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ARTÍCULOS DE OPINIÓN

 Reseñas de libros ajenos

Presentación de la novela Querido Corto Maltés en la Librería Crisol de Valencia, junto a Paco Lobatón y Susana Fortes.



Portada de 'Querido Corto Maltés', de Susana Fortes

Querido Corto Maltés
Susana Fortes
Tusquets Editores, Barcelona 1995

EL REDIL DE LA COSTUMBRE

MANUEL TALENS  

Pocas veces el lector de libros tiene la ocasión de conocer personalmente al autor de su ficción favorita. ¿Cuánta gente ha leído a Cela, a García Márquez o a Bryce Echenique sin tener nunca la ocasión de cambiar unas palabras con ellos? Esta incomunicación se debe a que sobre el público lector se cierne lo que podría llamarse el «maleficio del solitario», que no es otra cosa que la condena a tener únicamente acceso a los textos escritos, despojados del calor del escritor.

Por mi condición de persona del oficio, yo he tenido a veces la fortuna de conocer a algunos de mis autores preferidos, y tratando con ellos he podido contrastar mis opiniones sobre sus novelas, lo cual me ha proporcionado la ocasión de discutir y de ofrecer mi opinión sobre ciertos puntos oscuros. Eso es un poco lo que vamos a hacer hoy aquí. Describiré lo que este libro me ha dicho a mí y, luego, Susana nos dirá qué opina y cuál es su posición sobre su propia obra.

Con respecto a lo que acabo de decir, esa posibilidad maravillosa de entablar una amistad con el autor, el conocimiento mutuo entre Susana Fortes y yo se ha visto facilitado por el hecho de que los dos pertenecemos a la misma cuadra —y valga esta metáfora ecuestre—, la de la Editorial Tusquets, aparte del hecho que hace que ambos, sin ser nativos de esta tierra, vivamos en Valencia.

Me enteré de la existencia de esta novela por los periódicos a finales del año pasado, cuando recibió el I Premio Nuevos Narradores. Pocos días después, nuestra mutua editorial me envió un ejemplar, como suele hacer con las novedades más interesantes. Ahora puedo confesar en público que su lectura me dejó agradablemente sorprendido.

¿De qué trata Querido Corto Maltés? En pocas palabras podría decirse que del aprendizaje sentimental de Ana, una muchacha que, por un lado, no ha logrado deshacerse de su infancia ni «matar», metafóricamente, a su padre, y que, por el otro, busca afanosamente un espacio amoroso en el que poder asentarse, pero un espacio distinto del habitual, fuera de las normas establecidas secularmente por el canon masculino sobre la feminidad. A través de las 189 páginas de la novela, Susana Fortes, con un pulso narrativo muy firme nos conduce a través de ese aprendizaje para, justo al final, mostrarnos de qué manera Ana —a mi entender— fracasa en ese intento y se adentra, mentalmente, en el redil de la costumbre.

Ana es una muchacha gallega, hija de un magistrado cuya muerte, según se desprende, podría haber sido causada por la mafia narcotraficante a la que investiga. Este hecho queda sólo sugerido, sin profundizar en él, y es utilizado narrativamente para añadir temor a los miedos que la protagonista tiene de enfrentarse al mundo. Incapaz de aceptar el universo masculino tal como es, Ana se refugia en la ensoñación de un personaje de cómic creado por el dibujante Hugo Pratt, Corto Maltés, marinero distante y corremundos. En la página 70, dice: «Conocí hace tiempo, al principio de mi adolescencia, a un marino de Malta que me enseñó a creer en los héroes, llegado ya el punto en el que no podía creer en los hombres. Corto Maltés... me inculcó la utopía de mirar desafiante, siempre por encima del hombro.» ¡Al principio de la adolescencia ya no podía creer en los hombres! Corto Maltés, no cabe duda, es la libertad, la negativa a encorsetarse dentro de una relación amorosa continuada, que ella sospecha empobrecedora. Vemos pues, que ya en el inicio de la evolución que la convertirá en mujer, Ana sentía temor del mundo que le reservaban los hombres. Y, si nos referimos ahora a todas las contradicciones epistemológicas desenmascaradas por el feminismo en las últimas décadas, yo añadiría que entiendo perfectamente ese miedo.

La novela está contada en primera persona por la protagonista y discurre, página a página, con Ana arañando en lo más profundo de sus sentimientos, a la búsqueda dolorosa de una respuesta a sus preguntas, y se hace éstas de una manera tan intimista que la palabra que ella llama «alma» y que yo, viejo ateo, denominaría psique o corazón o mente, aparece —«alma»— nada menos que 32 veces en el texto: «sacudirse del alma», «se le desgajaba el alma», «con la niebla en el alma», «tratando de penetrarme en el alma», «una ventolera atravesaba Lisboa desde el mar y salpicaba la ciudad de un sabor salado que me hería el alma», etc. Saco esto a relucir como un elogio, debido a la capacidad de Ana para revolver en lo más escondido de su ser.

¿Y qué es lo que encuentra? Pues que busca en los hombres la imagen de su padre. La madre está ausente, no es mencionada ni siquiera una sola vez, es como si nunca hubiese existido. El padre, en cambio, reaparece en el relato de manera continua, mediante certeros retrocesos en el tiempo, con una añoranza que termina por convencernos de que Ana no ha superado el enamoramiento infantil por la figura paterna —lo que en psiquiatría se llama «complejo de Electra», equivalente femenino del de Edipo—. El padre representa la ausencia de peligro. En la página 94, Ana revive un episodio de su infancia en que se había perdido lejos de su casa y, una vez hallada, es la figura paterna quien la devuelve a la paz: «Cuando volví a abrir los ojos, mi padre me llevaba en brazos, envuelta en su chaqueta, y me acercaba al oído un susurro tranquilo». ¿Y de quién se enamora Ana, una joven de veintipocos años? De F., un maduro y cincuentón profesor de instituto que, probablemente, le dobla la edad ¿Y en qué momento se enamora? Como por casualidad, pocos meses después de la muerte de su padre. Ana necesitaba llenar un vacío amoroso. Sin duda, y esto se percibe muy claramente, busca en F. a su padre, con el deseo a medio confesar de que el encuentro signifique libertad, una libertad representada míticamente por los personajes cinematográficos y, sobre todo, por marinero Corto Maltés. No lo logrará, porque F., el profesor de instituto, no está a la altura del personaje de Hugo Pratt y porque Ana, al final, rebaja sus expectativas.

La novela está escrita con un lenguaje muy cuidado y, a mi entender, muy gallego a causa de la humedad y de la lluvia que traspira en cada descripción, así como abundoso en descripciones llenas de colorido. Como ejemplos de estas dos cosas, podría citar la «luz grisácea filtrándose entre los andenes y las vías» (pág. 25), «afuera una lluvia sin peso se confundía con la humedad del río» (pág. 46), «el tren desaparecía de mi vista en un fondo de nubes violetas» (pág. 54), «el sol esparcía un brillo de color avellana» (pág. 95) y otras muchas.

El relato se sitúa en dos planos perfectamente diferenciados: la historia amorosa entre Ana y F. y la narración novelada que ella hace —como parte de su trabajo de investigación tras la licenciatura—de los avatares de un esclavo negro insurrecto en la Cuba colonial, que se fuga y busca la libertad. El plano de Ana y F. va describiendo de qué manera los dos se conocen —en el Pirineo, en Lisboa y en La Habana— y se aman intelectual y carnalmente. Vemos cómo ella vive siempre temerosa de que el placer que siente a su lado tenga la posibilidad de prolongarse en el tiempo, pues sospecha que la costumbre mata la fantasía. En la página 139 dice: «Ni mis males tenían cura ni yo quería remedio.» No quería remedio, se complace en la incertidumbre. De esa manera, cuando F. le propone que se vaya a vivir con él para siempre, ella rechaza la solución, pues, dice, «¿qué sería entonces de los deseos imposibles, de la literatura, de la pasión por la vida, de la melancolía?», y concluye con un contundente: «No. Corto Maltés jamás me lo hubiera pedido.» En estos momentos de lucidez, F. y Corto Maltés están perfectamente diferenciados.

Por su parte, el esclavo negro, tras muchas peripecias en su huída, logra alcanzar la libertad. Pero, ¿qué sucede con Ana a través de este viaje iniciático, de esta educación sentimental? Lo sabremos en las dos últimas páginas, porque ella, tras varios años sin ver a F. después de la despedida de La Habana, ha ido a casa de éste, que está ausente, y ha entrado en su despacho gracias a que el portero le dio la llave. Allí lo espera, finalmente vencida. Y dice: «Ha tenido que pasar el tiempo, amor, para que pudiera entender que ya no quiero ser una mujer improbable, ni etérea ni soñada. Todo lo que quiero cabe en tus manos, caben los meses y la luna, los trenes y los barcos y el pasado absuelto ya del miedo. Cabe la esperanza.»

Ha resuelto su complejo de Electra, se ha liberado de la imagen del padre, pero, por desgracia, también de la de Corto Maltés, a pesar de que ella al final, y sorprendentemente, funde las imágenes de los dos, en un intento, a mi entender, de evitar el sentimiento de culpa que le causa la rebaja de sus expectativas, ya que yo no he percibido que F. sea, ni remotamente, Corto Maltés. Y el precio que ha pagado Ana es muy alto, pues significa que renuncia a ese ideal imposible, pero hermoso, de la libertad en el amor que antes anhelaba. Es ese miedo a la libertad lo que la hace aceptar como solución para su vida una relación de pareja rechazada hasta entonces.

Y así, la novela concluye ambiguamente —ya que no sabemos si F. va a regresar— con un hermoso contrapunto: el esclavo negro, personaje de ficción dentro de la ficción, triunfa en su empeño, mientras que Ana, que lo ha reescrito a partir de un antiguo diario del siglo XIX, fracasa en su búsqueda personal de lo incierto.

En resumen, esta es una novela que merece ser leída y que, a mi entender, augura a Susana Fortes una brillante carrera de novelista, o al menos eso es lo que yo le deseo. Aprovechen ustedes hoy el hecho de tenerla aquí y pregúntenle lo que quieran. Es una ocasión que no se repite todos los días. Gracias.  

 

1995

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