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ARTÍCULOS DE OPINIÓN

 Reseñas de libros ajenos

Le paumé
Fatos Kongoli
Éditions Payot & Rivages, París 2001, 187 páginas

 

Ni muerto ni vivo

MANUEL TALENS

Traducción al francés del original albanés. Novela escrita en primera persona. Voz narradora masculina, se trata de un hombre soltero de cuarenta años.

Una de las cualidades que más me han impresionado de este texto es su ausencia de maniqueísmo, su aparente rechazo a plantear una posición política clara. Se trata de una apariencia, añado, pues en el fondo es un alegato devastador contra el régimen comunidta albanés, muy en la línea de los que llevaban a cabo escritores contestatarios del antiguo bloque comunista (lo que cada uno de ellos llegó a ser después, una vez liberados del yugo: reaccionarios como Solzhinitsyn o demócratas como Havel o Kundera, es ya otra cosa). En estas páginas no hay más que desolación, vista en primera persona por ese personaje tan creíble que es Thesar Lumi, el narrador, que empieza desde la primera página a contarnos las peripecias de su vida en un viaje perfectamente circular (la acción inicial con la que arranca el libro regresa ante nuestros ojos en la conclusión) tras hacernos descubrir, durante las casi doscientas páginas centrales, por ese horror que fue Albania bajo un régimen que la aisló por completo del resto del mundo.

Es fácil para un español de mi edad comprender lo que sucede en la novela, por muy remotos que las nuevas generaciones, posteriores a la muerte de Franco, vean estos hechos: la misma opresión omnipotente del estado policial, que se mete en los resquicios más íntimos de la vida humana, que lo pudre todo, que convierte a los ciudadanos en espías de sus vecinos, que los hace fingir... La misma distancia del pueblo raso con respecto a los privilegiados del aparato estatal, enchufados egoístas que viven en una nube sin mezclarse con el resto de la población. También coincide aquí con nuestro pasado eso tan absurdo que consistía en convertir en parias a los familiares de los “desafectos al régimen”: ningún pariente, incluso remoto, de un rojo prosperó en la España franquista y ningún familiar de un “huido al extranjero” progresó tampoco en esos países estalinistas. Aquí, por una serie de azares, Thesar -que posee esas características familiares tan poco halagüeñas- llega a intimar con gentes que pertenecen a las castas privilegiadas y conoce unos placeres negados al resto de sus conciudadanos pero, como en las revoluciones que se comen a sus propios hijos, tanto sus nuevos amigos como él mismo caen en desgracia y son destruidos, moral y físicamente, por la furia del poder. La decadencia de Thesar -que va desde ser estudiante de química en Tirana a convertirse en simple picapedrero en una fábrica de cemento- está muy bien dibujada, es creíble. Y, entre tanta soledad, lo único que hace vivir a los personajes vencidos es el amor. Sonia, la contestataria prima de Ladi, llena con su fuerza todas las páginas en que aparece. Ladi, menos presente, no deja sin embargo de tener hondura en su capacidad de enfrentarse a un padre “políticamente correcto”, y Vilma, el ángel inmaculado que obsesionaba a Thesar de pequeño y cuyo suicidio le hace recordar al narrador un episodio terrible de su infancia, está plasmada con la suficiente distancia como para que el lector no llegue a “tocarla”, pero sí a amarla. Es justamente el recuerdo de Vilma, la presencia de su tumba en el cementerio del pueblo, lo que hace que Thesar decida en el último minuto que se queda en el país y no huya al extranjero como tantos albaneses, pues a pesar de todas las miserias, de ser un paumé, un fracasado, un inútil, lo único que el régimen no logró arrancarle es la dignidad de los recuerdos.

Sin parecerme una novela extraordinaria, creo que se trata de un magnífico testimonio de una literatura prácticamente desconocida en occidente, salvo por Ismail Kadaré.

 

2001

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