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Presentación
de la novela corta El virtuoso en la Librería Crisol de Valencia, junto a Alfons Cervera y Vicente Muñoz Puelles.

El virtuoso
Evelio Volero
Rialla Editores, Valencia 1999
EL
ASESINO ENAMORADO
MANUEL TALENS
Desde que el mundo se ha convertido en una aldea global, todos
nosotros nos bañamos a diario en un océano de comunicación y, sin
embargo, nunca en la historia estuvo el hombre más desinformado que
ahora. Esta desinformación, compuesta de noticias falsas que pasan
por verdaderas y por aspectos tendenciosos de la realidad, también ha
llegado —cómo no— al mundo del arte en general y de la literatura
en particular.
De creer la inflada tabarra a la que las editoriales nos someten cada
día, hoy habría más genios de la escritura por metro cuadrado que
durante todo el Siglo de Oro, lo cual, evidentemente, no es verdad. Es
más, se trata de una falsedad absoluta, ya que nunca el universo de
las letras se vio tan poblado por diletantes que ni siquiera
aprendieron a escribir con solvencia: y con esto me refiero a los
aspectos más primarios y gramaticales del asunto, a cómo construir
una frase con todos los elementos sintácticos en su sitio, a no dar a
la imprenta frases “a lo indio”, con un verbo impersonal en
infinitivo o con esa incorrección absoluta, tan común en
tertulianos, políticos, gacetilleros y presentadores de televisión,
que consiste en hablar de sí mismo utilizando la segunda persona
verbal.
Pues
bien, dentro de ese teatro en el que nos movemos, los premios
literarios ocupan un lugar primordial, de tal manera que en cuestión
de poco tiempo —y a base de crear un premio prácticamente en cada
esquina— los premios literarios han frivolizado por completo la
escritura, convirtiéndola en una especie de carrera de caballos en la
que los autores compiten para ver quién gana no ya sólo el premio en
sí —consistente en la edición o en algún dinerillo—, sino esos
minutos de gloria mediática que Andy Warhol prometió para todo hijo
de vecino.
No
es cierto que todos los premios sean un engaño, como suele decirse en
una especie de secreto a voces. Los que nos movemos en este mundillo y
hacemos profesión de la escritura hemos aprendido, sin embargo, a
separar el polvo de la paja y tenemos muy claro que todo premio
organizado por una editorial, y más aún si se acompaña de un buen
puñado de millones, es algo automáticamente trucado de antemano, a
pesar de que se haga el paripé de las deliberaciones del jurado, pues
está claro que nadie da duros a tres pesetas. No hace falta que dé
ejemplos de tales estafas, que están en el ánimo de todos.
Suele
ser en los premios pequeños donde no existe trampa alguna, justamente
porque quien los da no busca vender el libro, sino hacerse algún tipo
de publicidad institucional. Por el contrario, y justamente a causa de
que permanecen casi enterrados en el aluvión de noticias de cada día,
auyentan a mucha gente de calidad. Fue con esta serie de
consideraciones en mente como acepté el año pasado el ofrecimiento
de Francesc González de ser jurado del premio Otoño de Narrativa de
la Villa de Chiva.
Tenía
interés por comprobar qué tipo de autores optaban a un premio
provinciano, de los miles que están ofertados en todo el territorio
español. Recibí más de cincuenta manuscritos, algunos de muchos
folios de espesor. La verdad es que el inicio de la lectura fue
desolador. Allí había de todo, desde textos que producen verdadero
sonrojo hasta otros de un realismo mágico de vía estrecha. Hasta que
de pronto, inesperadamente, me topé con El virtuoso y supe, con sólo
dos o tres páginas, que allí estaba el ganador.
Hay
obras premiadas que no levantan el vuelo y terminan aplastadas por la
estatura del premio que las hizo nacer. ¿Quién se acuerda hoy día
ni siquiera del título de más del 80% de los premios Planeta? Nadie.
Otras, sin embargo, ahogan al premio y alcanzan vida propia,
desprovistas de ese apellido que no necesitan. Es el caso, por
ejemplo, de La ciudad y los perros o El jinete polaco. Pues bien, a
pesar de que en estas cosas es mejor no dárselas de adivino, creo que
El virtuoso, con un poco de suerte y de distribución, puede
convertirse en uno de esos libros que ahogue al premio de Chiva y viva
por sí mismo, tal es su calidad.
En
el prólogo a La invención de Morel, de Bioy Casares, Borges escribió
las siguientes palabras: «He discutido con su autor los pormenores de
la trama, la he releído; no me parece una imprecisión o una hipérbole
calificarla de perfecta». Yo me siento hoy capacitado para repetir
algo parecido. Primero por la escritura, que no tiene la menor
vacilación. Inmediatamente supe que detrás del nombre de Evelio
Volero había un profesional, no un aficionado. No era desde luego, un
primerizo.
No
voy a desvelar nada del relato, que bien puede ser calificado de
novela corta, pues prefiero que sea él quien lo haga. Mencionaré únicamente
la extraordinaria habilidad de una maquinaria narrativa caleidoscópica
y de tintes metafísicos que funciona, dentro del texto, con dos voces
narrativas, en primera y en tercera persona verbal, que van paralelas,
que se cruzan sin solución de continuidad y que confluyen en una
sola, la del narrador que estampa su nombre en la portada del libro,
Evelio Volero, todo ello, además, puesto
continuamente en entredicho por otra voz narrativa, a pie de página,
que relativiza cualquier afirmación en el texto. Esto, que dicho
así puede parecer complicado, funciona en cambio como un perfecto
mecanismo de relojería, que hace avanzar la historia sin tropiezos,
sin darle conclusiones al lector, sino más bien avenidas por las que
avanzar y en las que escoger, de tal manera que incluso la muerte de
Sara —uno de los personajes—, dada por hecha a mitad del texto,
parece negada al final, como si todo, o una parte del todo, fuera sólo
fruto de la imaginación del narrador, pues de lo que se trata aquí
no es de contar una historia al uso decimonónico, con un principio,
una exposición y un desenlace, sino de mostrar un caos, el caos
afectivo al que parece que estamos abocados todos nosotros en este fin
de siglo, en el que los sentimientos han alterado el signo que tenían
desde hace milenios, en el que estamos ya más allá de lo moral y de
lo inmoral, situados en el territorio de lo amoral, y en el que el
amor ya no es fuente de vida, sino de muerte. El narrador, ese al que
Sara califica al final de virtuoso, es una máquina de matar por amor,
y no deja de ser irónico —y una prueba de que el autor sabe
tomarle el pulso al tiempo que le ha tocado vivir— que en estos
mismos momentos estemos asistiendo en los Balcanes al espectáculo de
otra virtuosa máquina de muerte —la de la OTAN— que,
curiosamente, inició sus bombardeos, y con ellos todo el desmadre de
los refugiados kosovares, en nombre del amor a la humanidad.
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