocupar la casilla
asignada a la ficción en prosa que relata hechos inventados. Desde el siglo
XVII ha sido el género narrativo por excelencia, y ha podido incorporar
modalidades procedentes de otros discursos: diálogos, cartas, poemas,
reflexiones teóricas, descripciones de lugares, referencias históricas...
Durante nuestro siglo, en cambio, la novela ha ido perdiendo su primacía como
artefacto narrativo. El cine ha ido ocupando el espacio reservado a la narración
de historias de ficción, y lo ha hecho aportando imágenes en movimiento. Sin
pretenderlo, ha desplazado a la novela hacia territorios poco explorados
antes, o bien difícilmente transferibles a imágenes: el relato psicológico,
la novela experimental, la metanarración, las diversas técnicas de contar en
que las acciones se trivializan o desaparecen en beneficio de la contextura lingüística
de la obra, que adquiere así una importancia esencial. Muchos relatos de Azorín, el Ulysses
de Joyce, ciertas novelas de Beckett nacen de esa necesidad difusa de
encontrar para la novela un espacio propio donde no exista posibilidad de
colisión con otro modo de narrar. Pero, inevitablemente, tal apartamiento hace
de estos relatos productos minoritarios, aptos sólo para pocos lectores, porque
los gustos de la mayoría van siendo conformados por el cine -arte de masas por
excelencia de nuestro tiempo, cualquiera que sea su formato- y orientados hacia
un tipo de narración de ritmo veloz, casi periodístico, y al rechazo de la
introspección y del análisis psicológico. La televisión ha comenzado a ser
modelo para el cine, y su influencia trivializadora se notará en la novela. ¿Cómo
huir de este peligro?
El
camino más evidente es el de reducir las acciones de la novela y potenciar
los aspectos psicológicos, basados sobre todo en monólogos interiores. Y no es
preciso llegar a los extremos de Samuel Beckett, cuyas obras -recordemos, por
ejemplo, Molloy, o Malone muere- son intraducibles por completo a imágenes. Hablo
de un camino que, sin abandonar los elementos narrativos tradicionales, haga
recaer el núcleo de la obra, su significado esencial, en pasajes no aptos para
la versión fílmica, sino exclusivamente literarios, esto es, formados con
palabras. Pensemos, por ejemplo, en el modelo de Crimen y castigo, de
Dostoyevski. La verdadera historia no radica en el crimen de Raskolnikov, que
mata a dos ancianas, sino al proceso de sus remordimientos, al creciente
sentimiento de culpa que lo acompaña, y esto no se representa mediante
acciones, porque permanece en el ámbito interno del personaje, y sólo el
relato de un narrador omnisciente o el recurso al monólogo interior pueden dar
cuenta de ello. Por eso las adaptaciones cinematográficas de la novela -entre
ellas tres clásicas, debidas a Robert Wiene (1923), Joseph von Sternberg (1935)
y Pierre Chenal (1935)- pueden resultar ejemplares en la creación de ambientes
y en la configuración del personaje central, pero producen la sensación de
superficialidad, porque la cámara no puede dar cuenta de la riqueza del mundo
interior de los personajes, que es la virtud esencial de la obra. Vengamos a
nuestros días, a un ejemplo español reciente: la novela El corazón inmóvil (1995), de Luciano G. Egido. La clave de la
obra, su sentido último, se halla en los monólogos interiores de unas monjas
que prestan servicio en un hospital salmantino a comienzos de siglo, y esto no
es tampoco traducible a imágenes. Pero la novela tiene un marco y unas acciones
que la sitúan en los aledaños de ciertas modalidades narrativas reconocibles
-porque todo gira en torno a una muerte misteriosa- y que sí podrían
convertirse en imágenes, pero a costa de desvirtuar y ocultar el verdadero
sentido de la novela. Y algo parecido, aunque tal vez de modo menos tajante,
cabría decir de la última novela del escritor, El amor, la inocencia y otros excesos (1999), donde hay cuatro
asesinatos minuciosamente relatados desde puntos de vista diferentes y que no
es, sin embargo, una novela de misterio, sino una declaración de amor. La
profundización en lo psicológico, el predominio de la introspección sobre el
relato de acciones, deja libre para la novela un espacio que tan sólo puede
llenarse con palabras y es inaccesible a la imagen. Con obras como éstas, los
vaticinios pesimistas que de vez en cuando se manifiestan acerca del porvenir de
la novela 11 no parecen tener demasiado fundamento.
Cabe,
además, otro tipo de innovaciones singulares que aprovechen las posibilidades
de la técnica más reciente y confieran a la novela una forma sin equivalencia fílmica posible. Ya a comienzos del siglo XX
Filippo Tommaso Marinetti difundió sus teorías sobre el futurismo, en las que
postulaba un cambio radical en los cánones estéticos vigentes. Entre otras
cosas, proponía eliminar la forzosa monotonía visual de la página impresa,
siempre con letras del mismo tamaño y color. Si las palabras de un texto
significan cosas distintas, y a veces contrarias, ¿por qué no diferenciarlas,
imprimiéndolas en colores diferentes? Lo cierto es que las dificultades tipográficas
hubieran hecho problemática la composición de libros futuristas.
Sólo
algunos experimentos de la poesía vanguardista y del cartel publicitario han
aprovechado, y mucho más tarde, algunas de las propuestas de Marinetti.
Pero
hoy existen otras posibilidades. La tipografía ha dado un salto gigantesco
gracias a la composición mediante ordenadores, y muchas ideas que hace medio
siglo parecían irrealizables tienen ahora fácil solución. Algunas novelas de
los últimos años han apuntado caminos cuyo desarrollo es imposible predecir.
En su novela El claro de los trece perros (1997),
Jorge Márquez ha operado con procedimientos que hubieran satisfecho a Marinetti
y que, un tanto desvaídamente, hemos visto alguna vez utilizados en los
bocadillos de tebeos e historietas cómicas. El artificio consiste en componer
los parlamentos de los distintos personajes con tipos y tamaños de letra
diferentes, de modo que los caracteres biográficos sirvan como rasgos
identificadores y, al mismo tiempo, sugieran la índole de cada personaje: letra
cursiva y de cuerpo pequeño para una niña, letra gótica para un cura y otras
numerosas variedades convierten algunas páginas de la novela en un insólito
espectáculo visual, difícilmente concebible en la literatura narrativa
anterior. He aquí algo que facilita y que no desvirtúa el carácter literario
de la obra, sino que lo acentúa al subrayar aspectos de la forma del texto. Es
seguro que la literatura aprovechará cada vez más estas posibilidades.
Recientemente (octubre, 1999), entre los originales presentados a un
importante premio de poesía, he encontrado uno cuyo anónimo autor presentaba
cada poema con un tipo de letra y un tamaño diferentes. En su novela Hijas
de Eva (1997), Manuel Talens intercala cierto material gráfico, como
supuestas fotografías de algunos personajes, la portada de un libro que se cita
en el texto y hasta la reproducción de una página del diario El
Imparcial, de Valencia, en el que junto con la cabecera, los anuncios y
diversas noticias, figura la del asesinato de dos guardias civiles que se ha
transcrito íntegramente en la novela. Todo esto, claro está, procede de una
elaboración con ordenador, pero resulta imposible -como sucede en las
composiciones gráficas digitalizadas- descubrir el trucaje. De este modo se
crea una especie de realidad virtual de imprevisible alcance. En los comienzos
de la novela, los autores se empeñaban una y otra vez en asegurar que sus obras
relataban "sucesos verdaderos", pero no podían ofrecer más prueba de
ello que su palabra. Ahora, gracias a las técnicas de composición modernas,
hay pruebas gráficas - documentos, fotografías, supuestas fotocopias- que,
además, se insertan en la obra, borrando aquella separación tajante entre
ficción y realidad que pretendieron anular, sin demasiado éxito, los primeros
escritores que se aventuraron por el camino de la novela. Por otra parte, esta
mezcla de material gráfico y elementos literarios -cuyo precedente podría
estar en las novelas ilustradas del siglo XIX- es un signo del arte actual:
hay imágenes y palabras en las historietas cómicas, en la publicidad, en el
cine sonoro y en la televisión. ¿Por qué no en la literatura?
La
presencia de imágenes para crear una "realidad virtual" sugiere que
el mundo de la informática ha penetrado en la literatura. No es ahora cuestión
de discutir la utilidad del llamado "libro electrónico", evidente
en obras de consulta. Lo que conviene plantearse, aunque sea de modo apresurado,
es si puede existir alguna colisión de estas técnicas con la literatura de
creación, y si dentro de cincuenta o sesenta años, cuando todos los escritores
utilicen el ordenador para escribir sus borradores se producirá en la escritura
algún cambio más que la ausencia de papel y de tachaduras en el texto.
La
transferencia de un texto a un soporte electrónico lo hace flexible y maleable,
cosa que no sucede con el texto impreso, atrapado por su misma materialidad. 12
Del texto electrónico se pueden extraer palabras, nociones, índices de
frecuencia; se pueden aproximar palabras o lugares que contengan analogías o
afinidades, y construir, en suma, un texto
nuevo
cuyo autor sería el lector. Esto es lo que algunos han llamado "escrilectura"
13 o "lectura interactiva". Tomemos un ejemplo: una edición
reciente del Quijote
ha
puesto a disposición de los lectores una grabación electrónica del texto.
Podríamos no leer linealmente, sino buscar una palabra o una noción y colocar
tras ella todas sus ocurrencias. Si lo hiciéramos, por ejemplo, con la palabra pastor
y leyéramos
la secuencia de textos en que aparecen pastores, podría ocurrir que al llegar
al pasaje en que Don Quijote apunta la posibilidad de hacerse pastor con el
nombre de Quijótiz
(11,
67),
dedujéramos
que Don
Quijote de la Mancha es
la historia de un caballero andante que, cansado de su dura existencia y
fascinado por el mundo pastoril, decide abandonar las armas y las aventuras
arriesgadas para vivir en contacto con la naturaleza. El texto -en este caso el Quijote-
es
hipertexto,
una
especie de mar infinito por el que el lector navega eligiendo diversas
posibilidades, rumbos distintos, y creando, pues, en cada caso, un texto
diferente (por eso es un "escrilector"), pero todos ellos incluidos en
ese hipertexto gigantesco, repleto de enlaces, referencias, analogías y nudos
diversos, que es la obra. Por ellos navega el lector, que también puede
extraviarse, porque la lectura tiene un marcado carácter lúdico y el error
forma parte del juego. 14
Pero
¿es cualquiera de estas lecturas una lectura del Quijote?
¿No estamos dejando a un lado la existencia de una obra única y de un
autor? ¿Habrá que aceptar que la obra admite como válida cualquier lectura,
incluso la que rompe la secuencia establecida por el orden constructivo? Ésta
sería una lectura "interactiva". Y algunas novelas han tanteado la
posibilidad de este artificio. Citaré un caso. Se trata de la novela Detrás de la puerta, de Alina Reyes, publicada originariamente en
francés en 1993
(Derrière la porte) y traducida al español en 1995.
La publicidad presenta la obra como "la primera novela erótica
interactiva". Y la solapa resume el contenido: "Un hombre y una mujer
entran por separado en el reino de Eros, a través del simulacro de un pequeño
circo. En seguida se encuentran en un laberinto de pasillos que llevan de una
puerta a otra. Detrás de cada una de ellas les espera la realización de una
fantasía erótica. Pero es el lector quien decide qué puerta deben abrir en
cada caso, interviniendo por tanto en la estructura de la historia". De
hecho, al concluir cada capítulo el lector escoge entre pasar al siguiente o
bien a otro que se le indica, pero lo cierto es que todos ellos son, en cierto
modo, intercambiables se dedican a mostrar diversos encuentros eróticos- y,
como la acción no progresa, la elección tampoco resulta decisiva.
Casi
no es necesario apuntar que la interactividad subraya las posibilidades del
sistema y la intervención o el papel creador del que antes era destinatario de
la obra. No es casualidad que todo esto se desarrolle paralelamente a ciertos
postulados de la crítica postestructuralista que defienden la inexistencia de
un eje en la obra, la desaparición del autor, la obra como una manifestación
de la intertextualidad, de la mezcla y entrecruzamiento de textos... Los
llamados "signos de los tiempos" son siempre solidarios.
Pero
¿son estas ideas y experimentos radicalmente innovadores? La visión del texto
como confluencia de textos distintos y de origen diverso estaba ya implícita en
las minuciosas ediciones anotadas de la vieja Filología, y cualquier reactivación,
cualquier aplicación, por elemental que sea, de sus métodos vuelve a ponerlo
de manifiesto. Cuando Herrera analiza con pormenor los ecos, las analogías y
las coincidencias textuales que la poesía de Garcilaso ofrece con multitud de
textos de poetas toscanos, latinos o griegos, lo hace sobre el supuesto de que
la originalidad del producto final no radica en la novedad de sus componentes,
sino en su peculiar combinación en el conjunto del texto. Cualquier hallazgo
textual, incluso los más sorprendentes y originales, se halla dentro de ese
gigantesco hipertexto de combinaciones posibles -como cualquier enunciado lingüístico
en el conjunto de enunciados posibles que el sistema encierra-, y no es de extrañar
que a veces se produzcan coincidencias textuales, tal vez fortuitas. Tomemos un
ejemplo. En un conocido artículo de Dámaso Alonso en el que se comenta una de
las Glosas Emilianenses, el autor concluía: "El primer vagido de la
lengua española es, pues, una oración" ("El primer vagido de nuestra
lengua", en ABC,
30-XII-1947). Esta
afortunada imagen no carecía de precedentes. Ya en 1914
había
escrito Ortega que en algunas obras poéticas "me parece sorprender [...]
el vagido inicial de un estilo que germina" (O. C., VI,
263). Y en
1919:
"Yo
no
he aprendido a conmoverme por esta libertad en los discursos de Robespierre,
sino en las crónicas más viejas de nuestra tierra, donde la he oído bramar
entre los vagidos natales de habla castellana" (O. C., X,
561). Todavía
en 1926,
y a
raíz de la publicación de los Orígenes
del español, de
Menéndez Pidal, escribió Ortega una reseña -incorporada al libro Espíritu
de la letra- en
la que afirmaba que en la obra "se habla de un niño: el idioma recién
nacido, blando y mofletudo, lechal. Es un tratado del español
balbuciente". Pero no podemos reducir toda esta cuestión a una relación
intertextual entre Dámaso Alonso y Ortega. Mucho antes, un cuento de Pérez
Galdós fechado en 1876
y
titulado La
Mula y el Buey (Cuento de Navidad), se
podía leer: "Nada caracteriza a un niño como su estilo, aquel genuino
modo de expresarse y decirlo todo con cuatro letras, y aquella gramática
prehistórica, como los primeros vagidos de la palabra en los albores de la
humanidad". ¿Puede darse aquí por cerrada la cadena intertextual? De ningún
modo. En la traducción de la Historia
de la literatura española de
George Ticknor, llevada a cabo en 1851
por
Pascual de Gayangos y Enrique de Vedia, y en uno de los primeros párrafos del
capítulo inicial, se decía: "Después de la ruina del imperio romano, y
al verificarse la completa transformación de las instituciones sociales, que
sucedió a la
caída de aquella civilización, si la poesía
lanza algún vagido es únicamente en épocas de alguna tranquilidad y
reposo". Y es forzoso cortar aquí, porque la imagen del vagido -una
gota de agua en el mar textual- ofrecería por sí sola materiales para una
voluminosa monografía.
No
sólo la concepción del texto como crisol y producto de otros textos, sino
también la lectura libérrima, la creación de un sentido por parte del lector
se daba ya antes. Estaba insinuada, como un estímulo y un paso necesario, en
los relatos apoyados en el perspectivismo, en la narración del mismo hecho
desde ángulos diferentes entre los que el lector debía escoger: recordemos L'école
des femmes, de
Gide, con las dos versiones diferentes del fracaso de un matrimonio que ofrecen
el marido y la esposa, o Ramo
de errores, de
Salvador de Madariaga, donde once espectadores de una muerte misteriosa -diez
personas y un perro- ofrecen su versión del hecho, naturalmente incompleta y
contradictoria.
Pero
existe un espléndido ejemplo de "novela interactiva" avant la
lettre, anterior al desarrollo y la pujanza del orbe informático: Juego de
cartas, de Max Aub, publicada hacia 1964. La obra se presenta como un conjunto
de 104 cartas contenidas en un estuche de cartón. Carta tiene aquí el doble
valor de "naipe" y "misiva", porque, en efecto, cada carta
"naipe" tiene al dorso una carta "misiva". Es una novela
epistolar acerca de Máximo Ballesteros, muerto en circunstancias poco claras.
Algunos autores de las cartas piensan que se ha suicidado; otros sospechan que
ha muerto a manos de su mujer por un asunto de celos; el médico estima que se
trata de un fallecimiento por trombosis. Los puntos de vista de los distintos
firmantes acerca de Máximo Ballesteros difieren hasta extremos inconcebibles.
Como se trata de un juego ('conjunto') de cartas ('misivas'), pero las cartas
son también naipes, se puede jugar, y el autor ofrece las reglas. Según la
disposición con que vayan saliendo y disponiéndose las cartas después de
barajarlas y repartirlas, aparecerá una silueta diferente del muerto. También
aquí se pone en tela de juicio el principio de autoría y se concede al
destinatario un papel relevante en la interpretación del texto, al mismo tiempo
que éste aparece como una encrucijada de lecturas posibles. El autor explica
cómo deben repartirse los naipes y añade: "Puede variar el juego desde el
principio dando dos o tres cartas, a gusto de los jugadores, con la seguridad de
que el resultado será siempre diferente". Y remata: "Gana el que
adivine quién fue Máximo Ballesteros". Pero nadie ganará, porque la
realidad es caleidoscópica y huidiza; o mejor, hay tantas realidades como
perspectivas.
Las
aplicaciones informáticas, tan deslumbrantes por su celeridad, desarrollan en
la literatura ideas y sugerencias que ya existían, aunque lo hagan con nuevo
impulso y métodos renovadores. Y es que tal vez sea el momento de recordar algo
que se ha afirmado en varias ocasiones: que nada es rigurosamente nuevo, y que
en el hombre de las cavernas está ya el embrión de todos los individuos de la
historia posterior.
Notas
1
Apud V. Lloréns, Literatura, historia, política, Madris, Revista
de Occidente, 1967, pág. 203.
2
Vid. I. Segura y M. Selva, Revistes de dones (1846-1945),
Barcelona, Edhasa, 1984.
3
Vid. mi Literatura y público, Madrid, Paraninfo, 1987, págs. 22
ss.
4
Vid. B. Ciplijauskaité, La mujer insatisfecha. El adulterio en la
novela realista. Barcelona, Edhasa, 1984.
5
El
paisaje de España visto por los españoles,
Madrid, Espasa-Calpe, 1942, pág. 17.
6
Vid.
F. Flores Arroyuelo, Pío Baroja y la historia, Madrid, Helios, 1972; c.
Longhurst, Las novelas históricas de Pío Baroja, Madrid, Guadarrama,
1974. Para el tratamiento de las fuentes, cfr. mi trabajo “Sobre las fuentes
históricas de Pío Baroja”, en el vol. Historia, literatura, pensamiento
(Estudios en homenaje a María Dolores Gómez Molleda), Salamanca,
Universidad, 1990, II, págs. 447-460.
7
Cfr. mi Literatura y público, cit. Pág. 82.
8
Vid. I. Even-Zoar, “La función de la literatura en la creación de las
naciones en Europa”, en VV. AA., Avances en Teoría de la Literatura,
Universidad de Santiago de Compostela, 1994, espec. Pág. 372.
9
G. Steiner, Pasión intacta, Madrid, Siruela, 1996, pág. 26.
10
Literatura y público, cit., págs. 101-103.
11
Incluso la revista Ínsula acaba de dedicar a este asunto un número
monográfico (634, octubre 1999), en el que el escritor Isaac Montero ve
diluirse la “ambición de totalidad” que siempre caracterizó al género y
prevé una trivialización, un alud de productos narrativos “fáciles de
olvidad” (pág. 21).
12
Cfr. S. Lusignan, “Le statut épistémologique du texte électronique”,
en Computers and the Humanities, 19 (1985), págs. 209-212.
13
P. Barbosa, A Ciberliteratura. Criação literària e computador, Lisboa,
Cosmos, 1996.
14
Vid. G. P. Landow, Hyper/ Text/ Theory, Baltimore, The Johns
Hopkins University Press, 1995, pág. 31. Y véase del mismo Landow, Hipertexto.
La convergencia de la teoría crítica contemporánea y la tecnología [1992],
Barcelona, Piados, 1995.
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