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L'absolue perfection du crime
Tanguy Viel
Les Éditions du Midi, París 2001, 175 páginas
L'absolue
invraisemblance du crime
MANUEL TALENS
Aclararé
para empezar que L’absolue perfection du crime es una novela
negra, un polar a la francesa, es decir, una máquina narrativa de
género muy preciso, con todas las limitaciones que eso implica cuando el
que la utiliza como vehículo es un artesano y no un artista. Todos los
tics y las convenciones del género negro están aquí: el comienzo de la
acción in media res, los ambientes sórdidos de los bares
nocturnos donde se suelen reunir los mafiosos, el estilo telegráfico de
algunas escenas en una ciudad portuaria, fea y sucia, que prescinde
incluso de los verbos personales:
Les
docks salis. Les rails oxydés. Les grues immobiles. L’abandon qui les
gagne. La brume. Les quais. La mer presque grise. Le ressac. La promenade
le long. La quatre–voies devant. Le néon rouge. Le casino. (pág. 37),
la
ausencia absoluta de mirada moral sobre los hechos, los trajes negros de
los protagonistas de la banda, el alcohol omnipresente, el cigarro siempre
en la boca, los peinados con gomina y, por último, lo que nunca debe
faltar, el atraco que sale mal, la traición y la venganza final. Todo
esto, tan manido, que en la pluma de un Chandler se transforma en un
esplendor de la decadencia humana, en un estudio psicológico del lado
oscuro de nuestra civilización, aquí se queda en la anécdota, en la
pura piel, y ese pacto necesario que ha de haber entre el texto y su
lector (pacto mediante el cual este último se olvida de la realidad de la
calle y acepta la realidad de la ficción, por muy absurda que sea),
sencillamente no existe. Se diría que Tanguy Viel preparó el estupendo título
de su novela mucho antes de escribirla o de tener la más remota idea de
su contenido, trayectoria peligrosa cuando se trata de hacer coincidir
ambos sin que chirríen las bielas. El resultado final es que en vez de L’absolue
perfection du crime este libro hubiera debido llevar por título L’absolue
invraisemblance du crime, de tan increíble que resulta todo.
Veamos: el buen cine negro de Hollywood
nos ha acostumbrado a las preparaciones minuciosas –científicas– de
un buen atraco, y eso es algo que aquí hace agua. ¿Cómo creerse que
todo lo que estos mafiosos de poca monta hacen sea filmar los exteriores
del casino, cuando el verdadero problema de un “golpe perfecto”
consiste en conocer el interior del edificio como la palma de la mano? ¿Cómo
creer, en segundo lugar, que el atracador Pierre pueda ir solo -sin
que los escolte un gorila- con el director del casino al despacho de éste?
¿Cómo, en tercer lugar, que los pasillos del segundo piso del casino estén
vacíos, que nadie se dé cuenta del atraco que está teniendo lugar y que
ambos puedan llegar a la habitación de la caja fuerte como si nada; que
uno de los atracadores entre y salga por una ventana y llegue al tejado
con el saco de dinero sin que nadie lo vea y que otro atracador, una vez
que el atraco ha sido consumado, se entretenga jugando a la ruleta? Paso
por lo de la idea, que me parece brillante, de sacar el botín con un
globo teledirigido, pero eso no es suficiente, pues lo que viene a
continuación es aún más increíble: la traición de Lucho, el tercer
atracador. ¿Qué lector en su sano juicio va a aceptar que Lucho, el
traidor, estaba aconchabado de antemano con la policía? ¿Desde cuándo
la policía permite que se consume un atraco si sabe que se está
cometiendo? ¿No hubiera sido más lógico que los pillaran con las manos
en la masa? Luego, el colmo es la permanencia de Lucho en la ciudad –con
su apellido en el listín de teléfonos, como si esas cosas las hicieran
los mafiosos–, a sabiendas de que Pierre iría a por él al salir de la
cárcel, es otra tontería de este argumento. No voy a entrar en las
truculencias del asesinato de Lucho en el tren, de la persecución final
en coche –pobre remedo de la que todos vimos en la película The
French Connection– o del duelo incruento que cierra la novela,
porque ya se sabe que el género es así y tampoco quiero criticar de más.
La voz narrativa en
primera persona le hubiera debido servir a Tanguy Viel para ofrecernos sus
apreciaciones de los personajes, para darles una profundidad y un espesor
temporal de los que carecen. Como dije más arriba, todo se queda en la
piel. No estamos aquí ante las criaturas atormentadas de Simenon
–pienso en Betty– o ante el gangster psicópata que James
Cagney interpretó en White Heat, de Raoul Walsh. Pierre, Marin,
Andrei, Lucho, Jeanne, son sólo sombras que actúan. Todo en la vida
tiene una explicación, o un intento de obtenerla: los bandidos no son
bandidos porque sí y, eso, tanto Simenon como Raoul Walsh –por quedarme
en los dos ejemplos que acabo de citar– lo sabían muy bien. Tanguy no
lo sabe. Estos mafiosos, sencillamente, están, lo cual es una vulgaridad.
Ni siquiera son gente sexuada. Si utilizáramos la terminología de una
ecuación matemática, esta novela es a cualquiera de las de Simenon lo
que la foto de un turista en la playa de Ipanema es a la foto de una favela
hecha por Sebastião Salgado. Con eso está dicho todo.
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