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When the Elephants Dance
Tess Uriza Holthe
Crown Publishers, New York 2002
Hermoso título,
pardiez
MANUEL TALENS
Como
indica el encabezado de estas líneas, la novela que me dispongo comentar
tiene un hermoso título para enganchar al incauto comprador que se fía
de esas cosas. El problema es que la hermosura se termina ahí. La frase
del título alude a la primera parte de un refrán filipino que, completo,
dice así: “Cuando los elefantes bailan, los pollos han de tener
cuidado”. Los pollos, en el contexto que nos ocupa, son el pueblo
filipino, víctima desde siempre de las potencias extranjeras, España,
Japón y Estados Unidos.
Un
planteamiento así parecería, a primera vista, algo de interés para mi
gusto: la visión desde debajo de las canalladas que los pequeños países
han sufrido y sufren a manos del imperio de turno, pero por desgracia la
visión contestataria se termina ahí. Aclararé en este mismo momento que
la novela está escrita desde la corrección política. No suelo hacer
caso de los factores extradiegéticos al leer un libro, pues todo texto se
explica por sí mismo y los factores ajenos a la propia escritura no deben
contar, pero en este caso me saltaré dicho principio: la autora se llama
Tess Uriza Holthe, es filipina, está casada con un estadounidense y vive
en California. Hay algo que ya huele a bestseller para masas yanquis desde
el prólogo y es que la señora Holthe le dedica su libro hasta al lucero
del alba y considera necesario, además, ofrecerle al lector una
minihistoria de las Filipinas, consciente ella de que quienes compren su
novela no habrán oído hablar en sus vidas de tal archipiélago. Mal
empezamos.
When
the Elephants Dance
es, en realidad, dos novelas, una cuya línea general consiste en los
avatares de unos cuantos personajes de un pueblo filipino durante los últimos
días de la ocupación japonesa en 1945 y, la otra, quizá la más
interesante, múltiples historias ajenas a la guerra, contadas por
diversas voces narrativas. Todo gira en torno a un pueblo ficticio de la
isla de Luzón, denominado Blanca Negros, y un poco en torno a la capital,
Manila. La narración se inicia cuando un muchacho, Alejandro Karagalan,
cuenta lo mal que lo están pasando con los ocupantes japoneses y cómo se
gana unas cuantas monedas vendiendo cigarrillos con su hermano en los
barrios de sus compatriotas colaboradores, los únicos que viven bien.
Pronto asistimos a las vejaciones que estos dos personajes han de sufrir a
manos de los invasores y a una de las incongruencias más persistentes del
relato: lo fácil que les resulta a esta gente sobrevivir y reponerse de
las palizas o las heridas que reciben, algo casi milagroso.
Al
poco, sin embargo, la voz narradora de Alejandro Karagalan abandona el
presente y se adentra en diversos cuentos que le hacen descubrir al lector
occidental de qué manera lo real maravilloso no es algo exclusivamente
latinoamericano. Las historias retienen el interés, pero también es
verdad que a la larga cansan, pues la ilación entre ellas -y el porqué-
no parecen muy bien establecidos.
La
segunda parte, narrada por la joven Isabelle, cuya juventud y cuyos
inminentes estudios en la facultad de Medicina se han visto alterados por
la invasión, regresa a la realidad. En un increíble vaivén de idas y
venidas, cuenta Isabelle cómo se encontró malherido al líder
guerrillero Domingo Matapang -uno de los antiguos vecinos de Blanca
Negros- y cómo lo condujo por las montañas hasta el escondite donde
estaban sus hombres. Allí asiste a la crueldad de la guerra, que hace
insensibles a estos personajes, hasta el punto de que se matan entre sí
por cuestiones de poder. Domingo, que estaba medio muerto cuando lo recogió,
se cura como por ensalmo, tiene tiempo de matar en duelo a uno de sus
hombres y luego, colmo de lo inverosímil, de acompañar a Isabelle de
vuelta a Blanca Negros -cortesía obliga- para que esté a salvo con sus
padres. Pero la cosa no termina ahí, pues en el camino los sorprenden los
japoneses, que se llevan a Isabelle a Manila (a Domingo, delirante, no lo
descubren) para alojarla en un hotel con otras mujeres que están ahí
para las violen los soldados. Allí, sin embargo, la descubre Feliciano,
un joven colaborador que de niño estuvo enamorado de ella (y ella de él),
y la salva, llevándosela de nuevo a Blanca Negros, donde se encuentran
con que Domingo ya no está delirante, sino más sano que una rosa. A
Domingo le hubiera gustado cortarle el cuello al traidor Feliciano, pero
hay varios personajes de la familia que han caído en manos de los
japoneses y el único que puede conducirlo a salvarlos es precisamente
Feliciano.
Y
así empieza la tercera parte, narrada por Domingo, en la que el vaivén
de emboscadas, palizas y recuperaciones providenciales continúa. Hay
también historias de la vida pasada de Domingo.
Por
fin, Alejandro regresa al volante de la narración y nos cuenta de qué
manera toda la familia estaba presa de los japoneses durante el desembarco
yanqui en Manila, a punto de morir cuando llegan los buenos -una especie
de sexto de caballería, como en las películas del Oeste-, los salva y
todos se quedan tan felices. Es de resaltar que Feliciano, al que durante
la noche los japoneses le habían torturado de tal manera que no se podía
ni mover (por dejar de ser traidor y pasarse con su pueblo), al día
siguiente, una vez salvados todos por el sexto de caballería, ya está
recuperado y pelando la pava con Isabelle.
Es
algo tan ridículo que hay que leerlo para creerlo. Y más ridículo aún
resulta que la autora, que carga las tintas cuando habla de los japoneses,
parezca aceptar por las buenas que los del tío Sam fueron a Filipinas por
motivos humanitarios, lo que convierte a todo el texto en una pieza de
propaganda.
La novela termina,
también en plan western, con el héroe solitario Domingo -de brazo
implacable pero corazón tierno- alejándose de tanta felicidad a la búsqueda
de nuevos entuertos que desfacer.
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