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Portada de 'That They May Face the Rising Sun', de John McGahern

That They May Face the Rising Sun
John McGahern
Faber and Faber, London 2002, 298 páginas

 

A puff of wind

MANUEL TALENS

   Esta larga novela se lee de un tirón porque está contada con garra. McGahern es un buen narrador. Al parecer ha escrito libros de relatos y eso se nota, ya que That They May Face the Rising Sun podría ser calificada de compendio novelado de cuentos. Me explico: se trata de un año en la vida de un pueblo del campo irlandés, contado en torno a un matrimonio (los Ruttledge), que después de hacer carrera en Londres -el país del enemigo secular-, ha regresado para pasar el resto de sus días en el lugar de su juventud. Es una suerte de vida colectiva del lugar, de tal manera que las diferentes historias inconexas, las bodas, las tensiones entre vecinos o las viejas rencillas que van apareciendo, hubiesen servido sin problema alguno para contar múltiples cuentos, y la maestría de este hombre consiste en haber engarzado todo bajo forma de novela. Como buen cuentista que es, McGahern se detiene con frecuencia en pequeños detalles de la vida cotidiana, en un paisaje, un guisado, un animal doméstico, etc., si bien esto a veces llega a cansar un poco. Pero además de narrador clásico, en tercera persona, es un buen dialoguista, muy fluido.

La novela está contada en tercera persona verbal y sólo en pocas ocasiones cae la voz narradora en la trampa balzaciana de meterse en la interioridad mental de sus personajes, como si fuese Dios, que lo sabe todo:

...this was her new life, but in her joy she discovered a fresh anxiety... (pág. 89)

Y, hablando de Dios, los diálogos abundan en expresiones provenientes de los tiempos en que la Iglesia católica lo abarcaba todo: God bless you; God knows that...; With the help of God, etc. El tiempo, asimismo, está dividido en fiestas religiosas: Christmas, Easter, etc. Además, abundan las omnipresentes misas, las confesiones, los curas, etc. No obstante, lo que resulta sano es que, sin renunciar a este pasado, McGahern lo asume pero lo crítica de manera sutil, ya que, para empezar, el matrimonio-eje del relato es ateo. Otras veces, las críticas irónicas son más explícitas:

Anyhow all the priest in England are sociable. They are not connected to God like the crowd here... (pág. 82)

El paso del tiempo, en un relato tan estático como es la vida pueblerina, está muy bien señalado por frases intercaladas:

Then the settled weather came... (pág. 103)

The were many days of wind and rain... (pág. 146)

September And October were lovely months... (pág. 181)

Easter morning came clear... (pág. 238)

El peso de la historia se nota asimismo muy bien: país pobre de emigrantes, los personajes de esta novela lo son o lo han sido:

What does anybody do who needs work?...Head for America or England or do without. (pág. 142)

La desconfianza, el desprecio hacia los ingleses, son notorios:

Everybody has their own way. There’s no manners (pág. 79)

 El IRA, por fin, hace irrupción al final, situando la novela en el tiempo real de la actualidad, después de que el relato haya pasado buena parte de sus páginas en un limbo donde no parecía existir la vida moderna: la primera alusión a la televisión aparece en la página 182; no parece haber teléfonos, ni radio, ni rock, ni nada de lo que nos rodea, sino más bien la vida misma, el soplo de la existencia, que convierte a los seres humanos, tal como dice el personaje de Mary, en no more than a puff of wind out of the lake (pág. 115). Y, al final, en el pueblo se cierne la muerte, como suele suceder en la vida real.

 

2002

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© Manuel Talens 2002