|
El jardín de Badalpour
de Kenizé
Mourad
del taller
de Mario Muchnik, Madrid 1999
NARCISISMO DE
VÍA ESTRECHA
MANUEL TALENS
El hecho de
publicar libros escritos exclusivamente con ansias de bestseller
tiene muchos riesgos, y quizá el más peligroso de todos sea basarlo
todo en el nombre del autor, como si fama equivaliera necesariamente a
calidad. A mi entender, Le jardin
de Badalpour es un ejemplo claro del delito ecológico que cierto
mundo editorial comete cada día gastando papel y despoblando bosques
para publicar auténticas basuras.
Yo no
había leído De parte de la
princesa muerta, pero recuerdo el enorme bombardeo publicitario
(prensa, televisión, revistas, etc.) que acompañó a su salida hace
unos diez años. El jardín de Badalpour es la continuación de
aquel libro y, sin llegar a comprender con claridad el porqué del éxito
millonario del primero, me parece que este segundo es un intento
—fallido— de seguir ordeñando una vaca que ya no tiene leche. La
dignidad narrativa y la fuerza de De
parte de la princesa muerta se basaba en la distancia entre la
autora (Kenizé Mourad) y una historia que ella reconstruía y novelaba
para situarse como persona en el mundo. Esa distancia aquí se pierde
por completo. Aunque la protagonista se llame Zahr, está muy claro que
estamos ante una autobiografía de la propia Kenizé Mourad, la niña
que la princesa tuvo poco antes de morir.
La
primera parte del libro, narrada en primera persona, muy en el estilo
lacrimógeno y autocomplaciente de las Confesiones
de Jean-Jacques Rousseau (con la diferencia a favor de este último de
que él sí era un buen escritor), nos muestra a una niña llevada de
familia adoptiva en familia adoptiva, que crece idealizando a una madre
princesa y a un padre rajá, pero que vive una realidad mucho menos
halagüeña. Esta primera parte me ha parecido plúmbea a causa de las
constantes afirmaciones moralistas que la narradora va haciendo sobre
todo lo que se presenta ante sus ojos y de un narcisismo muy elemental
que busca, con la estratagema de apiadarse de sí misma, cautivar al
lector. Dicho lo cual, preciso es afirmar que, al menos, la primera
persona autobiográfica logra que el relato se mantenga en pie durante
el primer tercio del libro. A partir de ahí, sin embargo, la tercera
persona verbal adoptada por la voz omnisciente hace que la novela
naufrague por completo.
Nunca
hasta ahora había tenido tan evidente ante mis ojos la prueba de que la
escritura con ordenador puede ser nefasta si el escritor no tiene las
ideas claras sobre lo que es crear un mundo de ficción, un mundo en el
que todo funcione y se engarce como un mecanismo de relojería. Aquí,
el ordenador le ha permitido a Kenizé Mourad ir acumulando páginas y páginas
sin ilación alguna, como postizos de engorde. La voz narradora se
dedica durante los dos tercios finales (!) a dar al lector una visión
acumulativa de larguísimos y aletargantes «reportajes» sobre la India
—Kenizé Mourad es, o ha sido, reportera—, que parecen sacados de
una enciclopedia Salvat, con porcentajes y todo, pero vistos a través
del ojo censor de occidente. Cualquier cosa le parece aprovechable:
feminismo panfletario, ineficacia del derecho y de los tribunales,
corrupción, desastre institucional, costumbres familiares sobre joyas y
vestidos, sumisión ancestral de la mujer, bodas arregladas, relaciones
amos-criados, ceremonias chiitas, manicomios terribles, castas, luchas
interraciales, folklore, fanatismo religioso... y el lector tiene en
todo momento la conciencia de que la inclusión de los personajes en esa
trama periodística no es más que una excusa para añadir páginas,
opinar, pontificar, maldecir y apiadarse —desde la omnisciencia
inapelable de la voz narradora— de un país al que se juzga siempre
según los cánones occidentales; cánones que, supuestamente, son «la
verdad» indiscutible, lo cual hace de esta novela un panfleto más que
reaccionario, pues de manera muy camaleónica se presenta y presume de
ser un libro izquierdista, cuando en realidad no hace más que
santificar la supremacía del Primer mundo sobre el Tercero.
Los
personajes son una verdadera broma. Zahr
posee una filosofía de cuatro chavos, ha oído campanas culturales y no
sabe dónde. El lector asiste estupefacto a un izquierdismo juvenil
nunca razonado ni intelectualizado, simplemente expuesto «porque sí».
A los dieciocho años, recién salida de las monjas, sin saber
absolutamente nada de política, ni de libros, ni de psicología, ni de
psiquiatría ni de nada de nada (ella lo confiesa en varias ocasiones),
la vemos inmersa en un ambiente de troskistas revolucionarios y de psicólogos
partidarios de la «antipsiquiatría», pero esa ignorancia no le impide
citar con desparpajo unas líneas más adelante los nombres de Marx,
Freud o Lacan, ni tampoco atreverse a hacer un diagnóstico de
esquizofrenia en su hermano, así por las buenas, nada más conocerlo,
basándose en la «experiencia» clínica de haber pasado unos cuantos
meses de estudiante en las salas de la Salpetrière. Ni siquiera un
psiquiatra se hubiera atrevido a «diagnosticar» tan a la ligera. Zahr
busca, además, «la verdad» ontológica en todo, afirmación de
principios que, repetida varias veces a lo largo del libro, es
suficiente para hacer que el lector salga corriendo. Siente asimismo
fascinación por el poder del linaje, algo que salta a la vista y que
convierte su izquierdismo en una pacotilla, y, lo que es peor, practica
una caridad cristiana de vía estrecha entre los «pobres» de la
India... Amir, el padre de
Zahr, es, sencillamente, inverosímil. ¿Cómo se puede creer el lector
que este hombre le confiese a su hija que lo que la India necesita es
una revolución maoísta, cuando sigue conservando sus privilegios
feudales y trata a los inferiores a bastonazos? El resto de personajes
son una pura comparsa que no llega a levantar ni diez centímetros del
suelo.
El
lenguaje es sintácticamente correcto, a menudo cursi, exclamativo, de
folletín. La continua aparición de palabras locales con su explicación
a pie de página, además de pedante e innecesaria, cansa.
Esta
novela se merece un suspenso en toda regla.
|