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ARTÍCULOS DE OPINIÓN

 Reseñas de libros ajenos

Crawling at Night
Nani Power
Athlantic Monthly Press, 2001

 

Titanic

MANUEL TALENS

Estamos ante una historia parcialmente étnica, en el sentido que se le da a dicho término en los Estados Unidos, donde todo lo que no sea white-anglo-saxon-protestant lo es. Trata, por así decirlo, del choque de dos culturas, en este caso la local y la japonesa, si bien a lo largo del camino aparecen marginalmente otras de las que pueblan Nueva York, como son la vietnamita, la china, la dominicana y la hindú.

La verdad es que la novela no arranca mal, pues Nani Power muestra un buen sentido del ritmo narrativo y de la densidad del tiempo. Todo va ocurriendo de manera pausada, en un espacio temporal que sólo ocupa dos días: la presentación de Ito, el maduro chef casi recién llegado de Japón, su extrañeza ante un mundo que le resulta ajeno, la soledad que se encuentra, la irrupción de Mariane en su vida, primero truncada y, en cuestión de horas, favorecida por la violación de que es objeto por parte del personaje Yoshi. Son pocas cosas y, sin embargo, ocupan un tercio del texto. Hasta ese momento creí firmemente que se trataba de una suerte de “contrapunto de la soledad”, como sucede en los conciertos con dos instrumentos, que despliegan cada uno su melodía divergente y, de pronto, se juntan y suenan a dúo. Aquí, tanto Ito como Mariane son dos seres desgarrados, un par de almas inocentes –de esas que tan bien sabe plasmar la narrativa estadounidense– arrojadas a un mundo hostil, a quienes el azar les hace un día el favor de juntar sus caminos para que compartan la soledad.

Era un buen argumento, me decía yo, pues la demostración estética de que a pesar de las diferencias culturales y sociales todos estamos solos en el mundo, forma parte de mi propia manera de entender la literatura. Y, sin embargo, a partir de ese primer tercio de la novela el barco empieza a hacer agua y se hunde en picado con tal rapidez que resulta difícil comparar el principio con el final.

Creo, sencillamente, que el género novela le viene demasiado grande al autor o bien que esta historia no daba para más de un cuento largo. Diré por qué, pero antes haré hincapié en otro defecto narrativo que he encontrado: los flashbacks. Me atrevo a suponer que Nani Power es bastante joven y, como tal, educado en la cultura audiovisual, fundamentalmente cinematográfica, pues cada uno de los veintiún capítulos del libro son como escenas cortas de un guión: sucede muy poco en ellos, salvo el intercambio verbal entre los personajes e incluso la autora corta de repente el final de un capítulo para contar en el siguiente la escena que se desarrolla en paralelo y, luego, vuelve a retomar la anterior donde la dejó. Por supuesto, no tengo prejuicio alguno en que alguien trate de traducir en palabras lo que dice una película (o viceversa), pues está claro que en el siglo XXI quedaría mal narrar como Dickens, pero el problema —aunque parezca una perogrullada— reside en que narrar con palabras no es lo mismo que narrar con imágenes, y aquí es donde naufraga Nani Power, pues lo que un director de cine expresa sobre el pasado de un personaje con un flashback, un gesto de los ojos o un travelín (no olvidemos que una imagen vale más que mil palabras y que por eso la literatura resiste con dificultades el empuje de lo audiovisual), ella lo expresa con incursiones inaceptables de la voz narradora, inaceptables por lo moralizantes y por la incapacidad que tiene de hacer que sus criaturas actúen y demuestren cómo son, en vez de ser ella quien lo explique. Hablar del pasado de cada uno de ellos le viene tan grande que suple sus carencias narrativas con lo que podríamos denominar un “estilo cotilla”, estilo que, invariablemente, descalifica a un escritor. Se le puede permitir al autor que nos diga que un personaje es alto o bajo, guapo o feo, viudo o casado, pero no bueno o malo, avaricioso o tacaño, gracioso o tontorrón, porque estos últimos son juicios de valor y es al lector-espectador de una situación a quien le corresponde hacerlo, no a él. Veamos ahora algunos ejemplos de esto:

…her mother lying her head on Mariane’s shoulder to say, what do I do, Mariane? talking about some man. Mariane [la niña] was the mother, her mother the child. Technically, parentification [sic] (pág. 52)

In fact, Mariane had long rationalized that her drinking was a fun pastime as she gathered economical strenth and not the actual eye of the storm (pág. 173)

Going back to chaos, which is the main thing here, because Mariane cannot live a life without the juice of chaos (pág. 176)

Carol was looking at Ito and feeling a bit scared, yet protective but at the same time, she was having fun, the poor woman works twelve hour days, she was having fun… (pág. 192)

Otras veces, la voz narradora, que suele guardar una distancia prudente respecto a lo narrado, se acerca tanto que se le escapa el pronombre personal, como si nos estuviera contando la historia en torno a la mesa camilla:

Mariane was just kind of on her own, most of the time. I mean, she went to school on the bus… (pág. 177)

O bien otras se pone a filosofar y nos endiña una empanada psicoanalítica:

    …the problem is that Mariane wished to die… it was this realization that came to him quickly, and in doing so, Ito saw sides of this woman he had neglected to see in all women, he saw beyond her looks and their quantification in terms of meeting his pleasurable needs, beyond her feminity in terms of boosting up the booty of his masculinity, he saw her simply as herself –Mariane, a woman, who drinks too much, who leads an unexamined life, but who seeks still some redemption. (pág. 201)

Y ahora que ha salido en esta última cita el problema del alcoholismo de Mariane, aclararé que, desde el punto de vista médico, la enfermedad está narrada de manera absurda y acientífica. Veamos: en el capítulo 14, páginas 158 y 159, Nani Power nos lo cuenta en cursiva, a través de un sueño. Resulta que Mariane, a los diecisiete años y una vez que ya ha tenido a su niña, empieza a beber ocasionalmente y, en cuestión de meses, está tan alcoholizada que incluso le quitan judicialmente la custodia, como si el alcoholismo en un grado incapacitador como ése no fuera un asunto de muchos años de evolución crónica. Lo menos que debe hacer un narrador con profesionalidad cuando se adentra en terreno desconocido es documentarse, que para eso están las enciclopedias.

Regreso ahora a mi afirmación de que a Nani Power el género novela le viene demasiado grande. La historia de Ito y Mariane es corta y, si desbrozamos la paja, no da para más de cincuenta o sesenta páginas. Crawling at Night tiene 234. La diferencia está “rellena” con historias que ni siquiera llegan a ser intercaladas, en el sentido del Quijote, sino que la autora las ha injertado como un pegote y se nota demasiado. La inverosímil “historieta” del vietnamita Ton y su madre “castradora”; la curiosa prostituta Miss Ling Yu (alias Xiu-Xiu) y las grabaciones de los orgasmos de sus clientes; la fallida historia de Bobby, Carlos y el grupo de rock; la pseudolacaniana historia de las dos Xiu-Xiu o la incursión del hindú que hace una tesis sobre el Japón. Hay capítulos que equivalen a lo que en la jerga estadounidense llaman junk, en especial los 15, 16, 17 y 18. Por último, la novela concluye en queue de poisson, dejándole al lector la impresión de un naufragio peor que el del Titanic.

En cuanto a los personajes, aparte del hecho de estar “narrados” en vez de “actuados”, sólo dos merecen destacar: Mariane e Ito. Ella es más comprensible para una mente occidental como la nuestra, lo cual es normal. La sabemos desamparada, recelosa del mundo y de los hombres, que sólo le han dado problemas, y refugiada en el alcohol como método de anestesia mental. Es un personaje patético. Ito me ha resultado hermético en unas cosas y melodramático en otras (la “reencarnación” de Xiu-Xiu es de telenovela venezolana). Los otros, Yoshi, Carol, Ton, etc. son meras comparsas que no pintan nada.

 

2001

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