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Presentación
de la novela El cráneo de Goya en la Librería FNAC de Valencia, junto a Ángela Vallvey,
Pilar Pedraza y Vicente Muñoz Puelles.
El cráneo de Goya
Vicente Muñoz Puelles
Muchnik, Madrid 1998
SOBRE LA
TRAICIÓN
MANUEL TALENS
Una de las cosas que resultan más agradables para un escritor es asistir
al nacimiento de un libro, sobre todo si ese libro vale la pena. Si a esto
se añade que el autor de ese libro es al mismo tiempo un amigo personal,
con el que se comparten conversaciones literarias y discusiones telefónicas
sobre la fugacidad de la fama, sobre el negocio sin tapujos en que se ha
convertido el mercado de escribir o sobre si el arte debe ser un combate
político o únicamente una búsqueda de la belleza, el goce de asistir a
ese nacimiento viene por partida doble. Por eso me alegro de estar aquí
hoy junto a Vicente Muñoz Puelles para celebrar el parto de su última
novela, El cráneo de Goya.
Después de lo dicho por Pilar Pedraza y Ángela Vallvey —también
escritoras y amigas—, yo voy a tratar de ser breve y resaltar los
aspectos de esta novela que más me han gustado, ya que resumir el
argumento, o discutirlo, me parece que no es la función de un
presentador, sino más bien tratar de incitar a todos ustedes a que la
lean —y, por supuesto, antes que eso, a que la compren—, porque un
libro solamente existe en el momento en que alguien se sumerge en sus páginas.
Se ha dicho que un libro, cualquier libro, es una máquina de producir
sentidos. Cerrado en la estantería de una biblioteca o amontonado entre
las novedades que se ofrecen a la venta en cualquier librería no es más
que un montón de páginas de papel impreso. Trataré, por lo tanto, de
incitarlos a ustedes a que entren en esa máquina de sentido que es El
cráneo de Goya y la manipulen línea a línea, para que puedan
paladear las sutilezas y la buena prosa de un escritor de raza como
Vicente Muñoz Puelles.
El cráneo de Goya es una
novela relativamente corta, de 199 páginas, que se lee fácilmente en un
día, que se deja recorrer con morosidad y que engancha al lector, impidiéndole
dejar la lectura; que, línea a línea, le va ofreciendo siempre algo más,
hasta llegar a una conclusión convincente que redondea el argumento.
¿De qué trata? De varias cosas a la vez, del pasado como una carga,
como una espada de Damocles que todos tenemos encima y que, en cualquier
momento, puede regresar para amargarnos la vida, para romper la placidez
de nuestro presente. Muñoz Puelles parece decir que todo ser humano, al
menos todo ser humano con una existencia digna de ser novelada, tiene algo
que ocultar, y esa ocultación que lleva dentro le produce el desasosiego
que conduce a su personaje, André Ducatel, a buscar en el cementerio
parisino del Père Lachaise los fantasmas enterrados de los comuneros que
traicionó allí mismo, en tiempos de la Comuna.
El cráneo de Goya es también
una novela que imbrica a la perfección el pasado con el presente, porque
el presente es, siempre, una consecuencia de ese pasado. El estilo fluido
de Muñoz Puelles salta de manera natural, sin que se noten las costuras
de ese artificio que es escribir, del pasado al presente, haciéndonos
comprender el por qué de los comportamientos de sus criaturas. La
imposibilidad de sustraerse al pasado hace que André Ducatel, que ha
renunciado a sus sueños de ser escritor y se ha enterrado en provincias,
en Burdeos, para empezar ingenuamente desde cero, lo pague con su vida.
Es también una novela sobre la soledad, sobre la soledad elegida y
también la soledad en pareja. Otro personaje, el del comisario Dumolard,
ha elegido la vivir solo para no implicarse emocionalmente con nadie y
termina asimismo de manera trágica cuando descubre su error.
Berthe, la mujer de Ducatel, un remedo de Madame Bovary, o de La
Regenta, descubre que está sola a pesar de la vida conyugal y trata de
remediar esa soledad a través del adulterio con el cónsul español en
Burdeos, el pusilánime Pereyra. A propósito, pocas veces he visto
descrita con más maestría una situación de soledad, de hambre de amor.
Cuando Berthe ve a Pereyra depositando flores en la tumba de su mujer, se
dice: yo estuviera muerta, él me amaría así. En ese momento se forja su
relación amorosa posterior con Pereyra.
Lo cual nos lleva al último ingrediente de este libro: la traición.
Todos los personajes traicionan a alguien. Ducatel a los comuneros, Berthe
a su marido, Dumolard a su amigo de la infancia y Pereyra a su amante,
abandonándola a su suerte.
¿Y qué tiene que ver en todo esto el cráneo de Goya, o mejor, la
ausencia del cráneo entre los restos de Goya? Pues únicamente la pirueta
literaria que le permite a Muñoz Puelles enlazar a todos los personajes
entre sí. El cráneo no está en la tumba, no existe, de él sólo ha
quedado su representación pictórica por medio del cuadro de Dionisio
Fierros, cuadro que pertenece al comisario Dumolard y luego, tras la
muerte de éste, al cónsul Pereyra.
Y de esta manera el autor parece decirnos que el arte está por encima
de la vida; que la ficción, pictórica o literaria, perdura más allá de
la vida. ¿Qué importa adonde fuera a parar el verdadero cráneo de Goya,
si hoy podemos verlo en el museo de Zaragoza y especular sobre él como ha
hecho en este libro Muñoz Puelles? ¿Qué importan las vidas, reales
o imaginarias, que inspiraron a Muñoz Puelles sus criaturas, si al
cerrar su novela permanecen en nuestra memoria como todo buen personaje
literario que se precie?
Compren El cráneo de Goya, léanla y disfruten con ella.
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