ALEC (Anales de la Literatura Española Contemporánea)
Volumen 28, número 1, año 2003, páginas 203-231.
¿LA DERROTA DEL
PODER?: UNA MIRADA CRÍTICA A LA OBRA DE MANUEL TALENS
CARMEN MORENO-NUÑO
Wesleyan University
Ahora que el nombre del
granadino Manuel Talens empieza a ser mencionado en más de un congreso académico[i],
y acaban de ser reeditados su primera novela y uno de sus cuentos[ii],
puede ser un buen momento para detenerse con rigor en su ya no tan escasa
producción. Desde sus primeras páginas, dicha producción destaca por una
subversión carnavalesca de los mecanismos del poder, siendo éste deconstruido de
forma inmisericorde en su auto-proclamada verdad histórica. Teniendo como
encuadre tal temática unificadora, este artículo pretende profundizar en los
temas y leit-motivs que pueblan la cosmología de la obra de Manuel Talens,
y que apuntan a una dirección cierta de futuro, algunos de ellos señalados ya
por la crítica, otros no observados todavía. De entre estas constantes, tanto
temáticas como formales, me detendré especialmente en las siguientes: el
exquisito dominio del lenguaje; la riqueza de la intertextualidad; la
autoconciencia y autorreflexividad narrativas; el escepticismo frente a las
proclamadas “verdades” del pasado; la crítica a todo poder usurpador e
intolerante; los recursos de la parodia, la ironía, el sarcasmo y el esperpento;
el abuso de lo escatológico; la concepción lúdica de la literatura; la defensa
del amor como única construcción con poder salvífico; la revisión de la figura
del anarquista; la reivindicación de la mujer; el acerado anticlericalismo; y,
por último, la centralidad del marginado. Tales constantes son distintas
expresiones de una misma y persistente crítica a la absolutización del poder y a
las construcciones cerradas de la Historia. Desde su primera novela Manuel
Talens se ha mantenido fiel a este objetivo central y a estos elementos
estructurales, dejándolos madurar, y por tanto son ellos los que van a guiar mi
lectura de sus tres obras publicadas hasta la fecha. Ellos son también el
vínculo de unión entre las tres partes de este trabajo. La construcción de tal
tipología tiene además como objetivo confesable, y no último, la divulgación de
una obra que, como ya están señalando una profusión de nombres, está encontrando
todavía tímidamente la celebridad merecida.
Nacido en 1948, la
infancia de Manuel Talens transcurrió en el castizo barrio de la Cartuja
granadina, y la vida le llevó tras terminar sus estudios de Medicina a París y a
Montreal, ciudad ésta donde escribe su primera novela, La parábola de Carmen
la Reina. Hace algunos años, Manuel Talens cambió los fríos canadienses por
la calidez costera valenciana, habiéndole conducido su nomadismo en la
actualidad a la vecina Francia. Este somero bosquejo biográfico nos presenta a
un autor no encasillable dentro de las nuevas hornadas de jóvenes escritores: en
sus cincuenta, de y en provincias, viajero casi permanente, alejado de los
circuitos —escaparates en lo positivo y negativo del término— de Madrid, y
diestro en el arte de la escritura sólo tras muchos años de lectura activa,
Talens alimenta su producción del más clásico canon literario español, en una
re-actualización y re-valorización que reconoce y paga su deuda a los grandes
maestros del pasado. En palabras de su personaje Lázaro Gómez Molina —voz
narrativo-picaresca del cuento “Fascis, Fascis”—, y sobre “los escritores del
Siglo de Oro”, nos dice: “Fue a partir de entonces cuando empecé a soñar con
imitarlos algún día, y puesto que no debe ponerse la tinaja antes que el olivar,
me dediqué a leer con desespero. Todos eran buenos (para mí que nadie ha
llegado aún a superarlos)” (18).
El diálogo con los
clásicos no se detiene en el homenaje, sino que se expande al presupuesto
ideológico de que toda mirada sobre el presente tiene que partir
intencionalmente del pasado para poder perdurar. La contemporaneidad de Talens
—y una de sus mayores aportaciones— no se halla, a diferencia de “los
novísimos”, en los referentes del cine, la TV, la cultura pop, o el retrato del
mundo de los jóvenes, sino en haber sabido entresacar de la literatura clásica
española personajes y géneros que adquieren un nuevo contenido desde las
reivindicaciones político-sociales del presente, de las que ellos se constituyen
asimismo como respuesta: la centralidad del personaje femenino como apoyo a la
conquista de libertad de las mujeres, o la actualización de la picaresca como
espacio rescatado para el oprimido. Por ello, a pesar de que la
intertextualidad con la literatura clásica española es uno de los rasgos más
definitorios de la producción de Talens, su obra debe afirmarse dentro de la más
rotunda contemporaneidad, aliada con autores que moran en el pasado ficcional y
en el pasado político-social, pero desde un presente al que buscan dotar de
sentido. Entre los autores que moran en el pasado de la ficción mediante la
recreación del ayer y su escritura, Talens se hermana con Paloma Días-Mas,
Lourdes Ortiz, y con el Eduardo Mendoza de La ciudad de los prodigios;
mientras que los discursos de crítica al statu quo lo acercan a los
mundos narrativos de escritores como Manuel Vázquez Montalbán, Antonio Muñoz
Molina, Julio Llamazares o Alfons Cervera. La intertextualidad como
método auto-reflexivo de escritura y la crítica política al poder como tema
omnicomprensivo son dos de las grandes columnas de Hércules de Manuel Talens,
como trataré de elaborar en adelante. Pero antes de cerrar de modo conclusivo
el abanico, vamos a admirar todos sus colores…
La parábola de Carmen la
Reina:
Las dos novelas de Manuel
Talens, La parábola de Carmen la Reina (1992) e Hijas de Eva
(1997), y su volumen de cuentos Venganzas (1994), son un paraíso para el
cervantino lector avisado, que ve resurgir ante sus ojos tanto los textos
clásicos españoles como auto-referencialmente el mismo mundo ficticio creado por
Talens a la manera de Región o Mágina. La parábola de Carmen la Reina
asombró unánimemente por la “ebriedad narrativa [de lo que era un] volcán en
erupción” (Sánchez Torre, “El don…”) del que se desprendía una más que prolija
intertextualidad usada por Talens para aludir y homenajear a los clásicos, a
personajes públicos de la cultura, la literatura y la política, y a los
Evangelios (Salanova), en una verdadera “selva de referencias culturales”
(Ruiz Casanova, “A contracorriente”). Más adelante nos detendremos en la
importancia de la intertextualidad en Hijas de Eva y en Venganzas.
Con La parábola tenemos, según la definición de su autor, una “Biblia
apócrifa”[iii],
es decir, estamos ante la re-escritura del texto sagrado que más ha determinado
la historia del mundo occidental: la venida al mundo de un Cristo que con su
propia vida redimirá a la humanidad de sus miserias, tal como estaba profetizado
desde el principio de los tiempos. La re-escritura es provocativa, profana,
escandalosa, paródica; y la ambición del proyecto tan merecedora de atención
como la dignidad y riqueza de su resolución. La intertextualidad bíblica no se
queda en el puro juego referencial, sino que adquiere su más completa
significación en la denuncia de la progresiva y perversa metamorfosis sufrida
por el mensaje religioso-moral cristiano, el cual tendría que haber guiado las
acciones políticas de los poderosos en España desde la época de los Reyes
Católicos, origen ancestral de una Parábola que comienza en la batalla de
Bailén. De ahí el estrecho maridaje en la producción de Talens entre
intertextualidad y crítica al poder.
La parábola de Carmen
la Reina sitúa
su acción en el imaginario pueblo de Artefa (paranomasia del también pueblo de
Atarfe), situado en la Alpujarra granadina, de donde remanece la familia materna
de Talens, narrando de forma coral las vidas de más de medio centenar de
habitantes de esta cortijada durante el siglo XIX. La mayoría de los críticos
literarios han contextualizado esta novela como seguidora del realismo mágico
del boom latinoamericano, concretamente de la saga de Cien años de
soledad de García Márquez (Senabre; Sanz Villanueva, “Novela total”;
Echevarría, “Lecciones…”; Miñambres, “Sorprendente…”; Alonso, “Novelar…”); por
otra parte, aunque “lo mágico irrumpe a menudo en la historia [sus episodios
están] más cerca del esperpento ibérico que del realismo mágico americano” (Giménez
Corbatón)[iv].
Apartándose de ambos enclaves, y a pesar del reconocimiento por parte de estos
autores de que La parábola hunde sus raíces en el lenguaje, en el sentir
popular andaluz y en la más típica geografía de la ciudad de la Alhambra, tan
sólo la reseña de Moisés Mori (1993) ha reconducido sabiamente la novela a los
parajes de la literatura existente sobre la comarca de la Alpujarra, situándola
en la tradición comenzada por Gerald Brenan y Pedro Antonio de Alarcón, y
continuada en nuestros días por Antonio Gala y Adelaida García Morales.
Del pueblo de Órgiva procede la abuela materna de Talens, la abuela Carmen que
le contaba historias cuando niño criándolo hasta los nueve años; y por ella el
nombre de la tardía protagonista, Carmen la Reina, que no aparece como el Cristo
de la Biblia hasta el final, aun cuando su alumbramiento estuviera
profetizado desde el principio en la hermética lengua hebrea del medallón:
“Ahora todo es tristeza, pero vendrá el momento en que una reina derramará su
sangre por nosotros, y siete años más tarde llegará el día del talión” (313).
El discurso feminista de defensa y exaltación de la mujer —encarnado también en
las dos protagonistas de Hijas de Eva y en los personajes femeninos de
Venganzas— es otra de las constantes del autor, el cual por una parte
reviste valientemente a Carmen la Reina de la excepcionalidad debida a la
alter ego femenina del Cristo, y por otra dota a las mujeres campesinas
artefeñas de fortaleza, humor y sabiduría, devolviéndoles las merecidas riendas
de sus casas y sus vidas.
Lo que atrajo
poderosamente la atención de los críticos sobre esta madura ópera prima
fue —en la continuación de la tradición neobarroca— el uso explosivo y
preciosista a la misma vez del lenguaje, con rasgos que reaparecerán en
Venganzas y en Hijas de Eva: profusión léxica, riqueza de un
vocabulario lleno de cultismos, arcaísmos y neologismos, terminología médica
tanto de curanderos y matasanos como de galenos de universidad, refranes, coplas
populares, adivinanzas, trabalenguas, chascarrillos, etc. La versatilidad
mostrada en el buen hacer de muy diversos géneros literarios reiteraba la
solidez del escritor: el epistolar con el narratario “A Teófilo” que encabeza la
novela —reducido en la segunda edición—, las escenas costumbristas sobre la vida
artefeña, los cuentos que suponen cada una de las vidas narradas, la parodia a
veces esperpéntica que rebosa comicidad y sentido del humor, y el collage
que incluye un plano de las Alpujarras datado en 1852, un árbol genealógico de
los habitantes de Artefa, un díptico en hebreo como cabecero del texto, y en la
segunda edición una foto del medallón. Mediante la fragmentariedad que implican
estos juegos, Talens entrecruza los planos lingüístico y temático: un lenguaje
cincelado como constante estilística, y una crítica al poder como leit-motiv.
Talens le recuerda al lector que no existe reconciliación posible entre el nivel
de la representación y el de su referente histórico: frente a la posibilidad de
una dialéctica, sólo queda la contradicción irresoluble; frente a la
absolutización de la verdad, la apuesta por la multiplicidad de perspectivas. La
opción estética de Talens es un camino coherente, y por ello bien elegido, que
encarrila la lectura hacia una clara opción socio-política.
Debido a su capacidad
subversiva contra un poder usurpador, la parodia es otro de los rasgos que
sistemáticamente caracteriza la escritura de Manuel Talens. Paradójicamente,
esta nueva Biblia, en su orden por definición totalizador, se propone
como una contestación desde su asumida provisionalidad e intertextualidad al
carácter totalizador de todos los textos sagrados. Lo explícito de la crítica
política junto con el recurso a la parodia alejan el peligro de la
contradicción: La parábola es una gran parodia de la Biblia, del
acto escritural, y de sí misma en su introvertida autoconciencia. La ironía
paródica se expresa en múltiples formas en esta obra, y entre ellas —como botón
de muestra— el retruécano adquiere su expresión más ingeniosa en la nota
autorreferencial en la que Talens cita su propia novela —ligeramente cambiada de
título— dentro de la lista eclesiástica de libros prohibidos, atribuyéndosela a
modo de homenaje a su hermano, el poeta y crítico literario Jenaro Talens, bajo
el pseudónimo que éste utiliza: “...La Divina Comedia de Dante Alighieri
y La parábola de la reina andaluza de Ramón Carmona, calificada de
peligrosa por el Tribunal eclesiástico y recientemente añadida a la inagotable
lista del Índice de libros prohibidos; esta obra lo dejó espantado: ¿cómo era
posible que el historiador que la escribió supiese cosas que parecían cosas de
su propia existencia?” (195). De esta manera, la parodia metaficticia que
Talens nos ofrece en La parábola nos desvela el funcionamiento de un
nuevo leit-motiv en la producción de Manuel Talens, su carácter
metaficticio, el cual depende de la previa quiebra de la autoridad de todo acto
de escritura y de la tela de araña intertextual que teje indefinidamente los
discursos de la historia y de la ficción. No en vano el autor define su propia
novela como “apócrifa”, en un guiño a su propia autoría y al canon —no sólo
sagrado— en su labor inclusiva. Un ligero giro de tuerca basta para convertir
la parodia en sátira contra aquellos personajes que ejercen tiránicamente un
poder usurpado: el cura de Artefa vendido a quien le invite a un buen comer, la
caciquil familia de la —en sus orígenes criada— Petra Almodóvar, y la guardia
civil responsable de la injusta muerte de Felipe Arteaga.
Junto con La parábola,
también en Hijas de Eva y en Venganzas la intertextualidad, el
lujo de un lenguaje transido de resonancias pasadas, el trabajo constante con
los diversos géneros literarios, la parodia, la autoconciencia reflexiva de la
metaficción, y la elección de protagonistas femeninas son los elementos que a
nivel estructural definen el estilo de Manuel Talens. Más allá, la
riqueza discursiva se funde con la proliferación heteroglósica de los diferentes
niveles temáticos en La parábola. Con razón los críticos antes citados
han dicho de ella que es, desde una parodia heterodoxa e irreverente de la vida
de Jesucristo, encarnado en la figura de Carmen la Reina; hasta un ajuste de
cuentas con el pasado histórico español en una reivindicación de la izquierda
más militante. Desde una deconstrucción de las mentiras y opresiones históricas
sobre la raza, clase, religión y sexo —en la figura de Carmen, gitana, pobre,
libertaria y mujer—; hasta la asunción de la imposibilidad de todo discurso
utópico y anarquista como anclaje ideológico para una mejora política real.
Desde una determinada comprensión de la historia que culmina en una amarga
lección sobre la fatalidad del poder y la valía de la resistencia épica; hasta
el retrato de una humanidad zarandeada por las pasiones más hondas del amor, el
sexo, la venganza y el dolor. Desde su declarado y militante anticlericalismo;
hasta su uso y hasta abuso de lo escatológico.
La parábola que encierran
las diferentes lecturas que La parábola permite es que los términos de
verdad y falsedad sólo conducen a cerradas teleologías, frente a las cuales la
ficción debe contestar exhibiendo desnudas las verdades y mentiras de una
Historia que es también construcción: “el arte rescata la verdad de manos de las
mentiras de la historia”, cita Talens a Carlos Fuentes en el exergo. La
parábola, amén de las otras dos obras del autor, despliega una mirada
escéptica a las versiones oficiales de la historia, problematizando la misma
posibilidad del conocimiento histórico, al depender éste para su transmisión
bien de sucesivas instancias de un poder que es siempre enemigo, bien de la
dudosa fidelidad de la tradición oral: “paso a narrarte de mi puño y letra que
dicen que han dicho que decían que habían oído decir que alguien dijo que le
dijeron…” (16). Frente a la inevitabilidad de la ceguera histórica, el autor va
a proponer que la ficción, pese a ser una construcción más basada en otras
construcciones, en una cadena sin origen, tiene sin embargo el poder de llegar
no a la verdad, sino a una diversidad de mundos posibles que ponen al nuestro
entre paréntesis: “una vez compuso una historia con fragmentos dispersos de
todos los cuentos que había escuchado en su vida, y el resultado fue tan bonito
que, al leerlo, las palabras le hablaban de otras palabras, y éstas a su vez le
mostraban caminos diferentes que antes nunca hubiese sospechado, se bifurcaban,
se repetían y regresaban al punto de partida, y enmudecían cuando ella cerraba
su libreta” (292).
Si unimos la reflexión
metaficticia analizada previamente con este nuevo rasgo de re-escritura
historiográfica, bien puede calificarse La parábola —no tan fácilmente
Venganzas ni Hijas de Eva— como una “metaficción historiográfica”, al
menos en la aplicación más simplificada del concepto, tal y como éste ha sido
teorizado por Linda Hutcheon[v].
Dicha clasificación posibilitaría la lectura de esta novela de Talens
asociándola a un corpus literario posmoderno que busca mediante la historia
subterránea, no contada, la disolución de las narrativas legitimizadoras del
orden del pasado[vi].
Dicha interpretación necesita de dos pilares básicos: el repaso de los eventos
políticos que más significativamente jalonaron el siglo XIX español, de los
cuales nos informa puntualmente la novela; y el efecto que tales eventos produce
en las difíciles vidas de los habitantes de Artefa, los cuales van hilando con
sus avatares un contra-discurso oficial tejido de intrahistoria. Frente a las
decisiones de las élites políticas, sus repercusiones en las pobres vidas de los
artefeños. Esta apuesta por los oprimidos nos hace retomar otro de los leit-motivs
de toda la obra de Talens: la desgarrada visión política de los que todavía se
sienten vencidos o voceros de los vencidos a causa de las falsedades de un
franquismo cuyas consecuencias se perciben recicladas —que no completamente
clausuradas— en la democracia[vii].
De entre los agricultores
que malviven de unas tierras de mayorazgo que el Decreto Real de Fernando VII
convirtió definitivamente en patrimonio territorial, pasando del generoso
trabajo de generaciones campesinas a las manos codiciosas de la Duquesa Petra
Almodóvar, Talens ha escogido a una gitana y a un judío, Carmen y el Doctor
Lucas Toledano, como últimos protagonistas de una historia de defensa de las
minorías históricamente marginadas en España. Una historia que es, por otra
parte, un gran relato de amor, como todos los de Talens, ya que frente a las
utopías anarquistas que pretenden salvar al campesinado andaluz, el amor es la
única fuerza que mágicamente regala la alegría de vivir a este médico
librepensador y solitario de 58 años, y a la que fuera su paciente desde que
nació, la joven Carmen, enamorada de la cultura y de su vida junto a él, a pesar
de sus jóvenes 23 años y de estar todavía casada con un Almodóvar, quien no
podía menos que llamarse Poncio. En este contexto es donde cobra todo su valor
la revalorización que Talens lleva a cabo de la raíz plural del pueblo granadino[viii],
y por extensión español, en las herencias árabes y hebreas que pujaron por
sobrevivir en las Alpujarras más que en cualquier otra región de España. Dicha
revalorización no es gratuita en el año de publicación de la novela, 1992,
cuando el país está replanteándose por mor de intelectuales y políticos su
identidad frente al mundo, y cuando el alegato contra la España unitaria
heredada de los Reyes Católicos enlaza con el discurso de Juan Goytisolo.
Origen multicultural y mestizo que mediante el cobarde asesinato de Carmen a
manos de Poncio Almodóvar, y en una circularidad temporal que niega todo
progreso, desemboca en el Apocalipsis: simbólicamente la revolución rusa de
1917. El año 1917 cierra La parábola de Carmen la Reina, y abrirá cinco
años más tarde Hijas de Eva.
Imbricada con
la crítica al poder y la defensa de los marginados se desarrolla la visión que
Manuel Talens quiere transmitir sobre la figura del anarquista, tan desplazada
de las letras españolas actuales, pero reincidente en las dos novelas y los
cuentos de nuestro escritor. Tras el cobarde asesinato de los líderes
anarquistas a manos de la guardia civil, Carmen la Reina se ofrece como
dirigente de este creciente grupo político, lo que la enemista con las fuerzas
de la hegemonía desencadenando su muerte. La idealización, e incluso
romantización del personaje, de los objetivos de libertad, de la asociación con
la cultura —los libreros de Granada son anarquistas—, y del sacrificio por el
pueblo es total, llevando a borrar de ellos cualquier atisbo de
violencia. No debe olvidarse que el movimiento anarquista fue de una enorme
heterogeneidad interna, y en él se integraban tanto tendencias que propagaban el
amor libre, una fuerte ética de la austeridad, la promoción de la cultura[ix],
la vida en comunidad, y hasta el pacifismo; como el anarcoterrorismo,
cultivador de la violencia y defensor de “la propaganda por el hecho”. Este
último, tristemente famoso por sus atentados, tuvo como eco la elaboración por
la Escuela positiva del Derecho penal de una tipología criminal que clasificaba
al anarquista como a un delincuente fanático, violento y antisocial[x].
Por todo ello, la década de los años ’30 dejó como herencia la imagen popular de
unos individuos peligrosos y resentidos, situados al otro extremo de su propia
utopía de perfección. En tanto que vencidos no sólo por nuestra guerra, sino
por el peso de la historia, Talens los rescata para defender lo que de bueno
tenga todavía esa primera tendencia anarquista, en una propuesta de validez no
para una lucha política real y actual, sino como emblema intemporal y universal
de una resistencia épica frente a la tiranía del poder y una búsqueda del ideal
constituida en deber ser.
Esta reflexión sobre el
poder puede ayudar a clarificar el significado de un nuevo elemento presente en
toda la obra de Manuel Talens, como es la omnipresencia de lo escatológico—en la
tradición de Cervantes, Quevedo o Cela— el cual bien puede responder a la
familiaridad que el Talens médico quiere transmitir sobre las inmundicias
corporales como fenómenos vitales (Esteban, “Historia…”). Existe, sin embargo,
otro nivel hermenéutico para el centenar de episodios escatológicos que
pespuntean las 336 páginas de la novela, los cuales reaparecen de nuevo con
insistencia en Hijas de Eva, alcanzando protagonismo absoluto en
el cuento “Ucronía” de Venganzas, donde el asombrado lector asiste
maniatado al postrer suspiro de Franco, quien muere ahogado entre excrementos.
La cultura popular muestra numerosas veces el estrecho vínculo existente entre
la mera mención de lo escatológico y la transgresión que mueve a la risa. La
férrea represión que ciertas épocas históricas ejercieron sobre la libre
expresión de la política, la sexualidad y la religión ha dejado desde el pasado
como una vía de escape —como una de las pocas transgresiones posibles, sólo
rompedora de las “buenas costumbres” pero no de ningún estricto código de
silencio— lo escatológico. Alejándose de dichas “buenas costumbres”, Talens
rehusa dejar de lado la reiteración con que la escatología se adueña del humor
popular, ya que este humor se abre paso constantemente en toda la obra de Talens
como un nuevo motivo recurrente. Al deseo de hacer reír se une un manejo
variado, políticamente hiriente numerosas veces, de este recurso: las venganzas
contra las injusticias, las burlas contra el cura y la sencillez de la
humanidad, son escatológicas. Incluso la muerte de la Duquesa acontecerá entre
excrementos, ya que el tercero de los Curiel, harto de que en un ejercicio
personalísimo del derecho de pernada Petra Almodóvar haya no sólo yacido durante
décadas con su abuelo, su padre y él mismo, sino también les haya humillado
rociándoles con sus excrementos a la menor ocasión, la remata ahogándola entre
orines. En La parábola, el humor encuentra su expresión en lo
escatológico, pero también en la fina ironía que hace al autor reírse de sí
mismo en su profesión médica: durante unos años Manuel Talens se dedicó a los
trasplantes capilares, de los cuales se burla por boca del gitano Juan de Espera
en Dios, cuando se le pide “algo contra el calvatrueno”: “Rubén, ya te engañé
una vez jugando al tute —respondió—. No me pidas que lo haga de nuevo” (192).
La escatología y la concepción lúdica de una literatura pensada para divertir se
darán de nuevo la mano en Venganzas e Hijas de Eva.
Venganzas:
En su revisión de la
crueldad de la época franquista, el volumen de cuentos Venganzas (1994)
vuelve a presumir de la versatilidad estilística de un autor que graciosamente
acomoda su lenguaje al contexto histórico que ficcionaliza. Por otra parte, en
Venganzas la intertextualidad vuelve a ponerse claramente al servicio de
la crítica socio-política, ya que la guerra civil es el comienzo obsesivo para
Manuel Talens de la asfixiante mordaza que va a cubrir por décadas a España,
tapando con su manto de victoria el sufrimiento, odio y frustración de los
personajes perdedores republicanos que llenan sus páginas, los cuales recogen la
antorcha de la marginalidad que era representada por la gitana y el judío en
La parábola. Toda la crítica ha señalado esta recuperación de los vencidos
en el objetivo, esta impotencia y sarcasmo en el tono que rezuman de una
rebeldía que se sabe vencida de antemano, este deseo de venganza en el tema que,
dando título a la colección, ha impregnado histórica y culturalmente la
idiosincrasia popular como herramienta de justicia y como síntoma del trauma[xi].
Venganzas
se compone en su primera parte de nueve relatos articulados de una u otra forma
en torno a la venganza, y de una segunda parte dedicada en su tríada de
historias breves al amor como redención para tanto sufrimiento, como única
conclusión válida, como única propuesta de sentido como veíamos en La
parábola y veremos en Hijas de Eva. Es ciertamente irónico que un
autor tan abiertamente anticlerical termine acudiendo al amor —construcción
apropiada por el catolicismo especialmente desde el Concilio Vaticano II para
ser eje de su doctrina— como única clave posible para la felicidad humana, lo
cual convierte a su obra en una producción humanista. En el tríptico final, el
amor va a ocupar la posición de la denuncia en los nueve primeros cuentos, y si
esta última transpiraba sarcasmo e impotencia, el primero va a sacar a
borbotones ternura y humor, principalmente en “Iracema” y “Señorita Custodia”;
sin embargo, la risa en estos cuentos como herramienta del amor está bastante
alejada de la burla hiriente, cargada de contenido político, que impregna la
muerte de Franco en “Ucronía”. El último relato de la colección nos muestra el
nexo de unión entre las dos partes: “Hoy sé que el odio tiene la misma medida
que el amor” (Villanueva 9).
La colección
se abre con los versos de Blas de Otero “¿Tierra tan vieja que / no ha lugar a
la esperanza?” (11), y aunque esa esperanza se materializa en el rápido
desenlace de la guerra civil y en una España que puede ser no “una ni grande,
sino libre como el viento” (34) gracias a la muerte de Franco en “Ucronía”,
sigue siendo una ilusión truncada fuera de lo ficticio, lo que permite cerrar
Venganzas con las palabras circulares: “Este país, probablemente, ya no
tiene remedio” (250). Este mismo escepticismo distanciado es el que originaba
en La parábola la puesta entre paréntesis de las narraciones
legitimadoras del pasado, en su intento fallido de erigir una verdad o
totalidad. Dentro de este contexto, Talens intenta en Venganzas
recuperar el pasado mediante voces narrativas que, al articularse como reflejos
de la fragmentariedad de la memoria, ellas mismas aparecen, especularmente,
fragmentadas, dispersas, carentes de una identidad estable. En “El martirio de
San Sebastián”, la supuesta mujer madura en busca de una fugaz noche de pasión
es en realidad un cura castrense que venga con la muerte de sus amantes el nunca
olvidado asesinato de su padre en un campo de concentración. Además del
inmediato sesgo anticlerical —el fariseísmo de la profesión sacerdotal se
expresa mediante el asesinato y el engaño sexual—, Talens cuenta las vivencias
de un niño en nuestra contienda fratricida de una manera ciertamente creativa si
la comparamos con la recreación de la mirada de los niños de la guerra a la que
nuestra narrativa, incluso la más reciente, nos tiene acostumbrados. “Venganzas
en forma circular” transforma al narrador omnisciente en un médico traumatólogo
atrapado en una cadena de ajustes de cuentas, quien se declara sin ambages
indigno de confianza: “si yo no miento, lo cual también es posible” (97). A
través del mismo título de “Espejo deformado por el tiempo”, el Borges narrador
intenta reconocerse en el espejo del tiempo, sin poder encontrar su propia
imagen —así como tampoco encuentra el pergamino de San Isidoro de Sevilla—,
hallando tan sólo la reverberación repetida de su derrota. Inmersa en la
realidad caótica del pasado todo arte, y cómo no, la literatura, proceso y
producto —reflexión metaficticia como leit-motiv— es ensalzada como único
mecanismo capaz de crear sentido, de esbozar una coherencia, de que prevalezca
la comprensión humana sobre el sinsentido, que es la promesa de futuro de la
pintora Eva María en el relato “Hasta que la vida nos separe”. Al final, Eva
María se reencuentra con ella misma mediante el cambio de la segunda persona
narrativa a la primera. Este cuento es, además, el que presenta más claramente
la perspectiva feminista de Talens, ya que Eva María es capaz de volver a pintar
y rehacer su vida emocional sólo cuando destruye la dependencia que durante once
años la mantiene atada a su antiguo novio —“no ha sido la muerte, sino la vida
quien logró separaros” (197)—, imponiéndose su deseo de autodeterminación sobre
las esclavitudes de novela rosa: “la promesa de amor eterno que os hicisteis en
tiempos felices” (197).
La constante
de la intertextualidad sigue ocupando un lugar privilegiado en Venganzas,
expandida en múltiples direcciones: 1) autorreferencialidad con personajes y
lugares de La parábola de Carmen la Reina y hasta de lo que llegará a ser
Hijas de Eva, 2) integración de unos cuentos en otros como construcción
de un universo autónomo, 3) diálogo con la literatura del Siglo de Oro, 4)
homenaje y reconocimiento a autores contemporáneos. El ficticio Jusep Torres
Campalans de Max Aub anuncia en “Hasta que la vida nos separe” que estamos
frente a una pintora cuya obra es tan ficticia como la suya, y a quien tan sólo
el sufrimiento como magistra vitae podrá devolverle el gusto por
los pinceles. Federico García Lorca es una de las constantes intertextuales más
usadas por Talens, siendo su muerte, su ejecutor y sus compañeros de infortunio
recreados en “Fascis, Fascis”, “El Circo de este Mundo” y en “Señorita
Custodia”, cuento este último en el que Talens lleva a la literatura el
reencuentro con un antiguo amor tras muchos años de separación.
Los géneros de la confesión y la picaresca fusionan El Lazarillo y La
familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela en la voz de un inocente
falsamente acusado de asesinar a su novia en “Fascis, Fascis”, cuando el
represivo estado fascista es, en última instancia, el único culpable. La
crítica al régimen franquista, usurpador e ilegal, hermana a todos los cuentos y
a todos sus protagonistas bajo la sombra de un poder nunca nombrado por
constantemente presentido. La presencia repetida del género picaresco muestra
la atracción que el autor siente por esta escritura, que culminará con Hijas
de Eva. Amén de numerosos exergos afines, “Resurrección de la carne” narra
a la sombra de El Buscón de Quevedo, la historia de un joven
universitario que, en su deseo de medrar, se mezcla con lo peor de los bajos
fondos para finalmente huir amedrentado por la necrofilia de su amigo el
sepulturero, personaje que irónicamente será el que más medre al ser canonizado
años más tarde por haber resucitado milagrosamente a la muerta a quien violaba.
De nuevo el burlón apunte anticlerical, al haber proclamado Juan Pablo II en sus
casi 23 años de pontificado a un total, hasta la fecha, de 1227 beatos y 443
santos, la mitad de los elevados a la gloria de los altares durante toda la
historia de la Iglesia Católica. El cipote de Archidona de Camilo José
Cela es el antecedente del personaje de El Enano Increíble en “El Circo de este
Mundo”; el mundo borgiano es el eje sobre el que giran “Venganzas en
forma circular” y “Espejo deformado por el tiempo”; y de nuevo el mundo bíblico
el sustento de las numerosas metáforas religiosas en “El Circo de este Mundo”,
“El martirio de San Sebastián” y “Resurrección de la carne” (Losilla,
“Apología…”).
Junto con la
intertextualidad y la denuncia política contra un poder ejercido tiránicamente,
la escatología y el sentido lúdico de la literatura vuelven a aparecer numerosas
veces afianzando a Manuel Talens como un autor fiel a sus obsesiones: “—Ay, Lolo,
cómo me río contigo —barbullaba con las lágrimas resbalando a goterones por las
mejillas—. Qué razón tenía mi abuela Rosalina al decir que no hay nada más
gracioso que la mierda” (234). De igual manera que en La parábola la
escatología como divertimento se troca en instrumento subversivo de la venganza
del débil contra el poderoso, en “Ucronía” será una marea imparable de
excrementos la que ahogue sin remedio a Franco, en una parodia de la muerte más
llorada/deseada de la reciente historia de España. Es ésta la muerte más
humillante que la literatura española ha conjurado nunca para el dictador, desde
un narrador omnisciente que reclama para sí el papel de verdugo en nombre de las
víctimas de tanto terror como se desató con un golpe de estado que nunca debía
de haber acontecido[xii].
De nuevo otra constante
temática se confirma en la reivindicación de la figura del anarquista, que ya
apareciera en los personajes de Carmen la Reina y su compañero Lucas Toledano en
La parábola. El apego a la figura del anarquista proviene en Manuel
Talens de su tío, Salvador Hidalgo Savoret, a quien el autor dedica La
parábola como a un “durruti anónimo”, y el empeño adquiere toda su
significación desde el momento en que el anarquista es uno de los personajes que
menos podemos encontrar entre las páginas de la literatura española reciente,
por el reto que puede suponer enfrentarse con una seria reevaluación
histórica[xiii]
de su papel. En Venganzas, el anarquista es el protagonista homónimo del
relato “Jesús Galarraza”, quien desde el primer momento es identificado por su
nombre de pila y por su “tristeza de crucificado” (35) con la figura sacrificial
de un Cristo, mientras que su apellido satiriza el orgullo franquista de la raza
ibérica. En “Jesús Galarraza” va a llevarse a cabo la re-humanización del
anarquista, dejándose asentado desde el principio en un explícito punto y aparte
que “era un hombre de bien” (38). Para conseguir este objetivo de revestir con
atributos humanizados a lo que es un personaje maldito en gran parte del
imaginario popular, Talens nos muestra el drama desgarrado de la supervivencia
en la clandestinidad del monte, a imagen y semejanza de los maquis que Julio
Llamazares presenta en Luna de lobos. A través de su miedo y angustia,
su aspecto mortecino, su eterna hambre, sus pupas ulcerosas y su “espantable
traza inhumana” (41), el protagonista y sus doce hombres, “solos y perseguidos
como alimañas” (41), son presentados como víctimas, como supervivientes en
condiciones de extrema necesidad. El paso siguiente llevará a Talens a
engrandecer míticamente a Jesús Galarraza mediante una profusa intertextualidad
con los Evangelios, hasta el tamaño del mejor de los hombres, el Cristo
venerado por sus doce discípulos, que es sacrificado para salvar a la Humanidad,
y que resucita elevándose majestuosamente hasta el Cielo y hasta Dios Padre. Un
apunte al porqué de tal representación lo encontramos en La parábola:
Se trataba de una
historia titulada el Evangelio del Obrero de Nicolás Alonso Marselau; era
sobre un personaje que representaba al Cristo y que aparecía en España para
redimir a las clases trabajadoras, terminando juzgado, condenado y crucificado
por los Padres de la Patria y el Sumo Sacerdote Sagasta.
— Y para colmo, resucita,
y sus seguidores se organizan y anuncian la Revolución —añadió, riéndose de
buena gana por la ingenuidad que destilaba el panfleto.
A través de los años
había desarrollado una incredulidad que le impedía creer en las utopías de sus
compañeros de fe, y sin embargo al mismo tiempo pensaba que la única salida para
el hombre era la ausencia de autoridad. (312-3)
Al igual que en La
parábola, el claro endiosamiento tiene el propósito, mediante el exceso, de
restituir a través de la ficción los atributos de humanidad que la visión
popular heredada de la España de la dictadura ha negado al anarquista durante
décadas. De nuevo, la inversión paródica se ha mostrado como un afilado
instrumento de lucha política en las manos de Manuel Talens.
Hijas de Eva:
Como comentamos
anteriormente, el año 1917 cerró simbólicamente La parábola para abrir
Hijas de Eva, mediante un apocalipsis —violencia histórica— que podrá
conjurarse cuando dos muchachas huérfanas se atrevan a cruzar la puerta que las
conducirá hacia la incertidumbre de la libertad. En esta segunda novela de
Manuel Talens, la Granada recreada de forma preciosista en La parábola,
escenario también de Venganzas, es sustituida por Valencia, ciudad en la
que residió el autor[xiv]
desde 1992, y sus decimonónicos pueblos analfabetos y caciquiles, pero
generosos. Si continuamos con la tipología estructural, en Hijas de Eva
reencontramos el pastiche con fotografías de la época, páginas de periódicos y
portadas de los libros mencionados en el texto (Marco); el uso de múltiples
géneros literarios, que van desde los romances de ciego, las crónicas de viajes
y el folletín decimonónico, hasta la literatura picaresca, la educación
sentimental, el Bildungsroman y la novela cervantina —la cual deja su voz
omnisciente a un rosario de personajes que cuentan su historia alimentando la
narración principal (Bea, “Soy un…”)—; el sarcasmo, la parodia y el humor que
aderezan una deslumbrante capacidad fabuladora (Sanz Villanueva, “Los hilos…”);
un lenguaje literario heredero de García Márquez, Cela, Valle Inclán, Mateo
Alemán, Baroja y Pérez Galdós (Alonso, “Los poderes…”; P.M.D., “Luz de…”;
Miñambres, “Original recuperación…”); el cultivo de la risa —el juicio más
“semiótico” que sumarísimo al soldado Albors—; y finalmente la omnipresencia de
lo escatológico: 30 episodios esta vez.
Como pespuntes de una
cuidada intertextualidad, también se encuentra la autoalusión no sólo de 1917,
sino del personaje de Venganzas Jesús Salvador, de Granada como destino
final del viaje, y del anarquista Gabriel Porra, “autor” cervantino de su
primera novela (Obiol, “La pasión…”; García Galiano, “El placer…”). También
debe recordarse la quema cervantina de libros no ya de caballería, sino de
santos y virtudes cristianas, que son los que en la más ácida veta anticlerical
de Talens corrompen irredentamente el espíritu, y los culpables para Remigio
Camarasa del veneno que hacía desear a su hija Fausta meterse a monja. Similar
enfoque lo encontramos en el cuento de Paloma Díaz-Mas “La discreta pecadora, o
ejemplo de doncellas recogidas”, en donde la alter ego femenina de Don
Quijote emprende una enloquecida búsqueda del pecado, para desde lo más abyecto
de él redimirse píamente y llegar a alcanzar la santidad de los mártires que en
sus beatíficas lecturas tanto ha admirado.
En sus reseñas,
José María Pozuelo
Yvancos y Lale González han resaltado como temática central de la novela la
profunda veta feminista que reescribe la picaresca desde las peripecias de dos
muchachas jóvenes y abandonadas, las cuales cambian la cerrazón de la falsa
piedad del convento por la amplitud de la libertad que encuentran bajo el cielo
raso de los senderos. El título ‘Hijas de Eva’ fusiona las sugerencias
semánticas bíblicas con las feministas de igual modo que la intertextualidad del
exergo, Génesis III 12-24, en la célebre maldición de Dios contra la
mujer por haber comido ésta del árbol prohibido. Esta condena que ha perseguido
históricamente a la mujer por el mero hecho de serlo se repite en la Valencia de
1917, en donde ser mujer, huérfana, pobre y analfabeta era la peor condición que
podía concebirse para un ser humano: “Qué razón tiene sor Gracia cuando dice que
las mujeres sólo tenemos cuatro destinos posibles: casarnos, ir a servir, ser
monjas o putas” (135). Sin embargo, ambas protagonistas serán capaces de forjar
un destino mejor para ellas y para sus seres queridos gracias a la valentía con
la que van a manejar las riendas de su vida. La apuesta por los oprimidos
vuelve a aflorar en estas dos muchachas desamparadas, cuyas cortas vidas han
conocido la muerte de la madre y la vergüenza de tener un padre gitano y
presidiario que abusaba de ella para luego abandonarla—Rosilda—, y la locura
melancólica de la madre y el asesinato del padre a manos de su propio hermano
deficiente mental —Fausta. A ellas, en una procesión de desamparados, se unirán
los pordioseros y buscavidas de los caminos, y la esperpéntica vieja sor Gracia,
quien nunca pudo llegar a ver el mar a pesar de haber vivido toda su vida en
Valencia. El mundo de los bajos fondos será mirado esta vez desde unos ojos
femeninos los cuales, como el Manuel barojiano de La busca, reflexionarán
sobre la clásica conexión entre pobreza y criminalidad.
La segunda arteria de la
novela es el tan barroco recurso al desvelamiento de la verdad, encarnado
fundamentalmente en las conversaciones en las que Rosilda va crucificando poco a
poco la ingenua percepción que Fausta tiene sobre el convento y sobre el mundo.
Desde el comienzo los nombres de las dos protagonistas apuntan a la dialéctica
ser-parecer, siendo inversamente Fausta la cándida e inocente, y Rosilda la
descreída y luchadora. Esta temática del desengaño se estructura mediante el
recurso al diálogo como forma de enseñar la una lo que no sabe la otra, en la
actualización de “El coloquio de los perros” de Cervantes o de El Criticón
de Gracián. Como cabía suponer, lo que la pía Fausta no sospecha sobre el mundo
es la estructura y el abuso del poder, que en la línea anticlerical de Talens se
encarnan en sor Patrocinio, superiora del Asilo de Santa Isabel donde profesan
ambas primas como postulantas. La denuncia conventual continúa así la estirpe
de Extramuros, de Jesús Fernández Santos. La división tripartita de
Hijas de Eva —“El pecado original”, “Destinos de mujer”, “El incierto camino
del árbol de la vida”— pauta una estructura de camino a recorrer, en el que se
pasará del árbol del bien y del mal al árbol de la ciencia, de la exclusión
social forzada por los poderosos, a la conquista mediante el conocimiento del
pequeño espacio de poder que es legítimo porque es propio. La observación de la
tramoya de la vida nos conecta con el también barroco motivo del mundo como
teatro, el cual en Hijas de Eva es también el mundo como cine, como
representación, como creación de simulacros y miradas, en la mezcla de esplendor
y asombro que provocaran los primeros cinematógrafos en los pueblos
valencianos. La alabanza de un arte a otro no es nueva, encontrándose
tempranamente en Cinematógrafo, de Andrés Carranque de Ríos, de 1936, y
últimamente en la recopilación de José Luis Borau Cuentos de cine.
La dialéctica ser/parecer
heredada del barroco no se queda en el juego intertextual formal, sino que se
expande al ámbito del contenido al implicar una problematización del
conocimiento histórico, el cual, como hemos visto, es contemplado en toda la
producción de Talens con escepticismo: recuérdense solamente las contradictorias
versiones que del crimen cometido por los padres de Rosilda darán los payos, los
gitanos, la Guardia Civil, y el romance de ciego. Por otra parte, la
intertextualidad adquiere su mayor desarrollo con la picaresca, y especialmente
con La lozana andaluza de Francisco Delicado, obra apreciada por Talens
por ser una exaltación de la vida, un canto al placer sexual y una invitación al
carpe diem. Como en La lozana andaluza, en Hijas de Eva
será la mujer quien tenga que sobrevivir en un ambiente rufianesco anteponiendo
el realismo de su cruda percepción del mundo a cualquier otra consideración:
“¿Luego vos no sabéis que se dice que ‘la esperanza es fruta de necios’ como
vos, y majaderos como vuestro amo?” (83) que, a lo Rosilda, dijera la Lozana a
Rampín. El valor folklórico de La lozana, rica en personajes
tradicionales[xv]
y expresiones populares, la convierte en perfecta antecedente de Hijas de Eva.
Los cuadros sobre la corrupción romana se hermanan con la degeneración pintada
por Talens, de la misma manera que el anticlericalismo, el recurso a los sueños,
el ejercicio de la medicina como medro, el guiño alegre a la prostitución, y la
búsqueda de independencia mediante el trabajo: “de mi oficio me quiero vivir”
(138).
Al más puro estilo
picaresco, Hijas de Eva comienza con la narración biográfica del origen,
linaje y condición de sus dos protagonistas, las cuales arrastran como Lazarillo
y el buscón Pablos el provenir de carne de presidio. Al abandonar el convento,
Fausta y Rosilda se lanzan a caminar por los senderos, en una estructura
novelesca guiada por la sucesión de episodios que jalona la picaresca y sus
cambios de escenarios, que en Hijas de Eva son: Poliñá de Júcar, el Asilo
de Santa Isabel, las calles de Valencia, el camino de Burjasot, la ferretería y
casa del ordinario de Requena, la Pensión Andújar y la Venta del Canario. Esta
panoplia de escenarios y escenas se completa con la también necesaria de
rufianes, gandules y estafadores: los mendigos que acompañarán a Rosilda y
Fausta hasta que intenten violarlas, el buscavidas ordinario de Requena, la
Giganta y el Canijo del circo, el ciego trotamundos, el ventero, los guardias
civiles, el preso, los campesinos del pueblo de Casinos, Miguel el músico, las
putas del prostíbulo, etc. Y en la hiriente comparación que siempre la
picaresca establece entre los desheredados y los que sí heredaron, el retrato de
las clases pudientes satiriza a las damas que practican por aburrimiento la
caridad en el Asilo, a la corrupta sor Patrocinio y al poderoso patrono, el
marqués de Briñas.
Por último, la reflexión
sobre el anarquismo va a reaparecer en Hijas de Eva de la mano de
Pantaleón Torrevieja, preso anarquista que logra escapar de la custodia de la
guardia civil para poder así seguir escribiendo su picaresca vida. Con
Pantaleón Torrevieja tenemos la ironía paródica de ser este personaje quien esté
escribiendo la historia de su vida, de una vida que sabemos picaresca y de un
acto escritural que en sí mismo es picaresco desde el momento en que se ha
otorgado a este género tan diverso el casi único rasgo en común de ser la
escritura de una vida[xvi].
La ironía paródica proviene de quedar desperdigados por el camino los folios en
los que Pantaleón Torrevieja cuidadosamente escribía sus avatares, perdiéndose
así su vida, como suponemos que la perdería de caer de nuevo en manos de los
civiles, y como la perdieron tantos anarquistas bajo el yugo franquista. El
anarcoindividualismo permite la creación de una figura política como Pantaleón
Torrevieja, personaje romántico que se enfrenta solo a la sociedad, y hombre
solitario que no se debe a nada más que a su ideología. De nuevo se propone la
mística anarquista de la libertad como una ética liberadora frente a la
dominación y al imaginario jerárquico, en un proyecto gemelo al que en el ámbito
de la filosofía ha llevado a cabo Christian Ferrer en El lenguaje libertario:
Antología del pensamiento anarquista contemporáneo. Para Ferrer, el futuro
del anarquismo se hallaría en la transmisión de un saber impensable en otras
tradiciones teóricas emancipatorias, en un saber antípoda que es capaz de
diseccionar las impotencias y defectos de la Modernidad —el marxismo no pudo,
obsesionado con la toma del poder—, y de denunciar el tabú político de la
Modernidad: la posibilidad de abolir el orden jerárquico mediante unas prácticas
comunitarias ajenas a la institucionalización moderna del poder. Es este
contexto teórico de reivindicación de una actitud, punto de partida, y
auto-exigencia librepensadora el que, a mi entender, encuadra la propuesta
ficcional de Manuel Talens.
El final de Hijas de
Eva es esperanzador gracias a la fuerza regeneradora de un amor —el amor
como fuerza salvífica en la obra de Talens— que va a dar ilusión a una Rosilda
enamorada de Miguel, la visión del mar a una sor Gracia que ya puede dejar de
ser esperpéntica, una muerte dulce al tenor Gumersindo Postigo gracias a los
dulces cuidados médicos de Fausta, y dinero a todos por la generosidad
agradecida del tenor. En la actualidad, Manuel Talens está escribiendo una
segunda parte de Hijas de Eva, de la cual ha sido publicado un fragmento
bajo el título de Virtudes Pestaña se encuentra sola, el cual, en su
densidad, hilaridad y calidad, promete una nueva excelente novela. Su lectura
confirmará, matizará, cercenará o añadirá nuevas constantes lingüísticas,
narratológicas y hermenéuticas a las que se han apuntado aquí, de entre las
cuales sobresalen sin duda la riqueza torrencial del lenguaje y de los recursos
formales, la intertextualidad como forma de hacer y concebir la literatura, el
compromiso con una escritura que mediante lo lúdico humille la prepotencia del
poderoso y dé alas al vencido, la propuesta de validez de un amor no predicado
por el clero sino reinventado cada día por quien lo vive, la reivindicación de
los marginados históricos —gitanos, mujeres, anarquistas, republicanos—, un
profundo escepticismo hacia todo conocimiento que presuma de absoluticidad y
verdad, y unas herramientas para combatir a este último que, uniendo la parodia
con el sarcasmo, la ironía, el esperpento y la escatología, subrayan las raíces
en nuestra literatura nacional de una excelente producción literaria. Pero
además, si la enriquecedora diversidad de todo este universo narrativo puede,
como he intentado mostrar en este trabajo, condensarse en una metaficción sobre
los mecanismos falsificadores que convierten el poder en un instrumento de
explotación y la Historia en un gran relato, Manuel Talens debe entrar por la
puerta principal dentro de las narrativas actuales que más novedosamente
intentan explorar la contemporaneidad de nuestro mundo.
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9.
[i]
Quiero especialmente destacar la
conferencia pronunciada por José María Pozuelo Yvancos, “La narrativa de
Manuel Talens”, el 8 de marzo de 2000 en el Palacio de la Madraza, Universidad
de Granada, en un acto presentado por el profesor Antonio Sánchez Trigueros,
en el cual Manuel Talens habló sobre “El oficio de escribir”. En su ponencia
“La narrativa de Manuel Talens”, y sobre La parábola de Carmen la Reina,
Pozuelo Yvancos declaró: “Yo mismo la califiqué como una de las mejores
novelas publicadas en España en muchos años, lo que estoy en condiciones de
seguir proclamando públicamente”.
[ii]
Se trata del cuento “Ucronía”,
reeditado en la antología de Anagrama Los cuentos que cuentan, de la
cual son editores J.A. Masoliver Ródenas y Fernando Valls.
[iv]
Esta cita puede encontrarse en una reseña aparecida en Quimera a raíz
de la reedición de La parábola. La reedición nos ha proporcionado dos
reseñas más: “Del valor de la risa” de Emilio Peral, y “Destellos de
luciérnaga” de Vicente March.
[v]
Por “metaficción historiográfica” entiendo aquellos relatos que combinan dos
rasgos: la auto-reflexividad y el cuestionamiento del conocimiento histórico.
Para la selección de
estos elementos me baso en la definición de Linda Hutcheon en “The Pastime of
Past Time”: “historiographic metafiction —novels that are intensely
self-reflexive but that also both re-introduce historical context into
metafiction and problematize the entire question of historical knowledge”
(285-6).
[vi]
Véase Metaficción historiográfica: La novela histórica en la narrativa
hispánica posmodernista, de Amalia Pulgarín. La identificación de La
parábola como una metaficción historiográfica asocia este relato con La
ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza, Urraca de Lourdes
Ortiz, El general en su laberinto de Gabriel García Márquez, y Los
perros del paraíso, de Abel Posse, ejemplos estudiados por Amalia Pulgarín
como ejemplos paradigmáticos de metaficciones historiográficas.
[vii]
De nuevo, en febrero del 2001, el PP ha rechazado en el Congreso la condena al
golpe militar que en el 36 fue causa desencadenante de nuestra guerra civil.
Esta ausencia de reconocimiento político de la culpabilidad de las fuerzas
anti-democráticas sigue alimentando el sentimiento de que la reconciliación
sólo ha sido posible mediante el nunca resarcido sacrificio de los vencidos en
sus múltiples facetas, lo que nutre todavía cierto sector de la producción
narrativa contemporánea. Este, entre otros factores, puede explicar el hecho
de que el subgénero de los relatos sobre la guerra civil y la inmediata
posguerra no se haya agotado, a pesar de todas las predicciones hechas en este
sentido.
[viii]
No debe confundirse esta revalorización cultural con la búsqueda de una
identidad nacionalista ligada a alguna de las construcciones socio-políticas
que han intentado definir la identidad de la comunidad andaluza desde que ésta
consiguiera su estatuto de comunidad autónoma en los primeros años
democráticos.
[ix]
Véase El anarquismo español: Sus tradiciones culturales. Hofmann, Joan
i Tous y Tietz (eds.); y Musa libertaria: Arte, literatura y vida cultural
del anarquismo español (1880-1913), de Lily Litvak.
[x]
Véase Los anarquistas de Cesare Lombroso y Ricardo Mella para este
debate clásico sobre el anarquismo, protagonizado por uno de los líderes del
movimiento libertario español y por el máximo defensor de la existencia de un
sustrato biológico que convertiría en intrínsecamente criminales a los
anarquistas.
[xi]
Véase a Pozuelo Yvancos, “Venganzas”; Sánchez Sorondo, “Venganza”; Cella,
“Doce maneras de vengarse”; y también la reseña anónima “Doce maneras de
enfrentarse al mundo”.
[xii]
Para un análisis más extenso del
relato “Ucronía” a la luz de las teorías del humor de Henri Bergson, Sigmund
Freud y Mijail Bajtin, y de cómo la venganza del sentir popular utiliza la
escatología como uno de sus estiletes más afilados, ver el capítulo “‘Ucronía’
de Manuel Talens: Un final de fiestas que torna la tragedia en comedia”, de la
tesis doctoral “Las huellas del trauma: El tropos de la guerra española en la
ficción de fin de siglo” (Carmen Moreno-Nuño).
[xiii]
Aunque una reciente novela de Rosa Montero, La hija del Caníbal, tiene
al anarquista Félix Roble como uno de sus personajes protagonistas, éste ha
sido reducido a ser un octogenario simpático, interesante por no
convencional, pero apartado del amor que vivirán Lucía y Adrián. El recurso
a este personaje permite a Rosa Montero una fusión entre la novela histórica
y el género negro; sin embargo el juego con los géneros no ha llevado en este
caso a una propuesta de re-evaluación histórica del movimiento anarquista, al
hablar la novela más del presente que del pasado: dentro del paradigma del
desencanto, La hija del Caníbal propone una serie de paralelismos entre
el decaimiento corporal, el desengaño afectivo-amoroso, el engaño político de
la España corrupta del final del mandato socialista, y el final de las utopías
sociales simbolizado por este anarquismo metamorfoseado en anécdota de un
pasado sin incidencia en el presente. En esta misma línea del desencanto se
encontraría también El embrujo de Shangai de Juan Marsé, dentro del
discurso de este autor sobre el maquis, como movimiento trágico en el que la
única ganadora fue la traición de los ideales, siendo los anarquistas dentro
de esta estructura comunista doblemente vencidos. En esta trabada historia de
infinitos engaños y desengaños, la niña tísica Susana será la que más pierda,
en la metáfora de una España de posguerra podrida por la enfermedad y el
aislamiento.
[xiv]
Sobre la relación entre Hijas de Eva y Valencia, Talens ha declarado en
“Soy un contador de historias”: “Situar esta novela en la Comunidad Valenciana
ha supuesto una manera de echar raíces en Valencia, donde resido desde hace 5
años, porque para mí, echar raíces significa conocer el lugar, comprenderlo
bien y escribir sobre él”.
[xv]
Entre otros, Juan de Espera en Dios, personaje también en La parábola.
[xvi]
“All picaresque novels display at least some of a complex of autobiographical
conventions that are related to the telling of one’s own life” (Howard Mansing,
“The Protean Picaresque” 283).
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