The Catastrophist
Ronan Bennet
Headline Book Publishing
Londres 1999
EL PAÍS
IMAGINARIO DE LA IDEOLOGÍA
MANUEL TALENS
El
negocio publicitario editorial está tan salido de madre que no pasa un
día sin que el posible lector se vea abrumado por elogios absurdos en la
solapa de cualquier novela, y uno está ya tan harto de leer mediocres
“obras maestras” o de sentir piedad ante aprendices a quienes se
pretende hacer pasar por reencarnaciones de Dostoyevsky o Proust, que al
ver a Ronan Bennett comparado en la solapa de este libro con Graham Greene
me dije: “Esto es más de lo mismo”. Pero no, y me alegro de haberme
equivocado, porque The Catastrophist
es una magnífica novela, comprometida, heavy (la llamo así por distanciarla de las light)y, por momentos, trepidante. No me extraña su éxito en
Inglaterra y me hace ver que sigue habiendo escritores para quienes la
literatura no sólo es diversión y entretenimiento, sino asimismo
compromiso político con el mundo que nos ha tocado vivir.
Sin embargo, y a
pesar de lo anterior, su engranaje está montado con tal sutileza y
maestría que el narrador insiste una y otra vez en afirmar que el
compromiso es algo absurdo, y lleva tan lejos dicha convicción personal
que termina por arruinar su vida amorosa. Uno de los mayores aciertos de
esta novela consiste en haber puesto su maquinaria narrativa en manos de
un novelista-personaje que representa al universo descafeinado y light
que tanto abunda en nuestros días, pues al negar continuamente que el
mundo es un campo dialéctico de batalla —mientras a su alrededor están
pasando cosas terribles— no hace sino poner de manifiesto que todo,
hasta el hecho de respirar, tiene un carácter eminentemente político,
carácter que aquí —a través de la mirada escéptica del narrador—
está mostrado de manera invertida, como sucede con el negativo de una
foto, y requiere del lector el esfuerzo por delimitar sus contornos y
adivinar el mensaje que lleva implícito: una bomba de relojería, hecha
de palabras, contra el pensamiento posmoderno, despolitizado,
comercializado, temeroso de entrar en polémicas, un pensamiento que —a
la postre— deja al individuo a la merced de quienes siempre han
controlado el mundo.
Pero es algo más:
una novela sobre el desamor, pues a lo largo de sus páginas se despliega
la metáfora más desgarrada que he leído en mucho tiempo sobre la
imposibilidad de construir una relación amorosa cuando ambos amantes
tienen una visión opuesta del mundo, es decir, cuando la pasión no se
corresponde con la ideología.
Y, por
fin, es un alegato devastador contra el colonialismo del siglo XX, contra
la política rapaz de las grandes potencias occidentales, que han
utilizado —y siguen haciéndolo— al tercer mundo como un lugar en el
que enriquecerse, sin que les importe en absoluto la suerte de sus
habitantes. Y todo ello —maravilla de las maravillas— sin que en un
solo momento surja el tono panfletario y tendencioso que hubiera podido
arruinar el texto.
Para
llevar a cabo su empresa, Ronan Bennett ha optado por el punto de vista
del narrador. Todo lo que aquí se cuenta es la visión de éste, sin que
en ningún instante se escape la menor omnisciencia.
James
Gillespie —el narrador— es un novelista de cierto éxito, que a sus
cuarenta años ha encontrado al amor de su vida, Inès Sabiani, una
reportera italiana trece años menor que él, comunista e implicada hasta
las cejas en todas las causas perdidas. Pero algo va mal entre ellos:
James ve el espectáculo del mundo desde los márgenes, sin implicarse,
sin juzgar, pretendiendo siempre mantener una neutralidad que a ella le
parece absurda y cobarde. Estamos en el año 1959 e Inès, enviada por su
periódico, L’Unità, se halla
en el Congo Belga, que está a punto de alcanzar la independencia. James
Gillespie, que la ama profundamente y ve en ella la última oportunidad
que le queda para ser feliz, llega a Leopoldville con el fin de acercarla
a su universo. Pero desde el principio —y él lo sabe— se trata de una
empresa perdida. El idealismo de Inès choca frontalmente con la
“racionalidad” de James, a quien cualquier discurso con tintes
políticos le parece estúpido. El Congo Belga es un hervidero de
violencia: la violencia verbal de los colonos racistas, que tratan a los
negros como animales; la violencia de la policía y del ejército
coloniales contra las manifestaciones a favor de la independencia y la
violencia intertribal. James Gillespie asiste a ello como si estuviera
viendo una película, mientras que Inès se mete en la pantalla. De ahí
la imposibilidad de su historia.
La
novela está dividida en tres partes: en la primera asistimos a los
prolegómenos de la independencia; en la segunda James Gillespie hace una
incursión en su pasado personal y familiar y nos desvela las claves para
entender su personaje y, en la tercera, la más apasionante, se
desencadenan las dos tragedias de que consta este libro: 1) la nacional:
el nuevo Congo independiente entra en el caos tras haber sido esquilmado
por el gobierno belga, caos que se intensifica una vez que los Estados
Unidos imponen en la sombra el golpe de estado de Mobutu, y 2) la
personal: llegado el momento supremo de escoger un destino, Inès escoge
la lucha. James, en cambio, vuelve a Inglaterra.
I
hold on, I try to hold on, but her hand is jolted from mine.
“Inès!”
I cry. “Inès!”
She
moves on with the crashing current, carried away by it. (pág. 302)
Esta
escena, en la que ella se deja llevar hacia el compromiso político y
rompe definitivamente cualquier lazo con él y con una vida burguesa,
recuerda en grado sumo —pero contada aquí desde fuera del personaje—
a aquella otra, épica, de Pasajes
de la guerra revolucionaria, en la que Ernesto Che
Guevara tomó la decisión más importante de su vida:
Quizás
esa fue la primera vez que tuve planteado prácticamente ante mí el
dilema de mi dedicación a la medicina o a mi deber de soldado
revolucionario. Tenía delante de mí la mochila llena de medicamentos y
una caja de balas, las dos eran mucho peso para transportarlas juntas;
tomé la caja de balas, dejando la mochila para cruzar el claro que me
separaba de las cañas.
El
último capítulo de The
Catastrophist, contado nueve años después de los hechos en el Congo,
cuando la guerra del Vietnam está en su punto álgido y en Irlanda del
Norte (el país natal del narrador) hierve la guerra civil, nos muestra a
un James Gillespie instalado en el éxito como novelista, pero triste y,
sobre todo, solo, pues como dice,
…
I was always too much a watcher, too much l’homme
plume, I was divided, unbelieving. My preference is the writer’s
preference, for the margins, for the avoidance of agglomeration and ranks.
I failed to find her and I know that this failure will mark the rest of my
life. (pág. 312),
lo cual deja bien
explícito que vivir sin “mojarse el culo” tiene en contrapartida el
alto precio de la soledad afectiva. Pero es que él, con el peso sobre sus
espaldas de la tragedia personal de su padre, siempre estuvo convencido de
que es imposible cambiar las estructuras mentales que hacen que cada uno
es como es:
“I
am going to change,” William [su padre] had said, his last words to me.
But there is no such a thing as a change in people… we are as we are,
and not even the greatest traumas will change us. (págs. 203 y 204),
y si en un momento dado
llevó a cabo una heroicidad y no denunció a Auguste, aún al precio de
la tortura, no fue por convencimiento político, sino por el desesperado
amor que sentía hacia Inès.
Los
personajes, todos ellos narrados a través del filtro de James Gillespie,
son arquetípicos, traducen perfectamente las virtudes y los vicios
humanos y, sobre todo, son creíbles. James
Gillespie, el irlandés que se avergüenza de sus orígenes hasta tal
punto que ha cambiado su nombre, Seamus, por James y que pretende ser un
espectador del mundo, cae en la trampa de su supuesta imparcialidad y es
utilizado hasta la náusea por otro personaje monumental, Mark
Stipe, el estadounidense conspirador (probablemente de la CIA, eso no
queda claro, solo intuido: un acierto más de Ronan Bennett), que lo
manipula y le hace escribir artículos de periódico de acuerdo con las
intenciones políticas del Pentágono, convirtiéndolo, sin que él se dé
cuenta, en un lacayo del imperialismo. Este Stipe,
memorable, descrito siempre en claroscuros, incluso con aspectos positivos
de hombre con sentimientos, me ha recordado al personaje de Yves Montand
en État de siège de Costa
Gavras: un individuo capaz de compaginar los papeles de padre de familia y
de torturador. Patrice Lumumba,
a lo lejos, no llega a ser un verdadero personaje, ya que al filtro de
Gillespie se le añade un segundo filtro, el de Inès, que lo idolatra
como líder. Pero sirve en cambio para anclar la novela en las coordenadas
de la historia y recordarle al lector que, aunque The
Catastrophist es una obra de ficción, trata de cosas terribles que
han sucedido y siguen sucediendo. Auguste
es un fiel representante del colonizado que finge sumisión para ir
sobreviviendo, mientras, en la sombra, se prepara para asestar el golpe a
su enemigo de clase. Inès es
emotiva en su incorruptible compromiso político. Los demás, Madeleine, Houthhooffd, De
Scheut. son la típica fauna que define a una colonia africana:
racistas convencidos de su superioridad y de que los negros les deben un
favor por “haberlos civilizado”. En cambio Roger,
el médico inglés, es un personaje digno que, a pesar de su pretendida
imparcialidad, tiene las ideas claras en cuanto a qué es justicia y qué
es injusticia, y no elude implicarse en nombre de la democracia.
El
estilo es fluido, moderno, se lee muy bien, con frases cortas, sin muchas
subordinadas. No es Henry James, pero qué más da. Hay un cierto descuido
en la exactitud de las frases francesas que salpican el texto, lo cual es
algo que me resulta incomprensible en una editorial seria: Où
est t-il?, en vez de où est-il?
(pág. 2); a Inès se la llama salop,
en vez de salope (pág. 117); un
personaje dice tu miens, en vez
de tu mens (pág. 224); no se
respeta el género femenino en Armée
National(e) Congolais(e) (pág. 207)…
Por
último, una reflexión del narrador, justo antes de concluir su relato,
me ha parecido bellísima, pues resume toda la carga política del texto.
En ella se refiere James Gillespie a un lugar
mítico en el que hubiera podido encontrarse con Inès y rehacer su
vida junto a ella:
Inès
told me once in a letter —I still have it— that she wanted me to know
where to find her, and how. It’s taken me a long time to understand what
she meant. I had to look in a place
where sceptics like Stipe and doubters like me, like Grant, like Roger,
like most of us, do not believe anyone really wishes to be — anyone
sane, adult, mature, reasonable. It’s a place we laugh at, we scorn,
and we sometimes say does not exist at all…
I glimpsed it when I was with Inès… But I could never join her there.
(págs. 311 y 312, la cursiva es mía)
Y si no
encontró ese lugar fue, precisamente, porque los separaban sus distintas
actitudes.
Pero,
¿cuál es ese lugar? Se trata, sin duda, de un país imaginario, que no
tiene fronteras ni conoce de razas o colores y está habitado por gentes
que se enfrentan a la injusticia en cualquier parte donde exista, por
gentes que saben muy bien que el mundo en que vivimos, contrariamente a lo
que dicen los gurús posmodernos como Francis Fukuyama, está dividido en
dos bandos. De hecho, Inès expresa claramente tal dualidad:
The
world divides in two and sometimes I wish I could be in your world, James,
where you don’t care about politics, where you can see all points of
view. (pág. 297),
pues de su padre, luchador
antifascista en la Segunda guerra mundial, aprendió que la neutralidad es
un bulo, una cobardía que, a lo sumo, ayuda a las fuerzas más
reaccionarias de la sociedad. Y ese lugar imaginario, en el que James
Gillespie nunca se aventuró, tiene un nombre muy preciso, que Ronan
Bennett no menciona, pero que deja en el aire para que el lector lo
pronuncie al terminar su novela, si es que ha entendido el mensaje que
buscaba trasmitir al escribirla: se llama ideología.
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