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ARTÍCULOS DE OPINIÓN

 Reseñas de libros ajenos

Bordersnakes
de James Crumley
Warner Books, 320 páginas.

 

DEPLORABLE PULP FICTION II

MANUEL TALENS

Perdita Durango y American Psycho son dos ejemplos extremos y literariamente distintos de lo que es el camino escogido por buena parte de los «creadores» estadounidenses actuales: la violencia extrema, cruel, gratuita y nunca utilizada como reflexión ética o política, sino como manera «normal» de vivir. Si a dicha violencia, que es el ingrediente principal, se le añaden unos toques salpimentados de sexo, aunque no vengan a cuento, el plato está servido y, con una buena y atosigadora campaña publicitaria, es posible vender cientos de miles de ejemplares, asegurarse un capital en el banco, ser famoso y salir en los periódicos, que es lo que busca gran parte de los artistas de pacotilla agazapados tras dichos libros. Exactamente lo mismo sucede en el mundo del celuloide, y sólo tenemos que recordar el éxito desaforado de películas como Pulp Fiction o Born Killers, en cierto modo secuelas de aquellas Rambo y Rocky de los años setenta.

Esta reflexión inicial, en la que menciono al unísono la literatura y el cine, no es en absoluto gratuita, sino buscada por mí y, antes de iniciar el análisis textual, quisiera hacer hincapié en algo aparentemente banal, pero que me puso de entrada la mosca detrás de la oreja: ¿cuál es la editorial que se ha encargado de publicar esta novela? Veamos la cadena: Warner Books, compañía subsidiaria de Time Warner, estudio de Hollywood que, a su vez, pertenece a medias a Ted Turner, el magnate de CNN… Si a la luz de estos simples datos consideramos que Time Warner, en tanto que compañía multinacional de los medios globales (una de las cinco grandes, junto a News Corporation, Disney, Bertelsmann y Viacom), controla buena parte del cine que se ve en el mundo actual, de la información —o, mejor, de la desinformación— impresa y televisiva y que CNN fue la encargada de «vendernos» una salvajada como la Guerra del Golfo haciéndola pasar por película virtual de buenos y malos, habremos encontrado la clave que resuelve el enigma de por qué esta basura que se llama Bordersnakes está ahora mereciendo el honor de ser informada: el arte considerado como «entertainment», destilando pus al servicio de una minúscula elite formada por archimillonarios que doblan su capital cada quince días y que utilizan y consideran al público global —nosotros— no como ciudadanos, sino como consumidores adiestrados, cual ratones de Pavlov, en la violencia y en el sexo.

Bordersnakes forma parte de dicho tinglado polifacético y multimedia del entretenimiento como producto de consumo (1. Novela; 2. Película si la cosa va bien y, si va muy bien, 3. Productos derivados para vender en las tiendas de Time Warner: camisetas con la cara de Milo y Sughrue, sus protagonistas, llaveros, discos con la banda sonora, etc.). Está escrita casi como un guión y no me extrañaría nada verla en película dentro de poco, interpretada por Bruce Willis (Milo) y Dennis Hopper (Sughrue). El arranque no puede ser más rowdy, en un bar texano de mala muerte, lleno de vaqueros salvajes, donde Milo aterriza y es considerado poco menos que como un marciano porque lleva puesta una chaqueta elegante. Empiezan las palizas, los navajazos, el alcohol en abundancia y el lenguaje soez, que ya no cesarán en toda la novela. La doble trama que desencadena la acción —el robo en Montana de la herencia de Milo y el tiro que le pegan en Texas a Sughrue— es algo inverosímil, más aún si consideramos que al final ambas cosas están entrelazadas, pero eso no parece detener a James Crumley, cuyo mayor afán no está en lograr pruebas «creíbles» para que sus dos detectives privados avancen en sus investigaciones —en realidad, van obteniendo la información a través de confesiones detalladas de gente a la que acaban de conocer, así por las buenas, o bien mediante palizas o a golpe de billetes de mil dólares—, sino que se centra en hacer avanzar la acción de forma trepidante, de Texas a California o a Seattle en un abrir y cerrar de ojos, como si se estuvieran desplazando entre Cuenca y Guadalajara, casi sin tiempos muertos.

En realidad, como en cualquier western al estilo de Sam Peckimpah (de hecho, su Wild Bunch está citado con admiración), lo que aquí se busca es poner de manifiesto un estilo de vida violento que considera algo ordinario resolver a puñetazos o a tiros o a patadas en la ingle los menores problemas cotidianos. Todo el mundo —y «todo» significa todo— posee un arma y está dispuesto a utilizarla al primer estornudo. En una fiesta al aire libre, en un rancho, entre gente de Hollywood, políticos, ricachones, guardaespaldas, etc., una mujer ve una serpiente de cascabel y le pega un tiro. He aquí lo que sucede a continuación:

 

«At the sound of the gunfire, pistols appear in everybody’s hand. The whole crowd is packing. Then the pieces disappear and everybody laughs.» (pág. 261),

 

cosa que no resulta difícil de creer si recordamos que Nancy Reagan confesó llevar un revólver en el bolso, junto al pintalabios. Y, así, la novela transcurre más como una crónica del sadismo ordinario de una sociedad fundada sobre los cimientos del genocidio y la violencia que como una exploración de la condición humana, pues ese sadismo —por mucho que James Crumley a veces trate de esconderlo o de atenuarlo bajo el papel de celofán de la amistad entre Milo y Sughrue— no abandona nunca a ningunos de los múltiples personajes que pueblan estas páginas. Ahí radica, quizá, el mayor peligro ético de este libro, ya que a pesar de estar montado como una maniquea historia de «buenos y malos» (de hecho, se hace varias veces alusión a los bad guys), los buenos no parecen tener una conducta muy diferente de la que muestran los malos: matan, golpean y esnifan cocaína, y todo ello por las mismas razones, el dinero, la autocomplacencia y la venganza elemental. Lo único que diferencia a Milo y Sughrue de sus adversarios —traficantes de drogas y criminales de toda especie— es ese imperceptible pero sacrosanto principio en que se basa la ideología del imperio U.S.A., y que se llama «ley y orden», a través del cual se mantiene y se sacraliza la propiedad privada.

A Milo le han robado algo que considera suyo y para recuperarlo recurrirá a cualquier estratagema, aunque tenga que cargarse al lucero del alba. El lector incauto o poco vacunado contra estos sofismas no llegará nunca a distinguir principio moral alguno que le ayude a diferenciar el polvo de la paja, pues en ningún momento existe una perspectiva en estas páginas que permita diferenciar las actitudes de los personajes: son todos como alimañas, con instintos primarios. Es, por lo tanto y desde esta perspectiva, una novela posmoderna, si consideramos lo posmoderno como esa pseudofilosofía que pretende que los principios kantianos de la Ilustración son una memez y que cualquier opinión o tendencia son válidas y merecen un respeto. Por ese resquicio se introduce el fascismo (¿acaso Baudrillard no se atrevió a escribir un famosísimo artículo, La Guerre du Golfe n’a pas eu lieu, en el que banalizaba dicha guerra como algo virtual y prescindía de todo el sufrimiento, muy real, del pueblo iraquí? ¿Acaso los abogados londinenses de Pinochet no han admitido que hasta Hitler hubiera sido defendible?). Bordersnakes no es sino un ejemplo más de esa avalancha inacabable y subliminal de productos violentos y amorales (han eliminado cualquier rastro de moral, por eso ya no son ni siquiera inmorales) que nos bombardean a diario y que ya han portado fruto en culturas subordinadas como la nuestra (la violación «trivializada» de Kika de Pedro Almodóvar, la graciosilla violencia fascista de Torrente, el brazo tonto de la ley de Santiago Segura, son sólo dos casos entre mil).

La estructura es la típica de todo thriller y consiste en una acumulación inacabable de datos, aparentemente inconexos, arbitrarios, que se le van dando al lector a paletadas y que luego, a última hora cuadran entre sí a modo de rompecabezas. Pero no todo el mundo es Chandler y James Crumley mucho menos, a pesar del bla, bla, bla que acompaña a la contraportada, en donde una serie de periódicos estadounidenses con críticos probablemente sobornados, pues no olvidemos que las ramificaciones de Time Warner se extienden al mundo de la prensa, proclaman que se trata poco menos que de un nuevo Faulkner. No hay nada de eso. Este Crumley es solamente un escribidor de los muchos que pululan hoy día por esos mundos y la manera en que ha resuelto su novela me ha recordado aquella serie televisiva absurda y políticamente correcta de mi adolescencia que se llamó Perry Mason, en la que había que esperar al final para, una vez resuelto el caso ante el tribunal, Mason le «explicara» a su secretaria —y a los espectadores— en que consistía el desenlace, ya que el guión era tan torpe que no había logrado aclararlo con hechos e imágenes. Aquí, ese desenlace, en el que todo termina por cuadrar, nos lo ofrece verbalmente Milo en las páginas 301-305.

El sexo a que he hecho alusión más arriba está asimismo «sabiamente dosificado» en medio de estas páginas. Aquí la gente folla como si fueran perros en celo que se encuentran por la calle, a lo bravo, sin la menor preparación ni conocimiento personal previo. Además, los personajes se cuentan sus aspectos sexuales más íntimos o vergonzosos a los dos minutos de haberse conocido, como si estuvieran hablando del clima o de la carestía de la vida (Connie a Milo, págs 92 y 93, y Betty a Milo, págs. 246-249).

El lenguaje es plano, punzante, a la búsqueda de efectismos, e incluye toda una sarta de blasfemias que se van repitiendo sin cesar. La palabra fucking, repetida en todos los contextos, es una de las más numerosas de esta extensa e inaguantable novela y resulta curiosa en boca de cualquier personaje, ya sea abogado, farmacéutico, periodista, político, ama de casa o bandido. Pero el problema principal relativo al lenguaje no es ése, sino la absoluta e increíble discrepancia entre el que utilizan los personajes/narradores cuando hablan o cuando narran. Se trata de una trampa que James Crumley, en su enorme ineptitud, se ha tendido a sí mismo, sin darse cuenta, al convertir en narradores a sus dos personajes principales, Milo y Sughrue, esos que la solapa llama two of the most hard-bitten cases the West ever produced y que yo llamaría de otra forma menos complaciente. En ningún momento de la novela, y a través de los muchos diálogos que estos dos tipejos mantienen entre sí y con los otros personajes, levantan el vuelo verbal más allá del fucking, piece of shit, motherfucker o lindezas por el estilo, ni tampoco parecen estar interesados en asuntos que no sean follar, blow-jobs, pegar patadas en los cojones, beber en cantidades industriales cerveza, tequila, brandy, martini, ginebra…, fumarse un canuto, esnifar cocaína o reventarle a alguien la cabeza de un tiro. Son dos pedazos de bestias de lo más indeseable y peligroso, de manera que resulta increíble —al menos para mí— observar la manera en que alternan ese lenguaje casi monosilábico, que es la sal de sus vidas, con otro moderado y de entonaciones líricas a la hora de narrar la acción. Veamos, por ejemplo a Sughrue:

 

Lenguaje oral (cuatro ejemplos entre mil): «What the fuck was that about?» (pág. 166); «You are not the only sneaky son of a bitch on this job.» (pág. 176); «I’d like to be sure that Whitney and Lester stay out of that shit.» (pág. 216); «What the fuck, I’ll get a drink.» (pág. 255)

 

Lenguaje de narrador, admirando un paisaje: «Because it’s been a bird sanctuary for a long time, the redwoods still stand like old people on the steep slopes, their ancient thickbarb faces draped in the gray fluff of sailing fog in the stupendous silence, a quiet so perfect the thick of blood rumbles in my ears and my breath breaks like storm surf. I hear a blue heron lift its wings, feather by feather…» (pág. 148)

 

 Dicha incongruencia bastaría ya para desacreditar a esta novela desde el punto de vista estrictamente literario, si no fuera porque ya se desacredita con creces desde la perspectiva del mensaje que transmite.

¿Y qué decir de ese intento ridículo, por parte de James Crumley, de «culturizar» a estos dos animales? ¡Resulta que Sughrue duerme al hijo de su mujer leyéndole a Dickens! (pág. 19) ¿Desde cuando en la Montana rural, entre faggots, butt-fuckers, cocksuckers, nances, flits (pág. 58), donde se han criado y ejercido de pistoleros estos dos trogloditas, la gente conoce a Dickens? Pero lo más risible es cuando, ya en el Cadillac y camino del siguiente tiroteo, Milo saca una casete de música para que la escuche su amigo. No es rock duro, no, ni The Mamas and the Papas ni The Eagles, ¡sino cantos gregorianos! (pág. 34).

Sughrue, el detective cuarentón con pelo largo y coleta, es un animal que sólo es bípedo por casualidad. En un principio me ha recordado al Dude de El gran Lebowsky, pero la semejanza se desvaneció pronto, ya que todo lo que había de carga revulsiva y de crítica social en la película de los hermanos Coen, aquí está tomado en serio y resulta, por lo tanto, ridículamente reaccionario. Me ha resultado cuanto menos extraño creerme los vaivenes morales de un personaje que es capaz de cortarle el cuello sin pestañear a tres mafiosos o cabrearse porque no ha podido arrancarles la cabeza a otros que se cruzaron en su camino y que, al mismo tiempo, manifiesta compañerismo hacia Milo o ternura por su mujer o por el hijo de ésta. Sé que ese tipo de fauna existe y es novelable, la prueba la tenemos en todos estos etarras capaces de ser padres de familia y secuestradores despiadados al mismo tiempo, pero el problema, lo repito, es la perspectiva narrativa adoptada en esta novela, que da eso por normal y generalizado, convirtiéndolo de esa manera en una bomba fascista de relojería. Sughrue es una suerte de anarquista de derechas, que culpa confusamente a «los políticos» de todos los males de su país (pág. 138) y, sin embargo, no ve contradicción alguna en ser guardaespaldas o detective privado a la caza y captura de «criminales malos» que han actuado contra la ley y el orden del sistema en que vive. El sistema, por supuesto, nunca es puesto en entredicho, ya que eso significaría —para él como personaje y para James Crumley como autor del personaje— tirar de una manta que, en el fondo, los protege. En otra ocasión, cuenta Sughrue que, en un bar, él y otro amigo armaron una trifulca, en la que hubo dieciséis heridos, y terminaron haciendo the only thing we could think of: ¡quemando el bar! (pág. 125). Y, en otra, hablando de unos bandidos, añade: I wanted to cut their fucking heads off anyway, but Jack talked me out of it (pág.125). Pero, ¡cuidado!, que también es «filósofo», aunque de los baratos, con aires impostados de Jack Kerouac:

 

«Like all shiftless, rootless drinkers I sometimes thought of myself as a poet of the highway or a roadside philosopher, like my mad father. But he had also taught me a few things, a few ways to protect that core of being that makes you human. Sometimes people you love fucking die. You are supposed to feel bad. For fucking-ever. And that is a gift. Most assholes, even if you gut shoot them, can’t even manage to feel bad about their own deaths lon enough to stop being assholes: that was sad.» (pág. 130, la cursiva es mía)

 

Milo, más lúcido pero igual de bestia, es de una peligrosidad política aún mayor, ya que, contrariamente a Sughrue, sí que hace en un par de ocasiones un amago de análisis político, a través del cual se le ve el plumero a James Crumley. Se trata, en primer lugar, del diálogo que mantiene con el General, un militar retirado que sirvió a su país en Centroamérica durante la crisis reaganiana Irán-Contras y que se le queja de lo mal que lo han tratado los políticos. En esa ocasión, Milo se las da de progresista diciéndole que no hay que mentir al Congreso y achacando mala fe y maldad intrínseca a los republicanos y militarotes de la era Reagan, ¡y no se le ocurre otra cosa que contraponer a dicha actitud la política de los EE.UU. durante la guerra de Corea, como si ambas incursiones yanquis en el exterior no hubieran sido exactamente iguales ni hubieran obedecido a los mismos deseos imperialistas de predominancia militar y económica! Y, como Sughrue, se vuelve también «filósofo» y nostálgico al recordar los buenos e idílicos tiempos cuando, adolescente, luchó en la guerra de Corea:

 

I also wondered what had happened to said country, Constitution, and president that had left the sullied and aged remains of that teenager feeling as if he possessed some of the last bits of moral integrity in this troubled world. (pág. 243, la cursiva es mía)

 

 Pero cuando Milo resulta insufrible es al final, una vez que se descubre que el General es en realidad el cerebro del tráfico de drogas. He aquí las reflexiones que nos hace:

 

Maybe the General had learned corruption. At great government expense. Or maybe all the years in Central America had found the real bastard beneath all the breeding and education and gentility. Too often it seems that way. We send our legions among the savages in the name of democracy, and they learn violence and torture in the name of United Fruit. (Pág. 313, la cursiva es mía)

 

De manera que —God saves America! y por arte de birlibirloque—, según James Crumley los males que aquejan a los Estados Unidos se deberían a una corrupción de sus «élites educadas y amables» mientras tratan de defender e implantar la democracia en medio de «los salvajes». He aquí una mistificación inaceptable, que absuelve subliminalmente la maldad intrínseca del capitalismo a ultranza practicado por los Estados Unidos y que, encima, le echa la culpa al enemigo exterior, que, dicho sea de paso, es quien paga los platos rotos de dicha política (un equivalente a nuestro encima de puta, pones la cama). Que esto, en un libro que seguramente se va a vender a cientos de miles de ejemplares en los Estados Unidos, pueda pasar por «postura progresista» es una muestra más de que algo anda mal en el mundo en que vivimos.

En otras ocasiones James Crumley —que nunca pierde de vista la adaptación cinematográfica de su novela— pretende incrustar en Milo aspectos crepusculares de antihéroe golpeado pero no vencido, a lo Rick, de Casablanca, pero, de nuevo, Crumley tampoco es Michael Curtiz y fracasa estrepitosamente, pues no es posible conseguir algo de altura cuando los materiales con que se trabaja son mediocres, cuando todas las opciones políticas son válidas, cuando la incivilidad y el peligro del tráfico de drogas no se deben a la corrosión moral que provoca en la sociedad, sino al «trastorno de la ley y el orden», ya que tanto Milo como Sughrue, que combaten a los traficantes, son consumidores habituales y les parece algo normal y saludable echarse una raya en la nariz. Son, para terminar, arquetípicos personajes virtuales y posmodernos.

Ni que decir tiene que, si los personajes que narran la acción —Milo y Sughrue— son poco creíbles, los narrados por éstos lo son aún menos. ¿Alguien en su sano juicio se puede creer a Carver D, a Emilio Kaufmann, a Kate, a Suzanne, a Nancy, a Connie o a Betty, por sólo citar a unos pocos?: son todos criaturas de cómic, Pulp Fiction II.

Al contrario de lo que hacía la Inquisición, yo creo que los libros como éste deben publicarse, para que, una vez en el mercado, alguien pueda atacarlos y poner las cosas en claro.

 

2000

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© Manuel Talens 2002