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El diagnóstico
Alan Lightman, traducción de Pilar Vázquez
Tusquets Editores, Barcelona, 2002
La imperfecta
hermosura
MANUEL TALENS
Quizá
por ser una nación que cree firmemente en el triunfo social individual,
en eso que se ha venido llamando el «sueño americano», los Estados
Unidos han producido toda una serie de obras mayores que tratan del
elevado precio que han de pagar, en contrapartida, aquellos que se
adentran en dicho camino. The Harder They Fall, la última película de Humphrey Bogart, me
viene a la mente ahora, así como, en literatura, The Bonfire of the Vanities de Tom Wolfe, que con tan buen criterio
publicó en España Jorge Herralde.
Esta
novela, El diagnóstico,
pertenece a dicho mundo. Curiosamente se inicia de una manera kafkiana, en
la vena de La metamorfosis, con
un Bill Chalmers que empieza inopinadamente a perder pie en la realidad
mientras la memoria se le escapa y se queda sin asideros donde situarse.
Chalmers es el típico estadounidense educado para la gloria, procedente
de una familia de clase media de Filadelfia que, a fuerza de trabajo y
penalidades, ha llegado a ser junior
partner en una compañía bostoniana de alto nivel especializada en la
gestión de negocios megamillonarios. Todo en la vida le sonríe: es un
firme candidato para la promoción a senior
partner, tiene una mujer que parece estupenda, una casa en una buena
urbanización de las afueras de Boston, dos coches, un hijo adolescente
fanático de rock y de internet, un perro, teléfono móvil, fax, múltiples
televisores y un ordenador para cada miembro de la familia. El dinero
entra en casa con facilidad. ¿Hay quien dé más?
Todo
ello, sin embargo, empieza a desvanecerse cuando le sobreviene el ataque
de amnesia que sufre en el tren que lo lleva a su oficina en el centro de
Boston. A partir de ahí, la bajada a los infiernos es una espiral
inacabable de horrores cotidianos —al alcance de cualquiera— que le
van mostrando con toda crudeza el lado oscuro de ese mundo ficticio en el
que tan firmemente creía.
Convertido
en una especie de vegetal sin memoria, la policía lo lleva a un centro
hospitalario, donde ya Alan Lightman empieza a ofrecernos una visión
amargamente sarcástica de ese hermético microcosmos que es la medicina
(a pesar de funcionar con los aparatos más sofisticados y con los «mejores
médicos del mundo»), en el que el enfermo es sólo un cobaya utilizado
con fines económicos. Dicha visión no dejará de acompañar al lector a
lo largo de todas las páginas de la novela, y no sólo en lo relativo al
mundo de la medicina —como daría falsamente a entender el título—,
puesto que la deconstrucción abarca a todos los estratos de la sociedad
basada en el consumo. Conforme empieza a recuperar la memoria, Bill
Chalmers se enfrenta a un universo que desconocía y que se ensaña con
todo aquel que tiene la desgracia de cometer un fallo. Él, que vivía
entre algodones, conoce en su fuga nocturna del hospital lo que son los
barrios miserables del proletariado urbano estadounidense, con sus
montones de basura, sus gentes insolidarias y sus atracadores en busca de
unas monedas. Entra luego en una iglesia convertida, de forma alucinante,
en local de bingo (éste es uno de los capítulos más patéticos) y, por
fin, regresa a su hogar, ya con la memoria totalmente recuperada pero con
unas parestesias sensoriales en las manos que irán progresando durante
los meses siguientes hasta afectar sus pies y dejarlo totalmente paralítico
y medio ciego.
En un
principio, Chalmers parece conservar suficiente capacidad para «salvar
los muebles», ya que logra mantener en secreto su problema en la oficina
y le esconde los síntomas a su mujer, pero poco a poco la extraña
enfermedad que lo aqueja va alterando su capacidad funcional y todo sale a
la luz. Entretanto, a través de la descomposición de su entorno, hemos
aprendido que su matrimonio no era tan perfecto como parecía, ya que su
mujer —Melissa— mantiene una relación adúltera virtual, es decir, a
través de un chat de internet,
con un personaje que ni siquiera conoce. Esta ironía de Lightman —un
hallazgo literario extraordinario— le sirve para introducir al lector en
el antro de locos en que se ha convertido la World Wide Web para un cierto
estrato social. En efecto, todo el mundo aquí parece haber relegado a
segundo plano las relaciones humanas, ya que en la oficina donde trabaja
se comunican entre sí por correo electrónico, de despacho a despacho, y
lo mismo sucede en la casa de Bill, donde su hijo Alex le envía emilios,
¡desde su habitación!, para las cuestiones más fútiles, cuando le
hubiera tomado menos tiempo abrir la puerta y hablar con su padre de viva
voz. El universo huxleyano de A Brave New World es ya una realidad.
La
enfermedad, esa enfermedad que parece iniciarse en el sistema nervioso,
pero que podría ser inmunológica o incluso genética, pone patas por
alto este castillo de naipes en que vive Bill Chalmers y, en una inversión
inesperada, hace que las personas vuelvan a ser personas a través del
dolor. El profundo sarcasmo de Lightman consiste en diferir constantemente
ese diagnóstico clínico que podría empezar a resolver las cosas a través
de un tratamiento, pero que, como Godot, nunca termina por llegar (en
efecto, el libro se acaba sin saber de qué enfermedad se trata), pues lo
que le importa de verdad al autor es diseccionar con el escalpelo de su
prosa las mentiras de un sistema social que basa todo en el lucro, en la
perfección tecnológica y en la arrogancia infinita de un país que se
cree mejor que nadie (los comentarios de un personaje sobre la
superioridad del cine estadounidense respecto al cine del resto del mundo
son antológicos).
Los
tests médicos a que es sometido Chalmers, los análisis bioquímicos más
complicados, las pruebas radiológicas computarizadas o las transfusiones
más esotéricas aparecen descritos con pulso firme y, lo que es mejor,
sin que parezcan un pegote añadido. Toda esta parafernalia científica,
sin embargo, desnuda por completo a los médicos que aparecen aquí, pues
en vez de como seres humanos los muestra como lo que suelen ser: robots
capaces de memorizar los mecanismos patológicos más complejos pero
incapaces de una sonrisa que conforte el corazón. La increíble distancia
entre médico y paciente que este tipo de medicina tecnológica ha creado
se halla definida de manera sobria y magistral en esta novela: mientras un
superespecialista de la Clínica Mayo procede a someter a Chalmers a una
complicada prueba diagnóstica con todo lujo de ordenadores y bases de
datos, Melissa, la angustiada esposa del enfermo, le pregunta a éste: ¿Te
ha tocado? Tocar con las manos al paciente que sufre, esa suerte de
bendición que convertía al médico en un ser casi sobrenatural, ya no
existe.
La
obsesión por el tiempo está asimismo perfectamente ilustrada en estas páginas.
El eslogan de la compañía de Chalmers, «el máximo de información en
el mínimo de tiempo», muestra a las claras la monomanía de una sociedad
en la que todas las actividades se miden a través las agujas del reloj:
los trayectos desde la casa a la oficina, las entrevistas con los
abogados, las salidas familiares… pero, curiosamente, es esa misma
obsesión la que frustra cualquier contacto entre los personajes: Bill
Chalmers, prisionero de su reloj, no puede nunca ir a jugar con su hijo,
así como tampoco puede abandonarse a un momento de ternura con su mujer,
porque el ajustado tiempo del que dispone —time is money— se lo impide.
La
alienación del hombre contemporáneo está aquí presentada de manera vívida.
Esta familia media estadounidense, tan confortable y adaptada a su
entorno, carece de opiniones políticas, se despreocupa del mundo que la
rodea y piensa de manera ingenua que la vida es una carrera hacia el
confort en la que lo importante es llegar, independientemente de los cadáveres
que deje en el camino. En ningún momento los personajes —salvo Chalmers
después de su declive— se preguntan si los medios utilizados para ello
son lícitos. En un capítulo magnífico sobre el caos del tráfico («Taxi»),
Chalmers despotrica sobre el descontrol de la polución como si fuera algo
inevitable. Será sólo más tarde, cuando mire de frente el desbarajuste
causado por la infinidad de aparatos que lo rodea, cuando decida renegar
de ellos.
Mención
aparte merece la escalofriante realidad de la comercialización de la
vida. El capítulo «Imágenes vivas» —una alusión metafórica a lo
que se nos viene encima con la próxima privatización del genoma
humano— es extraordinario. El personaje del magnate que acaba de comprar
los derechos de todas las partidas de nacimiento de los Estados Unidos (y
que desea globalizar el asunto) es un alter
ego de los Ted Turner o Bill Gates —o, entre nosotros, de Juan
Villalonga—, presentados ante el mundo por los medios de comunicación
como baluartes de la democracia al son de God
Bless America, pero que en realidad son verdaderos buitres incapaces
de piedad.
Y mención
aparte merece también el capítulo «El centro comercial», para mi gusto
el más inolvidable, en el que la locura del consumo, de la comercialización
a ultranza, se halla plasmada con toda crudeza.
Entre
los personajes destaca Bill Chalmers, cuya evolución desde la estupidez
de su vida de ejecutivo hasta la lúcida clarividencia del final está
perfectamente descrita, con toda clase de detalles psicológicos. De ser
un enano pasa a convertirse en un gigante por obra y gracia del dolor y de
la enfermedad, capaz de momentos de ternura hacia su mujer y su hijo,
deseoso de proyectar en sus seres queridos el amor que ha descubierto al
perderlo todo y de alzarse sin paliativos contra lo que considera que será
la perdición de Alex: le advierte amargamente que no
sea como él, lo cual es uno de los alegatos más violentos que he leído
nunca contra la filosofía del lucro y la alienación contemporánea. Además,
con una sutileza encantadora, ya gravemente enfermo y casi ciego, descubre
en una simple hoja otoñal la imperfecta hermosura de la naturaleza, que
contrasta con la perfecta futilidad de la tecnología.
Melissa,
su mujer, está asimismo bien dibujada en tanto que ama de casa ignorante
en su riqueza, estúpidamente instalada en la vida fácil y de un carácter
tan frágil que al menor envite cae en el abuso del alcohol, en la depresión
y en la paranoia, incapaz de analizar sus propias contradicciones.
Obtiene, no obstante, su redención final a través del amor.
Alex,
el hijo de Bill, es «de carne y hueso» en tanto que computer
whizz adolescente, insensible en apariencia, adicto al rock e informado
pero no formado por la avalancha de datos superficiales que ofrece
Internet, en los que cree a pies juntillas. ¿Quién no tiene un hijo así
en la sociedad actual? Pero el desmoronamiento de su mundo, que lo acerca
afectiva y físicamente a su padre, lo salva también como ser humano.
El
resto —la comparsa— es también creíble. Mitrakis el jefe de la compañía,
o Baker el abogado, están en su papel de personajes guiados únicamente
por el dinero, con una humanidad falsa e impostada. Los dos médicos,
Petrov el generalista, Kripke el psiquiatra, así como la aparición fugaz
del superespecialista Soames, representan la crítica más inteligente que
he leído nunca de la medicina como arte degenerado y vacío de humanidad,
lleno de sofisticación tecnológica y protegido tras una jerga
ininteligible para el común de los mortales.
En
contrapunto, la historia de Anytus, el verdugo de Sócrates (magníficamente
introducida aquí a través de Internet), le sirve a Alan Lightman para
mostrar que en todas las épocas ha habido personajes dignos e indignos, héroes
de pacotilla y héroes anónimos. La noche que pasa Anytus junto a la
meretriz Calonice es perfectamente simétrica y paralela con la noche
final de la novela, en la que Bill, despierto, rememora su pasado y piensa
en el incierto futuro que le espera a su familia.
El
estilo es fluido, claro, sencillo, nada grandilocuente. La introducción
de múltiples correos electrónicos a lo largo del libro (llenos de
errores de tecla, como suele suceder en la realidad) añade credibilidad
al relato.
El diagnóstico es una defensa de la vida sencilla, del amor y de la
solidaridad. Es también una novela más que notable, por momentos
brillante. Alan Lightman es un magnífico escritor, que presenta las cosas
tal como son, sin dar opiniones, para que el lector saque sus propias
conclusiones. La tesis que defiende —la salvación a través del amor,
frente al egoísmo del capitalismo salvaje— es muy de mi gusto. No es
una casualidad que este autor ejerza de profesor en el Massachusetts
Institute of Technology, hervidero de izquierdistas y de gente lúcida
como Noam Chomsky. Tiene, además, esa capacidad humorística tan poco
frecuente —muy marxiana, de los hermanos Marx— que consiste en llevar
las situaciones comunes de la vida a sus extremos más absurdos para así
mostrar su falta de coherencia. Su narrativa está perfectamente adaptada
al discurso social que hoy impera en el mundo, pero dándole la vuelta.
Esta novela, como todo arte que se precie, es un arma.
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