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Le Maître du goût
Lea Singer
Grasset, París, 2001
Bestsellariana
MANUEL TALENS
Novela
traducida al francés del alemán original. Está dividida en cuatro
partes. Voz narradora omnisciente, en presente de indicativo.
La
edición francesa de este libro, bajo el sospechoso sello de Grasset,
destila ya de entrada un halo de literatura barata “de calidad”, con
esa cubierta decadente que muestra el óleo Le
déjeuner d’huîtres, de Jean-François de Troy.
Los
estadounidenses llaman genéricamente Americana a cualquier texto relacionado con la historia, la cultura
o la geografía de los Estados Unidos, ese país que ellos llaman America.
En este caso, bien podríamos denominar esta novela con el nombre genérico
de Bestsellariana, pues representa eso que en nuestro mundillo
conocemos como literatura bestsellera.
En efecto, todos los tics de esa forma de escribir están aquí: un
ladrillo lo suficientemente gordo (378 páginas) como para cautivar a ese
tipo de público ocasional que se compra cada año “un” libro para que
le dure todas las vacaciones; el exotismo del ayer, francés y decadente
por más señas, disfrazado de novela histórica en la que aparecen de
manera fugaz nombres ilustres (Voltaire, Malesherbes, Beaumarchais, la
Chevalière d’Eon…), escenas cortas, casi cinematográficas –que no
cansen demasiado al personal– y suficientes truculencias como para
alimentar el imaginario de un lector poco exigente, capaz de tragarse lo
que le echen. Yo nunca había oído hablar del personaje de esta novela
–Alexandre Grimod de La Reynière, si bien parece real (¿y qué más
da?). Lea Singer utiliza como andamiaje narrativo la historia de Francia
relativa a dicha época e inserta a sus criaturas (Alexandre y sus padres)
siguiendo los acontecimientos que se fueron sucediendo en realidad, como
una suerte de collage: no existe
en ella gran voluntad de ficción, sino más bien la de dejarse arrastrar
ofreciendo un cuadro de las intrigas parisinas que llevaron a la Revolución
Francesa, y monta su novela a través de un personaje voluntariamente
heterodoxo, Alexandre, que pertenece a la alta burguesía cercana a la
nobleza, pero se opone a ella sin llegar a ser un verdadero
revolucionario, pues en el fondo vive bien en su situación social, lo
cual es quizá su debilidad mayor. El hecho de estar investido de un
defecto físico congénito –las manos en forma de garfios– le sirve a
la autora para mostrar (o tratar de mostrar) de qué manera es posible
vencer al destino a base de voluntad. Dicha metáfora –que luego retomaría
el american dream–, por muy
manida que esté, no era mala en sí: hubiera bastado con tratar la
narración con un poco más de pericia, dejando actuar libremente a los
personajes para que el lector se hiciera cargo de cómo y por qué
funcionan, pero Lea Singer carece de dicha pericia y la historia resulta
tan aburrida que se le cae a uno de las manos. ¿Cómo creer a un narrador
que dice cosas de sus personajes como esta que sigue,
Mais ce
qui se passe par la suite avec les livres de Guillaume ferait enrager le bourreau: ils corrompent un enfant innocent. C’est
en tout cas ce qu’il en penserait. (pág. 41),
si se permite no solamente saber lo que
piensan tales personajes, sino también lo que pensarían ante una situación inexistente? ¿Es acaso Dios?
Los
personajes son caricaturescos, a empezar por los padres de Alexandre, tan
malos, tan manipuladores que resultan ridículos, como de culebrón
televisivo:
Cela
faisait longtemps que Suzanne (la madre) ne supportait pas que son fils
lui échappe de plus en plus. Non qu’elle eût envie de le voir; elle voulait simplement le savoir dépendant, à la merci de ses faveurs
et de son bon vouloir. (pág. 129)
Los
otros personajes, me refiero a los históricos, a veces dan risa. Yo al
menos no me creo que Voltaire acogiera en su casa a un desconocido
Alexandre y le hiciera confidencias personales, como sucede aquí. Menos aún
que lo llamara antes de morir. Me parece una falta de respeto hacia
Voltaire. Los personajes históricos a veces dan mucho juego, pero existe
el peligro de que los lectores los conozcan demasiado y encuentren increíbles
las situaciones que el autor les endilga.
¿Y
el entorno, cómo lo describe Lea Singer? Veamos, por ejemplo, Lyon:
Lyon est
une ville de citoyens affairés. Les fainéants nobles et les promeneurs
qui traversent toutes les couches de la societé… (pág. 270),
con lo cual al lector no le queda más
remedio que creérselo, porque nada, pero absolutamente nada del resto de
la narración le permite sospecharlo.
El
estilo es normalito, nada de oraciones largas y sinuosas a lo Proust. Lo
dicho, un bestseller.
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