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La cuestión de Bruno
Aleksandar Hemon, traducción de Benito Gómez Ibáñez
Anagrama, Barcelona 2001, 244 páginas
EL OJO DE LA
MEMORIA
MANUEL TALENS
Siete
relatos y una novela corta.
ISLAS.—
Desde la edad adulta, un hombre natural de Sarajevo recuerda un viaje que
hizo a los nueve años con sus padres a la isla de Mljet donde visitaron a
su tío Julius. Ha guardado perfectamente en la memoria los detalles
aparentemente banales de aquella travesía, el aspecto de la piedra del
puerto donde embarcaron, el vómito en el mar del turista alemán, a cuyas
salpicaduras acudieron de inmediato miles de peces diminutos. Niño de
ciudad, le resultaron desagradables el aspecto desdentado de su tío
Julius, la cara de pan de Lyudmila, la esposa de éste, y la saliva de los
besos de ambos. Además, una babosa en la pared del pozo de donde se
sacaba el agua de beber lo llenó de repugnancia. Pero las historias que
su tío Julius le contaba se le quedaron bien grabadas, como la relativa a
la antaño enorme abundancia de serpientes en la isla, que dio lugar a la
importación de una pareja de mangostas, que terminaron con las serpientes
y a su vez se convirtieron en el problema de la isla; o esa otra de cuando
Stalin condenaba a campos de concentración a los niños que hacían
rabona y allí se convertían en delincuentes: el tío Julius había
estado en un campo de concentración de Siberia, donde se ocupaba de
enterrar a los muertos en grandes fosas comunes, y una vez se encontró a
un antiguo niño de aquellos, convertido en una piltrafa humana y pidiendo
que lo dejaran morir. Otra historia de su tío Julius se refería a cuando
éste era estudiante en Moscú y los profesores les trajeron al aula al
hombre más viejo del mundo, de ciento cincuenta y ocho años, sin
memoria, con sólo dos o tres palabras de vocabulario —agua, caca— y
actitud infantil. “Esto es como la pescadilla que se muerde la cola”,
dijo Julius, “vivimos y, al final, terminamos como este niño (lo señaló
a él), sin saber nada. Aunque dejaras de vivir ahora, hijo mío, no pasaría
nada”.
El
paso del tiempo está representado también por el hotel de la isla, que
antes fue prisión alemana, y antes monasterio de monjas y antes refugio
de bandoleros.
Y,
por fin, sin que el niño de entonces se diera cuenta, una mañana vio al
despertar que sus padres estaban de nuevo haciendo las maletas. El viaje
de regreso, en un barco diferente pero al mando del mismo capitán, también
lo recuerda nítidamente, con las islas como panes sobre el mar o incluso
es capaz de ver aún los ojos de un rebaño de cabras que los miraban
desde una de ellas junto a cuya costa pasaron. De regreso, Sarajevo estaba
igual, pero las plantas de su casa estaban secas, pues el vecino que
hubiera debido regarlas había muerto de un ataque al corazón, y el gato,
esquelético a causa del hambre, lo miró con recelo.
Este
cuento, narrado con una sencillez admirable, despierta sensaciones
maravillosas sobre el paso inevitable del tiempo, la oralidad, las
palabras que guardan la memoria de las gentes, el inexplicable acopio,
casi fotográfico, de recuerdos en apariencia anodinos que luego se
convierten en tesoros de nostalgia y, sobre todo, la constante renovación
—como los campos de trigo en cada primavera— de los guardianes de la
memoria, memoria que neutraliza las fuerzas destructoras de la muerte,
pues el tío Julius, ahora ya supuestamente desaparecido, sigue
“vivo”: el narrador de Islands
ha ocupado su puesto.
VIDA
Y ANDANZAS DE ALPHONSE KAUDERS.— Extraño e irónico texto,
casi-relato, formado por pequeñísimas anécdotas de una a varias líneas
cada una, en el que el autor ironiza sobre el mundo y la sociedad que
fueron los suyos y que le ha tocado vivir, básicamente los Balcanes de la
antigua Yugoslavia de Tito, el mundo comunista de la URSS y la Alemania
nazi.
El
protagonista de estas anécdotas es Alphonse Kauders, un individuo
disparatado que conoció a personajes de un pelaje tan distinto como
Hitler, Eva Braun, Rosa Luxemburgo, Stalin, Richard Sorge o el asesinado
rey Alejandro. Los argumentos de tales anécdotas van desde las diferentes
reacciones de esta fauna a los pedos de Kauders hasta la increíble
variabilidad del mundo real mostrado por las sucesivas ediciones de la Enciclopedia
de la URSS (lo que prestaba a la realidad un increíble tono de ficción),
pasando por la inacabable voracidad sexual de Kauders, sus aficiones pirómanas
o la crueldad de Stalin.
A
mi entender este relato —probablemente muy eficaz en serbocroata y al
ser leído por quienes poseen en su propia carne todos los referentes histórico-sociológicos
de su trama— se resiente de falta de punch
al ser leído desde otras culturas (al menos eso es lo que me ha sucedido
a mí).
LA
RED DE ESPIONAJE DE SORGE.— Magnífica historia, contada de forma
paralela en dos niveles distintos: 1) el relato del narrador, contrastado
mediante notas a pie de página con detalles exhaustivos de la vida,
aventuras e infortunios de Richard Sorge, el espía soviético (de origen
alemán) que estaba destacado en Tokio e informó a Stalin de la inminente
invasión de la URSS por parte de Hitler y fue descubierto y fusilado por
los japoneses.
El
narrador, desde el presente, recuerda en primera persona la época de su
vida cuando era un niño de unos diez años y vivía en Sarajevo. Era la década
de los setenta. Por aquel entonces cayó en sus manos un libro sobre los
grandes espías de la Segunda guerra mundial y la figura prominente era
Richard Sorge. Las fotos de éste lo impresionaban y como por entonces su
padre pasaba largas temporadas en la URS, el niño se inventó la ficción
de que, en realidad, en vez de ingeniero era un espía. Siempre temiendo
ser descubierto por el ojo vigilante del camarada Tito (“que todo lo
ve”), aprovecha un viaje de éste a Cuba, abundantemente publicitado en
la televisión junto a Fidel Castro, para registrar el cajón de los
papeles de su padre y los documentos incomprensibles que allí encuentra
lo convencen de que en realidad es un espía.
El
relato va transcurriendo entre alusiones a la ausencia de imaginación de
los juguetes soviéticos y a la tristeza ambiental, hasta que, por fin, su
padre es arrestado un día y, tras un juicio privado, condenado a varios años
de prisión. El mundo se acelera entonces para el niño, para su madre y
para la hermanita pequeña (que en ausencia del padre “aprendió a
hablar, aprendió a sentirse triste”). Sobre ellos se cierne la muerte:
el padre es liberado, hecho un espectro viviente, con un cáncer de
cerebro, para que fallezca en su casa. Sin embargo, Tito muere antes, y su
padre, al ver la noticia por la televisión, susurra que ha llegado del día
del Juicio Final.
Se
trata de un cuento espléndido, cuya lectura se ve un poco entorpecida por
las abundantes notas a pie de página sobre Richard Sorge, (cuya vida actúa
como factor desencadenante de la metafórica y fantasiosa actividad de espía
del padre). Lo cierto es que el lector, en mi caso ha sido así, al cabo
de unas cuantas páginas, se siente cautivado únicamente por la historia
del niño y prescinde de la de Sorge. En un tono nada maniqueo y con
sabias dosis de fino humorismo, el autor plasma aquí toda la amargura de
la Yugoslavia bajo el poder de Tito, las ilusiones perdidas, la ausencia
de esperanza.
EL
ACORDEÓN.— En los instantes previos a su propio asesinato en Sarajevo,
que dio lugar a la Primera guerra mundial, el archiduque Franz Ferdinand
ve desde su carroza triunfal a un hombre con un acordeón en sus manos al
que le falta una tecla. El hombre no parece estar tocándolo. Instantes
después, el archiduque ve una pistola conectada a un brazo, que lo mata
de un tiro. Antes de morir, el archiduque piensa en una velada en la que
su mujer tocaba la misma melodía que ahora hubiera podido escuchar en el
acordeón.
El
autor se convierte de repente en narrador y confiesa que el hombre del
acordeón era su abuelo y que todo lo anterior no es sino una reconstrucción
de la realidad. Su abuelo acababa de llegar desde Ucrania para
establecerse en Bosnia y de comprarle el acordeón a un gitano. Dicho
acordeón ha ido sobreviviendo a través de guerras y desgracias hasta el
presente, en que la mayoría de su familia vive en los EE UU y él trabaja
como guardacoches.
He
aquí breve un ejemplo de la Historia (con mayúsculas) puesta a trabajar
al servicio de la ficción. Narrativamente estupendo, si bien, para mi
gusto, sobra el dato autobiográfico final (relativo a su bajada a los
infiernos de los estratos sociales), ya que
la alusión final sobre el hecho de que la historia está escrita
en Chicago, donde el autor ahora vive y trabaja guardando coches, suena
igual que el amargo reproche del aristócrata venido a menos, como si el
hecho de haber nacido rico o de ser culto fuese un seguro permanente y de
por vida contra las contrariedades del destino.
CHARLAS
AGRADABLES.— El narrador se embarca aquí en un relato autobiográfico
relativo a los Hemon. Cuenta la leyenda familiar que un tal Alexandre
Hemon, de Bretaña, se alistó en 1811 en el ejército de Napoleón y fue
a luchar en Rusia. Tras la derrota, se extravió y fue a parar solo y casi
congelado a un pueblo de Ucrania, donde fue recogido por una joven, con la
que se casó, estableciéndose allí. En 1917 uno de sus descendientes
emigró a Bosnia, donde asistió —con su acordeón a cuestas— al
asesinato del archiduque (véase cuento anterior).
Además,
el narrador cuenta que él mientras hacía la tesis en la universidad, se
encontró con citas relativas a algún Hemon en La Iliada, en La Eneida y
en Antígona, lo que dio lugar a
que su padre empezara a fantasear sobre la grandeza de los Hemon. Además,
un hermano del bisabuelo del acordeón, al volver de la guerra se peleó
con éste por haberse casado con la muchacha que él quería y se fue a
Serbia, cambiando su nombre por el de Humon.
El
clímax de la historia llega cuando el padre de nuestro autor organizó,
antes de emigrar a los EE UU, donde ahora vive la familia, una Hemoniada,
reuniendo a todos los Hemon y Humon en una fiesta a la gran gloria del
apellido. Los detalles de la fiesta están conservados en una cinta de vídeo
que de vez en cuando miran en familia.
Este
relato, contado de manera lineal, de forma clásica y con fino humor,
tiene interés por su enorme capacidad
de fabulación.
UNA
MONEDA.— El diálogo a distancia a través del correo entre el
narrador, que vive en Chicago, y una muchacha llamada Aida que sobrevive
en la sitiada Sarajevo, le sirve a A. Hemon para diseccionar con afilado
bisturí los horrores de la guerra. Aida le refiere la presencia constante
de los francotiradores, que matan indiscriminadamente todo lo que se mueve
por la calle, perros, gatos, mujeres, niños; la imposibilidad de salir de
casa incluso para enterrar a los fallecidos de muerte natural, que se
descomponen durante días y han de ser arrojados por la ventana a la calle
a causa del olor espantoso de la putrefacción; la insensibilidad de los cameramen
y reporteros de guerra, incapaces de sentir piedad de las escenas que
filman, ya que éstas —cabezas reventadas, intestinos al aire libre,
brazos y piernas amputados— son sólo parte del trabajo con el que uno
se gana la vida.
En
contraposición, las cartas y el testimonio del corresponsal de Aida, como
una imagen especular, dejan constancia de su lucha constante por librarse
de las cucarachas en un apartamento barato de Chicago: siempre hay alguien
que mata a alguien, ese es el mundo en que vivimos…
Se
trata de un relato cruel y clarificador desde las entrañas de quienes
sufren la guerra y son los eternos perdedores. Y, como dice Aida en su
carta final, “cuando se cruza corriendo en Sarajevo desde un punto A
hasta un punto B, la adrenalina sube a su nivel más alto y una se mete la
mano en el bolsillo, donde puede tener, o no tener, una devaluada
moneda”. Ese, parece querer decirnos el autor, es el precio de la vida
en una ciudad sitiada: cara o cruz.
BLIND
JOSEF PRONEK & DEAD SOULS.—
Novela corta, dividida en capitulillos que parecen escenas
cinematográficas, sobre todo los primeros.
La
bufanda roja: Josef Pronek llega al aeropuerto Kennedy, donde lo
recibe un tal Wyatt, que lo pone en otro avión rumbo a Washington. Se
narran las primeras impresiones de Pronek ante el choque cultural que le
producen los estadounidenses de la calle, obesos, obsesionados por el béisbol
y convencidos de que viven en el paraíso terrenal. Pronek se da cuenta de
que se ha dejado olvidada una bufanda roja en el avión que lo trajo de
Europa.
Canicas:
Al llegar al aeropuerto de Washington sus maletas han desaparecido. Lo
recibe un tal Simon, que lo lleva al hotel. Allí, Pronek se lava la
camisa y los calzoncillos y se duerme. Por la mañana, otro individuo (Simon
2) lo recoge y lo lleva a un edificio gubernamental, con la insignia del
águila en la puerta, custodiado por gente de uniforme, y una foto de Bush
en la entrada. Mientras espera sentado a que lo reciban, Pronek juega mecánicamente
con unas canicas que tiene en su bolsillo. De pronto sale alguien que se
dirige a él con aire amigable. Al sacar la mano para chocársela, las
canicas ruedan por el suelo.
Apocalypse
Now: En Nueva Orleans, Pronek se topa de nuevo con la ingenua adoración
de la gente por los famosos, en este caso un cantante de música country.
En Columbus, Ohio, invitado a una cena con “intelectuales”
estadounidenses, asiste a una muestra de la incultura absoluta de éstos
por todo lo que no sea su país y, en Los Ángeles, visita a John Milius,
el guionista de Apocalypse Now,
film que admira. Milius resulta ser un animal como los demás, obsesionado
por la violencia, Sam Peckinpah, el general Schwarckopf (el oso del
desierto de la guerra del Golfo) y el extraordinario país en que vive.
Barro
milagroso: En el aeropuerto de Chicago, Pronek es recibido por Andrea,
una muchacha estadounidense que conoció tiempo atrás en Ucrania y a la
que sedujo cantándole al oído una canción de su grupo de entonces, Blind
Josef Pronek & Dead Souls. Se habían carteado los dos,
idealizando las horas que pasaron juntos en Ucrania y, finalmente, ella lo
invitó a venir a los Estados Unidos. Ahora, aprovechando la oportunidad
que se le ofrecía de este viaje como “escritor por la libertad”,
Pronek vuelve a idealizar una vida “americana” con ella (hijos,
carrera intelectual, veladas junto al fuego del hogar…). Pero Andrea
habla con el fucking siempre en
la boca y su apartamento es un verdadero desastre, con botellas, bragas,
colillas, papeles, platos sucios por todas partes. Por la noche hacen el
amor, y cuando Pronek va al cuarto de baño con el condón en la mano para
tirarlo y ducharse, llega el boyfriend
de Andrea y Pronek retorna a la realidad.
Pensilvania,
1760: En casa de Andrea, donde ahora vive Pronek (y el boyfriend
en otra habitación), el joven escritor de Sarajevo va conociendo la
realidad del país, de la incultura. Andrea es pintora, pero su último
cuadro data de dos años antes; trabaja en el museo de Bellas Artes y una
vez, viendo con él un cuadro del siglo XVI, se le ocurre preguntarle a
Pronek si en Sarajevo también tuvieron siglo XVI… Y, visitando el
museo, mientras él se interesa por una excelente miniatura de una
habitación de Pennsylvania en 1776, una mujer corre detrás de su hijo
insoportable. ¡Ah, América!
La
cuestión de Bruno: Pronek decidió quedarse en los EE UU para el
resto de su vida una noche de tormenta en que, obnubilado por la fiebre,
vio las salpicaduras de una lata de espaguetis que se le había caído al boyfriend
de Andrea, y éstos y la salsa le parecieron sangre y materia cerebral a
causa de las bombas en Sarajevo. Los amigos del boyfriend
le dicen asimismo que debe quedarse, pues no comprenden cómo la gente se
mata en esa guerra estéril mientras que este país es lo mejor del mundo.
Andrea lo lleva a ver a sus padres, que confunden Yugoslavia con
Checoslovaquia, aunque dicen haber leído a Richard Ford y a Kundera. A la
cena asiste la abuela de Andrea, una anciana con síntomas de Alzheimer
que no cesa de preguntar por Bruno. Pero Bruno, ay, no está.
Lechuga
romana, lechuga iceberg: Pronek inicia su aventura americana entrando
a trabajar en una sandwichería, donde pasa a través de diferentes
posiciones, pinche de cocina, preparador de bocadillos, encargado de las
basuras. Un día en que se sentía especialmente airado a causa de una
foto de un bosnio en un campo de concentración serbio aparecida en la
revista Time, un cliente
relamido le protesta mientras está limpiando entre las mesas, porque,
dice, había pedido su sandwich con lechuga romana, no con lechuga
iceberg. Pronek estalla y le dice que son la misma cosa, el otro protesta
y a Pronek lo echan del trabajo.
Afición
a los muñecos: Andrea está de vacaciones, se ha ido a Ucrania para
“aclararse la mente” y Pronek va de trabajo en trabajo, en
restaurantes mexicanos, vietnamitas, de guardacoches, en un cementerio,
hasta que el padre de Andrea le dice que debe irse del apartamento porque
lo ha vendido. Pronek le confiesa que está sin trabajo y la madre de
Andrea le consigue uno (“sabemos que trabajas duro, es con hombre como tú
como se construyó este gran país”) en su empresa de limpieza.
Entretanto, la guerra continúa en Sarajevo y Pronek teme por sus padres,
las noticias de CNN son cada vez más alarmantes. Pronek está deprimido,
sin futuro, se siente como un muerto en vida.
Una
rosa para Pronek: En su nuevo trabajo, sin embargo, limpiando pisos
vacíos y trabajando sin cesar, empezó a ahorrar. Pasan tres años, se ha
alquilado un apartamento y, un día, decide viajar a Sarajevo. El narrador
le deja entonces la palabra a Pronek, que narra cómo encontró su ciudad
natal, ya liberada de la guerra, pero destruida por completo, con
cicatrices por todas partes, historias de vecinos, amigos, o de su propio
padre, tiroteados impunemente por los francotiradores, hambre, miseria…
y cuenta asimismo cómo soñó que recibía un tiro y al caer veía junto
a sus ojos una rosa.
Mozartkuglen:
En el aeropuerto de Viena, ya de vuelta a los EEUU, Pronek siente que le
gustaría quedarse, pero no tiene más remedio: no tiene otro sitio donde
ir.
Esta
“casi novela” —por utilizar la terminología de Updike— es la única
muestra de la escritura de Hemon relativa a su país de adopción, y está
llena de ironías, amargas en general, relativas a los EE UU, a su
tradicional ombliguismo, su ausencia de complejos y de información sobre
lo que esté situado más allá de sus narices y su incapacidad de ponerse
en el lugar de todo lo que no sea WASP. Sirve también para prestarle el título
a todo el libro, en una suerte de reedición del En
attendant Godot, que, por supuesto, al igual que ese Bruno por el que
pregunta la abuela de Andrea, nunca viene. Me ha parecido más desigual
que los relatos, con un mayor interés al principio que al final. Se trata
de un texto claramente autobiográfico que aborda el conocido choque
cultural de un inmigrante en una nueva tierra.
IMITACIÓN
A LA VIDA.— Los vívidos
recuerdos de la infancia del narrador se mezclan con otros igual de vívidos
relativos al cine, imitación de la vida. A través de estas páginas
asistimos a su fascinación por el recién adquirido televisor (una cabeza
con cuatro patas que le mostraba el exterior); por la radio, en cuyo dial
estaban todas las lenguas incomprensibles del mundo; asistimos al
velatorio de la madre de su amigo —un niño de largos colmillos al que
llaman Vampiro—, a las películas que lo hipnotizaban con sus créditos
incomprensibles en inglés; a las correrías por el parque, adoptando
junto a Vampiro a un perro callejero al que les da miedo llamar Tito y
deciden bautizar como Sorge, el espía; al atropello de una niña en la
calle; a la muerte del perro Sorge a causa del insecticida que le echan
para quitarle las pulgas y, por fin, al rodaje de una película sobre los
nazis, con actores mostrando ufanos cruces gamadas, rodaje que él toma en
un principio por un aspecto más de la realidad diaria.
Este
cuento muestra la confusión entre vida y cine que puede existir en la
mente de un niño, con una mirada nostálgica que intenta, desde la
realidad del presente, no distinguir entre la belleza del recuerdo de
ambos. Me ha recordado un cuento espléndido de Antonio Pereira, titulado The
End, que contrapone asimismo cine y realidad.
En conjunto, se trata de un libro muy recomendable, a años luz de lo
light, escrito con un lenguaje fluido y sencillo, nada retórico, sin
altibajos, con descripciones a veces muy afortunadas y un implacable ojo
de la memoria, capaz de escanear el pasado sin contemplaciones.
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