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El claro de los trece perros
Jorge Márquez
Algaida, Sevilla 1997, 397 páginas
HUMOR
CARNAVALESCO Y PUNTO DE VISTA
MANUEL TALENS
El
autor de esta novela ha creado de un mundo autónomo, Santa Edelmira, que
se tiene en pie y llena con su fuerza las páginas del libro. El sevillano
Jorge Márquez demuestra un gran oficio y levanta un entramado narrativo
perfecto, en el que la historia discurre con dos discursos paralelos
(tres, si añadimos al editor): el del “loco” Nemorino y el del
profesor Salinero a pie de página, que contradice al primero aportando
razonamientos a sus supuestas locuras.
La
tesis principal es la lucha contra la vulgaridad y la incultura del mundo
actual, singularizados en la publicidad y en la televisión, que debería
ser quemada como los libros de caballerías en El
Quijote. Para ello, Salinero, un profesor de criminología culto y
deprimido, acude a Santa Edelmira, un pueblo andaluz (en algún lugar de
Jaén) lleno de personajes bien trazados que giran alrededor de un crimen
del que acusan al “supuesto” protagonista, Nemorino, un loco cuyas
cartas va recibiendo el profesor desde el manicomio. Únicamente se
descubre al final que todo es invención del criminólogo, quien incapaz
de salvar a su personaje debido a las incongruencias de la justicia, se
suicida.
Las
incertidumbres que la lectura de esta novela va haciendo voluntariamente
surgir en el lector quedan explicadas y resueltas al final, en especial la
relativa a cómo era posible que el profesor no hubiese sabido por la
prensa de un crimen tan truculento. Otra duda que se me planteó, relativa
a la “cargante erudición” de Salinero a pie de página, se disuelve
al saber que él es autor de todo el universo narrativo y su cultura el único
argumento que le queda entre las manos para esgrimir contra un mundo
vulgar y analfabeto.
Novela pesimista, aunque llena de humor carnavalesco. Espléndida reflexión
sobre los puntos de vista narrativos y sobre el eterno intento (fallido)
de “salvación” a través de la escritura. Asimismo, exploración
posmoderna sobre la diferencia “gráfica” de los discursos, ya que
saca provecho de las herramientas del ordenador y propone un “timbre de
voz” a cada personaje, lo cual es algo insólito. Magnífico dominio del
lenguaje. No estamos ante un aficionado. Muy al contrario, Jorge Márquez
es un extraordinario narrador.
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