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ARTÍCULOS DE OPINIÓN

 Reseñas de libros ajenos

La décomposition
Anne F. Garréta
Grasset, París, 2000

 

El secreto del mal

MANUEL TALENS

La narrativa francesa, en plena «descomposición» desde hace mucho tiempo (por utilizar irónicamente el título de esta novela) a causa de la ausencia de sucesores verdaderamente grandes capaces de reemplazar a Proust, Camus o Perec, se ha dedicado las últimas dos décadas a glorificar la nostalgia de un tiempo que ya no volverá. El ir chuleando por la vida con À la recherce du temps perdu o L’étranger bajo el brazo equivale a que nosotros chuleemos con las Sonatas de Valle Inclán: está muy bien, pertenecen a nuestro patrimonio, pero eso es el pasado.

¿Cuál es el presente? Jean D’Ormesson, por muy académico que sea, es un dinosaurio que no vale un duro y practica una literatura decimonónica y desfasada. Otro ejemplo de mucho éxito que se me viene a las teclas, Kenizé Mourad, escribe bodrios. Entre los nuevos, he seguido a algunos y no he visto que levanten mucho el vuelo. La maladie de Sachs, de Martin Winckler tiene un cierto nivel y ha vendido mucho, pero dista de ser una obra inmortal. En cuanto a Marranadas, de la Darrieussecq, es cierto que con ella todos los editores han hecho un buen negocio, lo cual no quiere decir que literariamente tenga altura. El maestro relojero, de Christophe Bataille, me gustó, pero tampoco es que vaya a hacer historia…

Yo creo que esto es sólo un síntoma de un proceso mucho más generalizado y que tiene que ver con la decadencia que la lengua francesa está experimentando en el ámbito político desde el final de la segunda guerra mundial, perdiendo terreno sin reposo ante el avance, primero del inglés y, segundo, del español. La prueba es que se publican más libros anglosajones que franceses y que García Márquez, Fuentes o Marías dan mucho más juego internacionalmente que cualquier francés actual.

Sin embargo, quien tuvo retuvo. De esas cenizas siempre puede surgir un Ave Fénix y esta novela de Anne F. Garréta me parece que podría ser un ejemplo. La Décomposition me ha entusiasmado.

La novela comienza con el narrador —una voz masculina— que se presenta como un aficionado al crimen en tanto que arte. No olvida citar el ejemplo más ilustre de esta tendencia: El asesinato considerado como una de las bellas artes, de Thomas De Quincey, pero se distancia de él y establece la necesaria distancia emocional que, a su juicio, debe existir entre el asesino y el asesinado:

   L’authentique meurtrier sera celui qui, sachant différer dans son crime du haïssable petit moi civil, parviendrá à delier ses oeuvres de ses impulsions. (pág. 15)

Además, se erige en hombre posmoderno y actual, escéptico del arte por el arte:

   L’ère des beaux-arts est révolue cependant et quelle oeuvre aujourd’hui porrait se soutenir encore des seules grâces accidentelles qu’ils déployaient? (pág. 17)

El verdadero asesinato de nuestra época, para ser perfecto y genial, deberá asegurar una impersonalidad rigurosa de la víctima —el azar guiará la elección de la persona asesinada—, lo cual requiere la invención rigurosa de reglas nuevas y se enfrenta por completo al psicoanálisis de Freud, que busca causas y efectos en todos los actos. La empresa que el narrador se propone abordar mezclará literatura y vida. Pero, ante todo, es preciso tener las ideas claras y pisar terreno firme, y aquí el narrador se nos muestra de inmediato como un hombre culto, que sabe analizar. ¿Qué es la literatura?, se pregunta: un conjunto ordenado de frases que contienen nombres a los que les negamos la existencia real. ¿Y qué es el mundo?: un conjunto desordenado de cuerpos que nos son desconocidos. De ahí su deducción:

   Qu’attendons-nous pour donner des corps aux noms errand de la fiction et célébrer les baptêmes de sang du meurtre sériel? (pág. 27)

Y pasa a ocuparse de una obra que lo obsesiona: À la recherche du temps perdu. Como considera que es demasiado larga para lo que se lleva hoy, se dedicará a la doble tarea de despoblarla de personajes, matando seres vivos a los que no conoce y a los que les atribuye el nombre de los personajes de Proust.

Hasta aquí el lector parece inmerso en una novela de asesinatos narrada por un psicópata al uso, más aún cuando el narrador confiesa haber vivido siempre obsesionado por el asesinato y por alcanzar el secreto del mal. Ésa es su vocación. Y empieza el ritual de crímenes anónimos, sin ningún sentimiento en sus acciones mientras las lleva a cabo

Je la frapperais sans colère et sans haine, comme un boucher, comme Moïse le rocher. (pág. 99)

Pero, poco a poco, las dudas que podía tener el lector de encontrarse ante una versión francesa de Stephen King se van diluyendo, pues Anne Garréta se muestra capaz de darnos, con toda facilidad, páginas enteras de escritura casi automática que se leen bien, en donde no pasa nada, solo fluye la meditación, lo cual es una apuesta literaria a veces casi tan difícil de acertar como la lotería. Y si consideramos, con Umberto Eco, que lo posmoderno de calidad en literatura es la aceptación del pasado (literario) pero visto con ironía desde los conocimientos que nos asegura el presente, Garréta es un buen ejemplo, pues en su texto aparecen citas escondidas de grandes maestros (Camus, Stendahl) y remeda a los clásicos interpelando al lector, como hacía, por ejemplo, Cervantes:

On pourrair bien, cependant, mon lecteur, vous remarquer… (pág. 112)

mientras nos describe con toda naturalidad un crimen espantoso, utilizando la misma frialdad de un Polanski o un Amenábar en el cine. El pasado literario, pues, está utilizado como referencia, y ésa es la función que cumple aquí de la obra de Proust. En eso, precisamente, se distingue Garréta de tanto autorzuelo como abunda hoy en cualquier cultura: en que ella conoce el pasado y no piensa que la historia comenzó en la década de los setenta. Si realmente fuera preciso encontrar una vía en la renovación de las maneras de contar de la novela, éste es el camino.

Poco a poco, la novela se va convirtiendo en una alegoría de los tiempos actuales: el asesino-narrador es un adicto al ordenador, a los videojuegos asesinos, a la realidad virtual… con lo que lo cual, lo en un principio parecía pura delectación en la maldad, llega a ser una crítica implacable del estado de apariencias en que vivimos, ya que todo lo que hasta ahora el lector ha leído (la primera parte entera) es enviado por el narrador-asesino-escritor a un editor, pero de manera anónima, no sin advertirle de entrada que no busca la notoriedad, y aprovecha para darle un repaso al sistema económico mercantilista en que está instalada la literatura:

Aussi, pour cette oeuvre que je vous abandonne sans remords, j’espère que vous saurez trouver l’«auteur» qui lui conviendra, qu’il s’agisse d’un de vous poulains «intéressants» mais fâché avec la syntaxe, qu’il s’agisse d’un de vos trotteurs les mieux côtés, mais fourbu, ou de l’un de vos hongres au poil lustré, aux manières paisibles, sans jamis un écart, un faux pas ou une botte un peu vive, mais sans plus d’espoir de fertilité. (pág. 138, la cursiva es mía)

Y de las misma manera que a un autor, a un artista, hay que evaluarlo por sus obras y no por su vida privada (cosa que hoy en día parece olvidado), este asesino se burla de la fama y nos dice:

Le moi du criminel ne se montre que dans ses oeuvres, et je ne le montrerais aux lecteurs du Monde… (pág. 139).

Además, con las notas a pie de página (141 y 144) en las que le lanza puyas a la hipocresía francesa, se ríe de las apariencias comerciales de los libros.

Más adelante, en la página 159, nos sorprende de nuevo interpelando al lector, al que le advierte que puede salir, si lo desea, de la lectura de la novela:

   Lecteur, sais-tu seulement par où tu es entré et où se trouve la porte…? Tu peux certes sortir de ce récit par effraction, en renfermant maintenant ce livre…

con lo cual utiliza el argumento de la Opera aperta de Umberto Eco: un libro es un mundo que sólo existe cuando es leído. Se confirma, por lo tanto, que estas páginas son una reflexión sobre la escritura «como espejo que refleja el recorrido de un camino» y, cumpliendo su función de espejo, critica acerbamente el sistema de novedades literarias, de la moda de las novelas policiacas o fáciles, eróticas… en tanto que miniaturización o mise en abîme del mundo real (pág. 162), hasta convertir su método de asesinatos, por extensión, en una metáfora de la posmodernidad neoliberal, en cuyo entorno el mundo anterior (y las obras anteriores como À la recherche…, simbolizada por la magdalena) ya no tienen cabida:

    Non, de toutes les méthodes de restructuration de l’industrie de la petite madeleine, aucune n’égale en nécessité, en cohérence et en simplicité, la mienne. Dans un marché global, où les flux de lecteurs se portent sans entraves là où leur investissement offre le rendement maximal, iln’y avait de solution que libérale. Licenciez le personnel surnuméraire: le cours de l’action ne saurait manquer de montrer. (pág. 166, la cursiva es mía)

La descomposición de la obra de Proust simboliza, pues, la «descomposición» en que está sumido el mundo actual, con lo cual la vida se compara con la literatura y la literatura adquiere vida a través de la muerte de estos seres-anónimos-convertidos-en-personajes. Pero, ojo, que incluso en esta empresa de destrucción, el asesino-narrador demuestra que tiene las ideas claras, pues rizando el rizo en la pág. 207, abrumado por las dudas sobre si debe o no matar a un individuo al que le ha asignado la personalidad de «Bergotte» —ya que se da cuenta de que lo conoce, con lo que el anonimato social de éstos que se impuso como principio ya no existe—, dice:

   Enfin, n’y avait-il pas de l’obscénité, de la facilité (et une facilité dangeureuse pour celui qui s’y abandonne) à assassiner quelqu’un que l’on connaît, tout comme pour un auteur à raconter, sous tous les masques que l’on voudra, sa vie, et faire passer sous couvert de roman le rebut de son journal intime? C’est là confondre fiction et falsification. Mais ainsi procèdent couramment nos auteurs de l’outre-postmodernité, ces grands cosmétiques, maquillant outrageusement la vie comme on maquille un crime… (pág. 207, la cursiva es mía)

y con ese párrafo se carga de un plumazo la literatura posmoderna light y ensimismada.

La novela avanza así, de asesinato en asesinato, de trasgresión en trasgresión del código de la moral, hasta la última trasgresión de los códigos narrativos: el narrador describe, en el último párrafo, su propia muerte, en lo que parece ser una fábula del cazador cazado.

El estilo es muy cuidado, con frases largas y bien construidas y un rico vocabulario que, signo de los tiempos, mezcla frases en otras lenguas como el inglés y el alemán. Sólo hay un personaje, el narrador, los asesinados son sólo peleles anónimos, lo cual concuerda perfectamente con la finalidad de su empresa.

Esta novela es una de las críticas más despiadadas que he leído sobre el mundo actual.

 

2000

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