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Portada de 'Al final de la mirada', de Alfonso Fernández Burgos

Al final de la mirada
de Alfonso Fernández Burgos

Tusquets Editores, Barcelona
1999

CRÓNICA DE UNA REDENCIÓN IMPOSIBLE

MANUEL TALENS

 

Hermosísima novela que, ya de entrada, recomiendo al lector. Desde las primeras líneas uno se da cuenta de que no está ante el típico montón de páginas que abruman a las editoriales y que todo el mundo, hoy día, se siente en disposición de garabatear. Tras Al final de la mirada está el pulso firme de un narrador con oficio que, sin duda alguna, lleva mucho tiempo dándole a las teclas y sabe a la perfección lo que es construir un mundo coherente, cargado de sentidos y de vida interior.

La novela cubre, en tiempo real, poco más de una semana, los días que transcurren entre que el protagonista, Eduardo Cortil, se entera de que tiene un cáncer de hígado y está condenado irremisiblemente a morir, y la fecha en que decide quitarse la vida para ahorrarse el dolor de una lenta agonía. Lo que en manos de un narrador inexperto podría haberse convertido en tópicos y lugares comunes, aquí se convierte en un relato trágico y crepuscular de tonos elegíacos que, por no ahorrar tragedia, ni siquiera le permite al protagonista la grandeza de una muerte redentora.

La narración se sitúa en un tiempo impreciso de nuestro pasado reciente, ya que hay referencias a Luis Roldán y a la llegada de la derecha al poder tras la debacle socialista. Cortil es un superviviente de aquella generación universitaria que, infiltrada en las células del Partido Comunista, luchó en la clandestinidad del tardofranquismo, lanzando pasquines y enfrentándose a los guardias y a las torturas de la policía. Hijo de un juez franquista y autoritario del TOP, se rebeló en su época de estudiante universitario contra su posición social, pero el paso de la vida lo ha convertido en una sombra triste de lo que podía haber sido y no fue: trabaja de director de una sucursal bancaria en Madrid. Su vida entera es un fracaso, una decepción: el matrimonio fallido con Helena; su función de padre de Carlos; su relación con Sara, a la que mentalmente asocia siempre con su ex mujer, pues le une aún a ésta una suerte de cordón umbilical nunca definitivamente cortado; su trabajo, por supuesto y, lo más importante, el peso inmenso sobre su conciencia del recuerdo culpable de todos sus conflictos inconfesados, que se irán desvelando paulatinamente conforme avanza la narración: la relación lejana y tibia con su madre, el recuerdo rencoroso del padre, su incapacidad crónica para aprovechar lo que la vida le ofrece y su deseo imposible de recuperar lo que ya ha perdido por pura desidia y, sobre todo, la incapacidad absoluta de aguantar cualquier dolor físico, que lo llevó a cometer una traición mínima en el colegio de jesuitas (a un compañero le pegaron un par de hostias por algo que él había hecho), traición de la que, al final de la novela, descubrimos una imagen especular mucho más trágica y vergonzosa: durante sus años de estudiante, detenido por la policía, confesó y denunció a sus compañeros para evitar la tortura. Y ahora, por fin, cuando ya ha decidido redimirse poniendo fin a su vida, cuando ya ha cumplido con todas las tareas que se ha impuesto antes de despedirse de este mundo, cuando le va a demostrar a su padre, el franquista, que no es un cagao —como una vez éste le espetó—, Alfonso Fernández Burgos da un giro de tuerca inesperado, sorprendente, y le escatima a su personaje la única oportunidad de redención que le queda, el suicidio, pues en el último minuto se arrepiente, dándose como excusa que su hijo necesita un padre y que él tiene que afrontar la enfermedad. Y, con un desenlace todavía más sañudo para él, una pareja de jovencitos que estaba a su lado en el viaducto, eligen el suicidio amoroso, sin miedo, lanzándose abrazados al vacío. Con esta conclusión apoteósica, escalofriante, que deja sumido a Eduardo Cortil en su propia derrota, Fernández Burgos parece decirnos que a veces la vida es inexorable y no perdona, y convierte de manera genial a Cortil en un antihéroe triste, vencido, sin fuerzas, de esos que permanecen nítidos en el recuerdo.

Entre los personajes, narrados todos por la voz omnisciente, destaca como un sol Eduardo Cortil, con sus miedos, sus angustias, sus remordimientos, sus escenas de ternura, de amor, de sexo, de gracejo y hasta de generosidad. Los demás son comparsas, pero no en plan peyorativo: lo que sucede es que, con un sentido perfecto de la economía del relato, están ahí en función de la vida de Eduardo Cortil y sólo aparecen y desaparecen cuando son necesarios. Don Elías, el padre y doña Angustias, la madre, que, con la hipocresía tan típica de aquella época, ejercen su autoridad sobre Eva, la sirvienta, casándola con el primero que encuentran para ocultar el embarazo, obra del juez. Helena, la ex mujer, harta de la imposibilidad de amar de Eduardo, que lo deja y se busca otro hombre. Carlos, el hijo, producto típico de esta época, mal estudiante, apolítico, apasionado por los coches y de quien —con un guiño perfecto del autor— Eduardo piensa que, tal vez, sea mejor que funcione así, dado el fracaso del proyecto político de su generación. Javier, el médico, otro has been ideológico, incapaz de afrontar con valor el diagnóstico de su amigo. Y Sara, la amante, una sombra indefinida de la que llega a saberse muy poco.

El ritmo es fluido, musical y se lee con una facilidad pasmosa. A veces no sucede nada en la acción y, sin embargo, el lector se da cuenta de que ha leído sin darse cuenta párrafos y páginas enteras, tal es el embrujo de un estilo que, en ciertas ocasiones, recuerda a Luis Landero. Fernández Burgos es un fino observador de detalles nimios, de esos que llenan una vida y hacen que una escena sea hermosa e inolvidable. La suya es también una novela muy proustiana, que funciona en el recuerdo, con una sensación constante de vida apelmazada entre sus líneas:

La luz se reflejaba en los vidrios que protegían los libros de leyes encuadernados en piel de cordero con tejuelos verdes y rojos de letras doradas. Eduardo abrió los cajones del escritorio. Aquél gesto, que repetía desde la muerte de su padre cada vez que volvía al domicilio familiar, era como entrar en una ciudad prohibida (pág. )

Pero también la proximidad de la muerte exacerba en él una serie de sensaciones nuevas, que funcionan como una especie de liberación:

Se dio cuenta de que sus oídos se preocupaban con ahínco de cualquier sonido. Escuchó los motores de los coches en la calle, sus propias palabras mientras hablaba con el notario, con la enfermera de su amigo Javier... (pág. )

En una novela trágica como ésta, la luz adquiere enorme importancia, pues aparece continuamente, haciendo contraste y resaltando la negrura del interior de Eduardo:

Eduardo veía la luz como algo sólido, un fluido espeso que abrazaba su coche y lo mecía en una despedida (pág. )

El lenguaje es hermoso, cuidado, con un sabio uso de las palabrotas y del coloquialismo en los diálogos.

 

 

1999

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