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EL MUNDO, Edición de Castilla-La
Mancha, Sábado 22 de Mayo de 1993
De Alarcón a Brenan a Manuel Talens:
El sermón de Las Alpujarras
Al sur de Granada, entre Sierra Nevada y la costa, en un territorio difícil y
escarpado, se esconden Las Alpujarras, una comarca misteriosa cargada de historia: lugar
privilegiado del discurso literario.
Por Moisés Mori
La literatura ha recorrido con frecuencia este territorio oculto y accidentado de la
sierra granadina. Son precisamente las particularidades geográficas del lugar
(inaccesibilidad, altura) las que hacen brotar las emociones poéticas. A las propiedades
del paisaje se unen íntimamente los acontecimientos históricos, asociados siempre a la
suerte del reino de Granada y en particular a la rebelión de los moriscos. El
levantamiento de Aben Humeya ha gozado desde el siglo XVI de cronistas famosos corno
Hurtado de Mendoza o Pérez de Hita. Hoy los detalles tal vez están olvidados, pero Las
Alpujarras ofrecen aún vivo el poso informe de su historia, el secreto de su geografía,
una atracción irracional que trasciende los hechos: la llamada a lo sublime.
Gerald Brenan
Gerald Brenan presenta seguramente el caso moderno más notable de esta relación
intelectual con Las Alpujarras: vivió en Yegen varios años entre 1920 y 1934 y se
mantuvo hasta su muerte unido a esa tierra. En Al sur de Granada explica por qué eligió
esa pequeña aldea alpujarreña para vivir apartado y solo, en plena juventud: «Trataba
de huir -dice- de la vida característica entre la clase media inglesa»: en ese lugar
perdido lograba, en efecto, un «sentimiento de tranquilidad y gozo», podía convivir en
una sociedad que conservaba «ciertas dosis de anarquía y rebeldía».
En Yegen huía Brenan de la vulgaridad de la clase media británica; pero, sobre todo,
ganaba un nuevo espacio, un tiempo nuevo: el tiempo aún no corrompido por el progreso, la
región de la tranquilidad y el gozo. Sin embargo, aunque define a Yegen repetidamente
como un «lugar medieval», Brenan advierte ya la quiebra de ese orden antiguo, es decir,
constata los limites de la realidad, la imposibilidad de la pureza y el mito: «la segunda
década del siglo XX marca una absoluta destrucción de las artes y costumbres campesinas.
Las carreteras construidas para los vehículos a motor ponen fin a la vida autóctona de
las aldeas».
Al Sur de Granada manifiesta ese anhelo imposible por un tiempo detenido; con todo, Brenan
no expone propiamente los pormenores de un proceso o un ansia personales, trata más bien
de nombrar y fijar ese ámbito cerrado para salvarlo de un futuro amenazador. En Al Sur de
Granada, por tanto, se articula una monografía antropológica antes que un libro de
memorias. La mirada intelectual del extraño escruta las costumbres religiosas con las
pautas de la rama dorada, atiende al frotar de la zambomba con sentido freudiano
;
pero este distanciamiento cultural no impide a Brenan integrarse verdaderamente en la
comunidad de Las Alpujarras.
En cierta medida, la actitud del antropólogo en Yegen continúa esa tradición romántica
que formula en el Aben Humeya (1830) de Martínez de la Rosa, o en La Alpujarra (1873) de
Alarcón, los modelos literarios más conocidos de exaltación morisca y alpujarreña. Es
el Romanticismo el que levanta el mito del sosiego de las cumbres y el pueblo rebelde. Y
como epígono romántico debe entenderse el libro de viajes de Alarcón, por otra parte,
más interesante que el drama histórico en cartón piedra de Martínez de la Rosa.
Pedro Antonio de Alarcón, nacido en Guadix en 1833, recorre Las Alpujarras en la Semana
Santa de 1872 cuando es ya un escritor famoso; y siente de un modo recto con mayor
propiedad que Brenan, la conmoción del lugar y la altura, el estremecimiento armónico de
la nieve y la montaña. Desde lo alto, en lo alto, para el autor de El escándalo todo es
puro y trascendente. Pero el novelista español anota ya en esa fecha, cincuenta años
antes que don Geraldo y con mayor profundidad, el final de esa civilización
incontaminada: ahora bien, en Alarcón, es el desenfoque político de su ideología
reaccionaria el que le lleva a apreciaciones exageradas, principalmente al constatar la
presencia de los nacientes ideales socialistas y anarquistas incluso allí, en lo más
profundo de Las Alpujarras.
Alegoría religiosa
En esos días revueltos en que se fragua la primera República, Alarcón, desconcertado y
temeroso, trata de sobreponerse al presente con una retórica trasnochada. En esa Semana
de Pasión particular, el viajero transforma los caminos de Las Alpujarras en una
alegoría religiosa que sublima todas las luchas y enfrentamientos del pasado y,
simultáneamente, el desorientado burgués ensaya un arrepentimiento piadoso, la fantasía
necesaria para justificarse a sí mismo.
Las distancias entre Brenan y Alarcón son evidentes. El inglés, por cierto, no siente
aprecio alguno por su antecesor. Pero, por encima de las diferencias, Al Sur de Granada y
La Alpujarra expresan la búsqueda de un mundo autónomo, limpio, ajeno al tiempo, en el
cual pueda afirmarse la identidad personal, enfrentada siempre y necesariamente a la
inseguridad de la existencia.
La búsqueda de este espacio es la que genera el discurso literario de Las Alpujarras.
Estas dos obras -ya clásicas- en definitiva remiten, pues, a un mismo anhelo: señalan
también, eso sí, la distancia entre un neocatólico post-romántico español y un
intelectual inglés de corte liberal. Pero, desde Hurtado de Mendoza hasta novelas
recientes como las de Adelaida García Morales o Antonio Gala, la insistencia y el anhelo
permanecen. Y pese al kitsch y la pandereta no se derrumba el mito.
La publicación ahora de La parábola de Carmen la Reina de Manuel Talens (Cátedra, 1992)
parece, no obstante, que modifica este estado de cosas; el sermón romántico de Las
Alpujarras recibe con esta novela un contrapeso considerable. La parábola de Carmen la
Reina se sitúa en el pueblo de Artefa y desde esta aldea de Las Alpujarras puede seguirse
la historia del siglo XIX español, más de cien años terribles contados aquí en memoria
«de todos los durrutis anónimos que ofrecieron sus vidas por la causa, creyendo
ingenuamente que la libertad era posible». Manuel Talens, granadino, médico de
profesión, irrumpe poderosa y sorprendentemente con esta su primera novela: retoma el
escenario de las batallas de Aben Humeya, las tierras del via crucis de Alarcón, la nueva
patria de Brenan, el imaginario arcádico de otros muchos; pero Talens vuelve a Las
Alpujarras justamente para colocar un cartucho cargado de pólvora y burla bajo las
mistificaciones de unos y otros.
Todo es más simple y común allá en las alturas níveas y excelsas: caciquismo, lucha de
clases, farsa de la Iglesia, poder de la sangre y el sexo, escatología primaria... ; nada
sublime queda en pie tras la tabla rasa de Manuel Talens. Además, para conseguir este
propósito degradante, el relato se despliega como una parábola religiosa: toma así un
falso vuelo sagrado hasta constituirse en parodia cruda e irreverente de la vida de
Jesucristo. Con desparpajo y humor -más la ayuda esporádica del realismo mágico- Talens
une también el pasado y el presente, así, por ejemplo, el general Prim se lía con la
Pantoja, Petra Almodóvar sojuzga a los artefeños...; burla burlando el siglo XIX entra
en nuestros días.
Carmen la Reina
Y es que, en cuanto procedimiento narrativo, la parábola está obligada a postular una
verdad. La parábola de Carmen la Reina no elude ese compromiso, lo afronta justamente
desde esa perspectiva bufa y paródica («el arte rescata la verdad de manos de las
mentiras de la historia»). ¿Qué verdad es ésta? ¿Cuál la enseñanza moral? Sin duda,
un ajuste de cuentas con el pasado español: la restitución histórica de todos los
durrutis anónimos. Si; pero desde el escepticismo y el descreimiento modernos, desde la
imposibilidad asumida de aceptar el discurso anarquista como un valor político real.
La figura de Carmen la Reina (judía, gitana, revolucionaria) dinamita, pues,
simbólicamente las mentiras y las opresiones históricas (clase, raza, sexo, religión),
pero en su propia parábola encuentra también su fracaso y derrota: enaltece, en fin, la
justicia imposible. La parábola de Artefa queda reducida al valor burgués de los buenos
sentimientos, a una moral de gestos románticos, a la retórica del sermón de la
Montaña. Esto es: Las Alpujarras aún resisten al sur de Granada.
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